Capítulo XI. No hay miel sin dragón
Capítulo X. Dragón prevenido vale por dos
—¿No me dijo que el dragón se estaba muriendo?
—Sí, sí, eso es, pero ahora está bien,
—¿Hace una hora estaba agonizante y, ahora que he venido a su casa sin previo aviso, se ha recuperado?
—Sí, sí, ha sido un milagro.
—Parece usted que adora a los dioses. ¿Le gustaría conocerles?
—¿Eh, sí?
—Déjeme hacerle el favorcillo…
—Es que no lo entiendo, todo iba bien y entonces él…
—Ya, ya, ya —repito, aburrida de la misma cantinela
—¡Dijo que era el mejor bizcocho que había comido!
¡No que estuviera bueno, sino que era el mejor!
—Qué desfachatez, si lo llego a oír yo…
Se ha pasado sollozando y comiendo las últimas dos horas, lo cual ha sido tan desagradable como suena.
Estoy acostumbrada a sus rápidos enamoramientos, a estas alturas ya nada me sorprende.
El encanto de bruja dulce y generosa que desprende atrae a muchos —alguno diría que demasiados— hombres.
Lo malo es que, tras la primera o segunda cita, Circe descubre que el hombre de turno no es un príncipe azul, ni siquiera azul, y mucho menos príncipe.
Claro que ella tampoco es una dama, pero ese detalle me lo guardo.
Cuando nos alcanza la noche, echamos las mantas al suelo del carruaje y nos apretujamos junto a Esplendor y Nano, que son mantas calefactoras con babas. Disfruto de sus lenguas rasposas mientras trato de quedarme dormida a pesar de los ronquidos tronantes de Circe.
Casi entro en la duermevela cuando escucho fuera un sonoro «¡Ay!».
Me levanto inmediatamente y mis pequeños comienzan a jadear por la emoción, saltando de un lado a otro. El carromato se bambolea y pisan a Circe en el proceso, despertándola del golpe.
—¡Auch! ¡Elsa, controla a tus pequeños!
—Shhhh —le pido yo poniéndome el dedo sobre los labios. Pero es de noche, y obviamente, no me ve.
—¿Shhhhh? ¿Cómo que shhhh? —pregunta ella y me la imagino con el ceño fruncido.
—¿Tú qué crees que puede ser un shhhhh? —respondo, cabreada, entre susurros.
—No sé, ¿una serpiente?
—¿Un fantasma? —responde el hombre del exterior.
—¿Cómo va a ser un fantasma? Está claro que le está mandando callar —sigue el segundo hombre desconocido.
—¡Ah!
No espero más y abro el portón de golpe. Suena un PLONK hueco y encuentro resistencia contra la puerta. Salto a la calle con la Escoba en la mano y enfrento a las dos grandes figuras que se perfilan contra el cielo estrellado.
—¡Nos han descubierto! —grita el primer hombre, que porta un cuchillo.
—Nog meg hagia babo guenga —responde el otro, que se está agarrando la nariz para detener la hemorragia nasal causado por el golpe contra la puerta. Él también va armado con un garrote.
—Circe, no salgas —le susurro a mi hermana.
—¿Por qué? ¿Qué pasa Elsa? ¿Quiénes son?
—Payasos de circo —responde rápidamente el primer hombre.
—Paseagntes —dice a su vez su compañero.
—Son bandidos, Circe —digo yo, arremangándome.
—¡No, no es verdad! Es que somos payasos de circo paseantes.
—Callagte, pog favog.
Los bandidos no son muy habituales hoy en día.
Hace años podías encontrar al menos un grupo de ladrones de renombre en cada camino e incluso hubo una época en la que montaron su propio gremio para no pisarse el trabajo unos a otros.
La verdad es que lo hicieron bastante bien: ponían número máximo de robos por persona, turnos y cursillos para delincuentes, e incluso tenían seguro dental.
Pero por desgracia contrataron a uno de los suyos como tesorero para llevar la contabilidad de la asociación y, debido a su naturaleza, extravió los pagos de impuestos de sociedades que les correspondían abonar ante la Administración.
Y una cosa era robar a la gente en los caminos, pero nadie roba a Hacienda y sale impune.
Les impusieron tal multa que tuvieron que cerrar el chiringuito y se establecieron nuevas leyes contra el robo que implementaban un mínimo y máximo a robar con seguridad. Y lo llamaron aranceles.
Como esta gente no lleva el escudo del reino en la pechera, sospecho que no son cobradores de impuestos y están fuera de la ley.
—Danog a los dgagones y nadie tiene pogqué salig hegido.
—Más, querrás decir —apuntilló su compañero.
—¿Cómo es que sabéis que tenemos dragones? — Detrás de nosotras se escuchan los gritos lastimosos de mis pequeños y varios chorros de fuego salen lanzados por las ventanas—. Vale. Tenemos dragones. ¿Pero cómo sabéis que hay varios?
—Porque nos lo dijo.
El que parece el jefe golpea la cabeza del idiota.
Suena a hueco, sí. Así que alguien les ha dicho que estaríamos aquí y les ha pedido específicamente que nos atracaran.
Los dragones no son algo que unos bandidos robarían, dan demasiado trabajo y son difíciles de convertir en dinero.
¿Por qué alguien querría robarme mis dragones?
—Eso no impogta. Dánoslos, ahoga —repite él, apuntándome con su cuchillo.
—Pues va a ser que no. ¿Qué os parece si os doy esta cesta de bollos a cambio?
