Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo III. El que avisa no es dragón #2
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Capítulo III. El que avisa no es dragón #2

—Traumada estoy yo, señora, ¿quién es usted?

—Mi nombre es Draculina Finestrada. Soy la presidenta de la asociación LIVDO, Liberación de los Inteligentes y Valientes Dragones Orgullosos.

—¿Lívido?

—No, LIVDO. —Parece oportunamente apurada, pero después retoma el hilo y recupera su tono acusador—. Somos una organización sin ánimo de lucro que lucha por los derechos de los dragones.

Me cruzo de brazos, sabiendo lo que viene a continuación.

—Me parece muy genial —digo, y es cierto.

Las asociaciones son primordiales para asegurar el cuidado de los dragones abandonados. No tengo nada en contra de ellas.

Pero sí de gente como la señorita Draculina.

—Por supuesto que estaría en contra —responde ella, sin escuchar lo que he dicho—, porque usted es una maltratadora.

—¿Disculpa?

—Acabo de verlo yo misma, no lo niegue. Ha asustado hasta la muerte a ese dragón. Tiene tanta hambre que hasta se ha comido una bolsa de tela, el pobre. ¡Y los tiene encerrados!

Vuelvo a mirar a mi espalda, donde Sapo está entretenido en meter su larga lengua por su propia nariz y, cuando nota las cosquillas, gruñirse a sí mismo. Me vuelvo a encarar a la más tonta del barrio.

—Señora, yo jamás he levantado una mano a mis pequeños. —Una escoba puede, pero la mano jamás. Habría que ser al menos tan lúcida como esta señora para intentarlo.

—¡Está mintiendo! ¡Le tienen miedo! ¡No se le acerca ninguno!

—¿Ha tenido alguna vez un dragón, señorita Draculina?

—¿Está tratando de comprarme?

—Por supuesto que n….

—¡No conseguirá callarme, defenderé los derechos de los dragones aunque muera en el intento!

—No me dé ideas…

—¡Ahora está amenazándome!

—Mire, señorita. Lo que quería decirle es que los dragones son criaturas mágicas con una fuerza y poder de autodestrucción equiparable a los extintos osos pandas.

Por lo que dejarlos al aire libre sin un vallado adecuado puede ocasionar más de un problema al vecindario y a sí mismos.

Mimosa misma atentaría contra su propia vida tres veces antes de alcanzar la ciudad.

—Eso es por su culpa —escupe ella, desdeñosa, desde la cúpula donde se ha erigido como portavoz de los mártires—. Es evidente que su selección genética ha sido desastrosa. Los dragones han sido corrompidos por los humanos. Son una aberración.

—¿No acaba de decir que eran adorables? —pregunto yo tratando de tragarme la bilis.

—Por supuesto que son adorables.

—Pero le parecen una aberración.

—Claro, solo hay que verlos.

—Y quiere que los libere.

—¡Dragones libres! —grita su consigna, como si los dragones pudieran entenderla.

—Pero admite que son tan tontos como un zapato y que morirían si no estuvieran bajo mi cuidado.

—Eso no lo sabe. ¡Algunos podrían vivir!

—Pero casi todos morirían.

—¡Pero lo harían libres!

Ya. Hasta aquí. Esta mujer es una loca certificada. Y yo soy alérgica a las idas de olla.

—Aléjese de la valla ahora mismo o activaré la electrificación.

Es otra trola, hace años que no pago a la compañía eléctrica Salamandritas S.A. Ella salta hacia atrás y despega sus manos con una mueca de pánico.

—¡Quiere matarme!

—Piense que, al menos, lo haría libre.

Me doy la vuelta y le enseño el dedo corazón mientras ella sigue gritando sobre la crueldad animal, los transgénicos, la libertad del dragón y los mondadientes.

No entiendo a qué viene esto último, pero espero dentro de la casa hasta que oigo cómo se marcha decepcionada ante el poco atento público compuesto por Ojitos y Gritosa.

Vigilo hasta que estoy segura de que se ha marchado y suelto el desatascador que, de algún modo, ha llegado a mis manos.

Suspiro porque de vez en cuando llega gente como esta hasta mi casa.

Siempre resultan cansinas e intentar razonar con ellas suele ser como una patada en donde crecen telarañas.

