Capítulo IV. Cría dragones y te sacarán los ojos
—Pues sí, verá, yo tenía un dragoncito así de pequeño.
—¿Así? ¿Seguro que no sería un poco más grande?
—¡No, no! Sabré yo lo que tenía. Mire, aquí tengo una foto.
—Ya veo. ¿Y dice que su dragón era nocturno y le mordía habitualmente el cuello?
—Sí, era un poco huraño el pobrecito mío. Odiaba los espejos. Tuvimos que quitar todos los de casa.
—¿Y qué tal con los ajos?
A menudo me encuentro con la idea preconcebida de que los criadores solo nos tenemos que sentar y esperar a que el dragón tenga crías para luego venderlas.
Es una concepción interesante, pero demuestra que la gente tiene la cabeza tan llena de palabras como «chía», «fediverso» y «edadismo», que no les queda sitio para nada más.
Quizás sea cierto que el magi-on nos ha atontado, pero tampoco es que haya tenido que trabajar demasiado para lograrlo.
Veréis, una de las cosas más entretenidas y que más tiempo lleva en un centro de cría de dragones, aparte de la limpieza, es fotografiar a mis niños para subirlos a la web magi-on.
Es algo que llena tu día, lo capitaliza, te seduce como una mala meretriz y te exprime hasta la última gota.
Es por eso que estas sesiones suelo organizarlas con tiempo y evitarlas lo máximo posible.
Pero, claro, la gente quiere ver a mis pequeños y no queda más remedio que claudicar de vez en cuando.
—Mañana hay que hacer fotos —aviso a Jack y este me mira entusiasmado, porque es su primera vez y porque voy a cambiarle la dinámica del trabajo que admito que a veces se hace tediosa.
O mierdosa, según se vea. A ver, lleva aquí ya cinco semanas, debería saber que en este trabajo lo único agradable ocurre entre las 14:30 y las 15:00, cuando el sol alto y las siestas de los pequeños coinciden con la finalización de la limpieza interior y todos los presentes han sido satisfactoriamente alimentados.
Esa media hora, chicos, es gloriosa. Antes de que empiece el horario de visitas de los clientes, claro.
Así que aquí estamos ambos. Jack, curioso, yo, resignada.
Saco del cajón el espejo mágico imposiblemente caro, el cual al menos no tiene ego como Xhiri y preparo el listado de los peques a los hoy que debemos hacer las fotos: Dorado, Amarillo, Destello, Rayo, Margarita y Orín.
Vale, reconozco que hay veces que los criadores tenemos un leve problema para encontrar nombres a nuestros cachorros, culpable.
Lo habitual es que acabemos tirando de lo primero que se nos ocurra y, en mi caso, lo primero era el color con el que nacieron.
A veces se me cruzan los cables y los bautizo según la lista de la compra.
Aprovechamos la hora de las fotografías para hacer otros pequeños quehaceres veterinarius importantes, como pesarlos para seguir su gráfica de crecimiento, revisarles los dientes o coger muestras de escamas para llevar a analizar.
Pesarlos tiene su pase, aunque casi pierdo los papeles con Rayo.
Tengo que comprar una nueva báscula, esta ya tiene demasiados mordiscos.
A veces el carnicero me deja alguna suya a buen precio, tendré que hablar con él.
Revisar los dientes es pan comido también, solo debemos de revisar las marcas en los palos que les ofrecemos.
El truco está en enseñarles un trozo de salchicha y darles el cambiazo cuando van a morder.
El palo está impregnado en jarabe antiparasitario con sabor a plátano, que es el mejor sabor para hacer que un dragón quiera escupir algo.
Porque, no sé, señora Industria Farmacéutica, estos animales sienten una clara predilección por las frutas y no por la carne cruda, ¿verdad? . [6]
Cuando ya hemos cogido todas las muestras y las etiquetamos, nos dirigimos a la esquina habitual del jardín, al lado del árbol que aún dispone de un fondo de hierba intacta.
Todo es de mentira, obviamente. Con dragones, tener un pasto no chamuscado y un árbol sin marcas de garras es un imposible, por lo que la hierba es un felpudo que compro y cambio tras cada sesión y el árbol solo tiene de árbol lo que un elefante de sombrero.
Pero, de no ser por el recubrimiento de hierro, la pintura antichoques y las varillas de metal, sería claramente un árbol.
—Baña a Nano y tráela —le pido a Jack, colocando el espejo mágico en el ángulo correcto. Me aseguro de que las chispas, el maná, la luz y los otros parámetros se encuentren en el dial correcto.
