Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo VI. El ojo del amo engorda el dragón
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Capítulo VI. El ojo del amo engorda el dragón

—Buenos días, quisiera adquirir un dragón.

—Por supuesto, ¿por cuál estaba interesado?

—Por Dorado. Pero, oiga, es que hay un problema.

—¿Sí? Dígame.

—Es que hemos visto que la semana pasada dieron un dragón en adopción.

—Efectivamente, hubo un caso muy especial con el que colaboramos, pero ya encontramos un hogar para él.

—Claro, la cosa es que si van a regalar alguno, mejor me espero y así no pierdo dinero.

—…

—…

—¿Entiende usted que nos dedicamos a esto, verdad? ¿Qué comemos, cuidamos, tratamos a los dragones y les mantenemos vivos con el dinero que ustedes nos entregan por nuestro trabajo, verdad?

—Oiga, parece estar a la defensiva. Yo solo digo que si van a regalarlos, no quiero ser un imbécil que pague de más.

—No se preocupe, señor. Usted ya es un imbécil.

El estío es una de mis épocas favoritas.

Sé que la gente suda y apesta, que dormir es un ejercicio de riesgo y que falta agua en todas partes, pero la cerveza fresca después de un duro día de entrenamiento con Destello es uno de los pocos placeres de este mundo que puedo permitirme.

Observo a mi muchacho luchando por quitarle el collar de entrenamiento a mi juguetona preciosidad y sonrío satisfecha.

Jack no es lo que había imaginado, pero no me arrepiento de tenerle.

Prueba es el hecho de que le he ampliado el contrato y hasta he comenzado a pagarle.

Carla me va contando cómo le va al dragón negro, al que han bautizado Simpático, un cachorro de treinta kilos en un estado de delgadez extrema. Va a necesitar de mucho trabajo para recuperarse, porque el pequeño se muestra irascible, a un nivel de agresividad que no habían visto en años.

Se ha abierto un expediente administrativo contra Jake Mathe, pero aparte de una inhabilitación para tener o trabajar con animales fantásticos, no ha habido ninguna otra consecuencia jurídica.

De hecho, sé, por lo que me ha contado Devil entre risas, que ha proclamado a los cuatro vientos que iba a acabar con todos los metomentodos que le habían quitado su dragón.

No me preocupa excesivamente, un enemigo más no cambiará el orden de los asesinos enviados en mi contra.

Carla estaba un poco desbordada y me pidió ayuda con el dragón rescatado, pero me tuve que negar.

No puedo hacer nada. Tener dos dragones negros en un mismo hogar es totalmente irracional, aún más si contamos con el hecho de que uno de ellos está totalmente desequilibrado. Son peligrosamente territoriales.

Aun así, muevo unos hilos aquí y allá para encontrar una buena casa para él y, para finales de mes, hemos conseguido que una familia poliamorosa de trolls se lo quede.

No podría haber caído en mejores manos, las moles con piel de piedra son excepcionalmente raras en este país.

Y lo mejor es que muestran un amor desmedido por los animales fantásticos mortalmente peligrosos.

Por desgracia, este tipo de historias sobre maltratos, abandonos y vilezas varias me suelen llegar de vez en cuando.

Hay veces que incluso me encuentro abandonada en mi puerta una caja de cachorros de mandrágora o salamandras de fuego, y otras en las que gente, desafortunada pero que quiere hacer las cosas bien, pide ayuda para que busquemos un lugar para sus pequeños, ya que no pueden tenerlos consigo por diversos motivos.

Puede ser la alergia púrpura del dragón, una emigración masiva por la pronta llegada de un rey niño tirano o el oráculo de una muerte inminente.

A esta gente puedo entenderla y, en lo posible, ayudar.

Son al resto los que no soporto, los irresponsables, los egoístas y maltratadores.

El triunfo sobre el cabrón de Jake es dulce.

—Estás sonriendo —dice Jack, asombrado, volviendo a dejar a Destello en el patio.

—Hay días que lo merecen, pero no te acostumbres.

¿Ya les has dado el LombriZero?

Por la forma en la que viene totalmente pringado con olor a jarabe de plátano, imagino que sí.

—Sí, solo falta Destello. Y Chochola, por eso venía, la veo un poco rara.

Lo miro con el vaso de cerveza a medio camino de mi boca y lo bajo lentamente. Hago cuentas en mi cabeza, aún no es el momento de la puesta, quedan dos semanas.

—¿Cómo de rara?

—No sé. Rara.

—¿Nivel raro como un buscasetas en primavera o un abejorro volando?

—Yo diría nivel tela de araña.

Gruño y le aparto, dirigiéndome como una centella a la zona de las parturientas.

