Capítulo VIII. En el país de los ciegos, el dragón es el rey #2
El espacio que se encuentra en mitad del patio del castillo ha sido vallado con varias capas de enrejado, lo cual podría parecer una exageración si no fuera porque ahora mismo hay un dragón azul tratando de llevarse un trozo a mordiscos de recuerdo.
Su criador, Jollistik Venis, del centro Hielitos Adorables, un remilgado bigotudo que no llevará más que un par de años en este sector, está tratando de engatusarle con una delicia vegana y obteniendo la misma atención que mis enaguas nuevas en la boda de mi prima.
Ofrecí mi sabiduría a este hom-bre cuando empezó a montar su criadero, pero no se tomó a bien mi risa y comentario de «oh, cariño» cuando dijo que iba a invertir solo dos mil oros.
Por lo que me han comentado, lleva al menos otros dos ceros más gastados.
—¿Mal día, Jollistik? ¿Necesitas ayuda?
El hombre no se molesta en contestar, está demasiado ocupado respirando y sudando al mismo tiempo.
Su dragón ha conseguido hacer un agujero suficientemente grande como para meter la cabeza por él y está tratando de pegarle un buen mordisco al niño mofletudo que está en primera fila.
Este mira, con arrojo o estupidez, cómo la bestezuela se abre paso a través del metal, emulando a la gelatina y ni siquiera pestañea.
Sería un buen criador. El pequeñín, por lo demás, solo tiene hambre, pobriño.
Deben de haberle tenido a seitán toda la semana.
La segunda llamada indica que debemos entrar en el cuadrilátero. Nos dirigimos a la entrada, entregamos a un muy vendado paje la invitación real, y, mientras Circe se queda con Nano, yo presento a mi Esplendor. La selección de los cachorros se realizará al finalizar la de los adultos.
Me coloco en mi puesto, justo entre Jollistik y un enano del cual no recuerdo el nombre, pero que presenta un portento de dragón rojo que, hasta yo reconozco, es una belleza.
Por si no estáis familiarizados con las exposiciones de belleza de dragones, os lo explico.
Se trata de que una panda de presuntuosos elitistas haga destacar a sus dragones ante el público y la realeza.
Pero esto ya lo sabíais, porque os lo he contado.
La cosa es que es difícil de describir si no habéis estado nunca en un concierto enano de Heavy Metal y habéis experimentado en vuestras carnes las sutilezas de un círculo de la muerte.
Es el equivalente a la gracilidad de una manada de elefantes andando en círculo a marchas forzadas combinado con la seguridad de nadar en un río lleno de cocodrilos hambrientos y malhumorados tras horas de viaje confinados.
Más que mostrar la belleza de nuestros pequeños, lo que hacemos es demostrar el superinstinto de supervivencia de los criadores.
Suena la trompeta que da inicio. Corre o muere.
Si caes, descalificado. Si tu dragón muerde a alguien, descalificado.
Si pierdes algún miembro, descalificado.
Si te manchas con la sangre de los caídos, descalificado.
Si no vas vestido como si despreciaras profundamente la idea de la muerte, descalificado.
Si tu dragón mira siquiera a la familia real, decapitado.
Está permitido insultar a los otros competidores, pero si se mencionan a sus madres, descalificado y apaleado.
Hay que aguantar durante cinco minutos. Maldita pitonisa Einstein.
Correr no me supone demasiado esfuerzo, es algo que hacemos habitualmente en el centro.
Los enanos, en cambio, suelen ser los primeros en caer.
Es por eso que quedo maravillada cuando veo al enano del fabuloso dragón rojo aguantar dos vueltas completas y, a la tercera, subirse cual acróbata sobre su dragón.
No hay nada sobre eso en las reglas, y por una buena razón, ya que el rojo se revuelve al sentir el peso de su irrespetuoso criador y lo deja barbilampiño de un sólo movimiento. Descalificado.
Los siguientes en caer suelen ser los que crían dragones azules. Son agresivos, pero bastante vagos, puede que tengan un metabolismo lento, y veo enseguida a Jollistik luchando por hacer que su pequeño hambriento siga caminando. Descalificado.
La siguiente ronda es un poco más complicada.
Se trata de conocer los gustos de los jueces que vigilan nuestros pasos, parados en mitad del campo y parapetados tras planchas de aluminio.
Puedo reconocer al Juez Pelming y a la Jueza Joseph, pero no sé quién es el tercero.
Es extraño porque los jueces suelen ser nombrados con mucha antelación entre los chupatintas más afamados.
