Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo VII. Es mejor callar que con dragones hablar
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Capítulo VII. Es mejor callar que con dragones hablar

—Señora Kapunta, ¿ha visto usted hoy los comentarios de la web en el magi-on?

—No, ¿qué pasa Jack?

—Sería mejor que los revisara en la entrada que compartió sobre Enfermedades de transmisión sexual de los dragones.

—Eso es de hace un par de meses. ¿Qué pasa?

—Una mujer pregunta qué puede pasar si su dragón tiene herpes draconiano y le chupa, hemm, eso.

Montar en el carruaje mágico a Esplendor supone un trauma para todos. Los dragones aman volar, pero un vuelo en grifo es imposible, son dos especies incompatibles. Ahora que lo pienso, los dragones son incompatibles prácticamente con todo ser vivo, excepto, quizás, las medusas.

La otra opción para llegar hasta Roc sería montar en escoba mágica, pero mi sangre de bruja está demasiado diluida como para hacer volar nada más que mi imaginación. Además, sería pedir mucho a un palo de madera: mis gráciles pequeños suponen un sobrepeso para un viaje tan largo.

Así que, por mal que nos pese, toca carruaje.

Es un modelo antiguo que he modificado para poder hacer viajes como este y en su día pinté el escudo de mi tienda en un lateral: un dragón escupiendo fuego mientras vuela en un círculo perfecto.

Ahora está un poco deslucido y parece más bien un trasero lanzando llamas, pero lo muestro tan poco que me cuesta invertir en ello.

El carruaje no tiene caballos, evidentemente, tira por la fuerza de la magia y la confianza que le tengo.

Sé que algunos malnacidos de esta profesión llevan a sus dragones en una jaula por detrás del carro en un anexo añadido a este, pero, francamente, no me extraña.

Llevar un dragón en un sitio cerrado siempre es mala idea.

Llevar un dragón en un sitio cerrado por doce horas, es una idea aún peor.

Solo hay algo peor y eso sería llevar dos dragones, uno de ellos adolescente.

Nano ha sido el elegido de última hora. He estado un poco decaída tras lo de Chochola y este pequeñín me ha estado acompañando las últimas semanas con sus payasadas. Me resisto a despegarme de él y, además, es irresistiblemente guapo, así que pienso exhibirlo en el concurso de cachorros.

—¿Podrás con ellos? —me pregunta Jack un poco inseguro. Yo le hago un ademán con la mano que en ciertos países del sur podría llevarme al paredón, pero no es pura fanfarronería: sé lo que me espera.

Me gusta viajar, por lo general, pero no disfruto dejar mi centro y suelo preferir no dormir en el camino, que es precisamente a lo que me tengo que resignar.

Esta vez no nos queda más remedio, ya que la exposición de los cien años se realizará en la capital del reino y eso está a dos días de distancia a caballo o doce horas en escoba.

Dormiremos en el camino y, dado el cariz del viaje, antes debemos dar un pequeño desvío para pasar a recoger refuerzos.

Esplendor intenta salir por la ventana, pero no lo consigue. Se pega pequeños cabezazos contra las rejas tratando de salir y, al no conseguirlo, echa un chorrito de fuego. No me preocupa, hace tiempo que cambié cada parte de este viejo carruaje por piezas ignífugas, a prueba de dragones.

Por ley debería transportarlos encadenados, pero que me aspen si voy a hacerlo.

Coloco las cadenas en su sitio y los conecto a los collares, pero no se los pongo.

Son un quitamultas, por si nos paran los guardias.

Con suerte, ellos no se sabrán las leyes internacionales de transporte de animales fantásticos y yo no sabré dónde perdí el billete de cincuenta dracos que llevo conmigo.

De cualquier manera, aún no he visto al listo que haya tratado de meter la cabeza dentro de un carruaje lleno de dragones para asegurarse de que se encuentran bien amarrados.

A ese valiente sí que me gustaría conocerlo.

Con Nano sobre mis rodillas y Esplendor pegando grititos de excitación, nos despedimos de Jack.

Dejo caer un comentario de lo que le ocurriría si algo le pasa a mis pequeños en este tiempo.

Se ha ofrecido amablemente a quedarse a dormir aquí mientras yo estoy fuera, pero sigo sin fiarme del todo.

Salimos a la carretera. La primera parada está a un par de horas de distancia, pero se hacen bastante largas.

Esplendor se pasa aullando la primera hora sin parar y Nano ha meado al menos tres veces en el mismo lapso.

Atravesamos los campos hasta llegar al bosque del este y cojo el desvío para internarme en él.

El camino en esta zona está abandonado y damos tumbos incómodamente dentro del carromato.

En cuanto veo la casita de dulce de caramelo a lo lejos se me revuelven las tripas.

Tener una casita de gominola es una inversión derrochada desde sus mismos cimientos de chocolate: una casa comestible, que se deshace ante el viento y la lluvia, que atrae a los insectos y los deja pegados a sus paredes y derrama un olor dulce y empalagoso por todo el bosque.

Una idea única que solo se le ocurriría a la persona que ama con locura los dulces: mi hermana.

