Capítulo II. Dragón con gusto, no pica
—¡Hala! ¡Qué pasada! Pero, ¿cuántos dragones tenéis aquí?
—Disponemos de treinta dragones de cría en estos momentos.
—¿Tantos? ¿Para qué tantos?
—La partenogénesis sigue sin ser una de las actividades habituales de los dragones.
Cuando crías dragones, el sexto sentido se te agudiza por necesidad.
Responde a los momentos en los que tus animalillos se ponen inconscientemente en peligro, para su disfrute y tus taquicardias.
Cuando hay mucho silencio, o hace mucho que no ves a Bobalicón, sabes que te va a tocar liberar una pequeña cabeza del tamaño de una pelota de tenis de entre el hueco de dos peldaños, o que durante semanas recogerás del patio trasero trocitos de cable de tu aparato telefónico supercaro. Hay precedentes.
Pero los criadores que llevamos ya cierto tiempo en esto, tenemos un séptimo sentido, lo que vulgarmente nosotros llamamos Radar de Días Chungos.
Así como tu abuela seguro que tiene la rodilla que detecta cuándo va a llover, o, si eres un gnomo, la nuca te pica cuando el barbero llega a la ciudad, los criadores tenemos ese sentimiento especial que te embarga cuando abres los ojos por la mañana y tienes la total y más absoluta seguridad de que será un fantástico día de mierda.
Es hoy, lo siento. Antes de que Rana comience su gemido mañanero y antes de oír en la planta baja a Jack soltando rimbombantes palabras matutinas sobre las maravillas del aparato digestivo de los dragones. Antes de que abandonara mi plácido sueño [3] , ya lo siento.
Los pelos se me ponen como escarpias, la boca me sabe a metal y, al levantarme, el mundo es un prometedor día lleno de mierda.
Automáticamente cojo mi teléfono, ese trasto moderno y mágico por el que me han cobrado un riñón y la promesa de mi primer hijo varón, y lo golpeo con firmeza tres veces contra la pared.
El geniecillo morado de su interior asoma la cabeza con la misma pinta que debía tener yo hace unos minutos soñando con mi querido colchón.
—¿Sí? —emite su chirriante voz
—Llama al veterinarius.
—No trabajo antes de las seis de la mañana.
—¿Cómo que no trabajas antes de las seis? ¿Y si tuviera una urgencia? —Agito el aparato solo para dejar clara mi indignación.
Cuando lo compré, el mago me prometió que el teléfono cumpliría todas mis exigencias.
Podría llevar mi agenda, ponerme en contacto con otros criadores, buscar cualquier cosa por mí en el magi-on, guiarme si me pierdo y escuchar mis diatribas sobre mi bruja madre, asintiendo levemente cada pocos minutos por contrato.
Por un pequeño extra hasta proferiría exclamaciones creativas sobre familiares hasta tercer grado de parentesco.
Es muy nuevo, aún estoy haciéndome a él.
—No hay urgencias a las seis de la mañana.
La empresa ha hecho un estudio —asevera el canijo morado, bostezando—.
Hay infartos a las cinco de la mañana, accidentes de tráfico a la siete de la mañana, y a todas las horas y media borrachos cantando Encima de tus bragas me tambaleaba , pero no hay ni una sola urgencia a las seis.
—Sigo sin creérmelo.
—Haber contratado un pitufo. —Le miro sin entender, así que, soltando un suspiro, añade—. No saben mentir, se ponen rojos. A mí no me pagan lo suficiente para atender urgencias a las seis de la mañana.
—Me da igual —le amenazo con el dedo. No es día para meterse conmigo. Los sudores fríos de mi nuca están susurrando promesas de veinticuatro eternas horas.
¿O es que ya han empezado?—. Quiero que llames al veterinarius ahora, genio.
—Este genio tiene un nombre.
—¿Ah, sí? —le grito exasperada—. ¿Y cuál es?
—Xhiri.
—Muy bien Xhiri. ¿Puedes llamar al veterinarius?
—Y la palabrita mágica…
Suelto una nombrando a sus muertos, pero parece que no es la que estaba buscando. Respiro hondo, recordando el curso de control de la ira que el alcalde me obligó a realizar después del asuntillo con la chica de la ventanilla.
—¿Podrías, por favor, Xhiri, llamar al veterinarius? —digo lentamente con mi sonrisa lobuna especial.
El geniecillo parece sopesarlo un segundo.
—No. No trabajo antes de las seis de la mañana. —Y vuelve a entrar en el aparato.
Quince minutos después, cuando he conseguido recoger la mayor parte de los trozos de espejo de mi habitación, levanto el teléfono del suelo y vuelvo a golpearlo tres veces, haciendo que Xhiri salga de su madriguera, con una estúpida sonrisa de suficiencia y un mini traje recién planchado.
—Buenos días. ¿Qué es lo que desea, Señora Kapunta?
—Son las seis y cinco —suelto antes de que se atreva a añadir nada más—. Llama al veterinarius, —Lo pienso un segundo y añado la fórmula mágica que nunca me ha fallado—. O puede que deje a Alado jugar un ratito contigo, Xhiri. Están a punto de salirle los dientes.