Es la única que está cerrada por los cuatro costados, creando un ambiente tranquilo.

También tiene acceso directo desde mi salón, por si necesito vigilar.

A veces, las dragonas se vuelven un poco agresivas durante la puesta, por lo que es mejor dejarlas a su aire, pero con Chochola nunca ha sido así.

De hecho, esta va a ser su tercera puesta y todas han salido perfectas, no esperaba ningún problema.

Las anteriores veces no permitía que nadie más tocara a sus pequeños hasta que eclosionaran del huevo, incluido el veterinarius, pero no hay problema conmigo.

Teníamos nuestro propio ritual en el que dormíamos juntas las primeras semanas y yo abrazaba a su pequeña prole mientras ella descansaba.

Ese es el nivel de confianza que nos tenemos.

Es por eso que siento que me falta el aire en cuanto entro a la habitación de colores oscuros [8] y la veo enrollada sobre sí misma. Abre los ojos, pero no se levanta ni viene a frotarse, y no hace ese gorjeo que a mí me maravilla. Preocupada, me arrodillo a su lado.

—¿Qué ocurre, mi vida? —le digo.

Ella evidentemente no me responde, pero la veo mover hipnóticamente el rabito, lentamente.

Le toco la tripa, el hocico, le miro los ojos y palpo el bajo vientre. Observo por último el bulto duro que marca la zona anal.

—Maldiciones —susurro yo, cogiéndola en brazos a pesar de sus cincuenta kilos de peso. Busco las llaves del coche para dirigirme volando al veterinarius.

Jack me ve y me pregunta qué pasa, pero solo tengo tiempo de pedirle que llame al veterinarius para que prepare el quirófano de urgencia.

Llego catorce horas después a casa. Es de madrugada, el reloj marca las tres. Escucho los ronquidos de Jack desde el sofá, se ha quedado a dormir dado que no sabía cuándo iba a volver. Es un buen chico.

Tiro las llaves encima de la mesa de la cocina y enciendo la luz titilante. Hay un sándwich encima de la mesa envuelto en plástico de film transparente. Me siento delante de él y, aunque no tengo ganas, me obligo a cogerlo y darle un bocado.

Jack es un buen chico, pero pésimo cocinero. El pan está húmedo. Y salado.

Ser criadora de dragones suena fantástico: estoy con mis niños las veinticuatro horas del día, durante toda su vida. Los veo nacer, crecer. Jugamos juntos, compartimos un profundo amor, puedo disfrutar de sus tonterías y de sus aventuras. Los veo llegar.

Y, a veces, irse.

Paso la semana tratando de llenar mi mente con otras cosas y, por suerte, hay mucho por hacer: acicalar a los pequeños, visitar el ayuntamiento para pedir la licencia de la ampliación de la guardería, la visita semanal del veterinarius, subir las nuevas fotos de los pequeños, atender a los clientes…

Trabajo frenéticamente, sin tiempo para pensar, concadenando una tarea con otra, realizadas en automático.

Lo de las fases del duelo me lo salto, que ya son años de lidiar con estas cosas, y paso directamente a la aceptación.

Una aceptación en suspenso, hasta que yo lo desee, hasta que el dolor sordo deje de apretarme el pecho y deje de levantarme de golpe por las noches con el lamento en la punta de la lengua, por no haberlo visto antes, por no haber podido hacer nada más.

Puede que a otros no les suene a aceptación, pero es mi aceptación y pueden meterse sus pensamientos por el Bosque Oscuro del Destino.

Y entonces, unos días después, Josina pone tres preciosos huevos, dos dorados, uno verde. Y allí, mientras la felicito con elocuentes caricias y premios masticables, es cuando me golpea la pérdida de mi favorita. Pero la vida sigue y ver esos huevos es lo que ayuda a calmar un poco mi corazón roto.

Esa noche, cuando todo está en calma y ya he dejado de llorar, guardo la cajita con la escama de Chochola junto a las otras siete que guardo en el primer cajón de mi escritorio en el despacho.

Los dragones no son creyentes, por lo que hacerles un funeral es una relamida estupidez humana.

Deja dormir tranquilos a los que ya se han ido, como decía la madre del nigromante.

Además, hay como tropecientas leyes mágicas que impiden que el cuerpo sin vida de un dragón sea enterrado en cualquier sitio.

Hace tiempo que el veterinarius y yo llegamos al acuerdo de que él se encargaría del último adiós.

Yo ya me despedí, no tengo nada que decirle a esa carcasa vacía.

Me quedan sus recuerdos. La sensación de su lengua rosada sobre mi pierna, los sonidos de felicidad cuando le besaba la dura cabezota, su calor cuando dormía a mi lado. Eso no me lo pueden quitar.

—Te quiero, Chochola.