Capítulo sesenta y uno
—¡Crux! —la advertencia no fue suficiente. Llegó demasiado tarde.
El crux se lanzó hacia el patio y aterrizó frente a la puerta abierta. Los soldados que habían estado allí parados, aquellos que se habían detenido justo al entrar en Ellder, quedaron aplastados por las garras del monstruo.
La bestia era enorme, más grande de lo que alguna vez había imaginado, incluso después de años de mirar detenidamente las pinturas de la galería en el castillo de Roslo.
Cuando se levantó, su cabeza era tres veces más grande que la de un hombre.
El resto de los monstruos con los que nos habíamos enfrentado en Turah y todos los terrores que habíamos presenciado no se comparaban en nada con el crux.
Me quedé boquiabierta y no pude respirar, pensar ni moverme. Lo único que pude hacer fue mirar a la bestia, una hembra, y sus ojos y plumas más negros que la tinta.
Sus garras se clavaron en el suelo, dejando marcas y grietas. Los surcos eran tan profundos que tranquilamente podríamos usarlos como tumbas. Su pico curvo terminaba en una punta tan afilada como una espada.
Los machos tenían cuernos y las hembras contaban con una serie de espinas en la parte delantera de sus alas. Cada vez que se movía sobre las personas en el patio, desgarraba carne y huesos.
En cuestión de segundos, el patio quedó sumido en un caos total.
Los soldados de Ramsey huyeron, la mayoría hacia el centro de Ellder, mientras que aquellos que se encontraban cerca de la muralla partieron a caballo alejándose hacia el otro lado del monstruo en un intento de escapar de su ira. Algunos lograron escapar.
Jocelyn intentó escabullirse hacia la muralla, pero el crux picoteaba a los humanos como si fueran un montón de insectos y mi antigua criada terminó partida por la mitad.
—Ama, sálvanos.
Una lluvia de flechas brotó de las murallas, pero la mayoría simplemente rebotó en el cuerpo del monstruo. Muy pocas lograron clavarse en su piel, pero la bestia apenas si lo notó. Era como si solo le hicieran cosquillas.
—¡Buscad refugio! —gritó Ransom, agachándose para quitarme la espada que yo le había cogido, y me llevó hacia atrás con la espada en alto—. Las estacas. Ve allí.
Todavía estaba congelada, presenciando cómo se desataba el terror ante mis ojos.
—Cross —gritó con la fuerza suficiente para hacerme salir de mi ensimismamiento—. Corre.
Sin pensarlo dos veces, me giré y, cuando estaba a punto de correr hacia la calle principal, varias personas chocaron contra mí desde un costado y cayeron una encima de la otra.
Una flecha pasó a solo centímetros de mi hombro y avancé agachada con Ransom a mi espalda.
Los gritos se mezclaron con los alaridos del monstruo, formando un estruendo tan severo que me dolían los oídos mientras me abría paso entre la gente.
—¡Cuidado! —El brazo de Ransom me sujetó por la cintura y me apartó hacia un lado.
El cuerpo de un soldado pasó volando a centímetros de mi cara y vi que tenía un agujero gigante en medio del pecho.
Un agujero del tamaño exacto de una garra del monstruo.
—Rápido —dijo Ransom, ayudándome a ponerme de pie y apurándome con la mano sobre mi espalda en todo momento.
Debería haber estado luchando contra ese monstruo, no corriendo conmigo, pero no me abandonaría. No hasta que saliera de este lugar.
Entonces, empecé a correr más rápido. Salté por encima de un cuerpo en el camino, esquivé a cualquiera que se pusiera en mi camino.
Al cabo de un momento, encontré la estaca más cercana y me detuve tan deprisa que mis botas se deslizaron por el suelo.
Enseguida me escondí detrás del pilar de madera.
Desde allí podía ver el patio y, en ese instante, el crux golpeó la puerta con una de sus alas y casi la derribó por completo. El temblor del golpe hizo que los soldados en la muralla perdieran el equilibrio y eso le dio al monstruo un descanso de la lluvia de flechas.
