Capítulo III. El que avisa no es dragón
—Criadero de dragones Escupiendo fuego, dígame.
— (Jadeo, lloro) ¡Esto es imposible, no lo soporto más!
—¿Disculpe?
—(Lloros incontrolables) ¡Quiero devolver el ca-chorro de dragón que compré ayer! (más lloros)
—¿A Daisy?
—¡Es asquerosa! (Lloro, lloro, lloro) ¡Horrible!
—Pero ¿qué ha pasado?
—¡El dragón que me vendió hace popó!
Cuando estás tan ocupada recogiendo paletadas de heces, la mente trata de refugiarse en otros derroteros, usualmente, motivos para el comportamiento de las personas. Si tan solo todos fuéramos como los dragones, el mundo sería mucho mejor. O nos extinguiríamos. Lo que ocurriera primero.
El sentido común es el menos común de los sentidos y esta reflexión viene al pelo para esto que os voy a contar a continuación:
Encuentro la carta tres días después del Chungo, mientras busco el dichoso sello que de alguna manera ha llegado al altillo.
Cojo el sobre arrugado, adornado con sospechosas manchas de mermelada de mora que indica que el cartero ha vuelto a desayunar en Diablillos —Las Mejores Tortas del Infierno, según reza el cartel—, y miro el remitente.
Bufo. Sí, sigue siendo del ASCO, pero es que además viene con el sello de la RSD, la Real Sociedad Draconiana.
Una panda de mafiosos elitistas a los que aborrezco tanto como ellos a mí.
Lo curioso es que ambos nos odiamos tanto como proclamamos querer a nuestros dragones.
La abro con el ceño fruncido y despliego el pergamino de su interior, sellado seis veces en todas las esquinas. Antes, solo lo certificaban una vez, pero desde que hubo lo de las estafas aquellas, aumentaron el número de sellos exponencialmente a su desesperación.
Es una invitación a la siguiente exposición en la capital. O eso es lo que extraigo de las treinta líneas emperifolladas, en los que adulan, insultan y engatusan a partes iguales.
La RSD, Real Sociedad Draconiana, miembro del ASCO, Asociación Social de Criadores Oficiales, se congratula en invitarle, en caso de que así lo merezcan sus ejemplares, al próximo Concurso de Beldades Draconianas, el primero de septiembre, en la capital del Gran Reino de Jotapelón, Roc.
La obligatoria inscripción consistirá en la donación (no sujeta a declaración de impuestos) de 4000 leureles, no reembolsables, por dragón presentado.
Premios: un lazo rojo de terciopelo y la inscripción en nuestra asociación como Belleza del Año. Un título prestigioso reconocido en todo el mundo que ayudará a dar a conocer al mundo a sus bellos dragones si es que son tales.
Esperando contar con usted, se despide
Lujus Politics
Presidente de la RSD
Suelto un suspiro exasperado. Si por mí fuera, mandaría ahora mismo al carajo la asociación y las exposiciones de belleza, incluidas las humanas.
Llevo bastante mal lo de que me digan qué hacer, como dijo el psicoanalista del curso de contención de la ira al que aticé, así que imaginaros si un tonto me dijera cómo tengo que criar a mis dragones.
Nadie puede decir que mis pequeños no se merezcan ser llamados los más adorables del mundo.
A esa gente solo le importa la belleza, o lo que ellos llaman belleza, que no es más que un compendio de características aleatorias elegidas al azar para describir a las diferentes razas de los dragones.
Aunque la raza no sea algo estático, sino unos rasgos que evolucionan y cambian según las necesidades y el medio.
El agua que no fluye, se pudre, como decía mi abuela tras orinarse en el patio.
Le faltaban dos tornillos a mi abuela, pero en este caso el ejemplo nos sirve.
El caso es que la gente es idiota, que no es una novedad, pero es una idiota elitista, que tampoco es ninguna novedad. Así que me veo obligada a certificar a mis pequeños con sus títulos onerosos y participar de vez en cuando en sus tórridas exposiciones.
Las reglas dentro del ring son bastantes rígidas, estúpidas, eso sí, pero esas puedo aguantarlas.
El problema está fuera del ring, donde la ley del más espabilado impera.
Envenenar a un contrincante está políticamente aceptado excepto si daña a su dragón.
Lleva toda una vida conocer las rutinas de este tipo de exposiciones.
Por ejemplo, es de mal gusto no poner la zancadilla a tu vecino de cuadra antes de salir al cuadrilátero. Se considera que da buena suerte.
Aún me duele la cicatriz de la puñalada que me dieron en el hombro hace dos años.
Intentaron descalificarme, sin éxito, por llenar de sangre el pódium.
Achacaron que eso excitaba a los pequeñines presentes en la exposición.
Tenían que habérselo pensado antes de mandarme al miembro más barato del gremio de saboteadores.
Actualmente, hay una regla que indica específicamente que no podrán participar en la exposición seres vivos sangrantes o muertos sangrados y mujeres en su luna.
Aunque ya me gustaría ver a alguno de esos mamarrachos intentando evitar que una mujer joven en plena luna, estresada con los dragones, exponga a sus pequeños alados.