Eso por fin parece que funciona. Desaparece y al momento, del altavoz con forma de tetera, salen sonidos chirriantes que me indica que el genio está alcanzando a mi veterinarius favorito.
—¿Qué demonios ocurre ahora, Elsa? —oigo por fin su voz cascada. Parece adormilado y no me extraña. Sé con seguridad que se habrá pasado toda la noche de guardia, lo que significa, en su caso, que ha disfrutado de un buen montón de comida basura y una reposición completa de Anatomía de Ogro.
—Prepárate, Doom —digo mientras enfundo mis pies en dos calcetines de madres distintas—. Es un chungo.
—Oh, no —le oigo suspirar, mientras escucho a través de la línea el flop que hace su trasero al despegarse de la silla—. ¿No tuvimos uno hace unas semanas?
—Sí, el día en que Sosaina se comió la cadena de la bicicleta por la mañana. Y el candado por la noche.
—Me acuerdo, me acuerdo. ¿Qué tal las deposiciones?
—Un montón de mierda con olor a rata muerta. No va mal. ¿Cuento contigo?
—Estoy allí en media hora.
—Gracias.
—¿Elsa?
—¿Sí?
—Tú aguanta hasta que llegue.
Le doy tres golpes al trasto y no hago caso al pequeño chillido de indignación de Xhiri.
Me visto en otro minuto, paso el peine por mi indomable pelo y miro la puerta cerrada de mi habitación como quién va a la guerra.
No lo postergo más.
Jack me espera justo al otro lado, y, por la decoloración de su piel, me imagino que el Chungo ya ha empezado. Lo empujo a un lado y corro por las escaleras.
Media hora no parece mucho ¿verdad? Bueno chicos, como dijo la sabelotodo de la pitonisa Eistheir: «El tiempo es relativo». [4] La cuestión es que, en esa media hora más o menos, los acontecimientos fueron así:
Jack ha estado echando una mano desde hace poco más de un mes.
Mis pequeños le han cogido mucho cariño y no podía estar más satisfecha con el nivel de limpieza que ha adquirido después de llenar y empujar treinta carretillas de abono natural.
Así que, poco a poco, le he empezado a delegar algunas tareas más.
Brillo y cepillado de las escamitas de los cachorros, cortar las uñas de los ancianos, arreglar algunas puertas viejas, cambiar los parapetos de metal oxidados, pintar las paredes para darle al centro un aspecto más moderno, arreglar las goteras del tejado y un par de cositas más, lo normal.
La verdad es que el chico es un manitas.
Un poco despistado, sí, lleva más dedos vendados que sanos, pero le pone espíritu y carne al asunto.
Sobre todo carne. El único problema es que la lógica no es una de sus virtudes.
—Explícamelo de nuevo —le pido amablemente, aunque lo estoy viendo con mis propios ojos.
—Hummm, puesss, ehhh… —Se mira los pies, pero sus ojos no pueden evitar pegar breves vistazos a su obra—.
Ayer terminé con el tejado y quise adelantar la segunda capa de pintura de las paredes.
Así que, humm, traje los botes del carruaje y los descargué.
La cosa es que, como las hadas de las bombillas no me hacían caso, decidí, hemm, dejarlo para el día siguiente.
––Sabe que la procrastinación me parece un invento moderno, así que se apresura en esa parte—.
Esta mañana he venido antes para esto, pero, hemmm… Bueno. Ya lo ve.
Sí, sí que lo veo. Incluso el panadero del pueblo a unos tres kilómetros puede verlo. Hasta su hijo ciego podría hacerlo si le pusiera verdadero empeño. Porque veinticinco dragones adultos, total y absolutamente rosas, no es una imagen que pueda ser fácilmente evitada.
—¿Cómo se han abierto las compuertas? —Es lo que realmente quiero saber.
Porque desde donde estoy, veo claramente al culpable material del desastre, Cabroncete, quien se está tomando un relajante baño de burbujas en el único bote de pintura que queda en pie.
El resto se encuentra desparramado y esparcido por docenas de patitas con no tan pequeñas garras.
—Yo… yo… yo…
Suspiro. No es cuestión de romper a mi nuevo ayudante en su primer mes, me recuerdo, aunque ahora mismo estoy a punto de enviar a tomar viento las cien horas del curso del dominio de la ira, por cortesía del ayuntamiento.
No hay tiempo para esto. El día va a ser largo y hay que reaccionar.
Aprieto el hombro de Jack y observo un segundo más el estropicio.
Quería darle un toque moderno al centro. Pues lo he conseguido. Techos, paredes, comederos, parapetos, puertas y sobre todo, mis dragones, son empoderadamente rosas.
No un rosa cualquiera. ¿Sabéis ese tono entre el suéter que te ha tejido la suegra mientras estás embarazada y el color de ese pájaro estúpido que sólo come cangrejos y duerme sobre una pata? Ese. ESE.
Así que doy comienzo a mi día. Lo primero, despejo el centro. Aunque eso suponga dejar salir a la luz el estropicio, hay que hacer sitio. Mis pequeños salen corriendo en cuanto abro el portón, y se desperdigan felizmente como el acné sobre la cara de un adolescente.