Capítulo II. Dragón con gusto, no pica #2
La siguiente media hora es una lucha contra la pintura semiseca.
Jack y yo trabajamos mano a mano para eliminarla como podemos, aunque sospecho que no hay suficiente quitaesmalte en todo el país para devolver mi querido centro a su ser anterior.
Mentalmente apunto que debo comprar una fregona y una docena de trapos nuevos, así como varias espátulas.
Por suerte, las puertas de la zona izquierda que contienen a los abueletes y cachorros no han fallado y están en considerable buen estado.
Mientras Jack recoge el último bote y saca a Cabroncete del interior ––apuntar: dos uniformes nuevos completos––, reviso el mecanismo de apertura para ver qué ha pasado.
Para desmontar la cubierta necesito las herramientas, así que entro en la casa dejando un rastro de pasos rosas y me dirijo al armario donde las guardo.
Los ojos se me abren como platos al descubrir el estropicio.
Jack será un manitas, pero parece que la lógica y, evidentemente, el orden no son lo suyo.
Todas las cajas están abiertas y las herramientas están desperdigadas por las seis baldas.
Suelto varios improperios mientras comienzo la búsqueda del kit básico verde, el que contiene los destornilladores y los alicates para poder abrir la maldita cubierta.
Al fin me doy cuenta de que no voy a conseguir nada, así que tengo que sacarlo todo.
Voy poniendo los utensilios como puedo al lado de la puerta, dejando a un lado las herramientas más habituales y las cajas al otro, para tratar de emparejarlos.
Esto debe llevarme más de lo que creo, porque al poco escucho el ruido de un carruaje a la entrada de la casa.
—Maldita sea —suelto, frotándome las manos rosas llenas de polvo y grasa en los pantalones.
Voy a mirar por la ventana y respiro aliviada al ver que es el veterinarius, con la misma camiseta ajada, la misma barriga sobresaliente y la misma calva de siempre.
Viene con la auxiliar Yolinda, una chica aparvada, sobrina de un cliente de Doom al que le debe un favor.
Es una joven alta y delgada como un palo, con una sonrisa un tanto ratuna y unos enormes y atrayentes ojos de color azul, a juego con su cabellera lisa platino.
Solemos bromear entre nosotros que el favor se lo hacemos a Jack, quien desde el primer día mostró por ella el interés propio de un dragón poco afinado frente a una serpiente de cascabel.
—Hola, Elsa. Veo que ya ha empezado el espectáculo —me dice Doom mientras señala la nueva decoración de mi uniforme.
—Sí, no se ha hecho esperar, pero estoy segura de que esto no es el plato fuerte. Entrad, os prepararé un café. Gracias por venir tan rápido.
—¿Para qué están los amigos?
La amistad de un criador con su veterinarius es simbiótica. A ambos les interesa, y mucho, estar ahí en los días chungos. No por nada las alfombras rojas de su clínica se despliegan a mis pies los últimos de mes, cuando es hora de apoquinar las desventuras de mis niñitos.
Los hago pasar a la cocina, les cuento lo ocurrido y pongo la cafetera al fuego.
Me doy cuenta de que no queda café ––apunto: comprar el de la bruja Mara––, así que les pongo un té y saco los últimos restos de la caja de bollos que el panadero me preparó hace un par de semanas.
¿O fueron dos meses? Bah, aún son blancos.
Los dejo solos mientras me asomo dentro para llamar a Jack, quien casi ha eliminado la pintura del suelo, no así el de las paredes.
De vuelta, me doy de bruces con las cajas de herramientas que había apilado tan cuidadosamente y lo desparramo todo.
Pruebo una nueva retahíla de insultos y me apresuro a recoger los tornillos y los alambres, las manivelas y las cizañas de cualquier manera y, de milagro, encuentro la caja básica verde.
Contenta, doy un puntapié a todo el resto del material y empujo con fuerza la puerta del armario para esconder el desastre. Que lo resuelva la Elsa del futuro.
Vuelvo a la cocina con la caja en la mano y Jack pisándome los talones.
Aparto la cafetera del fuego, que sólo tiene agua caliente en ebullición, saco platillos para todos y pongo los sobres en cada taza.
Mierda. No hay para todos. Pues agua caliente para mí.
En algún lado he leído que es bueno para los riñones.
No me juzguéis. Ir a la compra cuando tienes que cuidar de una treintena de fierecillas no es primordial en mi vida. Hago la compra cuando ya no queda nada más que mantequilla y mostaza en la nevera y sólo cuando las arañas de aparador han criado y desahuciado a su abundante prole.
—Cuéntame entonces. ¿Cómo crees que va a ir el día? —me pregunta afablemente Doom mientras moja su tercer bollo duro en el té insípido. Yo me doy unos segundos para pensar. Los años que llevo en esto me dan una idea aproximada.
—Mopa sale de cuentas en cinco días. Así que supongo que hoy será el momento.
Hay un par de clientes que han dicho que pedirían cita para venir, así que aparecerán sin avisar.
Histérica lleva unos días también un poco mustia, va a cumplir veintitrés años el mes que viene.