Aparto la carta y la dejo lejos de mí, asqueada.
Esta no es la única exposición draconiana que se realiza en el imperio, pero sí que es la más importante.
Así que no me queda más remedio que aparecer por allí, aunque sea por aparentar.
Cualquiera diría que, tras treinta años en esto, ya podrían darme cancha.
No puedo arriesgarme. No ir es la forma más segura de que te saquen de ciertos círculos en los que me interesa constar. Al menos de momento.
Llevaría a mi favorita, Chochola, pero, según la buena noticia que me dio ayer el veterinarius, posiblemente esté clueca y no la quiero someter a ese estrés.
Me ha hecho ganar los últimos cinco certámenes así que esta vez se queda en casa, tranquilita.
Tendré que conformarme con esa pequeña petulante dorada, Esplendor.
Es una belleza, pero lo que tiene de brillante le falta de inteligente.
Si quiero ponerla a tono para ese día, tengo que darme prisa.
—¡Jack! —grito al aire, mientras lanzo la carta al montón de correo abierto de la entrada de la casa.
—¡Sí, señora! —le oigo gritar desde el exterior.
Lo noto un poco jadeante y recuerdo que aquella mañana le había pedido que frotara con ectoplasma las escamas de los pequeños.
Miro por la ventana que da al patio y lo observo cómo se bambolea sobre Sapo, en un intento por mantenerlo quieto.
Suspiro, voy al congelador, saco una bolsita de tela apartando a las hadas de hielo, y me la guardo en el bolsillo antes de salir al jardín.
Jack huele como si hubiera estado en el balneario de Shez el Ogro y apenas es capaz de contener la fuerza de cuarenta kilos de dragón tratando de escapar.
—Quita —le digo con delicadeza al muchacho pegándole un empujón.
Le ofrezco la bolsita a mi niño guapo, con la palma bien estirada. Este enseguida olfatea el aire, interesado, y después mete su hociquito dentro de la bolsa, donde comienza a lamer algo con fruición.
—Tienes que entretenerlos o podrías hacerles daño.
Creo oírle decir algo por lo bajo, frotándose cierta parte de su anatomía, pero enseguida procede a impregnar el aceite en las escamas de Sapo. En menos de dos minutos ha terminado y, entonces, trata de quitarle la bolsa. Tres dedos se salvan solo porque lo empujo hacia atrás a tiempo.
Sapo profiere un croar sospechosamente gruñil y se mete toda la bolsa en la boca antes de alejarse de allí.
—Nunca le quites lo que le has dado a un dragón, zopenco —le grito yo, más cabreada por la perspectiva de tener que llevar al peque al veterinarius para un lavado de estómago que por tener que conformarme con un esclavo tullido—. Hay más bolsas en la nevera, coge las que necesites.
Parece que quiere preguntar qué tienen las bolsas negras, pero se calla y me doy cuenta de que quizás no es un caso perdido después de todo.
Se dirige con paso apresurado al interior de la casa y yo observo a Sosaina que está tratando de quitarle el saco a Sapo, sin hacer caso a la amenaza de muerte inminente que este le profiere en forma de gruñido.
Antes de que corra la sangre, me apresuro a espantarlo poniendo mi mejor voz de alien.
Se trata de una serie de sonidos caóticos y enloquecidos que por algún motivo les desagrada.
Un truco de mis días espantando Hadas Madrinas de los campos de calabazas.
Esta vez también funciona y salen corriendo, echando humo.
—¿Qué cree que está haciendo? —pregunta alguien detrás de mí.
Me giro sorprendida y veo a una mujer al otro lado de la valla que limita mi terreno con el mundo exterior.
Hay veces que pienso en poner algún tipo de camuflaje, setos, pieles o incluso repelentes mágicos, pero son demasiado caros y, total, estoy orgullosa de mi centro, así que, ¿por qué esconderlo?
A esta mujer morena no la conozco de nada pero suenan todas las alarmas en mi cabeza cuando veo los tres signos.
Primero, la cadena de eslabones dorados en su cintura con forma de hojas de arce.
Segundo, el collar conmemorativo con la huella de un grifo.
Y tercero, la forma en la que está encaramada a mi valla, crispando sus manos sobre el metal como si quisiera a arrancarme la yugular.
—¿Sabía que la valla está embadurnada con pipí de dragón? —le digo yo, cruzándome de brazos.
No es verdad, pero la mujer suelta automáticamente la verja y se limpia disimuladamente las manos en el pantalón. Así aprenderá a no ir colgándose de cercados ajenos.
—Acabo de verla asustar a ese pobre animalillo. ¿Es que no tiene corazón? —dice ella, volviendo a la carga, con una intensa voz de pito.
Ah, el cuarto signo. Bingo.
La miro, anonadada, y después a Sapo, que está felizmente rebozándose en el musgo de debajo del árbol chamuscado, ajeno a los esfuerzos de su heroína por defenderle.
—No se le ve muy asustado.
—¿Cómo puede saberlo? Puede que le haya creado un trauma a ese adorable dragón.