Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo V. De noche todos los dragones son pardos
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Capítulo V. De noche todos los dragones son pardos

—¿Y cuándo pasa el microchip a estar a mi nombre?

—Pues, como le he comentado en las últimas tres llamadas, el cambio de nombre lo realiza el veterinarius y puede llegar a tardar un mes.

—¿Y cuánto es un mes?

—¿Y un día?

—24 horas.

—¿Y una hora?

—60 minutos.

—¿Y un minuto?

—60 segundos.

—¿Y un segundo?

—La duración de 9.192.631.770 oscilaciones de la radiación emitida en la transición entre los dos niveles hiperfinos del estado fundamental del isótopo 133 del átomo cesio a una temperatura de 0K.

—Ah, vale.

Miro cómo Esplendor, la dragona dorada, anda con parsimonia por el terreno de entrenamiento, que es el trozo de césped frente al centro.

Es nuestro tercer intento, pero la cosa va mejorando.

La hemos sacado junto a Chochola, que tiene un talento natural para exponer.

La atamos a ella en los primeros días, para obligarla a seguirle el ritmo, aunque se resistió menos cuando comprendió que recibía extra de mimos si lo hacía bien.

Esplendor no es muy lista, pero celosa un rato.

Para que un dragón pueda ir a una exposición, debe ser habituado a una serie de cosas: a no morder a los jueces, a andar con pasos largos y elegantes, a mover las alas en la posición adecuada, a no morder a los jueces, a aguantar baños de aceite cada tres días y a no morder a los jueces.

De momento, lo del aceite es lo único que tenemos controlado, ya que Esplendor es una coqueta de nacimiento.

—Haz que corra un poco más. Y que mantenga la cola recta —le pido a Jack y este corretea un poco más rápido, llevando tras de sí el cebo de la rata muerta colgado del palo.

Esplendor acelera, aunque mínimamente. Se la ve consternada por el hecho de que no se le dé la comida directamente, que tenga que hacer algo para ganársela. En la siguiente vida, me pido ser dragón.

Me encuentro en las escaleras de la entrada del centro acariciando a Chochola, que ya ha hecho su parte.

A estas alturas tiene una barriga bastante pronunciada y se la rasco.

Estoy sorprendida, estas tardes se están convirtiendo en preciados momentos para mí.

Hasta creo que podría sonreír en algún momento.

Por las noches siento tirantes los pómulos y todo.

Tras una vuelta completa más, le permitimos tomar su aperitivo y descansar un poco.

—¿Cómo lo ve, nos dará tiempo? —pregunta Jack, sentado en el suelo a mi lado.

Este chico no está en muy buena forma, está jadeando como un cerdo el día de la matanza. ¿Así piensa conquistar a Yolinda? De todos modos, por lo que me cuenta Doom, no ha habido mucho avance en su relación unilateral. Como siga así, voy a perder la apuesta.

—Seguro. Aunque quizás necesitemos de sesiones dobles la última semana. Lo peor vendrá cuando tengamos que acostumbrarla a aguantar a gilipollas desconocidos tocándola sin pedir permiso. Necesitaremos algunos voluntarios, ¿Tienes algún amigo que quieras que deje de serlo?

Jack se lo piensa un segundo, pero nos distrae la llegada del cartero.

Viene como siempre en su carromato azul, embutido en un uniforme que ya le quedaba pequeño hace diez años.

Giorgio nos sonríe y eso me da mala espina.

Se baja del carro, lo cual significa que hoy no viene solo a dejar las cartas, y se acerca a nosotros.

Entonces me doy cuenta que tiene la pernera izquierda hecha jirones.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Algún cancerbero? —le pregunto con sorna.

—Ojalá —me dice él, soltando un suspiro. Sus ojos corren a encontrarse con los de Esplendor, pero está demasiado entretenida tirando y recogiendo la cola de la rata en el aire como para darse cuenta del apetitoso cartero—. Vengo de Camino Recto.

—Vaya mareo traerás.

—Condenadas curvas —gruñe cruzado de brazos frente a nosotros—. La cosa es que he entregado una notificación a Jake Mathe. El impresentable no ha querido recoger la citación del juez, el muy…. y encima me ha azuzado a su dragón.

—¡¿Qué?! ¿Cómo ha conseguido ese energúmeno borracho un dragón?

—Ni idea, pero Elsa, me tiene un poco preocupado.

Ya sé que tus bichos son… eh… —Mira de reojo de nuevo a Esplendor, quién ahora hace muecas para conseguir meter su lengua por la nariz en búsqueda de algún tesoro— adorables.

Puedo soportar que me mordisqueen un poco de vez en cuando, pero ese pobre animal…

Siento la bilis en la boca. Normalmente el cartero y yo no tenemos una gran relación.

Suele traerme las cartas cuando se acuerda de mí, una vez al mes aproximadamente, lo que hace que a veces se pudran los paquetes de comida que me envía mi madre.

Aunque tampoco es que me los coma. Cualquier cosa que sobreviva más de un mes en un paquete de papel, no es comestible y adquiere el estatus de ser vivo de nuevo.

Pero en lo referente a los dragones, sabe que soy especialmente sensible.

Será un cartero nefasto y un vago de cuidado, pero no tiene mal corazón y se preocupa también por los animales.

