Capítulo IX. Lo que no mata, dragón
—Hola, Elsa.
—Hola, Doom. Cuéntame
—¿Sabes ese cliente que me contaste te había llamado pidiéndote un dragón porque el que le habías vendido estaba muy mal de las patas y se iba a quedar paralítico y te amenazó con denunciarte?
—¿Cuál de ellos?
—El que le iba a dar el perro a su tía de Jotapelón.
—Vale, sí, me acuerdo. ¿Qué pasa con él?
—Han venido hoy. Para un recorte de uñas. No veas tú como corría el cabrón.
Cuando vuelvo con Circe, llevo el ribete ganador y ella está tan excitada que parece que vaya a hacersepipí allí mismo. A veces me recuerda un poco a Cabroncete.
—¡Lo has conseguido! ¡Lo habéis conseguido! — grita pegando saltitos de lado a lado. Le da un sonoro beso en el morro a Esplendor que la mira entusiasmada y luego intenta hacer lo mismo conmigo, pero la esquivo a tiempo.
—Ya, ya. Una sorpresa. Pero gracias —le digo, sonriendo, porque tener razón siempre sienta de maravilla.
—¿Y has visto a ese idiota? ¿Cómo te miraba?
—Es por la contusión —respondo, encogiéndome de hombros.
Sigo con la mirada al hombre con la venda en la cabeza que enseña los dientes blancos en una mueca. Está tirando de la dragona plateada, que sigue con parsimonia a su dueño. En breve voy a tener que hacer otra llamada a Devil y a Carla, pero primero debo reunir más información.
Circe tiene al cachorro atado a la correa y lo veo aletear por encima de nuestras cabezas.
—¿Ahora le toca a Nano?
—No, hay algo de tiempo. Vayamos a comer algo primero.
—¡Oh! —dice ella y se mira apurada—. Es que… he quedado ya con alguien para comer.
—¿Ah, sí? ¿Conoces a alguien de la ciudad? —la miro sorprendida.
Ella asiente con la cabeza con energía y sonríe cuando mira detrás de mí. Ahí está el Señor Billy, el escribano que nos dio el pase en aduanas. Lo miro confusa, hasta que observo la flor mustia que lleva en las manos y cómo se atusa el escaso flequillo que le cae a un lado, como una lengua de limo.
—Le he prometido que tomaríamos el almuerzo juntos —se disculpa mi hermana—. Dice que el churro que le di es lo más dulce que ha probado en su vida y viene a por más.
Asiento con la cabeza, asqueada ante las implicaciones que podría tener aquello, pero me siento un poco traicionada.
Aun así, les doy espacio, porque una hermana sabe muy bien cuándo sobra.
Los veo cogidos del brazo saliendo de la zona amurallada del castillo y dirigirse a los bajos fondos. ¿Estará bien, verdad?
Me vuelvo a mi carromato. Con un poco de suerte aún quedará alguno de los brownies de Circe. Por desgracia, algo mucho más desagradable me espera allí.
—¡No lo acepto! ¡Esto es tu culpa! —grita el Kamikaze con los brazos levantados amenazadoramente—.
¡Me han descalificado por tu culpa, vieja engreída!
Lo miro incrédula, un poco como a la mancha de moho de mi bañera, pero me niego a hablar con semejante energúmeno.
Así que me dirijo a la puerta trasera de mi carromato.
Él se interpone, es más rápido de lo que parece.
—¡Quiero una disculpa! ¡Me has calumniado!
—¿Disculpa?
—¡Por tu culpa he perdido la corona! ¡Eso es mío!
—me dice y dirige su mano en directo hacia mi niña, que lleva el ribete feliz como una perdiz.
No me da tiempo a esquivarlo. Y a él tampoco.
En un giro rápido de los acontecimientos, Esplendor muerde la mano amenazante que ha invadido su espacio.
El kamikaze comienza a gritar como un loco, pero la mordida de un dragón no es cosa fácil con lo que lidiar, su mandíbula se desencaja en el momento del mordisco para no soltar a su presa bajo ninguna circunstancia.
Podría ayudarle a soltarse, supongo, pero estoy demasiado ocupada aguantándome la risa.
Desgraciadamente, sus gritos llaman la atención de varios guardias, y enseguida hacen un corro a nuestro alrededor, por lo que no me queda más remedio que instar a mi niña a soltar esa asquerosidad a cambio de una delicia de rata.
En cuanto se ve libre, el Kamikaze da un salto hacia atrás, agarrándose la mano contra el pecho. Aún tiene los cinco dedos, un mal menor.
