Escupiendo Fuego: Criadora de dragones Capítulo II. Dragón con gusto, no pica #3
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Capítulo II. Dragón con gusto, no pica #3

—Se lo he dado al cartero, como me dijiste —me sonríe satisfecha por el trabajo bien hecho. Por un breve segundo me siento mal por el veterinarius, que tiene que aguantar a este esperpento todos los días—. Hay gente en la puerta.

Le gruño y miro a través de la ventana. Claro. Evidentemente hay clientes sin cita en la puerta. Abro las hojas sin salir de la cocina para gritarles.

—¡Buenas! ¿Querían algo?

Son una pareja de duendes ancianos, venidos directamente desde la cosmopolita capital.

Esas cosas se notan a simple vista si vives tanto tiempo como yo.

Eso y que han venido en un Pegasus nuevecito y visten con más marcas que una Gran Superficie Móvil.

Seguro que estos compran la comida en esos supermercados que te venden las hortalizas bio a precio de langosta.

—Queríamos un dragón —Ni buenos días ni disculpen las molestias. Empezamos bien.

—Trabajamos solo con cita previa.

—¡Ah, no lo sabíamos! Somos de Noru —lo dicen como si venir desde tan lejos ya les otorgara todo el derecho a venir sin cita—. Nos han recomendado este sitio.

—Lamentablemente hoy no podemos atenderles. — Me parapeto en una rígida sonrisa formal—. Pueden reservar para mañana si quieren.

—Mañana tenemos que estar en Duren.

—¿Y van a comprar un dragón antes de ir a Duren?

—Claro. Por eso queríamos comprarlo. Nuestros amigos de allí tienen uno y están encantados.

—¿Pero el dragón lo quieren ustedes o sus amigos?

—No entiendo la pregunta.

—Mire, no podemos atenderles ahora.

—Será una visita muy rápida, se lo prometemos.

Por un segundo estoy a punto de enviarles a volar, pero una idea siniestra se abre paso en mi mente y hace subir las comisuras de mis labios.

Sería una pena que se marcharan ya habiéndose puesto tan guapos para visitar a mis queriditos…

Y total, es mejor dejarse llevar por el Chungo que intentar luchar contra él.

Así que les hago pasar y los llevo por el pasillo hasta donde se encuentra Jack.

Les enseño desde el perfil de la entrada a mis chiquillos jugando.

Los duendes miran interesados la nueva decoración del centro.

Quizás piensen que es algo modernista. Aunque se les ve inquietos cuando Chochola intenta saltar la valla mostrando su lengua babeante.

—Creía que vendían dragones verdes y dorados —dice la mujer agarrando con fuerza su bolso Prado.

—Sí, así es —les respondo, sorbiendo de mi taza de café vacía para esconder mi sonrisa.

—Pero estos son todos… rosas.

—Es que es época de apareamiento.

Ellos asienten como si supieran una mierda sobre el apareamiento de los dragones. O de cualquier ser vivo del planeta, incluida su raza.

—Jack, ¿por qué no les enseñas los cachorritos? Esta buena gente viene desde muy lejos para verlos.

Él me mira con los ojos abiertos como platos, pero hace lo que le digo. Buen chico.

Me hubiera encantado quedarme para ver lo que va a pasar, pero sigo preocupada por Gritosa. Doom ya ha acabado, le veo asomar su calva por la puerta de cuarentena.

—No ha sido tan malo esta vez, no te preocupes.

Mi pequeña sigue dormida y tiene envuelta la cola de arriba abajo. Le ha puesto el bozal de hierro para que no se hurgue en la herida, aunque ella siempre consigue, de una manera o de otra, zafarse del artilugio.

—Deberá dormir separada del resto durante una temporada. Y dale algo con lo que jugar para entretenerse, quizás una quimera. Una mezcla de tardígrado y Pachycephalosaurus aguantaría bien, creo.

—¿Y de dónde voy a sacar yo una quimera a estas alturas del año? —Apunto: una quimera.

—Podría preguntar por ahí… Unos balidos llaman nuestra atención.

—¿Qué es eso? —pregunta extrañado Doom. Yo solo le pongo los ojos en blanco como respuesta.

Ambos corremos hacia el exterior, donde, en el jardín, un montón de dragoncitos se agolpan contra la valla, armando un jaleo tremendo.

Por detrás de ellos, una manada de rumiantes que han vendido su alma al diablo corren asustadas por delante de la cerca mientras un perro-lobo amaestrado trata de dirigirlas y mantenerlas unidas.

Los dragones gritan, las bestezuelas chillan y el idiota del pastor, que corre por detrás de todos con la lengua fuera, rebuzna.

—¡Ah! —El veterinarius se golpea la cabeza, dándose cuenta—. ¡Cabras!

El peso de una veintena de dragones sobreexcitados por la aparición de tentempiés móviles y calientes hace que la valla cruja y se doble bajo su peso. Corro hacia ellos para intentar contenerlos, pero recuerdo que seguimos sin haber arreglado el mecanismo de las puertas y no tengo dónde guardarlos.

Ese es el momento que eligen los dos ancianos duendes para salir gritando espantados, totalmente cubiertos de rosa con sospechosas manchas marrones, para llegar hasta mí, mientras trato desesperada de calmar a mis bestezuelas. Ni siquiera la visión de la Escoba hace que se calmen.