Es por eso que de vez en cuando me da un chivatazo.

—Cuéntame.

—Es uno negro, pero debe ser aún un cachorro.

Mide más o menos esto. —Pone las manos preocupantemente cerca de la rodilla.

Ese no es el tamaño que debería tener un dragón negro, por muy cachorro que sea—.

Muy agresivo, encadenado a la entrada de la casa.

No le vi comida ni agua cerca y estaba muy muy delgado —dice él, bajando la voz—. Estaba cubierto de heridas.

Hay pocas cosas que puedan herir la piel de un dragón.

Si le pegas una patada, no le saldrá un moratón y lo más seguro es que te quedes sin pie.

Si le clavas un cuchillo, obtendrás una bonita muñeca rota.

Eso quiere decir que están utilizando herramientas mágicas con la idea deliberada de hacerle daño.

—Elsa, tranquila —oigo decir al cartero, dando un paso atrás.

Estoy a punto de perder totalmente los estribos.

«Respira, respira, piensa en cosas bonitas, cosas bonitas», oigo la voz del tipo esmirriado que me dio el cursillo del control de la ira.

Chochola nota que estoy intranquila y me raspa la mano con su lengua de lija.

Eso consigue calmarme un tanto, le rasco las escamas de detrás de la oreja como agradecimiento.

—Yo me ocupo —acierto a decir. Él afirma, dubitativo.

—Ten cuidado. Este no es como los otros, tiene fama de ser un furtivo de lo más peliagudo. Incluso hay quien dice que es un asesino al que echaron del gremio por sádico. Llevo más citaciones judiciales a su casa que a los hermanos Grimm por plagio.

—Por mí, como si es hijo de Baba Yaga.

Lo siguiente que hago es llamar a la caballería.

Antes lo hacía todo sola, pero descubrí que no todo el mundo es gilipollas.

Hay graduaciones, tonos de gilipollez que puedo soportar y otros que aprendí a tolerar por el bien de mis pequeños.

La ristra de favores se cobran con sangre cuando se habla de animales fantásticos y hay gente que opina igual que yo.

La asociación Bobalicones, que dirige Carla, es una de esas pocas excepciones con las que me tolero.

La llamo en cuanto se marcha Giorgio.

—Hola, maltratadora —me coge al momento.

—Hola, hipócrita —respondo con una sonrisa de medio lado al percibir la aspereza de su voz [7] . Escucho su cola aletear dentro de la bañera, ubicada en su salón. He estado allí un par de veces, pero el hedor a pescado se me queda pegado durante días y es demasiado delicioso para mis dragones.

—¿Qué te cuentas?

—Mala cosa. Escucha. —Y le cuento lo que me ha dicho el cartero.

El otro lado de la línea se queda en silencio, pero Xhiri está temblando, así que supongo que puede percibir perfectamente la amenaza creciente.

Finalmente, escucho cómo saca del fichero personal una carpeta tan larga que a través del teléfono soy capaz de percibir su peso y diámetro, y la oleada de polvo que llega a través de la lámpara me hace estornudar.

—Sí, le tenemos vigilado desde hace años.

Es una buena pieza, ese Jake Mathe —me dice pasando las hojas con rapidez—.

No es la primera vez que tenemos que llamar al alguacil.

La última vez tuvimos que hacer fuerza en el ayuntamiento para que le requisaran el fénix que había atrapado ilegalmente.

El muy cabronazo cobraba a la gente para que pudieran matarlo en persona y ver cómo resurgía para volver a empezar.

El ayuntamiento no veía el problema, ya que el ave técnicamente no fallecía y no presentaba ninguna herida en las inspecciones…

Suelto un exabrupto muy poco decoroso mencionando a la familia de todos esos funcionarios chupatintas.

—Pues ahora tiene un dragón.

—¿Qué criador de mierda le ha vendido un dragón a ese capullo?

—De esa parte me encargo yo. ¿Podéis intervenir?

—Hoy mismo reúno a las chicas. ¿Podemos contar con Devil?

—Sí. Me debe un favor, de los gordos, es hora de cobrarlo. Ahora le llamo.

Le cuelgo y le ordeno al geniecillo que llame a Devil.

Gruñe.

—Ese hombre apesta a azufre. Voy a pedir un suplemento.

—Déjate de chifladuras y llámale.

A mí tampoco me hace mucha gracia, la verdad, los de su calaña son difíciles de manejar. Tampoco es que sea muy habitual encontrar a un demonio trabajando como alguacil, pero Devil es lo suficientemente eficiente como para no ser despedido.

Tuvieron que pasar ocho tonos antes de que cogiera.

—Señora Kapunta, qué placer saber de usted. ¿Cómo puedo ayudarla hoy? ¿Algún problemilla con manifestantes? ¿Algún rebaño de cabras desaparecido? ¿Algún cliente insatisfecho?

—Hoy no, Devil. Hoy vengo a cobrarme el favor que me debes.

—Al fin —suelta un suspiro de profundo alivio, pero enseguida se recompone, desconfiando—. ¿Qué es lo que quieres? Nada especialmente difícil, espero.

—Será lo difícil que se requiera —respondo cortante—. Una doceava parte de mi alma bien lo vale, Devil.