Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo sesenta y dos
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Capítulo sesenta y dos

Banner levantó la espada y dio otro paso hacia delante.

Maldita sea, llevaba demasiadas cosas. Retrocedí, acomodando el morral y la bolsa mientras Banner seguía acercándose. Faze corrió hacia los brazos expectantes de Evie.

Cogí mi otro cuchillo y levanté los dos en posición de combate.

—Aléjate.

—¿Sabes qué hacer con esas armas?

—Ven y averígualo. —Sujeté con más fuerza la empuñadura de los cuchillos mientras respiraba con fuerza.

Quería mi espada. Había estado practicando más con ella.

Me permitiría mantener más la distancia a diferencia de los cuchillos, pero temía que aprovechara el momento para atacarme si bajaba la guardia para cambiar de arma.

Lo único que podía esperar era que los meses de entrenamiento, las incontables horas con Tillia y Ransom, fueran suficientes.

—Bájalos, Odessa, y te prometo que no sufrirás.

—Vete a la mierda.

Apenas las palabras brotaron de mi boca, Banner se lanzó hacia mí y me atacó. Fue rápido y letal. Su espada se encontró con mis cuchillos y mis brazos cayeron hacia un lado por el impacto. Era rápido, pero yo había entrenado con personas más rápidas que él, así que logré mantenerme en pie.

—¡Dess! —gritó Evie cuando retrocedí hacia la mitad de la calle.

Ransom me regañaría por haber retrocedido. No fue mi mejor respuesta a un ataque, pero me había tomado por sorpresa. No dejaría que volviera a suceder.

Inhalé profundamente y me tomé un momento para recuperar la compostura. Para respirar e inclinar las rodillas y encontrar el equilibrio. Podía hacerlo.

Puedo hacerlo .

No tenía otra opción.

—¿De verdad crees que pelear va a cambiar cómo va a terminar esto? —preguntó, mientras caminaba a mi alrededor con la mirada de un cazador.

—¿De verdad crees que dejaré que me mates? —Apagué el caos de las calles y me visualicé en la zona de entrenamiento con Ransom. Así decidí que ese día no caería.

Solo había pura sed de sangre en su mirada cuando me atacó de nuevo, esta vez con más fuerza. Sus movimientos eran dignos de un general leal y letal, ágiles y controlados. Era alto. Fuerte. Rápido.

Pero no tan bueno como Ransom. Todos esos días que había maldecido al Guardián por entrenarme dieron sus frutos y logré mantener el equilibrio.

Cada golpe que me lanzó, lo bloqueé. Cada barrido de su espada, lo esquivé. El sudor se acumuló en mi frente y mis pulsaciones eran un martillo en mis oídos, pero todos esos kilómetros que había corrido permitieron que mis músculos no se cansaran. No todavía.

—Maldita —dijo Banner, presionando los dientes, mientras se lanzaba hacia mí otra vez y miraba a Evie todavía contra la casa con Faze en sus brazos.

¿Sería capaz de atacar a una niña con tal de vengarse? ¿La usaría en mi contra?

Me paré frente a ella, tapándola.

El caos a lo lejos empezó a volverse más fuerte y tenue al mismo tiempo, como si mis oídos estuvieran absorbiéndolo todo, pero aun así ignorando todo lo que no fuera Banner. Era como si hubieran apagado el resto excepto esta pelea.

—No tiene que ser así —dije—. Saca a Brielle de aquí antes de que sea demasiado tarde.

—No volveré a tener esta oportunidad.

Era verdad. Si mi padre se enteraba de que había intentado matarme, lo condenarían a muerte. Y lo mismo Ransom.

Banner ya estaba muerto. Solo estaba prolongando lo inevitable.

—No me vas a matar hoy —sentencié.

Esta era la razón por la que les había pedido una espada a Ransom y Zavier. Esta era la razón por la que había pasado meses y meses entrenando. No había sido para que alguien más viniera a rescatarme.

Sino para rescatarme a mí misma.

Hasta ahora, solo había esquivado sus ataques. Pero ya era hora de atacar.

Amagué hacia la izquierda y enseguida lo ataqué por la derecha. El filo de mi cuchillo le cortó el muslo, atravesando su pantalón, que no había sido confeccionado con piel de pardur.

Gritó al sentir el corte y, cuando se lo tocó con una mano, la retiró llena de sangre. Se la quedó mirando por un instante y luego me miró a mí, como si no me conociera. Se limpió la sangre y se acercó con movimientos descontrolados, pero aun así letales.

Bloqueé sus ataques, a izquierda y derecha, por arriba y por la izquierda otra vez. Continuó así hasta que la vibración de los golpes hizo que me empezaran a doler las manos y el sudor amenazó con hacerme soltar las armas.

Pero no me iba a rendir. Logré hacerle otro corte en el bíceps y la sangre manchó su casaca aguamarina.

Intentó cortarme el vientre y, cuando salté hacia atrás, aprovechó la oportunidad para lanzar un ataque mortal. Cogió uno de los cuchillos que lo habían hecho famoso, lo giró en la mano y lo sostuvo de la hoja afilada.

Se me hizo un nudo en el estómago. No sabía cómo protegerme si me lanzaba el cuchillo. Ransom todavía no me había enseñado eso.

—¡Evie! —el grito de Zavier resonó por toda la calle cuando apareció por la esquina de la casa y empezó a correr hacia su hija.

—¡Papá! —Las lágrimas cubrían su rostro.

Pero en el último momento Zavier cambió de rumbo y no avanzó hacia su hija, sino hacia Banner.

—¡No!

Todo pasó en un instante.