Pelming es un hombre del norte, le gustan los dragones fuertes y recios.
Joseph suele preferir las hembras a los machos, pero es imposible distinguirlos a distancia, por lo que se basa en la idea preconcebida de que las hembras tienen el paso más estiloso y la cola más alta.
Así que, sabiendo que eso es lo que quiere, silbo brevemente y Esplendor enseguida se posiciona con el pecho fuera, cola arriba.
Comienza a dar saltitos más largos ante mi leve tirón con la correa.
Ahora solo queda rezar para que el tercer juez desconocido no sea originario de las Islas Frugales y piense que los dragones de ojos saltones y lengua caída son los más bellos.
Se dice que para gustos no hay nada escrito, pero yo podría escribir un libro sobre las personas que les gusta jugar a ser dioses con la selección de los dragones para hacerlos cada vez más achatados, más tontos y más feos.
Si me lo pilla el censor, puede que acabe antes sumergiendo el libro en alquitrán.
Esplendor está en su salsa, claramente ha nacido para estas exposiciones.
Casi lamento no venir más a este tipo de eventos, pero solo casi.
Tras los cinco minutos de paseíto, quedamos trece en pie de los cincuenta que hemos empezado.
La trompeta vuelve a sonar y nos detenemos.
Le doy a mi niña un premio y ella parece feliz.
Los descalificados y/o heridos salen con la dignidad apaleada siendo escoltados por los guardias.
Localizo a Fidelia, jadeante pero pletórica junto a su dragoncita.
Ha pasado. Veo otras caras familiares. Hay una que no me suena de nada, pero me recorre un escalofrío al ver su traje verde fosforito.
Podría apostar a Xhiri que ese es el Kamikaze.
Lleva de la correa una dragona hembra plateado: son raras, muy raras, pero eso no quiere decir que sean bonitos.
Si los dorados son prácticamente diurnos y brillan al sol, los plateados son eminentemente nocturnos y aborrecen las multitudes y las cosas brillantes.
El tipo me cae mal inmediatamente: le brillan los dientes, tanto como la piel de su dragón desprotegido de los rayos del sol.
La segunda trompeta suena y yo me posiciono en la fila.
En esta etapa los jueces deben tocar y ver que el dragón participante se encuentre sano y en perfecto estado y, para ello, ponen en peligro su propia integridad física, lo cual puede ser entretenido si eres un sádico o un empleado del SAC (Servicio de Atención al Cabrón).
Aquí no hay medias tintas, si tu pequeño no muerde o no provoca una lesión permanente, pasas.
Cualquier otra circunstancia termina contigo descalificado y, posiblemente, demandado.
Así que coloco a Esplendor en su mejor postura y marco con un dedo la punta de su nariz, la señal entre nosotras para decirle que si no se comporta, sacaré la Escoba en vez de la chuche.
Las últimas tres sesiones parece que lo ha acabado pillando, pero este es un lugar que provoca nerviosismo hasta al dragón más avispado, por lo que necesito que centre toda su atención en mí.
Los jueces se turnan en sus tocamientos, porque son incautos pero no idiotas, y solo se ponen en peligro de uno en uno.
Tres dragones caen y dos persisten. Cuando llegan a Fidelia, uno de los jueces, el desconocido, ha perdido un dedo, por lo que es retirado y sustituido por otro, sudoroso y nervioso.
Reconozco al Juez Parco Melon. Mala cosa.
La dragona de Fidelia se siente incómoda con tantas muestras de cariño y le pega un bufido llameante, pero no es tan grave como para que la descalifiquen. Me alegro por ella.
Cuando nos toca, el Juez Pelming acaricia el lomo de Esplendor, a la que tengo hipnotizada con el poder de mis ojos, y se deja hacer mientras le toca escamas, patas, cola y, por último y con los brazos muy extendidos, cabeza, incluida la boca.
Hay un momento de duda, cuando Esplendor dice basta, aunque solo pega un leve mordisco que no provoca amputación.
El juez es rápido y retira la mano antes, pero por la forma en la que tuerce los labios hacia arriba, sé que le ha gustado esa muestra de fortaleza y carácter.
Un dragón debe tener ambos según el ideal de los norteños.
Pasan al siguiente y yo aprovecho para dar mimos, caricias y, sobre todo, ratas disecadas a mi chica que tan bien lo ha hecho.
Y disfruto de lo que queda de la exposición: pasa, pasa, descalificado, descalificado, muñón, cambio de juez (casi sonrío cuando sacan a Joseph en camilla agarrándose el brazo.