—Ransom. Ve. —Le empujé el hombro—. Tu madre.
Luella todavía estaba en medio del caos, ayudando a un hombre herido a ponerse de pie. Tenía un brazo por encima de los hombros del hombre y lo llevaba hacia la muralla.
—Evie —dijo.
—Yo me encargo.
Asintió y me besó la frente antes de partir.
Tenía que empezar a moverme. Tenía que entrar en casa. Pero no podía apartar la vista de la carnicería. Había tanta gente… ¿Dónde estaban Tillia y Halston? ¿Dónde estaba Zavier? ¿Y Cathlin?
Alguien había tumbado uno de los barriles con fuego y los establos se estaban incendiando. El muchacho que estaba en su interior estaba liberando a los caballos, cuyos relinchos de miedo se mezclaban con los gritos y la muerte.
Sin darme cuenta, clavé las uñas en la estaca, mientras buscaba frenéticamente rostros familiares.
Cuando vi a Tillia, apoyé todo mi peso sobre el poste de madera.
Estaba corriendo hacia la muralla, alejándose del monstruo. Tenía la cara llena de sangre, pero, más atrás de ella, Halston y otros dos guerreros corrían hacia el crux.
Para matarlo.
La bestia los vio acercarse y extendió una de sus enormes alas, cuya envergadura era tan larga que no pude evitar quedar boquiabierta, y la arrastró al ras del suelo como si estuviera despejando el camino y atrapando a todos los que intentaran escapar.
—¡Tillia! —gritó Halston.
Ella estaba en la trayectoria.
Tillia se inclinó hacia delante, muy cerca del suelo, cuando el ala del crux pasó por encima de su espalda, errando por muy poco.
Halston respiró aliviado cuando se puso de pie, pero había estado tan concentrado en su esposa que apartó la vista del crux.
En ese instante, una de las garras del monstruo le arrancó la pierna, cortándole la carne y el hueso.
Cayó hacia un lado, abriendo los ojos de par en par, mientras un río de sangre brotaba de la herida y su pierna quedaba tirada en el suelo a varios metros de él.
Tillia gritó desesperada y cambió de rumbo. Esquivó otro barrido del ala para llegar hasta donde se encontraba su marido. Una vez cerca, se deslizó sobre sus rodillas para llegar a su lado y se quitó el cinturón para hacerle un torniquete en el muslo.
Ransom había ido a ayudar a su madre con el soldado herido, pero cuando llegó, Luella lo apartó, sacudiendo la cabeza. También le dio un beso en la frente y se marchó para luchar contra la bestia.
Arremetió contra el crux a tanta velocidad que lo único que vi fue un destello plateado cuando rodó hacia un lado y le hizo un tajo en el cuello a la bestia al pasar por debajo de ella.
El monstruo retrocedió y soltó un alarido ensordecedor.
Intentó atrapar a Ransom con su pico, pero él pudo esquivar cada uno de sus ataques, ya que se movía tan rápido que apenas era visible, más rápido de lo que jamás lo había visto moverse.
Y, aprovechando esa velocidad, le hizo cortes en las alas, el vientre y el cuello, una y otra vez.
¿Qué más se necesitaba para matar a ese monstruo? ¿Sus plumas estaban hechas de hierro?
Ransom apuntó a sus patas, pero, antes de que pudiera atacarlas, el crux se levantó y retrocedió. Extendió las alas a cada lado y, batiéndolas una sola vez, levantó el vuelo.
Al hacerlo, levantó una nube de polvo que me hizo arder los ojos e incluso hizo caer a Ransom hacia un costado.
—¡Luella! —Fue el grito de Ramsey, que resonó por encima de todo el caos.
Todavía estaba con ese soldado herido, uno de sus soldados, y su progreso era lento. Demasiado lento.
—¡Corre! —gritó, apartándose de la muralla, donde se había refugiado.
Luella levantó la vista y miró sobre su hombro.
Pero era demasiado tarde.