Oigo al renacuajo antes de verlo y, al mirar atrás, veo que Jack ha tenido algún problema con el dragoncito verde.
Está intentando morderle los guantes rabiosamente y ya le ha arrancado uno.
Sospecho que no le ha gustado el baño. Algunos tienen un problema con ello, por no decir todos.
¿Un charco lleno de barro y sanguijuelas a temperatura polares?
Sin problema. ¿Un baño templado en un entorno relajado y amoroso?
Vade retro , Satán. No me gusta someterlos a mucho estrés, pero la otra opción es sacarles unas imágenes preciosas rebozados en heces.
—Colócalo ahí —le pido a mi ayudante, señalándole el centro del encuadre frente al espejo.
Él lo intenta, pero el pequeño se revuelve.
Saco la primera foto y la miro de reojo: está movida y muy oscura.
No pasa nada, cambio los parámetros mientras Jack se plantea abandonar el trabajo, y lucha con Nano para mantenerlo tranquilo en su sitio.
Tras unos minutos, consigue que se quede quieto el tiempo suficiente como para que yo saque otra foto. Y otra. Y otra.
Todas movidas.
—Ponte al lado, pero que no aparezcan tus manos — le pido, frustrada.
Él trata de complacerme fallando estrepitosamente.
En el milisegundo que lo suelta, Nano se da cuenta de que está libre y trata de salir volando sin mirar a dónde. Lo atrapo al vuelo, lo coloco en su sitio nuevamente y disparo. Ahora parece asustado, he sido demasiado brusca. Le pido perdón mil veces.
Comienzo a hacer soniditos para que se calme, diferentes a los que uso para espantarles.
Estos los aprendí de mi ex, los hacía cuando yo estaba a punto de explotar al ver cómo dejaba la bandeja de comida sucia en el salón por enésima vez.
Siempre le funcionaba al muy condenado. Al momento, Nano comienza a babear con la lengua fuera y Jack se apresura a quitar las babas del cuadro final, pero no ha sido lo suficientemente rápido.
¡Toma mano con babas en mitad de mi preciosa foto! El pequeñin cree entender lo que queremos y levanta las beflos, atento, pero no, lo ha entendido mal: cree que estamos jugando. Salta sobre Jack y corretea alrededor de él. Saco foto, tiene una bonita sonrisa. Nano, no Jack.
El chico trata de quitársela de encima. Saco foto.
Ahora está perfectamente recto, casi incluso parece feliz, saco foto.
Hay una araña encima del espejo y solo se ven patas en la imagen final.
Sacudo la araña, recolocamos a Nano, le hago sonidos extraños para llamar su atención, pero no lo suficiente para asustarlo.
Jack se aleja un paso para no aparecer en el encuadre, aunque se mantiene lo suficientemente cerca como para atraparlo si vuelve a salir volando. Saco foto.
Ha pestañeado. Saco foto.
¡Bingo!
—¿Ya está? —pregunta jadeante Jack. Yo estoy tratando de que Nano se levante. Está enrollándose sobre sí mismo para echarse una siesta, pero aún no hemos terminado.
—La primera —le digo yo.
—¿Cuántas necesitas?
—Mínimo tres. Lo ideal son diez —le respondo.
Me limpio el sudor mientras mi vieja espalda rechista y pide el divorcio.
Aprovecho un ángulo en el que me mira curioso y disparo.
Creo que Jack comienza a llorar, pero no me molesto en mirarlo, concentrada en lo que tengo entre manos. Se acaba de dar cuenta que este no es más que el primero de los seis cachorros que debemos fotografiar hoy.
Estoy tan cansada como satisfecha cuando finalmente acabamos. Hacer esto sola era tres veces más difícil. Jack es realmente útil y ya casi no me acuerdo de cómo era antes de tenerle por aquí. Quizás me plantee hacerlo fijo si sigue así.
Aunque solo deseo meterme en la cama, aún no he finalizado mi día. Ahora, de las setecientas noventa y tres fotos que hemos tomado con el espejo mágico, debo elegir las mejores y subirlas a nuestro perfil. Me lleva unas dos horas pero, mientras lo termino exasperada, le doy vueltas a la cabeza.
Me afianzo en que Esplendor es la mejor opción para llevar a la exposición internacional.
Tiene las alas rectas, el hocico vivo, los ojos brillantes y posa de manera natural.
Para mí es perfecta, pero esos mentecatos metomentodo no podrían apreciar su belleza ni viviendo veinte años entre pescados muertos.
Acaricio a Chochola, que apoya la cabeza sobre mis rodillas.