—¡Ha tratado de matarme! —grita, con los ojos muy abiertos.
¿Pero este hombre realmente es un criador de dragones?
—Ella no, pero estoy segura de que yo puedo arreglarlo —respondo ensañándole los dientes, mientras dejo a Esplendor en el suelo y me arremango el vestido.
La gente a nuestro alrededor comienza a vitorear e incluso veo a uno de los guardias del palacio aplaudiendo.
El tipo mira a su alrededor, se da cuenta del espectáculo que está a punto de dar gratuitamente y se dirige a
mí mientras recula.
—¡No me das miedo! ¡Me las pagarás, Elsa Kapunta! —dice gritando y luego el muy cobarde sale corriendo, empujando en el proceso a la muchedumbre aglomerada a nuestro alrededor.
Sube al pescante de su carro hortera y lo pone en marcha, como el energúmeno que es.
No baja la velocidad, escapa con el rabo entre las piernas sin importarle a quién atropella.
No sé cómo sabe mi nombre, pero me encojo de hombros.
Un enemigo más, qué se le va a hacer. La lista ya daría para un libro.
Uno aburrido, pero gordito. De todas maneras, Kamikaze ha pasado a llamarse el Dramas en mi cabeza.
—¿Elsa? ¿Qué ha pasado? —pregunta Fidelia acercándose a mí.
Ha recogido a mi pequeña del suelo y ella parece superalegre entre sus brazos, lo que hace que sienta una leve punzada de celos.
—Un juntadragones [11] gallito. No te preocupes. Ella mira la estela del Kamikaze y frunce el ceño.
—Ten cuidado, Elsa. Las cosas están un poco raras. El mes pasado al criadero Escamas Plateadas le entraron a robar unos desalmados y se llevaron seis ejemplares.
—¿Preocupada por mí? —le digo, pero titubeo un poco—. No había escuchado nada. Lo siento por Gilla. Ya le dije en su día que tenía el centro demasiado apartado y abierto, que tenía que invertir en seguridad.
—Ahora lo ha hecho, pero la pobre está destrozada.
Ha puesto carteles de sus dragones por todo el reino.
—La llamaré en cuanto vuelva a casa.
Le ofrezco mis brazos a Esplendor y esta no duda en saltar a ellos, aunque a mi vieja espalda no le haga tanta gracia. Le hago unos arrumacos a mi ángel de dientes de tiburón. Observo a Fidelia, veo que ostenta en el cinturón dos ribetes y le sonrío.
—Dos de tres, no está mal.
—Tenían que haber sido tres de tres —gruñe ella, mirando el ribete de Esplendor con los ojos entrecerrados—. Algún día, Elsa.
—¡Por supuesto, por supuesto! Y lo lograrás, cariño. Cuando me jubile.
Sé que hay gente que ama ganar premios. Yo misma tengo un puñado de ellos metidos en los colchones de las dependencias de Gritosa, que ama las cosas brillantes, especialmente las copas doradas.
Pero no es mi caso, yo no disfruto que unos jueces idiotas reconozcan la valía de mis pequeños: yo ya sé que son los mejores del mundo.
Por lo que todo el protocolo de la entrega de premios me parece tedioso.
Al final de todas las exposiciones nos colocan sobre un atril junto a nuestros ejemplares, nuevos botines de unicornio expuestos para ser admirados.
Llevo a Esplendor en brazos y Circe, que ha vuelto con una nube oscura sobre su cabeza, tiene a Nano justo detrás de mí.
El pequeñín está muy entretenido mordisqueando el ribete dorado que adorna su cuello.
El punto álgido es la trompeta que indica que el rey se ha dignado a aparecer en la ventana de su castillo.
Nunca lo abandona por miedo a los abejorros.
Las malas lenguas dicen que tuvo una mala experiencia de niño con una abeja y, a raíz de aquello, comenzó una fobia absolutamente inexplicable a todos los bichos.
Los dragones entraban en esa categoría al parecer, pues tenían alas.
También se dice por ahí que el rey dispone de una inclinación poco razonable por la leche materna a sus cuarenta y ocho años, pero una no debe hacer caso de las habladurías.
—¡Atención, atención! Su Majestad el Rey Johanesburgo de Luzian, caballero de la Esmeralda, el Heraldo de Dragones, el fiero león del desierto…
—¿El reino tiene un desierto? —me pregunta mi hermana.
—Esta zona desierta de inteligentes está…
El heraldo aún se tira un par de minutos más enumerando todos sus impresionantes logros.
Impresionante, para alguien que no ha sacado un pie del castillo en veinte años, claro.