Con un único movimiento de sus alas, el crux saltó de un lado del patio al otro y, cerrando el pico con brusquedad, partió el cuerpo de Luella por la mitad.
El monstruo arrojó el torso hacia un lado y la cadera y las piernas quedaron inertes en el lugar.
Me desplomé de rodillas, atónita, sin poder respirar, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.
El horror consumió el rostro de Ransom.
—¡Mamá!
Mis latidos empezaron a sonar tan fuerte que ahogaron todo lo demás.
Esto no podía ser real. Esto no era real. Esto no podía estar pasando. La migración no llegaría hasta dentro de varios meses, hasta la siguiente primavera. Esto era solo una pesadilla. Me despertaría a salvo en mi cama, en los brazos de Ransom, y Luella seguiría con vida.
Estaría abajo, bebiendo su infusión de todas las mañanas, esperando que Evie despertara. Estaría escribiendo sus notas para las clases, preparándose para enseñarle aritmética y ciencia a su hija.
El crux se giró hacia Ramsey, pero luego un rugido captó su atención. Giró hacia el sonido y se encontró con Ransom saltando hacia su espalda con la espada en alto, justo antes de clavársela en la cabeza.
Pero, antes de que Ransom pudiera soltar la espada, la bestia levantó el vuelo y lo hizo caer al suelo.
Zavier y tres de sus guerreros subieron a toda prisa a la muralla y tomaron arcos y flechas.
Había ballestas enormes montadas en los parapetos de la muralla, vestigios de las migraciones pasadas, pero Ellder acababa de empezar con los preparativos.
Los herreros estaban más concentrados en hacer armas para luchar contra otros monstruos: ulfernos y pardures.
Todavía no habían empezado a forjar flechas lo suficientemente grandes para atacar a los crux.
Zavier y sus guerreros le dispararon a la bestia con rapidez con la esperanza de que alguna flecha diera en el blanco, quizá en un ojo para cegarla.
Pero lo único que hacían era enfurecerla más. Soltando otro chillido ensordecedor, voló más y más alto, y se llevó consigo a algunos soldados hacia el cielo.
No esperé a ver dónde aterrizaba. Me aparté de la estaca y corrí hacia mi apartamento para buscar a la niña que no tenía ni idea de que acababa de perder a su madre.
—¡Evie! —Entré desesperada y corrí hacia su cuarto.
La cama estaba deshecha y vacía, al igual que la de Luella.
—Evie —la llamé otra vez con la voz entrecortada.
¿Dónde estaba? ¿Dónde le había dicho Luella que se escondiera? No había salido a la calle, ¿verdad? ¿Para pelear contra los monstruos?
Faze . Estaría con nuestro pequeño monstruo.
Tomé un par de sus botas y pantalones de su cuarto y luego los llevé a mi habitación arriba.
Subí los escalones de dos en dos y, una vez en mi apartamento, caminé pisando con fuerza.
Fui directo a mi cuarto y, cuando me lancé al suelo sobre mis manos y rodillas, la encontré debajo de la cama, con su nuevo conejo de peluche, Merry, presionado contra su pecho junto a Faze.
Gracias a los dioses .
—Vamos, estrellita. —Le hice un gesto para que saliera.
Se arrastró por el suelo y cuando salió la envolví entre mis brazos, mientras envolvía sus piernas alrededor de mi cadera y sus brazos alrededor de mi cuello.
La sostuve un momento antes de sentarla en la cama para juntar mis cosas.
—Ponte tus pantalones y tus botas.
Asintió, obedeciendo, mientras yo me movía sin pensar.
Tomé mi diario de debajo de la cajonera y lo guardé en un morral.
Tomé la daga que Ransom me había regalado, negándome a recordar la última vez que la había tenido en mis manos.
Y luego me encargué de las armas: sujeté los cuchillos en el arnés en el hombro y añadí la espada en su vaina a mi espalda.
Me colgué la bolsa para llevar a Faze delante y luego levanté a Evie de la cama, donde estaba sentada con Faze en sus brazos.
—Está asustado. —Varias lágrimas cubrían sus ojos.