Banner se giró con una mirada salvaje. Su mano se movió como un rayo, lanzó el cuchillo y la hoja afilada giró por el aire hasta que encontró su destino en el estómago de Zavier.

En ese mismo instante, le clavé mis cuchillos a Banner. Y todo el reino quedó en silencio. Lo último que oí fue el grito de Evie.

Era como si mi mente hubiera alcanzado su límite. Había demasiados sonidos, demasiados horrores como para discernirlos todos. Algo tenía que ceder.

Y fue el sonido.

Se desvaneció hasta no ser más que un zumbido apagado. Lo único que pude hacer fue observar la pesadilla.

Evie tenía la boca abierta en medio de un grito desolador. Sus labios se movían.

Papá. Papá .

Bajó la vista hacia el cuchillo sin parpadear y su espada cayó al suelo. La sangre empezó a cubrir la empuñadura de la daga, manchando la túnica. No llevaba el chaleco de piel de pardur. Lo había dejado en su casa cuando salió a toda prisa y olvidó su armadura.

Una burbuja roja brotó de sus labios y se deslizó por su barbilla justo antes de caer de rodillas al suelo.

Evie se acercó corriendo a él y presionó una mano sobre el cuchillo, y sus dedos quedaron de inmediato llenos de sangre mientras intentaba detener la hemorragia.

De repente, un grito penetró el vacío y ahuyentó el silencio.

Mi propio grito.

Fue una explosión, tan fuerte que sentía que me sangraban los oídos.

—¡Papá! —gritó Evie, mientras miraba su vientre con los ojos bien abiertos y sumidos en el pánico.

Entonces Zavier cayó hacia un lado sobre el suelo, tosiendo. La sangre de su boca salpicó el rostro de Evie.

Dejé mis cuchillos clavados en el cuerpo de Banner y corrí hacia donde estaba Zavier. Cuando llegué, apoyé las manos sobre las de Evie como si pudiera hacer que la sangre dejara de salir de su cuerpo.

—Está bien. Está bien, está bien.

No estaba nada bien. Había demasiada sangre.

—¡Papá! —La voz de Evie se quebró y, con ella, una parte de mi corazón.

Los ojos de Zavier se llenaron de lágrimas. Levantó una mano hacia ella y balbuceó unas palabras con sus labios ensangrentados.

—Te amo.

Apoyé las manos con más fuerza sobre el cuchillo.

—Ayuda.

Dioses, necesitaba ayuda. Un curandero, magia, lo que fuera para detener la hemorragia.

—¡Ayuda! —grité, esperando que alguien me escuchara.

—Tenéis que iros. —Sus ojos verdes llenos de pánico se posaron sobre mí—. Corred.

—¡Ayudadme! —Mi voz se quebró. ¿Dónde rayos estaban los curanderos? ¿No sabían que había gente muriendo?

Zavier sacudió la cabeza, tomando las últimas bocanadas de aire. Y cuando habló apenas fue más fuerte que un susurro.

—Evie.

Ella no podía quedarse aquí afuera. No así. Y él pronto se desangraría en esta calle. Solo.

—Lo siento —dije llorando, mientras mis lágrimas caían sobre su túnica empapada de sangre.

Los ojos de Zavier se cerraron cuando retiré las manos.

Me llevé los dedos a la boca, cerré los ojos y sentí la sangre en mis labios. Entonces silbé con la mayor fuerza posible. Un silbido de Treow, con la esperanza de que alguien, cualquiera, reconociera la señal.

La señal de que las cosas no iban bien.

Contuve el llanto y me puse de pie, perdiendo apenas el equilibrio, mientras miraba hacia la calle, más allá del cuerpo sin vida de Banner.

La manera más rápida de llegar a los calabozos era por el centro de Ellder, pero no me arriesgaría a estar tan expuesta.

Decidí que nos mantendríamos en los callejones y los rincones de las casas en el camino principal y nos abriríamos paso por la fortaleza hasta llegar a las barracas.

Con suerte, llegaríamos a la muralla sin que el terror en el cielo nos viera.

Tomé el morral a toda prisa y lo levanté junto a la bolsa de Faze. Guardé el conejo de Evie en su interior y levanté a Faze. Estaba temblando a un lado de Evie. Una vez que estaba en la bolsa, respiré profundamente y levanté a Evie entre mis brazos.

—Ven conmigo, estrellita.

—¡No! —Pataleó y gritó, resistiéndose mientras la alejaba de Zavier—. ¡Papá!

—Lo siento. Tenemos que irnos. No podemos quedarnos aquí. —La sujeté con fuerza y la alejé de la escena.

—¡Papá! —Se lanzó sobre mis hombros, extendiendo los brazos hacia su padre, pero seguí avanzando, sujetándola con fuerza hasta que dejamos a Zavier atrás.

Cayó derrotada sobre mi hombro cuando doblamos la esquina y lo perdió de vista.

—Lo siento. —Le di un beso en la frente cuando nos detuvimos junto a la juguetería en donde habíamos comprado a Merry, el conejo de peluche.

Horas antes. Eso había sido horas antes.

Una ventana de la tienda estaba rota. Un farol había caído al suelo y las llamas ya empezaban a quemar los estantes con los juguetes.

El mundo estaba en llamas.

¿Dónde estaba el crux? Miré hacia el cielo, intentando ver más allá de los tejados. El firme batir de las alas y las ráfagas de viento llenaban las calles.

Estaba volando y se lanzaba hacia abajo para levantar a sus presas. Lejos de la espada de Ransom.

¿Dónde estaba él? ¿Ayudando a la gente a escapar?