No niego que los dragones serían más felices libres, pero parece que esta gente faltó a toda su educación básica y no recuerda cómo eran las cosas antes de la domesticación de los dragones.

Cuando medían diez metros y se comían las ovejas y de paso al pastor que se encontraba durmiendo entre ellas.

Cuando quemaban ciudades enteras porque estaban constipados o cuando los cazadores de dragones casi los extinguieron.

Solo la selección y la cría profesional han hecho que estos animalillos salieran adelante, aunque sea de esta forma.

¿Ético? No lo creo. ¿Necesario? Puede que no.

¿Positivamente neutral en el caos? Evidentemente.

Primero la carta y ahora la loca de los derechos de los dragones. Suficiente de asociaciones por un tiempo. Me acerco a la cerca de los cachorros donde Jack está perdiendo nuevamente otra discusión contra Cayus, mi viejete retaco.

—Jack, si ves a una loca cerca de la valla gritando tonterías, tienes mi permiso para activar el protocolo o´-detoillette alrededor de la valla.

—¿Cabroncete? —Me mira como si hubiera algo realmente maligno en mí.

—Cabroncete.

Normalmente este tipo de criaturas desaparecen tan rápido como aparecen. He tenido hombres y mujeres, hadas medioambientalistas y elfos supremacistas. Incluso una vez un par de enanos etnocentristas. Por lo general, aparecen, te sueltan unas cuantas consignas poderosas y mal rimadas [5] .

Suelen ser molestos, unas moscas cojoneras, sí, pero inocuos.

Por eso, verla de nuevo al día siguiente es una sorpresa ciertamente desagradable.

Como una hidra cabezona, al cortar una cabeza, aparecieron dos más.

Una emulación de baratillo de los ángeles del Dios Charlie, armadas con pancartas caseras, gritan delante de mi puerta a todo pulmón sin importarles que aún no sean ni las seis de la mañana.

—¡Aquí se maltrata! ¡Explotadores de dragones! ¡Abajo los criadores! ¡Aquí se maltrata!

Furiosa, abro la ventana de mi habitación.

—¡Cállense señoras, van a despertar a mis pequeños!

Ellas pegan un respingo, pero no se amilanan ante mi amable petición.

—No nos engañará, ¡los dragones son nocturnos! — grita la mujer que ayer ya demostró que sus conocimientos sobre dragones provienen principalmente de la revista Encuentra tu caballero ideal.

—Eso son los vampiros. Los dragones son simplemente dormilones. Duermen diecisiete horas al día.

—Eso es mentira. Nadie puede dormir tanto.

—Busquen en el magi-on.

Se miran entre ellas, bajando un poco las pancartas llenas de purpurina.

—Nosotras no tenemos teléfonos —dice la de la izquierda—, son inventos de magia oscura que carcomen el alma.

«¡Ey!», escucho decir a mi espalda, lo que me indica que Xhiri no trabajará a esta hora, pero bien que le va el chisme.

Mis dormilones comienzan a gritar, molestos, cosa que yo también quiero hacer, pero soy humana y no puedo ir mordiendo a la gente por ahí, por mucho que lo desee. Suelto un suspiro de exasperación. Qué injusta es la vida.

Me pongo la bata corriendo mientras trato de bajar los escalones de una manera digna, esto es, no rodando, lo cual es difícil con estas nuevas pantuflas que he conseguido. Una compra compulsiva, las orejitas de conejo de peluche me parecieron irresistibles.

Enfurecida, me dirijo directamente al exterior, donde al otro lado me espera el grupo de mujeres cantando a voz en grito.

—¡Sapos en el bosque, dragones en los cielos!

Me cruzo de brazos frente a ellas y el leve temblor en la estrofa me indica que debo tener al menos la misma pinta que mi madre el día que descubrió que quería seguir con el legado familiar.

—¿Saben ustedes que ya no les funcionan las alas a los dragones? —suelto, venenosa.

Ellas se miran unas a otras, pero la mujer que me visitó ayer y a la cual ya he bautizado como Gansa, porque francamente ya no me acuerdo de su nombre, se me encara nuevamente. Evidentemente no ha tenido suficiente de nuestro encuentro anterior. Debo de estar perdiendo facultades.

—¡Mentira! ¡Yo he visto dragones volando!

—Tiene usted razón. Ahora mismo vuelvo a la cama a reflexionar sobre los treinta años de experiencia criando dragones que he tirado a la basura.