—Yo también, pero todo va a ir bien. —Lo levanté y lo metí en la bolsa. Luego tomé a Evie de la mano y la llevé afuera.
En las calles, la gente corría en todas direcciones, gritando y llorando.
—¿Dess? —preguntó Evie, mientras lloraba.
—Rápido. —La llevé de la mano por detrás de mí hacia la planta baja y entramos en su casa. Enseguida cruzamos la sala hacia la habitación de Luella y, una vez allí, solté a Evie y aparté la mesa de noche para abrir la puerta del sótano para la migración.
—Ten cuidado cuando bajes.
Cogí el mismo farol que había usado algunas horas antes y lo encendí antes de empezar a bajar por la escalera. No me molesté en cerrar la puerta y bajamos hacia las profundidades.
—Toma esto. —Le di el farol a Evie y me arrodillé para abrir el compartimento debajo del último escalón.
Los libros apenas cabían en el morral, pero los hice entrar de todos modos y, una vez que lo cerré, cogí el farol.
Los sollozos de Evie eran el único sonido en la habitación.
—¿Puedes ser valiente por un rato más? —pregunté, apartándole el cabello de la cara y dándole un beso en la mejilla. Luego la tomé de la mano y le señalé la escalera con la barbilla—. Adelante.
—¿No nos vamos a quedar aquí?
—No. —Todavía no habían instalado las estacas en el techo y, sin ellas, no había nada que evitara que el crux aplastara la casa entera.
Ahora que había visto lo grande que era, no me iba a arriesgar.
El último lugar en el que quería que Evie quedara atrapada era debajo de una casa, pero no iba a dejar estos libros atrás.
—Iremos a los calabozos —le dije mientras subíamos—. Será aterrador ahí fuera. Solo sujeta mi mano con fuerza y no me sueltes, sin importar lo que pase. ¿Puedes hacer eso por mí?
—S-sí.
—Esa es mi chica valiente.
Subimos por la escalera y cruzamos la casa. El corazón me latía con tanta fuerza que ya me estaba empezando a doler. Una vez que llegamos a la puerta trasera, miré hacia la izquierda, la derecha y arriba en busca del crux. Al ver que estaba despejado, salimos a la noche.
Pero no estábamos solas.
Banner apareció entre las sombras de la habitación de Brielle. Incluso en la oscuridad, en sus ojos pude distinguir la ferocidad que había visto en el patio cuando se enteró de que Ransom era el hijo de Ramsey.
Se acercó a mí con un paso inquietante y unas pisadas medidas. Verlo así hizo que se me erizara el vello de la nuca. Podría no haber importado mucho, pero todo fue distinto cuando vi la espada que tenía en la mano derecha.
—Banner. ¿Dónde está Brielle? —Escondí a Evie detrás de mí y miré detrás de él.
—Escondida. —Dio otro paso hacia delante, mirándome de pies a cabeza detenidamente y viendo mis armas.
—¿Qué quieres?
—Deberías mandar a esa niña adentro, princesa.
Se me hizo un nudo en el estómago. Había pasado tanto tiempo entre monstruos últimamente que ya podía identificar la mirada de un depredador cazando a su presa. Llevé una mano por encima del hombro y tomé uno de los cuchillos.
—¿Qué estás haciendo, Banner?
—Nos habéis hecho quedar como idiotas con vuestras mentiras. A mí.
Aparté a Evie de la puerta y la tapé con todo mi cuerpo.
—No eres un idiota. Eres un general y un prometido que probablemente está asustado y se está preguntando a dónde ha llegado. Busca a Brielle. Llévala a casa en Quentis.
—Hice una promesa. Prometí vengarme de él. —Tragó saliva con vehemencia, mirándome durante un largo momento. Casi como si quisiera dejar el asunto, pero el fantasma de su hermano, de su madre y de su orgullo no dejarían que lo hiciera.
Quizá había venido a Turah a buscar a Brielle. Pero sin duda se quedaría para obtener su venganza.
Matándome a mí.
La persona que el Guardián más amaba.