La mano la está masticando un fabuloso macho verde del criadero Dulcecillos del Campo, que es descalificado en el acto) y, finalmente, llegan al kamikaze y su incómodo dragón plateado.
Veo que para los jueces también es un reto.
Por mucho que sea una rareza bastante agraciada, es un dragón que está totalmente fuera de su hábitat y eso crea un conflicto de intereses con las reglas de la exposición.
Pelming parece llanamente disgustado, el juez Parco se niega a tocarla siquiera, y entonces, Gok, el juez sustituto de Joseph, da un paso al frente.
El juez Gok es un gigante de tres metros, el cual podría coger al dragón plateado y su dueño de sonrisa falsa con una sola mano. Puede parecer un bruto, pero siente un amor genuino por los dragones y los trata con la dedicación que se merecen. De los pocos jueces sensatos que quedan en el reino.
—¿Su dragón no está incómodo bajo este sol? —pregunta Gok.
Todos miramos al pequeñín, que tiene el iris enorme, muy dilatado. Se bambolea de un lado a otro, como si estuviera viendo cosas de las que no está seguro. Es evidente que ese no es el comportamiento normal de un dragón plateado.
—Por supuesto que no, está muy habituada.
Gok parece pensar la respuesta, lentamente. Si no habéis conocido nunca a un gigante quizás no lo sepáis, pero tienen dos cerebros, uno de ellos en el estómago.
Es por eso que los pensamientos suelen salir a su ritmo, deben pasar por toda la largura de su cuerpo antes de tomar una decisión, por simple que esta sea.
—Debería estar durmiendo —dice al final, como si fuera una loseta de la verdad lanzada por una catapulta desde una almena de veinte metros.
—Y brilla —aporto yo, centrada en el otro lado del campo como si tal cosa.
Se giran a mirarme, pero solo sonrío inocentemente.
El kamikaze me dirige una mirada de odio que yo ignoro, pero parece que Gok por fin se fija en lo que a mí me lleva escamando desde que vi por primera vez a la dragoncita.
Los animales nocturnos cazadores no brillan.
Sería el equivalente a poner el cartel luminoso de un prostíbulo en la calle de las sacerdotisas.
El gigante me mira, me reconoce y vuelve a fruncir el ceño.
Ahora sí, posa su mano sobre la dragona plateada y esta no hace ningún gesto, como si estuviera zombi.
Esta vez el juez es bastante incisivo en sus pesquisas y, cuando ha encontrado lo que yo ya sabía, se reúne con el resto de jueces.
Tras varios minutos de deliberación, lo declaran descalificado.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? —pregunta el dentudo.
—El dragón está drogado —dice Gok y está tan furioso que oigo como le crujen los nudillos desde esta distancia.
—¿Drogado?
—Ha utilizado polvo de Medianoche para que pueda andar a la luz del sol con naturalidad. Mire —dice él, enseñando a todos su mano, donde hay un polvillo iridiscente.
Es una acción atrevida. El polvo de Medianoche es de uso habitual para vampiros y seres de la noche en general que quieren hacer una vida diurna, pero para los dragones es un compuesto que crea adicción, trastornos de personalidad, pasividad y varios problemas de salud, por lo que su uso está estrictamente prohibido.
—¡Eso es polvo de talco, para darle un plus a sus escamas!
—Señor, si no se calla ahora mismo, denunciaremos su caso ante las autoridades.
—¡Esa mujer también usa aceites! —dice y tiene el atrevimiento de señalarme—. ¡Ella también debería ser descalificada!
—Los aceites de acicalamiento están permitidos —sigue diciendo Gok, con voz neutra. Para ser un gigante, tiene una excelente memoria—. Artículo 123 de las Exposiciones Interregionales Draconianas.
—¡Exijo que se admita a mi dragón! —sigue berreando—. ¡Este concurso está amañado, los jueces están comprados! ¡Voy a quejarme directamente ante el rey! ¡Sabía que esto pasaría, me lo habían dicho, ya lo sabía!
Lo que quizás no sabía este desagradable hombrecillo, es que Gok se toma muy a pecho las afrentas hacia su honor.
Yo creo que algo de sangre de dragón sí que tiene.
Y que, así como son lentos para el resto de cosas, los gigantes saben muy bien cuando alguien los está insultando.
El golpe que recibe en la cabeza y reverbera por la plaza de exhibición suena a hueco para mí; me provoca otra sonrisilla.
Quizás sí que vuelva a presentarme a estos eventos después de todo.