Deberías echarle un ojo. Y los pequeñines están empezando con los dientes, ese podría ser nuestro punto fuerte de hoy.
Pero si tengo que apostar por algo, serán sin duda, las cabras.
—¿Cabras? —pregunta extrañada Yolinda, frunciendo el ceño de tal manera que me preocupa la integridad del ojo abierto.
La bocina de una carreta hace que salte como un resorte y mire por la ventana. Reconozco el caballo pardo del cartero y me apresuro a salir, antes de que el malparido vuelva a desaparecer con la excusa de que no había nadie en casa.
Me recibe con la marca registrada de sonrisas para funcionarios y se ajusta el uniforme azul sobre el palo estirado y estrecho que es su cuerpo.
—Buenos días, señora Kapunta.
—¿Qué tienes para mí, Giorgio?
—Un paquete de su madre y una carta del ASCO. Resoplo, arrancándole la carta de las manos y mirándolo con asco. Por supuesto, en un día como este no podía faltar una misiva de la Asociación Social de Criadores Oficiales.
—Necesito que me selle esto primero —me contesta el cartero, devolviéndome la gentileza al tomar la carta de vuelta.
Pongo los ojos en blanco y entro deprisa en casa. Y ahora ¿dónde demonios he metido yo el sello? Rebusco en los cajones de la cocina y en la despensa por si acaso.
—¿Estás ocupada, Elsa? —escucho la voz del veterinarius llamándome desde el pasillo.
—¿Qué ocurre? —le grito mientras miro detrás del escritorio y entre mis papeles, desordenándolo todo en el proceso
—Te equivocaste. Es Gritosa.
Me pongo pálida. No, otra vez no. Gritosa tiene la mala manía de mordisquearse la cola. Y aunque ya se la ha reducido en varios centímetros, la fijación por su extremidad vuelve de tanto en tanto. El posterior coro de gritos son habituales un par de veces al año, lo cual no ayuda a mi ansiedad.
—¿Es muy grave? —le pregunto mientras entro al baño y miro dentro de la ducha. Ahí encuentro el maldito sello.
Doom no me responde y vuelvo a preguntar en alto. Maldita sea.
Salgo del baño y tropiezo con Yolinda, quien pega un chillido de rata acorralada.
—¿Puedes darle esto al cartero? —le digo lanzándole el sello.
No me espero a ver cómo falla en cogerlo al vuelo, salgo corriendo al interior donde busco al veterinarius y soy guiada por los alaridos de mi dragona.
Está junto a Jack, tratando de coger como pueden a una ensangrentada e histérica Gritosa.
La tienen acorralada en la esquina más alejada de la habitación.
En cuanto me ve, Gritosa bufa y salta a mis brazos, queriendo huir de Doom.
Me temo que ni el veterinarius ni su maletín de herramientas son muy queridos entre mis pequeños.
Algunos de ellos han cogido incluso pavor a cualquier hombre gordo, calvo y/o con bata que vean, lo que describe a casi todos los hombres que conozco.
Doom no es un principiante, aprovecha que la tengo agarrada para meter su mano enguantada en la boca de Gritosa e inyectarle la jeringa de anestesia previamente preparada.
¿Adivináis qué parte del cuerpo de un dragón permite la entrada de una aguja?
Si, exacto, aquella que protege con una hilera peligrosa de dientes.
Al momento, mi pequeña se tranquiliza, relajándose sobre mí, pero en el proceso su cola ensangrentada no ha parado de moverse y salpicado de líquido rojo toda la estancia y a los allí presentes. Las paredes rosa chicle ahora son perturbadoramente moteadas.
—Ponla sobre la mesa. Ya me ocupo yo de ella, tranquila.
—Esta es la quinta vez, Doom —grazno yo, más afectada de lo que debería. Que atropellen a alguien a mi lado, todo ok . Tortura, evisceración, castración. Sin problemas. Pero si algo les ocurre a mis pequeños… con eso no puedo.
—Ya lo hemos hablado. No se puede hacer nada. Si le amputamos la cola, perderá parte del equilibrio. Aumentaré su medicación antipsicótica, ahora vete.
La dejo sobre la camilla, echándole un leve vistazo a la avería que se ha hecho. La punta de su rabo tiene la misma pinta que las ratas del flautista cuando las paso por la trituradora.
—Jack, ocúpate del mecanismo de cierre —digo tratando de no pensar en ello.
—Pero las herramientas…
—Están en la cocina. No, en la entrada —le digo mientras voy corriendo a asegurarme de que el resto de mis pequeños se encuentra bien. A veces el olor a sangre los excita, causando problemas adicionales. Me paro en seco y le grito—: ¡Espera, creo que en la cocina!
No sé si me oye, me encojo de hombros y echo un ojo a los dragones del patio. Todo correcto. Bueno, lo más correcto que pueden ser dragones antinaturalmente rosas.
A la mierda los riñones. Necesito un chute.
Me dirijo a la cocina y bebo el final de la taza de té de alguien a falta de algo mejor. Sabe a meado frío. En ese momento, entra por la puerta Yolinda con las cartas en una mano y nada en la otra.
—¿Y el sello? —le pregunto con los ojos entrecerrados por la sospecha.