—¡Treinta años de explotación!

Pongo los ojos en blanco. Paso al tuteo, lo cual debería indicarles que están peligrosamente cerca de conocerme perdiendo los papeles.

—Disculpa, ¿pero tú de qué trabajas?

—No tengo por qué decirle nada. —El leve sonrojo me indica que debe ser una de las integrantes honoríficas del INEM, dado que puede venir un miércoles a las seis de la tarde y volver al día siguiente de madrugada—. Nada es más importante que salvar el mundo.

Su excusa es tan débil que hasta puedo escuchar la carcajada de mi genio desde esta distancia.

—¿Soltando dragones?

—Son animales fantásticos, dueños de los cielos — afirma la chica de la izquierda, la más bajita, de ojos soñadores, llamémosla Pava—. Y usted los encadena para que no se escapen, los somete a torturas para que procreen y así lucrarse y hacerse de oro.

Se me escapa una risa seca ante la idea de poder obligar a hacer algo a un dragón. Esta gente necesita urgentemente hablar con Jack. O con un psicólogo. Miro mi centro que, aunque digno, no es lo que yo llamaría precisamente un palacio de oro. Quizás debiera darles mejor el teléfono de un oculista.

—Los criadores atáis a las hembras en potros para que los machos las monten sin su consentimiento. ¡Y por eso tienen las alas atrofiadas! —sigue la tercera, la de la derecha, pelirroja. Automáticamente es bautizada como Lorito.

—Un potro.

—¡Sí! —reitera Gansa.

—Que yo ato a mis pequeñas a un potro para que los machos las monten.

—Eso hemos oído —está de acuerdo Pava.

—No lo niega, porque es cierto —sigue erre que erre Lorito.

—Perdona, guapa, pero no es mi culpa si te crees cualquier tontería que oyes por ahí. ¿En qué clase de colegio te enseñaron que una hembra de dragón que no está en celo puede ser violada por un macho y quedarse preñada?

Las tres neuronas que tiene han debido de entender lo que le he dicho, porque ella enrojece tanto que su piel es indistinguible de su cabello.

De mientras, mis pequeños se han despertado del todo, y están de muy mal humor por hacerles madrugar.

Si piensas que se te pone mala ostia cuando te levantan un domingo a la ocho de la mañana para entregarte un paquete, imagínate un dragón que no ha dormido sus preciosas diecisiete horas.

No se consigue ese cuerpo escultural sin pegarse la siesta padre cada hora, aproximadamente.

—Mirad, no tengo tiempo de hablar con vosotras, ahora hay que sacar a los dragones antes de que tiren la puerta abajo de su cuarto porque están de muy muy mal humor.

—Querrás decir de sus celdas.

—¡Eso, eso! —corean las otras dos.

—¡Maltratadora! ¡Sapos en el bosque y dragones en el cielo!

Siento que estoy hablando con el eco de un pozo vacío, pero estas no me invitan a cenar a la luz de las velas apagadas. Suelto un bufido y me doy la vuelta.

—¡Si no estuvieran estas verjas, ya vería usted! ¡Explotadora! ¡No tiene corazón! —grita Gansa.

Y me detengo, porque se me ha ocurrido una idea tan malditamente arrebatadora que no puedo evitar admirar mi vileza. Con mi mejor sonrisa comercial, me giro de nuevo hacia ellas.

—¿Les gustaría pasar y ver el estado de las instalaciones de los dragones de cerca?

Jack llega dos horas después y me encuentra con un café humeante entre las manos, vestida con mi bata de corazones azules, zapatillas de peluche de conejito y una sonrisa diabólica que le hace dar un paso atrás. Mira el campo, por donde ya corretean mis pequeños y me mira preocupado.

—¿No deberíamos ayudarlas? —pregunta dubitativo, haciéndose oír por encima de los aullidos de las tres manifestantes que tratan de zafarse de treinta dragones adultos.

Yo lo miro con el ceño fruncido, molesta porque trata de quitarles el merecido entretenimiento a mis pequeños. Le hago un gesto desdeñoso, mientras observo cómo mi querida Chochola está fascinada con los mechones de pelo que Lorito le ha donado. Me encojo de hombros.

—Total, no creo que quieran ayuda de una maltratadora —cavilo yo mientras le doy un sorbo a mi café.