Escupiendo Fuego: Criadora de dragones
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Capítulo I. El buen dragón trabaja temprano
— Su currículo es impresionante, señorita. Así que, ¿tiene doce años de experiencia como adiestrador de dragones, cuatro como auxiliar de veterinarius de especies voladoras en peligro de extinción, y dos de etología draconiana?
— Sí, así es. Además tengo una maestría y dos años de experiencia con terapias de floración.
— ¿Terapias de floración? ¿Es algún tipo de entrenamiento nuevo?
— No, no, utilizamos sobre todo flores de bach y cristales de poder. Todo natural.
— Entiendo. Ya le llamaremos.
Bueno, Jack, te cuento —le digo al nuevo trabajador, mientras se pertrecha de botas, pantalones de cuero, chaqueta de piel de armadillo y guantes de unicornio.
El pobre ya aprenderá que no sirven para nada, pero mientras, el sindicato manda—.
La jornada es de doce horas, con una de descanso para comer, de lunes a domingo.
Sin festivos, ni siquiera en la celebración del Nacimiento de los Trillizos.
El chico parece un poco aturullado, es joven, carne fresca para mis pequeños.
Y, aunque apenas tiene más que la ESO (Educación Silvestre Obligatoria) y un curso de cien horas del INEM-PNPN (Intentamos No Educar Mamarrachos-Pero No Prometemos Nada), su currículo fue el único de los doscientos que recibí que no incluía la palabra homeopatía, imposición de Reiki ni terapias de floración en ninguna de sus seis líneas.
—¿Eso ponía en el contrato, señora Kapunta? —se oye su voz nerviosa multiplicada desde el fondo del yelmo con máscara y gafas de montura de titanio.
—Llámame Elsa. Bueno, te irás adaptando.
—Que vaya pillando cómo va a ser esto. Ya me ha firmado el contrato.
Ese que no se ha leído, evidentemente. Lo tengo atrapado por sus atributos para los próximos seis meses.
Si no fuera porque mis manos artríticas no dan ya para pulir y cepillar a mis pequeñines, y no puedo correr detrás de ellos sin que se me agarroten las piernas por la ciática, ni siquiera me hubiera planteado dejar a un extraño compartir nuestro sanctasanctórum—.
Está bien, cuando lleguemos al despacho te pasaré copia de tus condiciones, pero ahora vamos a empezar. Nuestros chicos están deseando salir.
Con la puerta cerrada y todo, el escándalo que están montando Ojitos, Cabezón y Llorica es más que audible desde la entrada.
Guio a mi nuevo aprendiz a través de la puerta y entramos al centro.
Dos hileras de habitaciones se abren a cada lado, cada una con una puerta de hierro.
Enciendo todas las luces tras sacudir un poco a las hadas de las botellas, quienes, como siempre, están roncando.
Debería cambiarlas por un modelo más nuevo, pero los beneficios que da Escupiendo Fuego siempre han sido muy exiguos y tengo otras tropecientas mil prioridades.
El golpe del olor es físico, pero acabas acostumbrándote.
Es el tipo de mal olor que amenaza a tu nariz con un acondicionamiento inmisericorde o una pérdida progresiva de la capacidad olfativa.
Y bueno, dejar de oler tiene sus ventajas, sobre todo si estás saliendo con el culturista élfico del barrio.
Puede que su raza huela a flores, pero el sudor de flores apesta igualmente.
Jack va dando traspiés, mirando con un poco de aprensión a mis pequeños vociferantes.
Hay treinta y cinco pequeñas bocas dentudas asomando entre los barrotes de las puertas, aullando por la anticipación y arrastrando sus garras por el metal a una velocidad que me indica que pronto me veré obligada a hacer un nuevo pedido al herrero.
Antes de nada, abro el portón que desplaza toda la pared del fondo para descubrir mis maravillosos pastos, un pelín chamuscados aquí y allá.
Jack me pregunta algo, imposible de entender con el jaleo.
No es momento de hablar. Activo el mecanismo que abre todas las puertas de la izquierda, las que corresponden a los machos y hembras que no están en celo, y empujo a mi aprendiz contra el parapeto que nos protegerá de la marabunta.
A toda velocidad, veinticinco de mis pequeñines salen corriendo hacia el exterior, algunos a saltos, otros volando lo que sus esmirriadas alas, último vestigio de su pasado como reyes de los cielos, les permiten.
Hay personas inmisericordes que creen que es mejor amputárselas para evitar accidentes, pero yo nunca he podido, se me parte en corazón pensar que no veré nunca más a Búho aleteando como una mosca borracha, golpeando su achatada cabeza contra el suelo y rebotando cual pelota.
Chochola, como siempre, está esperando a que salgamos del parapeto con una lengua áspera sobresaliendo por la comisura de su boca dentada.
Tiene la más adorable de las sonrisas draconianas.
