Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo sesenta y dos #3
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Capítulo sesenta y dos #3

El camino a Allesaria.

—Sí.

—No sé dónde está mi padre. Si todavía está en la fortaleza, no puedes quedarte aquí. Tampoco Evie.

—¿Conoce el calabozo y el túnel?

—Es probable.

Mierda .

—Entonces Treow. Encontraré la manera de llegar al asentamiento y esperar allí —recordaba gran parte del camino. Sí, lo había hecho a plena luz del día, pero lo encontraría de todas maneras a pura fuerza de voluntad.

—Sigue a Aurinda —dijo, señalando a una de las lunas—. Ella te guiará hacia Treow.

—Está bien —dije, tragando saliva con fuerza.

—Si no llego pasado mañana, debes irte. Saca a Evie de Turah. Haz lo que haga falta.

Darle a mi padre lo que ha estado buscando todo este tiempo. Incluso si eso significaba que Turah, Calandra, cambiaría para siempre.

—¿Estás seguro?

Esto podía significar la muerte de los Voster. El fin de Allesaria. La propagación de la lyssa. No tenía idea de qué era lo que estaba planeando mi padre.

No me había confiado sus verdades.

—Confío en ti —dijo Ransom, apartando un rizo de mi rostro mientras el batir de las alas del monstruo se volvía cada vez más intenso. Entonces, su boca encontró la mía y nos quedamos sumidos en un beso apasionado que terminó demasiado pronto.

No tendría una larga despedida, no con ese monstruo en los cielos.

—Te quiero mucho, Evie. Quédate con Odessa. —Se inclinó hacia ella y le dio un beso en la cabeza. Retrocedió, levantando la vista hacia el cielo nocturno. Tensó la mandíbula y sujetó su espada con fuerza—. Corre. Ahora, Cross.

Unas lágrimas cálidas cayeron sobre la tierra que cubría mis botas.

—Te amo.

—Sí, ya lo sé. No lo olvides.

—Nunca.

—Yo tampoco. —Tragó saliva con vehemencia—. Nos volveremos a ver. Aquí o en el cielo.

El crux aterrizó detrás de él y el suelo tembló. Fue entonces cuando Ransom, mi Guardián, se dio la vuelta para luchar.

Para mostrarle a esa perra quién era el verdadero monstruo de Calandra.

Para darnos tiempo a correr.

Mantuvo al crux lo suficientemente alejado para que yo pudiera levantar a Evie y cruzar las barracas que quedaban. Me arriesgué a mirar hacia atrás.

El crux se elevó alto sobre la muralla de la fortaleza, batiendo sus alas negras y soltando un chillido que pareció desgarrarle la garganta.

Tenía a Ransom entre sus garras.

Mi corazón se partió en dos.

—Estará bien —le dije a Evie, obligándome a poner un pie delante del otro para llegar al calabozo—. Matará al crux.

Mataría a los monstruos. Los mataría a todos.

Y nos volveríamos a ver. Ese era el único desenlace que estaba dispuesta a aceptar.

—Lo veremos en Treow. Vamos. —Llevé a Evie sin apartarme de las paredes oscuras del calabozo, mientras mis ojos se acostumbraban a la falta de luz y buscaba con los pies el farol que había estado aquí la última vez.

De repente, oí un sonido metálico cuando lo pateé y lo levanté. Usé una cerilla que encontré a su lado y lo encendí.

Entorné los ojos por el brillo repentino y lo levanté con una mano, mientras sujetaba a Evie con la otra y avanzamos por la entrada oculta del túnel.

Sus pisadas se volvían cada vez más lentas, como si su cuerpo se estuviera apagando por el estrés de esta noche.

—Descansaremos pronto —prometí.

Pero primero quería llegar a ese túnel.

Una vez que llegamos a la puerta, la empujé con el hombro para abrirla y el aire en su interior brotó rancio y húmedo. Era un túnel alto, ancho y tan negro que la oscuridad devoró la luz del farol. Dimos diez pasos hacia la primera esquina y, cuando doblamos junto a la roca suave, vi otra luz.

En ese instante, empecé a sentir un hormigueo incómodo en la piel, como si miles de arañas estuvieran caminando por mi cuerpo.

No estábamos solas.

—No corráis —dijo el hermano Dime cuando apareció entre las sombras. De no ser por el caballo que tenía a su espalda, me habría ido. Pero era Freya, mi querida yegua, alerta, aunque no se veía asustada.

—¿Qué quieres? —Me puse delante de Evie.

—Debes venir conmigo ahora, muchacha.

No fue una sugerencia.

Ramsey había dicho que el hermano Dime me quería. Y me había encontrado. ¿Por qué?

—¿Esto tiene algo que ver con mi madre?

No respondió. Simplemente se giró hacia Freya y nos llevó por el túnel hacia la escotilla que se encontraba en la pared y daba hacia el bosque.

El hermano Dime tuvo cuidado de no tocarme cuando me entregó las riendas. Esa precaución fue la única razón por la que no monté a Freya en ese instante para cruzar todo el continente.

No confiaba en los Voster. Pero Ransom sí. Y eso era suficiente para una noche como esta.

—Sube —le dije a Evie, sentándola en la montura y entregándole el farol antes de colocarme detrás de ella.

Se desplomó sobre mis brazos y presionó la cara contra mi pecho. Metió la mano en la bolsa donde estaba Faze y tomó su pata.

Le di un beso en la mejilla y sentí varias lágrimas en mis labios.

—Sujétate fuerte, estrellita. Estás a salvo.

Era mentira. Pero se lo dije de todos modos.

El hermano Dime levantó su mano huesuda y extendió un dedo. Una ráfaga de aire salió disparada hacia el farol y apagó la llama.

Entonces nos guio hacia la noche.