Capítulo VII. Es mejor callar que con dragones hablar #2
—¡Aquí! ¡Pero si no hay sitio! ¿Cómo se te ocurre?
—¿Crees que alguna posada permitiría que metiéramos a dos dragones con nosotras? ¡Y no pienso dejarlo en manos de un mequetrefe cualquiera, en establos de mala muerte! ¡A saber qué clase de cosas pueden coger ahí!
Ella masculla, mastica el quiche y se limpia las migas que han caído en su escote, todo a una.
Yo me apresuro a robárselo antes de que acabe con todo.
Le doy una mordida y lo disfruto. El sabor de la crema combina perfectamente con la lengua de vaca y el queso de esfinge.
Mi hermana amasa como los ángeles, eso hay que reconocerselo.
—¿Y cuántos días dura esa exposición?
—¡Con suerte, un día!
—¿Te haces este viaje de dos días para estar allí uno?
—dice ella espantada. Creo que se está planteando el volver y eso que estaba muy feliz cuando la invité a venir.
—¡Sí! ¡Es un punto obligatorio!
—¿Obligatorio?
—¡Sí, para ganar el premio al dragón más hermoso hay que pasar por tres puntos obligatorios y diez seleccionables en un mismo año!
—¿Y tienes que ganar todos ellos?
—¡No, con que obtengas un «Bien» es suficiente!
—¿Solo un bien? ¿Y si lo haces ya eres el dragón más hermoso del reino?
—¡Oh, no solo yo, todo el que haga lo mismo también conseguirá el título del más hermoso!
—¡Pero entonces puede haber docenas de dragones más hermosos! ¿Cómo es posible?
—¡Porque por cada campeonato al que te inscribes te cobran! ¡Miles dracos por dragón y exposición, calcula!
—¡Esos son muchos dracos!
—¿Cómo sino iban a poder pagarse la casoplona los del ASCO?
—¡Pues no lo entiendo!
—Pues yo tampoco.
Continuamos el viaje, cruzándonos de vez en cuando con algún carromato mágico o mecánico.
Por lo general no se habla con los extraños, pero la cosa cambia si viajas en carruaje, pues tampoco está de más saber dónde está el puesto con repuesto de magia más cercano o el restaurante con los precios más insultantemente ajustados. Solo por si acaso.
Circe me hace el relevo un par de horas después y aprovechamos la parada para dar de comer algo a mis pequeños.
Les dejo estirar las patas y las alas levemente, con sus correspondientes arneses.
Los bosques son peligrosos, casi tanto como los caminos, así que tiene que ser breve.
Es por ello que su humor no mejora: tienen hambre, están cansados, les duele el trasero.
Lo que más o menos también me ocurre a mí. Todos estamos de uñas.
De pronto, un kamikaze de color verde fosforito nos adelanta por la derecha a toda velocidad haciéndonos tambalear y casi volcar. Suelto mi repertorio completo de diarrea vocal.
—¡Será capullo! —digo cuando al fin consigo calmarme.
—¡Olvídalo, Elsa!
—¡Él sí que va a olvidar cómo respirar cuando le atrape!
—grito, pisando el pedal en modo Furiosa [10] .
Pero el carromato solo exhala una ventosidad espasmódica y acelera tan mínimamente que el caracol que se ha subido al palanque siente una ligera brisilla.
Lo malo de hacer todo el carro ignífugo es que este soporta más peso de lo normal.
Su quejido lastimoso casi me da pena, lo que hace que se me baje el calentón.
Aun así, por amor propio, suelto varias docenas de lindezas más referidas a su persona y la de sus ancestros.
—¿Te sientes mejor?
—Sí.
Seguimos manteniendo el lento avance.
Llegamos a la frontera unas horas después y nos sumamos a la larga cola de carromatos que esperan su turno ante los dos inspectores y los tres soldados que marcan la frontera entre el Gran Reino de Jotapelón y Doremo Reinoso.
Si ellos no estuvieran aquí, nadie caería en ello y todos viajaríamos entre reinos como si de un mismo continente se tratara. Vamos, una locura.
En este caso, se han hecho claros esfuerzos para diferenciar uno y otro lado.
El camino tiene una línea marcada con tiza blanca.
Cada zona tiene su propio inspector, lo que quiere decir que se sientan uno frente al otro y ambos deben dar el visto bueno a la vez: uno para poder salir del país, el otro para poder entrar.
Por consiguiente, el mordisco es doble, y con la complejidad de que se debe dar exactamente lo mismo a uno que a otro, so riesgo de incurrir en la envidia del contrario.
Tras casi una hora de espera, en la que Circe arrampla con la última de sus cestas de avituallamientos y el caracol polizón le da tres vueltas completas a nuestra circunferencia, conseguimos llegar al primer inspector de salida del país. A este le conozco.
—Le saludo de nuevo, señora Kapunta.
—Señor Billy —digo yo, suspirando. Me armo de paciencia: esto va a ser largo—. Aquí tiene: nuestros pasaportes, los pases de mis dragones, el certificado del veterinarius y el contrato de magia vinculante.
—Déjeme ver.
El hombre de bigote agresivo y estatura mediocre mira con parsimonia los papeles, les da la vuelta, los pone a contraluz, revisa que la tinta esté seca y sea homogénea y que los certificados mágicos sean los correctos.
Es un hombre muy meticuloso para los papeles.
Curiosamente, no mira a los dragones ni si estos son los mismos que los de los documentos.