—¿De qué son? —pregunta el que tiene menos luces que un grupo de hadas borrachas.
—De arándanos.
—No quegemos los bollos.
—Pero yo tengo hambre, Hall.
—¡No digas mi nombge, estúpido!
—Lo siento, Hall.
—¡Basta! Me estás cabgeando, bguja, danos a los dgagones, ¡Ya!
Podría hacerles caso y dejar sueltos a Esplendor y Nano, pero estos dos llevan semanas recibiendo adiestramiento para habituarse a que personas extrañas les cojan y toquen, por lo que no puedo estar segura de que hagan lo habitual y se defiendan a sí mismos.
Además, es de noche, podrían llegar a perderse en el bosque si se despistan. Demasiado peligroso.
No espero a que vengan a por mí. Como decía el idiota de mi ex, el mejor ataque es el que no esperan. Claro que él lo decía cuando iba a tirarse un cuesco.
Le doy con la Escoba al primero en la cabeza sin mediar más palabra. Estoy vieja, gente, pero tengo mucha ira acumulada y estos idiotas creen que se pueden llevar a mis niños y salir impunes.
—¡Deténgase, señora! —pide el bobo mientras se echa atrás para esquivar las cerdas de mi arma, que hago caer una y otra y otra vez.
Pide que me detenga un par de veces más.
Yo no le hago caso y sigo golpeando con saña a su compañero, primero en la barriga, los cataplines, la cabeza y de nuevo sobre la nariz sangrante mientras salmodio la receta de tarta ópera que heredé de mi abuela y que es la receta más endiablada que conozco.
El mango de mi Escoba, como casi todo lo que poseo, es de metal, como arma cumple perfectamente su función. Cada golpe que acierto hace un sonoro ¡Clonk! dando la sensación que estamos ante un rito de los monjes nudistas [13] .
—¡Mátala! ¡Mátala! —pide Hall.
El bobo al fin toma conciencia de que va armado y puede utilizarlo contra mí. Esquivo la primera puñalada, aunque por los pelos, y doy gracias porque mis dragones me mantienen ágil, pero ya no tengo la energía de antes y me tambaleo un poco ante la segunda estocada que paro con mi arma.
—¡Elsa! ¡Agáchate! —grita Circe y yo le hago caso.
Una cesta de bollos sale disparada sobre mi cabeza y alcanza en el pecho al tal Hall, sin hacerle mucho daño.
Puedo ver su sonrisa ante la desesperada iniciativa de mi hermana.
Me quedaría a reírme de él, pero estoy demasiado ocupada saliendo por patas, porque me sé este truco.
Los dos me miran confundidos y es el segundo que necesita el hechizo para hacer efecto y comenzar a crecer.
Los esponjosos bollos quintuplican su tamaño y absorben en su interior pegajoso a uno de los bandidos por completo, mientras que el otro es lo suficientemente rápido como para esquivarlo parcialmente.
Una de sus piernas es atrapada entre dos enormes arándanos y lucha para tratar de escapar.
—¿Qué es esto? ¡Libéranos!
—Seguro. En eso pensaba yo ahora mismo. ¡Xhiri!
—grito yo, jadeando.
—¡Aquí, Elsa! —responde el geniecillo desde el carromato.
No puede salir de él, la lámpara sigue en el interior y no puede separarse de la central. Tampoco creo que hubiera movido un dedo por ayudarme, pero prefiero pensar que es por la limitación de su contrato.
—Espero que no hayas perdido el tiempo y estés llamando a los gendarmes.
—Pero… la hora… —se atreve a decir. Hay que admitir que tiene huevos el cabrón: después de verme noquear a estos dos aún se atreve a contradecirme. Solo me hace falta una mirada para hacerle cambiar automáticamente el registro—. Claro, sí, estoy en ello.
—¿Lo has visto? ¿Lo has visto, Elsa? —grita Circe, dando saltitos excitados a mi alrededor.
—Sí, sí, has estado genial —le digo sonriendo—. Ha sido una gran idea.
Menos mal que ha lanzado estos y no los que provocan gases con olor a piña. Pero eso no se lo digo, le dejo disfrutar de su éxito mientras yo me permito coger aire.
—¡Elsa! ¡Elsa! ¡Que está aquí! —grita de pronto Xhiri y yo me levanto de golpe y corro al carruaje.
Oigo otro grito de dolor que a estas alturas me resulta familiar.
El tipo de nombre Hall, en calzoncillos, está saliendo por la ventana o eso es lo que intenta.
Esplendor lo tiene cogido del pie y entonces entiendo que el bandido se ha quitado los pantalones y las botas para poder liberarse de la masa del bollo.
Lleva en los brazos a Nano, que no se mueve.
Maneja el cuchillo como un poseso tratando de alcanzar a mi dragona.
—¡No! ¡Detente! ¡Suéltalo, Esplendor!
Esplendor se sorprende de mi grito y suelta a su presa. El hombre se cae por la ventana debido a la sinergia, pero se levanta de la misma y ahora amenaza a Nano con el cuchillo sobre su barriga.
—¡Quietag!
Ambos nos calibramos el uno al otro. Si él da un paso a la izquierda, yo le sigo.
Lo mismo si da marcha atrás, no voy a dejarle escapar.
Circe está por detrás, pero no tiene nada a mano que pueda hechizar.
Hall tiene una pinta horrible, con la nariz hinchada, en cueros, descalzo y la cabeza amoratada, pero aún puede ser peligroso y no puedo arriesgar la vida de Nano de esta manera.