—¡Te has adelantado! —grita Circe desnuda de cintura para arriba, desde la ventana de su cuarto en el segundo piso. La mampostería de la ventana está blanda y se hunde unos centímetros ante el generoso pecho de mi hermana pequeña.

—¡Quedamos a las nueve! —le grito yo en respuesta y detengo el carro justo debajo.

—¡Es de buena educación no aparecer puntual!

—¡Eso es en las fiestas! —respondo exasperada.

Hay un fenómeno inusual que se da entre mi hermana y yo.

Da igual lo cerca que estemos, acabamos gritándonos la una a la otra.

Ni siquiera se trata de pelear, solo es una costumbre propia de mi familia que quizás comenzó con la sorda de mi abuela.

La familia Kapunta es conocida en todo el mundo por el eco de nuestras conversaciones repetidas a viva voz.

También se nos conoce por ser la única familia en todo el reino que no tiene nada que esconder, ni puede hacerlo.

Circe es un pequeño desastre, tal como yo, pero mientras que a mí la vida me dio una patada en forma de exmarido, a ella se la dio con forma de magia no deseada.

Es una bruja natural que odia infinitamente todo lo que tiene que ver con los encantamientos y las pociones.

Le dan un miedo acérrimo los sapos, las culebras y el resto de animales que suelen conformar los ingredientes de cualquier hechizo que se precie.

Se dedica profesionalmente a la pastelería, aunque algunas de sus creaciones pueden ser un poco volátiles.

Si os gusta probar cosas nuevas, os recomiendo comer uno de sus brownies de pasas y chocolate: puede que acabes el día en el cuerpo de un hermoso galán. O de una raqueta [9] .

Al fin, tras media hora de espera, Circe sale volando y traslada su centro de gravedad al interior de mi carruaje, que cruje lastimosamente.

—¡Gracias por darte cuenta de que he adelgazado!

—dice ella, enfadada, tratando de colocar las múltiples cestas a sus pies.

Quiero a Circe, pero a veces me exaspera.

Somos tradicionalistas, por lo que las hermanas deben quererse y odiarse a partes iguales.

Fue la única que me animó cuando quise montar el criadero, pero cada vez que la veo está más voluminosa y, cuando se lo hago ver, me trata como si estuviera loca.

Creo que esta vez también ha engordado, pero es difícil de saberlo cuando su forma se mantiene en redoma.

Y, por supuesto, no se lo voy a decir cuando me está haciendo este favorazo.

—¡No me has dado tiempo! ¿Qué es todo eso? — digo señalando todos los pertrechos. Apenas caben sus mofletudos pies en el suelo.

—¡Es nuestro almuerzo, por supuesto! ¿Y dónde están esas cositas adorables?¿Quién quiere una chuche?

—¡No les des dulces! ¡Vomitarán en el viaje!

—¡Solo es una chuche! ¡No me seas bruja!

Entonces saca dos rosquillas de la cesta del tamaño de un huevo de dragón sano y le ofrece uno a la excitada Esplendor.

Circe está a punto de perder un par de dedos en el proceso, pero se ríe porque ama tanto a estos bichillos como yo.

Nano recibe la rosquilla con mayor inquietud y, tras marearla sobre mi regazo y tratar de enterrarla entre mis piernas, procede a darle un buen mordisco.

Ahora sí, comenzamos propiamente el viaje. Pongo en marcha el carruaje, rumbo a Jotapelón.

No hemos recorrido ni diez metros cuando Esplendor hace unos ruiditos profundos y después llena todo el carruaje con un intenso olor agrio.

—¡Te lo dije!

Lo que los cantares no suelen contar sobre los largos viajes por las carreteras de nuestro reino es que son una mierda.

Los caminos están llenos de rocas y baches, saqueadores, peregrinos, calor, frío y, sobre todo, aburrimiento.

Incluso con una patata hablante como mi hermana dándome el palique sobre los distintos tipos de crema pastelera que ha inventado en el último año, los temas de conversación se acaban al de un par de horas.

Acabo conectando a Xhiri para que nos cante un poco, pero el hombrecillo desafina bastante y lo vuelvo a enterrar en el fondo de mi mochila.

Circe normalmente no me acompaña a las exposiciones.

En realidad es la persona que se queda en el centro cuando yo tengo que irme.

Pero con Jack en nómina, puedo traérmela por primera vez y está excitada con la idea.

Y dado el mensaje de Uncuerno, he decidido que este año estará bien contar con un par de ojos extras.

Las exposiciones son lugares desagradables.

Debajo de todo ese raso, de los trofeos y de los jueces con nombres rimbombantes hay una serie de canallas narcisistas y algún que otro moralista amante de lo ajeno.

Y mientras saco al cuadrilátero a Esplendor, necesito que alguien se encargue de Nano.

También agradeceré que me sustituya al volante en un par de horas, pero solo cuando ya no pueda más.

No es que a Circe se le dé muy bien lo de conducir un carromato mágico.

—¿Y dónde vamos a dormir esta noche?

—¡En el carromato!