Pega saltitos a nuestro alrededor y frota su piel escamada de color verde zafiro contra la protección de diez milímetros de grosor, lo que provoca un leve gañido por parte del parapeto.
Salgo y al momento se mueve entre mis piernas, golpeándome con delicadeza.
Mis pequeños saben que no deben hacerme ningún daño.
El problema lo tiene Jack, que ni con pantalones de cuerno de unicornio va a librarse hoy de unas cuantas docenas de arañazos y moratones.
—Esos son los adultos. —Le señalo a Jack el lado izquierdo que hemos abierto—.
Ahora vamos a abrir una por una estos otros.
Son a los que debes estar más atento. Corresponden a los ancianos, cachorros y hembras en celo, por lo que el mecanismo de apertura de las puertas es manual, para evitar peligros de escape.
Le enseño cómo hacerlo. Cada puerta tiene un pestillo interior y otro exterior, así como una palanca para que no puedan abrirla desde fuera. En algunas de ellas hay un cuarto candado de seguridad. Los dragones no son famosos precisamente por quedarse tranquilos en espacios cerrados.
Cada vez que abro una puerta, el dragoncito de su interior sale con parsimonia, echa su marca sobre las habitaciones abiertas de los otros y sale trotando al campo abierto, donde todos los demás adultos ya han encontrado su compañero de juegos favorito, su trozo de tierra chamuscada favorito o su pelota de titanio favorita. Ninguno se acerca a mi bañera favorita.
Los cachorritos que tienen al menos una vacuna del veterinarius, se entretienen subiendo por nuestras ropas y se cuelgan con mucho amor de mi escaso cabello.
Los pequeñines se sienten interesados por la novedad que es Jack y su yelmo, y prueban a calentarlo con chorritos de fuego de un pulgar de grosor. Qué monos.
—Vamos, los niños van a otro campo. Hoy lo he preparado yo, pero a partir de mañana te tocará a ti —le digo a Jack saliendo por la puerta pequeña del lateral.
Me sigue con dificultad. Cayus y Casiopea se le han colgado del cogote y no puede compensar el peso de cinco kilos de cría de dragón sobre su nuca, por lo que es bastante entretenido verlo zigzaguear.
Salimos al exterior, donde el espacio para los pequeños está acondicionado a su tamaño y destreza.
Las vallas exteriores son de titanio, y las redes que forman la cúpula del cielo son de osmio.
Los dragones pequeños, a diferencia de sus padres, encuentran muy útiles sus alitas.
Una vez llegan a la pubertad, se atrofian, pero mientras son criaturitas, no están de más las precauciones.
Hay juguetes de peluche en diferentes grados de babeo y descomposición [2] y camas de grijo por todo el campo, así como una fuente de agua corriente y un dispensador de comida.
—Como ves, tenemos dos parques. El exterior es para los dragones grandes y este para los pequeños. Tu trabajo será sacarlos todos los días a todos ellos, asegurarte de que tienen los comederos y bebederos limpios, y después ya comenzarás tu jornada.
—¿Esto no entra dentro de la jornada?
—Oh, no, querido. —Le sonrío, porque el primer día no quiero parecer la nieta de bruja que soy—. Esto es lo que necesitas hacer para poder empezar la jornada.
Salimos al parque de los adultos y le voy señalando uno a uno a todos mis peques.
No espero que el primer día se aprenda el nombre de todos ellos, pero por lo menos que capte que yo sí me los sé.
Y que la pérdida,extravío o daño a cualquiera de ellos conllevaría una detección automática y una venganza sublime.
—Tenemos al grupo de las jóvenes, esas doradas con el morro más largo.
Son caprichosas y un tanto temperamentales, aunque responden bien a los halagos.
—Le señalo a las chicas que están corriendo por el campo a una velocidad endiablada de lado a lado, y a las que, por experiencia, sé que provocarán más altercados maliciosos.
Son un poco abusonas, mis bellezas—. Ojitos, Llorica, Rana, Bolita, Colita y Escurridiza.
No puedes confundirlas con esas otras, las que están chapoteando en el barro, que son Deditos, Carantoñas, Textura y Lenguada.
Sobre todo, ten cuidado de que no se acerquen a Pequeñica ni Sosaina, esas dos a la sombra del gran Sauce.
Suelen acosarlas, así que si ves que se les arriman, les arreas con esto en el culo.
Le paso la Escoba. Como arma deja mucho que desear contra bestiecillas con piel de cinco centímetros de espesor, pero la confianza es la clave.
—De los verdes, esas de morro chato y tripita redondita, no tienes que estar tan atento, son más mansos que los dorados, pero, aun así, no te fíes de Cabezón, Mopa, Amoroso y Orejudo; esos cuatro que están masticando piedras.
Y los despistadillos que persiguen mariposas son Patosa, Saltarina y Penita.
Mientras siga saliendo humo de su nariz, todo va bien, recuérdalo.
Creo que sólo nos queda Gritosa. Te imaginas cuál es, ¿no? .