—¡Qué vergüenza! ¡Qué horror! ¡Sus dragones nos han manchado!

Quizás no haya sido tan buena idea dejarles pasar.

—Señores, estoy un poco ocupada aquí —les bufo mientras agarro entre mis brazos a Cabezón—. ¿Y qué querían que les hicieran? ¡Son dragones! Viven para ensuciarse, es lo único que saben hacer con elegancia.

—¡Nos han orinado encima! ¡Nos han mordisqueado los pelos! ¿Qué clase de centro es este?

No sé qué clase de centro será este, pero yo les digo qué clase de personas son ellos. No les parece gustar las respuestas porque salen pitando.

De mientras, el perro-lobo, que tiene más cerebro que el pastor, parece que ha conseguido despegar de la cerca a las dichosas cabras y se las está llevando lejos, hacia el camino.

—¿A quién se le ocurre pasear sus cabras por delante de un centro de cría de dragones? —oigo a Doom a mi lado, espantando a Lenguada con la visión de una jeringa. Es más efectivo que la Escoba.

—¡A un…! —blasfemo con tanto ímpetu que podría haber escandalizado a cualquier patapalo.

Porque por algún motivo que no alcanzo a comprender, ese malnacido sigue viniendo cada quince días por este camino, sólo porque se empeña en tratar de crear leche cuajada cuando aún está dentro de sus cabras. Según su hipótesis, si una cabra se pone lo suficientemente nerviosa, se hará de oro.

Le sigo gritando una sarta de insultos de los que mi buena abuela bruja estaría orgullosa. Yo sí que le retorcería lo que yo me sé hasta que le salga dulce de leche. La siguiente vez que se acerque por aquí, pienso dejar que Cabroncete se escape, accidentalmente por supuesto, lo juro.

Al fin conseguimos amansar un tanto a las fieras cuando el último chivo sale de nuestro campo de visión y yo me atuso el cabello que se ha escapado de mi moño, derrotada por un momento.

En seguida se acercan Bobalicona y su hija, como si quisieran pedir perdón.

Se restriegan contra mí y mordisquean mis dedos con suavidad.

Si es que no puedo enfadarme con esos ojitos.

—Elsa —trata de llamar mi atención el veterinarius. Me levanto del suelo donde estoy haciéndoles arrumacos a mis niñas, alarmada por su tono.

Le veo que señala hacia fuera.

Y es que quizás alguien haya escuchado mis plegarias, porque Cabroncete está del otro lado.

Miro hacia atrás, a la puerta que da salida al centro, y asustada me doy cuenta que los dos ineptos clientes han dejado la puerta abierta de par en par cuando han salido.

Veo a Jack jadear con Ojitos y Carantoñas en los brazos, atrapados in fraganti en el proyecto de fuga; y, por detrás de él, a Yolinda, como si de Gritosa se tratara, siendo perseguida por Chochola.

Seguro que le recuerda a una enorme rata.

Corro hacia la puerta, la cierro de un portazo y procedo a atrapar a los pocos dragones que corretean por el interior de la casa.

Por suerte, les ha interesado mucho más mi sofá nuevo que la promesa de aventuras exteriores.

Solo Cabroncete parece haber huido de la cerca maternal.

Cerradas las puertas y dejado el trabajo de atrapar a los últimos fugados a mis tres compañeros de desventuras, me lanzo al exterior en su busca.

Han sido solo dos minutos, prometido, pero suficientes para causar un bonito caos. Desde la distancia, veo a mi dulce pequeñín teñirse de rojo, que es una mejora palpable frente al anterior rosa.

—Creo que ya no vas a tener que preocuparte por las cabras —le oigo decir a Doom, jadeando, detrás de mí.

Me desplomo en la cama en cuanto anochece y ahí me quedo, totalmente inmóvil, analizando qué demonios podría haber hecho diferente.

Vale, no tendría que haber cedido a mis instintos de ver el mundo arder con esos maleducados, pero lo de Gritosa, la pintura, las cabras, los tornillos por toda la casa, la pérdida de mi sello y el puñetazo en el ojo del cabrero, no eran cosas que yo pudiera controlar.

Por lo menos el pastor ha accedido a no llamar a los alguaciles si le compraba todas las cabras que la han espichado.

Que eran todo el rebaño menos tres, salvadas porque el perro-lobo se las ha llevado al bosque.

Debe de tener más de lobo que de perro porque no ha vuelto.

La tarde ha sido un poco más tranquila si teníamos en cuenta, que, como esperaba, Mopa ha sido madre.

Jack ha dejado el tema de la pintura para arreglar la valla doblada —apunte: comprar de mithril la próxima vez, nada de ofertas— y Doom ha marchado al final de la tarde, casi tan agotado como yo.

Colita descansa empastillada a los pies de mi cama y todos en la casa parecen dormir, al fin.

Ahora caigo que Doom no me ha dicho cuándo tengo que ir a su centro para que le quiten los puntos a Colita.

—¿Xhiri? —digo en alto y le noto salir del teléfono que está en la mesilla. No puedo mover un músculo más, menos mal que me lo compré inalámbrico. Casi no siento la pérdida de mi riñón—. Apunta que tengo que pedir cita para el veterinarius.

—Señora Kapunta.

—¿Sí? —gruño yo, enseñando todos los dientes.

—No atiendo después de las doce de la noche.