Incluso su misma majestuosidad parece aburrida de escuchar los múltiples títulos, y lo evidencia con un sonoro bostezo.
Finalmente, el hombrecillo de la trompeta da un paso atrás y el rey se incorpora con parsimonia.
—Súbditos míos, visitantes de otras tierras.
—Su voz apenas nos llega, sube y baja a destiempo.
Tampoco es que tenga gran cosa que decir, pero es molesto que lleguen palabras sueltas e inconexas y no saber en qué momento hay que reírse de los chistes.
Todos observamos al heraldo detrás del rey fijamente e interpretamos sus expresiones para saber el momento de aplaudir, reír y reaccionar como las normas de la corte mandan.
—Honores… asco… anual… casi… negros… pundonor… posteriores… premios… [12]
Comenzamos a aplaudir al escuchar lo que realmente nos interesa y el rey parece un poco confuso —estoy segura de que el discurso normalmente debe durar al menos una hora—, pero sabe sobreponerse al momento y seguir con la ceremonia.
A su señal, los nobles designados se adelantan y nos entregan un pequeño trofeo de bronce, simbolizando un dragón regordete que alza su cabeza para escupir fuego.
Quizás sea su peculiar diseño o quizás que hace demasiado tiempo que no visito a alguien del sexo opuesto, pero juraría que esto parece un…
—¿Eso es un pe…? —escucho susurrar a mi hermana.
—¡Ahora, su majestad el Rey elegirá al Mejor Dragón de la exposición! —grita por detrás del rey el heraldo.
El Mejor Dragón no es más que un reconocimiento que se da a aquel animal que ha llamado poderosamente la atención de los nobles, por lo que no tiene mucho valor entre los criadores. Aun así, conlleva un premio en metálico bastante jugoso, lo que tiene mucho más interés para todos.
—¡Fidelia, del criadero Corazón de Fuego, con su ejemplar Picantito!
Aplaudo fuerte, contenta por ella. La mujer sonríe a todos mientras se adelanta y dos damas le colocan una corona de flores que rápidamente comienza a masticar su dragona con interés.
Dos nobles bigotudos y jadeantes traen el trofeo y posan para la foto mientras lo recibe.
Pero por mucho que Fidelia agradezca el premio, parece reticente a coger el galardón que le entregan.
Es un mamotreto de casi un metro de altura, de oro, con el dibujo de dos dragones regordetes que se unen en el centro, estirando todo lo largo que pueden sus cuellos para lanzar una gran llamarada blanca al cielo.
Está encantado y las llamas parecen moverse en chorros hasta el infinito.
No la culpo, porque aparte del gusto cuestionable de la horrenda ofrenda, está ese otro temita: el diseño un tanto peculiar recuerda a…
—Eso, definitivamente, es un gran fal… —declara mi hermana, poniendo el pensamiento de todos en palabras, antes de darle un codazo.
Tres horas más tarde, estoy deseando volver a casa.
He llegado a mi límite. Nunca he sido muy sociable, como ningún criador de ningún animal; para eso nos dedicamos a un trabajo donde la gente es solo accesoria.
Pero este tipo de eventos agotarían hasta al loco ese que sube piedras al monte para verlas caer rodando, una y otra vez.
Bajo mi punto de vista, creo que trata de hacerlas llegar a la casa de su exjefe, pero simplemente tiene muy mala puntería.
La entrega de premios, el discurso excesivamente largo y franco del rey —«Y ahora, señores, pueden sacar esas lombrices gordas de mi jardín»—, el besamanos, las capturas de fotos junto a los petulantes de la asociación… Suficiente para los próximos dos años.
Me han invitado a la cena triunfal, pero bien saben todos los dioses del panteón que ni loca me quedaría una noche más en esta cloaca.
—¿Lista? —le pregunto a Circe.
Lleva de morros una hora. Al parecer, la cita no ha ido tan bien como esperaba. No es que me importe, estoy tan agotada que solo quiero echarme un sueñecito en el carromato mientras ella conduce la primera etapa.
—Sí, quiero dejar atrás todo.
—Creía que te gustaba la ciudad.
—Eso era antes —responde, menos críptica de lo que realmente ella se cree que es—. Ahora solo deseo marchar y llorar a la luna mis penas.
—Anda, vámonos, luz de luna. ¿Quieres una empanada para el camino o también se te ha quitado el hambre?
—La mía de avestruz.
Aprieto el carromato, coloco a mis niños en su sitio y arrancamos el lento viaje de vuelta a nuestro hogar.