Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo sesenta y dos #2
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Capítulo sesenta y dos #2

Había personas en casi todas las sombras disponibles, personas que intentaban escapar de Ellder, ya fuera por el patio o por la puerta lateral.

Al otro lado de la calle, el pastelero, un hombre que le llevaba flores a su esposa todas las mañanas, estaba arriesgándose a cruzar. Su esposa estaba agachada a su lado. Estaban saliendo de su tienda, probablemente intentando encontrar refugio.

Y, como si pudiera sentir su desesperación por sobrevivir, el crux descendió del cielo y, con una garra, le separó la cabeza del cuerpo al hombre.

Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito y usé la otra para mantener el rostro de Evie enterrado sobre mi hombro para que no viera la escena.

La esposa cayó de rodillas e intentó volver a poner la cabeza de su esposo en su cuerpo.

El crux se giró y centró su atención en una casa.

En cuestión de segundos, hundió las patas en el techo y arrancó una parte que levantó por el aire y luego la soltó.

Varias tablas y postes de madera salieron disparados en todas direcciones cuando cayeron al suelo, bloqueándome el camino que tenía pensado tomar y obligándonos a tomar el camino principal.

Sujeté a Evie con más fuerza y esperé a que el crux volara en la dirección opuesta.

Luego empecé a correr por el camino sin detenerme hasta que llegamos al otro callejón y nos detuvimos debajo de un alero.

Avanzamos pegadas a la pared hacia la esquina, desde donde tendría una mejor vista del camino con la esperanza de ver a Ransom.

Había una mujer que caminaba entre las estacas y tenía dos cuchillos, mis cuchillos, en sus manos ensangrentadas.

—Brielle —dije, casi como un susurro. Iba a morir si se quedaba ahí afuera. Tenía que escapar, esconderse—. ¡Corre!

Se detuvo. Soltó los cuchillos y levantó la vista hacia las estrellas.

—No. —Me quedé inmóvil.

Un chillido partió el aire, tan fuerte que Evie se tapó los oídos con las manos, y entonces sentí el batir de un par de alas.

El monstruo se lanzó desde el cielo, soltando otro alarido que atravesó la noche como una lanza.

Brielle no emitió ningún sonido cuando la levantó del suelo y se la llevó al cielo.

Esperaba que fuera al cielo de Arabella.

Mis rodillas cedieron, ya que el peso de esta muerte era demasiado pesado para soportarlo.

—¿Puedes caminar? —le pregunté a Evie.

Asintió, así que la apoyé en el suelo.

—Vamos a correr, ¿vale? Directo a los calabozos.

Cerró los ojos, mientras unas lágrimas grandes se aferraban a sus pestañas llenas de hollín.

Le di un beso en la frente, la tomé de la mano y entonces empezamos a correr por las calles.

De repente, al oír el sonido de las alas de la bestia me detuve y nos pegamos contra una pared. En ese instante, el crux se lanzó otra vez hacia la calle. Esta parte no contaba con estacas, así que tenía espacio suficiente para aterrizar.

La luz del fuego iluminó las alas del monstruo, haciendo que las plumas negras destellaran con reflejos rojos y naranjas.

Me agaché, sintiendo cómo la respiración se me quedaba atrapada en la garganta. Vuela. Vete .

Faze soltó un quejido y sus pequeñas garras se clavaron en la tela de su bolsa, como si supiera que los verdaderos monstruos habían llegado a Calandra.

El suelo debajo de mis pies tembló cuando el crux levantó el vuelo hacia el patio.

Todo mi cuerpo se desplomó contra la pared.

—Está bien. Vamos, otra vez. A la cuenta de tres. Uno. Dos. Tres.

Llevé a Evie conmigo, sujetando su mano con firmeza, y llegamos a la última casa.

Justo frente a nosotras estaban las barracas.

Si tan solo pudiésemos llegar allí… Desde ahí quizá podríamos llegar a la muralla.

El problema era que había un extenso prado que separaba el pueblo de los cuarteles de los soldados.

El espacio no me había parecido tan grande antes, pero ahora tranquilamente podría ser el Krisenth. Además, estaba lleno de cuerpos y sangre, soldados que habían salido de las barracas para luchar. Y morir.

—Un último esfuerzo —dije, sujetándola entre mis brazos, esperando que envolviera mi cintura con sus piernas.

Respiré profundo y les ordené a mis piernas que se movieran. Entonces, empecé a correr, saltando sobre cadáveres, entrañas y sangre.

Llegué a las barracas, pero no me detuve. Tenía la mirada fija en una roca oscura en la parte trasera de la fortaleza. Seguí corriendo, totalmente agradecida por todas las vueltas que había corrido alrededor de Ellder y Treow.

Mi resistencia no era una mierda, ya no.

Pero no podía pelear contra un monstruo volador inmenso. Soltó un chillido y el viento me arrojó el cabello contra la cara. Una ráfaga tan poderosa que me empujó hacia delante.

—¡Abajo! —El grito de Ransom llegó desde un lado.

Me lancé al suelo de rodillas y envolví a Evie con mi cuerpo. Levanté la vista hacia el cielo.

El monstruo descendía como una flecha hacia nosotras con una gran puntería. Tenía las garras extendidas, listas para clavarse en nuestros cuerpos y levantarnos del suelo.

Lo único que esperaba era que me llevara a mí y no a Evie.

La sujeté con menos fuerza y me separé unos pocos centímetros de ella, mientras me preparaba para el impacto. Pero llegó desde un lado y no desde arriba, cuando Ransom nos embistió a las dos y nos apartó del camino del crux.

Sentí un inmenso dolor en el hombro cuando giramos por el suelo. El cuerpo de Ransom se estrelló contra el mío con fuerza, pero se aseguró de amortiguar la caída de Evie con su pecho. Cayó a mi lado con su hermana entre sus brazos y los ojos fijos en el cielo.

Miré hacia arriba justo cuando el crux eligió otro objetivo: un caballo que se alejaba e intentaba escapar.

—Odessa. —Los ojos plateados de Ransom eran salvajes. Levantó a Evie y me ayudó a ponerme de pie y, sin tomarse un segundo, nos llevó hacia la barraca más cercana, donde soltó a Evie, revisó su cuerpo y luego el mío en busca de alguna herida.

—Estoy bien. Pero Zavier. Él… —No pude decirlo. No lo diría.

Sus ojos plateados se iluminaron con incredulidad y luego tristeza. Apoyó su frente sobre la mía.

El crux chilló desde el cielo. Un alarido de guerra. Una promesa de muerte.

Ransom se inclinó hacia atrás para mirarme a los ojos, mientras pasaba sus dedos llenos de sangre por mi cabello.

—No es seguro que te quedes aquí.

No se refería a la fortaleza. No se refería a Ellder.

No era seguro que me quedara en Turah. No si su teoría era correcta y estos monstruos se sentían atraídos por mí.

No si la migración ya había empezado.

Él mismo lo había dicho meses atrás: Quentis siempre había sido mejor para esconderse que para luchar. Y, cuando se trataba de la migración, lo único que podíamos hacer era correr.

Y escondernos.

Sacudí la cabeza, desesperada por encontrar otra manera.

—¿Qué hay de ti?

Presionó sus labios contra mi frente.

—Vete.

—Ransom…

—Por favor. —Apartó las manos de mi cabello y, con una desesperanza cuyas profundidades nunca había visto, se quitó el brazalete del brazo y lo sujetó alrededor del mío—. ¿Sabes lo que es esto?