A veces le permito dormir junto a mí y últimamente, debido a su embarazo, está más cariñosa y tranquila, así que no debo temer por la seguridad de mi cama.
Estoy deseando malcriar a esas cositas que nacerán el mes que viene si va todo bien.
—¿Quién va a ser la mejor mami? ¿Quién? Túúú — le susurro y ella hace soniditos de satisfacción cuando rasco detrás de las escamas de su oreja.
Me distrae un plin que no conozco y busco por la habitación hasta que oigo carraspear a Xhiri.
—¿Has cambiado el sonido? —le pregunto extrañada.
—Este me hace más esbelto, ¿no? —dice él, como si fuera el maldito dueño de la lámpara. Hace un tiempo que me tutea el muy desvergonzado.
—¿Quién es? —le pregunto sin decirle nada, pero apuntándome mentalmente que la próxima videoconferencia la realizaré vía toilet .
—Es tu amigo, el rarito, el Señor Uncuerno.
—Léemelo.
Él comienza a recitar en alto:
Apreciada Kapunta:
Me alegré mucho de tener noticias suyas.
Y, aún más, escuchar la resolución positiva de su aventura con las del LIVDO.
Lamento la orden de alejamiento que le han impuesto con respecto a ellas, pero lo bueno es que funciona en ambos sentidos.
He de reconocerle que me eché unas buenas risas, lástima que no sacara usted una imagen en movimiento de ese momento.
Sobre el tema de la exposición internacional, como bien sabe, los criadores de unicornios nunca han sido invitados, quizás por la enemistad que siempre se ha dado entre criadores de ambas razas, por lo que lamento no acompañarle.
No, espera, siendo honestos, no lo lamento en absoluto. Le doy mi más sentido pésame por tener que asistir a tan superfluo y carente de interés evento.
Aprovecho esta misiva para recordarle las virtudes de la reflexión y la calma, sobre todo antes de dar una respuesta a alguien indebido y poderoso, teniendo en cuenta sus pasados altercados con el ASCO.
Seamos honestos, puede que sean unos repipis limpialámparas comemierdas, pero son unos repipis limpialámparas comemierdas muy peligrosos.
Tenga cuidado.
En otro orden de cosas, le gustará saber que me acordé de usted tras el último episodio que sufrí con un pintoresco cliente.
Este me indicó que el precioso unicornio que le entregué dos semanas atrás tenía una garrapata chupasangre y que se la había tenido que quitar.
Me llamó desvergonzado al menos tres veces.
Se imaginará mi disgusto al respecto. Me congratulo de la limpieza de mi centro y de la desparasitación de mis ejemplares, y no comprendía cómo se me podía haber pasado.
Tras mucho insistir, conseguí que me enviara una imagen de tamaña alimaña.
Puede que me haya pasado con los insultos, he de reconocer que soy de pronto fácil, pero la verdad es que resulta que, ahora, mi precioso unicornio perfectamente sano y sin garrapatas, tiene un pezón menos.
A veces lamento que la ley no permita a criadores como nosotros recuperar a nuestros pequeños si nos topamos con tamaños zopencos.
Sabe bien que el tiempo que pasamos con los clientes no es siempre suficiente para hacer la criba.
Algunos saben esconder su estupidez bastante bien, por lo que me temo que en el futuro nos seguirá tocando lidiar con situaciones similares.
Por mí, iría ahora mismo a quitarle mi niño de entre sus torpes manos.
Sabiendo que apreciara esta anécdota, se despide su compañero.
Afectuosamente, Dolio Uncuerno
—¿Ha adjuntado la foto? —le pregunto a Xhiri, sonriendo, porque las historias de gilipollas que no afectan a mis niños me hacen mucha gracia, tal y como él lo sabe.
Llevamos enviándonos cartas unos veinte años, compartiendo historias de la vida.
Puede que los dragones y los unicornios no se lleven bien, pero ambos sabemos lo que es tratar con animales tozudos.
Yo no sé lo que verá en esos caballos encelados por vírgenes, pero para gustos los bardos.
Apenas nos hemos visto cinco o seis veces en todo este tiempo, vive a dos reinos de distancia y nuestros trabajos no nos permiten tomarnos días de vacaciones, pero es agradable tener un compañero en el sector con dos dedos de frente.
—Sí, hay una. Ugg, que desagradable.
Sí que lo es. Mientras veo el estropicio, me pregunto si el cliente se ha visto alguna vez desnudo y desvarío sobre la conveniencia de extirparles órganos inútiles a los hombres. Ya sean tetillas, cataplines o cerebros.