Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo VIII. En el país de los ciegos, el dragón es el rey
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Capítulo VIII. En el país de los ciegos, el dragón es el rey

—Vamos a ver, usted se llevó a este dragón hace seis semanas.

—Sí, exacto. Y hoy hemos visto que está llena de gusanos internos.

—No creo que eso sea posible, pero mándeme una foto de cómo son, por favor.

(Foto recibida)

—…Señora, ¿hace cuánto que no lava el recipiente del agua de su dragón?

—¿Qué tiene que ver eso?

—Porque eso que llama gusanos son renacuajos.

La Capital de las Maravillas. La Ciudad de las Mil Calles. La Madre del Reino. O como lo llamo yo, La Alcantarilla de un Millón de Culos.

Fue fundada por un matadragones, Sir Armando Bronca, así que ya os podéis imaginar el entusiasmo que me provoca volver de nuevo a este infecto nido de ratas. Ni la Federación de Flautistas podría limpiar a tanta bestezuela junta. Solo con el edificio de Justicia tendrían para una década.

Circe, en cambio, está encantada. Hace pequeños ruiditos de admiración ante todo lo que le llama la atención, lo que hace bambolear el carromato peligrosamente de un lado a otro.

No le gruño, aunque podría, porque estoy demasiado ocupada enseñando los dientes a los robacarteras que no han reconocido la marca de mi criadero. Tengo cierta fama por aquí y no me gustaría hacerla de menos con lo que me ha costado construirla.

Es pronto por la mañana, pero las calles ya están atestadas.

La ciudad de por sí suele ser un caos y todo se vuelve más confuso si añades a la mezcla cien criadores con sus respectivos dragones.

Aquí y allí se oyen gritos y se ven pequeñas columnas de humo por encima de los tejados, lo que, sumado al hecho de que hace un calor del copón, me da una idea de en qué situación están mis competidores.

Las sirenas de los bomberos no cesan en ningún momento.

Panaderos, ganaderos, herreros y resto de eros tratan de llegar a los clientes con gritos, olores y hasta ataques visuales.

Los insultos a los competidores se unen a las alabanzas a sus productos mientras los niños abanican la fruta y la carne con desgana, tratando de alejar a las moscas.

Las casas forman túneles sobre nosotros, pues deben apoyarse las unas sobre las otras para mantenerse en pie, tan ebrias como los constructores que les dieron vida.

Hasta los colores son excesivamente enérgicos: rojos, verdes, marrones, blancos y rosas —me da un escalofrío al verlo— luchan por el honor de llamar la atención del recién llegado.

En esta ciudad se da un batiburrillo buscando ser atractivo y fallando estrepitosamente.

—¡Mira, Elsa! ¿Eso es un muñeco de nieve? —dice Circe, señalando un puesto de helados.

Yo ya lo he visto en el pasado, pero sigue maravillándome cada vez.

A pesar del calor, las virutas de hielo se conservan en perfecto estado, en una montañita a la que se le pueden echar diversas salsas.

El artista de la obra le ha dado forma de un rechoncho muñeco de nieve al que le ha añadido una zanahoria como nariz. Me estremezco sin saber por qué.

Intercambio dos monedas de plata por cuatro cucuruchos y seguimos caminando mientras todos devoramos nuestros helados.

Esplendor y Nano parecen maravillados y mosqueados a partes iguales por el nuevo tentempié, lo cual me arranca una sonrisa.

La nieve y el hielo es algo que los dragones suelen evitar, les adormece.

Si hace el suficiente frío incluso pueden llegar a entrar en hibernación.

Los únicos que pueden soportar las bajas temperaturas serían los dragones azules, pero yo estoy convencida de que esos no son más que una subespecie de los dragones, quizás un raro guiverno o una mezcla impura entre ambas.

Todo en ellos es raro, comenzando con que tienen la lengua azul.

La celebración será en el propio recinto del castillo.

Una elección un tanto cuestionable dado que, aunque el exterior esté construido con piedra, el interior de vigas de madera, con todos esos tapices y lujosos muebles, puede ser bastante inflamable si se le da la oportunidad.

Quizás la familia real haya contratado a unos cuantos magos para sofocar los posibles problemas, quién sabe.

A esta gente de la nobleza le suele gustar tirar el dinero en cosas estúpidas cuando hay alternativas completamente lógicas, como realizar la exposición en las explanadas no cultivadas del exterior de la ciudad, pero, ¿cómo decirles a esos culos finos que tienen que desplazarse para gozar de nuestro espectáculo?

El castillo tiene su atractivo, eso he de reconocerlo. Es el sueño de cualquier hombre. Un armatoste largo y redondo, con dos guardias bajas a los laterales y un patio interior yermo. Añádele unos setos espinosos aquí y allí e igualito que mi ex.

Enseñamos la invitación real a los temerosos guardias de la entrada y, de seguido, un ansioso escribano nos lleva al que será nuestro puesto en la exposición.