De hecho, cuando me los devuelve, procede a limpiarse las manos en un pañuelo que luego lanza por detrás de su cabeza.
Veo que hay una pila de pañuelos viejos en ese mismo punto.
—Falta el certificado de exportaciones —dice él, apuntando algo en las hojas.
—Estos pequeños no se exportan. Viajan con nosotros —respondo yo.
—Salen del país, por lo tanto son exportaciones
—No son bienes. Según el concilio de los magos, desde el año pasado los animales fantásticos tienen el estatus de seres vivos con derechos.
—Entonces son personas. Eso quiere decir que necesitan pasaporte.
—Por mucho que a mí me parezca bien, los dragones no son personas. Y el certificado del veterinarius es su documentación identificativa.
No le pegues un puñetazo, no le pegues un puñetazo…
—Pero no tienen el sello de exportación.
Circe ve cómo aprieto los papeles y enseguida se interpone entre nosotros.
—Disculpe, caballero. —Sus pestañas se mueven a tal velocidad que creo que va a remontar el vuelo—. ¿Sin ese documento no podremos pasar?
El hombre abre la boca y mira la parte más protuberante de la anatomía de mi hermana, que no son sus pestañas precisamente, por mucho que las siga agitando.
—No. —Traga saliva y trata de despejar sus ojos, sin éxito, de las grandes montañas en el horizonte más inmediato—. Pueden pasar. Pero no sé si les dejarán entrar al país.
—¿A ese país? —señalo yo, escupiendo a nuestra derecha y borrando con ello un poco de la línea de tiza.
Mi hermana me deja fuera de la conversación con el Señor Billy.
—En ese caso, si le parece, ¿podríamos intentarlo?
—No me corresponde a mí decidir eso… señora.
—Señorita —corrige ella, falseando una sonrisa—. Me temo que no he tenido a bien de encontrar un hombre que ame tanto los dulces como yo. De hecho, soy repostera. ¿Le gustaría probar un churro?
Como por arte de magia, un churro se materializa en su mano y se lo ofrece al aturdido hombre, que por un momento ha creído ver cómo un dulce nacía de la hendidura formada entre dos fuerzas mayores. Lo coge y le da un mordisco.
—Maravilloso. —No creo que se refiera solo al churro. Guiña un ojo a mi hermana y esta se muestra coqueta—. Pueden pasar.
Entonces procedemos a pagar la tarifa habitual por el traspaso de frontera, un dinero que no es apuntado en el registro, y nos concede cuatro sellos señoriales para visitar cualquier otro país que contenga una frontera con esta.
Pasamos entonces a la segunda mesa, donde un jovencito con bigote rubio mira aburrido al camino desde el que llegamos, abarrotado de gente que de vez en cuando lanza un rebuzno, como si eso animara a la cola a avanzar más rápido.
—¿Documentación? —Se la entrego, ahora un poco más arrugada que antes.
—¿Motivo de la visita?
—Vamos al C. Concurso de Beldades Draconianas de Roc. Aquí tiene la invitación y la inscripción al evento.
Él parece despertar y mira con atención la sucia invitación que le entrego. Tiene una esquina mordisqueada, ya que Nano se me ha despistado por un segundo.
—¿Dragones?
—Sí. —Le señalo el carruaje, donde mis dos queridos están tratando de salir por la ventana entreabierta que les hemos dejado para que no se ahogaran. Sus lenguas bífidas rascan el aire tratando de llegar a las mariposas que revolotean incautas cerca de la misma.
Circe sigue mirando hacia atrás, donde el Señor Billy parece dirigirle una sonrisa dubitativa, como un cabritillo recién nacido. Se vuelve y parece que le es necesario apuntillar más mis palabras. Odio que haga eso.
—Mi hermana es criadora de dragones. Su centro es famoso, seguro que le suena: Escupiendo Fuego.
—¿Y vende dragones?
—Sí —respondo yo, poniendo los ojos en blanco.
¿Qué cree que vendo, calcetines?
Él me mira como quién no acaba de entender la broma.
—¿Y la gente los compra?
—…Sí.
—¿Y cuánto puede costar uno?
Sé que me voy a arrepentir, pero le digo el precio.
Él bufa y se vuelve a la mesa, donde firma y sella todos los documentos sin mirar ni uno solo.
—¿Quién gastaría ese dineral en un dragón?
—¿Disculpa?
—Yo tengo un hipogrifo adoptado. Jamás se me ocurriría comprar un dragón.
—Me parece perfecto.
—Qué locura, qué locura —repite mientras mueve la cabeza de un lado a otro y sella los pases de entrada rápidamente—. Qué pasa con la gente, ¿ya no les gustan los gnomos, o qué?
Me obligo a relajar la mandíbula y recojo los papeles que me ofrece de vuelta. Le entrego la tarifa habitual, exactamente igual que la dada a su agremiado en el otro lado de la frontera.
—¿Y qué hay del certificado de exportación? —susurra Circe en mi oído y le doy un codazo. Al menos ha sido lo bastante discreta como para no decirlo en alto. Nos montamos rápidamente en el carromato.
—Un momento.
La voz del segundo inspector nos detiene y yo ya me temo lo peor. Seguro que la ha oído.
—¿Y mi churro? —dice, con la mano en alto.
Diecisiete horas después, llegamos a la ciudad de Roc, capital del Gran Reino de Jotapelón.