»Sobre los machos, ese verde que escudriña al grupo de las jovencitas es Cabroncete y el que está retozando con esas dos es Casanova. El que husmea el culo a Casanova es Bobalicón.
»Y esos de ahí, esos dorados y verdes que están tumbados panza arriba en las escaleras de la entrada, son zona geriátrica. Tienen una respetable edad y no están para tonterías, tendrás que avisarles con días de antelación cuando haya que hacerles el chequeo y aseo correspondientes.
—¿Avisarles?
—Por supuesto. Ante todo hay que ser cortés con los dragones.
Son animales sumamente susceptibles, y se toman las afrentas muy a pecho.
Por último —me agacho para ponerme a la misma altura que mi favorita.
Se ha enrollado alrededor de mi pierna izquierda y ha metido la cabeza por debajo de la cubierta del pantalón, frotando su mejilla contra mi piel—, esta es Chochola.
Le gusta hacer eso, depílate las piernas en casa.
No le gusta nada el pelo, creo que le recuerda a las ratas, y a veces pega bocados donde no debe.
Me quedo unos minutos observando con una gran sonrisa cómo mis polluelos disfrutan del sol del verano, pegando grititos y defecando bajo los árboles. Dejarles salir por las mañanas siempre ha sido un espectáculo inspirador.
Me doy la vuelta y, seguido por mi nueva sombra, pongo el cierre de seguridad para que los dragones no puedan entrar mientras limpiamos. Les pirran las bolsas de basura, las encuentran inusualmente masticables.
—Por la mañana tu trabajo consistirá en la limpieza.
Ahí fuera hay treinta dragones de entre quince y veinte kilos y cinco pequeños dragoncitos.
Comen aproximadamente ciento sesenta kilos de carne al día, que nos trae el carnicero directamente cada mañana, y lo complementamos con cien docenas de ratas traídas por el Flautista una vez por semana.
Un favor social que le hacemos a los de la ciudad.
De momento, de la comida me encargo yo, no quiero que me pilles la baja tan pronto.
Bueno, el caso es que te puedes imaginar lo que te espera en esas habitaciones.
—Le señalo la primera, donde le espera la olorosa llegada de una prometedora hora de trabajo.
Le enseño dónde está la carretilla, las palas, la fregona, los productos de desinfección y el flishflish con el perfume a pino, ideado por alguien que odia los pinos—.
Cuando termines con todas las habitaciones, suelos, paredes, camas, comederos y juguetes, harás lo mismo con el exterior.
Y si te queda tiempo, espero que hagas una colada con toda la ropa de cama y los peluches de los cachorros.
Me mira como quien acaba de vender su alma al diablo y no puedo dejar de sonreír al pensar que ese demonio soy yo.
—Tú tranquilo. Le pillarás el tranquillo.
»A la tarde, después de la comida, es la hora del aseo, las desparasitaciones, los arreglos de las cercas, y las visitas de los clientes.
Todos los días deberás, además, jugar con los cachorros, adiestrar a los mayores, realizar las fotografías de estudio de adultos y pequeños y subirlas al magi-on.
Y antes de terminar la jornada, al oscurecer, debes recoger todos los dragones y llevarlos a sus respectivas habitaciones.
Te recomiendo empezar pronto, hay que cogerle el truco a atrapar a algunos, sobre todo a Escapista y Saltarín.
Disfrutan jugando al corre-que-te-muerdo.
Para animar esa cara blanca que me pone, le doy unos golpecitos en la espalda. Le coloco el yelmo derecho, sacudo su pantalón y le doy la mano a mi nuevo empleado.
—Bienvenido a Escupiendo Fuego.
Él me la estrecha, y yo me pregunto cómo una mano puede sudar a través de unos guantes de armadillo.
Me quedo observándole meter con dificultad la carretilla en la primera de las habitaciones, la de Cabroncete, y sonrío porque sé lo que va a encontrar.
Mi ex decía que no tenía imaginación, pero los nombres de mis pequeños no solo responden al corazón.
Vigilo desde fuera cómo trabaja y voy dándole pautas y trucos que sólo el ensayo y error de años de experiencia permite a una persona corregir a otra. Extasiada por la perspectiva de tener una mañana para mí en treinta años, observo a mis tesoros corretear entre las sombras de los manzanos.
—Por supuesto, no podemos olvidarnos de Sombra —caigo en la cuenta, mirando cómo Amoroso está masticando algo con múltiples patas, totalmente ensimismado.
—¿Sombra? —le oigo jadear a Jack bajo una palada de heces del tamaño de un dragoncito recién nacido.
—Por él no tienes que preocuparte. No es un dragón de cría propiamente dicho, yo le atenderé cuando necesite algo. Tampoco creo que lo veas nunca —pienso en alto mientras me rasco la barbilla—. Pero por si lo haces…
—¿Sí?
—¿Cuáles son tus flores favoritas?