El lugar está lleno en su mayoría por carromatos como el mío, aunque también hay atrevidos campistas y gente sentada bebiendo hidromiel como si estuviéramos en una merienda campestre. Uno extremadamente mortal.

Hay dragones excitados por todas partes: verdes, dorados, plateados, rojos, azules…

Pero no hay negros. Eso ya sería coquetear con la Muerte en sus días del mes, incluso los nobles lo saben.

De todos modos, solo hay tres criadores de dragones negros en todo el reino: el enano gigante Grogu, el trol Genvinomi y la bruja súcubo Di.

Los tres están chalados y disponen de las armas físicas y mágicas necesarias para controlar a un negro.

A nadie se le ocurriría ponerle una bonita orla dorada a uno de esos bichos so pena de acabar en el menú.

El evento que sufrió Simpático fue especialmente raro por ese motivo.

Sabemos desde hace tiempo que hay desalmados que crían dragones sin los oportunos permisos ni conocimientos, pero son pocas las veces que damos con ellos.

La mayoría de las veces solo encontramos los resultados de esta cría ilegal, en pésimas condiciones.

En cualquier caso, los dragones están muy estimulados. Compañeros desconocidos por doquier, con olores entremezclados, y a los que no pueden alcanzar. Odios que nacen, amores que se forman y celos, celos por todas partes. La verdad es que los dragones pueden ser un poco temperamentales.

Vemos cómo dos dragoncitos en dos parcelas de competidores diferentes tratan de alcanzarse con las llamas que expulsan a chorro.

A nuestra izquierda, una bandada de cachorros de poco más de seis meses se han escapado de su vehículo y sus criadores están tratando de agarrarlos.

Por desgracia, están haciendo uso de sus alitas y el cazamariposas está resultando poco útil, así que los pobres tendrán que esperar a que se cansen.

Vemos a una mujer, cuyo volumen duplica el de mi hermana, acunando una dragona roja de treinta kilos sobre su generosa delantera y haciéndole arrumacos y gorjeos propios de un bebé.

Sonrío al reconocer a Fidelia Zorris, la única criadora con la que me es posible cruzar palabra en este evento sin querer estrangularla.

Vive al norte, en el centro de cría de dragones Fuego de Amor, y es especialista en dragones rojos, una raza muy impetuosa pero también muy fiel.

—¿Ya estás cómoda, Fidelia? —le digo sonriéndole desde el pescante.

—Elsa Kapunta —dice ella, torciendo levemente el gesto. He dicho que yo la soporto, no que le ocurra lo mismo conmigo—. Te esperábamos mucho antes.

—Tuvimos algunos problemillas en el camino. Pero en cuanto recojamos la orla, nos volvemos con viento fresco.

—¿No es prepotente suponer ya tu victoria? —dice ella, mientras su pequeñín le mordisquea las trenzas.

No lo reprende y eso es lo que más me gusta de ella.

Jamás lleva a sus pequeños en jaulas, los mima como a uno de sus trece hijos y medio (uno es un doppelganger, pero lo cuida igual que al resto) y, sobre todo, disfruta encarándome.

Sus dragones quizás no sean tan guapos como los míos, pero tienen su público.

Yo sigo prefiriendo los verdes y dorados, más tranquilos, más familiares.

—Prepotente sería si no ganara cada vez —afirmo yo, encogiéndome de hombros—. Nos vemos en el pódium.

Ella me gruñe, pero yo sigo al impaciente escriba que nos guia.

Esquiva aquí y allá las zonas peligrosas como uno de esos ninjas del este.

Aparcamos el carromato que, con un siseo y un tosido, se apoltrona en nuestro trozo de césped.

Nos ha tocado entre Vagh Orredomado, del centro de cría Fuego y Hielo, y un criador nuevo, Campeones del Aire, que no me suena de nada, pero cuyo carromato sí que reconozco.

—¡El kamikaze! —Me doy cuenta al observar el color verde fosforito del chasis.

—¡Espera, Elsa, espera! ¿Qué vas a hacer?

—Apártate, solo voy a darle unos cuantos puntos extras…

—¡Respira, respira! ¿Y el curso de violencia?

—¡Casi volcamos por ese idiota!

—¡No hay tiempo, no hay tiempo! ¿No escuchas la campana?

Tiene razón, y eso hace que me sorprenda. Es mucho más tarde de lo que esperaba. A nuestro alrededor la gente empieza a ponerse en marcha y ya no hay tiempo para rencillas del camino.

A todo correr, sacamos a Esplendor y Nano y, mientras Circe los vigila, yo saco los paños para hacerles la última limpieza con aceite y las chuches de rata para captar su atención en el ring.

Les coloco las correas, cuya única función es parecerse a una correa pero sin la función de una, y volamos al cuadrilátero. No literalmente, claro.