Capítulo sesenta #3
Todos nos lanzamos hacia delante, aunque no estábamos muy seguros de qué podíamos hacer además de acercarnos.
Los soldados a nuestro alrededor también se acercaron y todos cogieron sus armas. Eso terminaría en un baño de sangre si no teníamos cuidado. Todos esperaban una orden, ya fuera para escapar o para pelear.
—Basta. —La espada de Ransom temblaba, pero se mantuvo a su lado. Él estaba temblando, como si estuviera luchando contra su propia sangre que intentaba levantar esa arma.
Pero no podía detener esto.
Me moví sin pensarlo dos veces y le quité la espada de la mano.
Su peso se asentó sobre mis manos como un ladrillo de hierro.
Había olvidado lo pesada que era. Pero era más fuerte que cuando estaba en el Segador .
Cuando levanté la espada por el aire, supe que no podría sostenerla por mucho tiempo, ni siquiera con las dos manos.
Pero solo necesitaba sostenerla por el tiempo suficiente.
—Suéltala.
Ramsey me miró dos veces, como si no pudiera creer que hubiera una espada en su garganta.
Los soldados dieron un paso hacia delante otra vez, pero Zavier, Tillia y Halston, los guerreros de Ransom e incluso Cathlin formaron una barricada para mantenerlos a raya. Por ahora. Más armas se desenfundaron y la tensión se volvió tan sofocante que era difícil respirar.
Sentía palpitaciones en el pecho y les pedí a mis manos que se mantuvieran firmes. La verdad era que nunca había podido empuñar esta arma, pero no hacía falta que Ramsey supiera eso.
—No me une ningún juramento contigo o contra ti, pero déjame jurar esto ahora: no voy a permitir que la mates.
Ramsey parecía echar fuego por los ojos y su expresión se volvió rígida como una roca. Era un rey que no estaba acostumbrado a que lo desafiaran.
Si esperaba que me acobardara, se sentiría muy decepcionado.
—Tu esposa es un incordio —dijo con odio, empujando a Luella hacia un lado con tanta fuerza que la hizo tropezar. Se habría caído al suelo de no ser porque Halston la atrapó justo a tiempo.
Ramsey se movió más rápido que cualquier hombre que hubiera visto, sin contar a Ransom. Me tomó del brazo y me hizo perder el equilibrio, haciendo que se me cayera la espada de las manos con un estruendo metálico ensordecedor.
—No —dijo Ransom, lanzándose hacia mí, pero los soldados que estaban detrás de él lo sujetaron de los brazos. Cuatro hombres se encargaron de retenerlo, mientras otros cuatro le cortaban el camino.
Pero ocho hombres no eran suficientes. Debería liberarse. Pero y luego, ¿qué? Ese maldito juramento de sangre con su rey no le permitiría hacer mucho.
Tillia y Halston, Zavier y sus guerreros contenían a los cientos de soldados a nuestro alrededor, guerreros preparados para matarnos si les daban la orden.
No había nadie para detener a Ramsey, que me sujetaba los brazos todavía más fuerte y me sacudía con tanta brusquedad que me hacía chocar los dientes entre sí.
—¿Quién te crees que eres, Gorrión?
—La futura reina de Turah —dije entre dientes—. Suéltame. Ahora.
No me escuchó.
Entonces decidí usar un movimiento que Tillia me había enseñado en uno de nuestros tantos entrenamientos.
Estrellé la rodilla en la entrepierna del rey, con tanta fuerza que me soltó y se inclinó hacia delante soltando un uff .
Idiota. Mi euforia fue inmediata. Y breve. Al igual que como había hecho con Luella, me sujetó del cabello y lo retorció con tanta fuerza que un dolor terrible cubrió todo mi cuero cabelludo. Grité, sin poder contenerlo.
Ransom soltó un gruñido grave cuando se liberó y arrojó a esos soldados hacia un lado como si no fueran nada. Entonces sentí su calor en mi espalda, una enorme tensión en su voz, mientras su padre me sujetaba con más fuerza.
—Te mataré. Te lo juro.
Ramsey respiraba con pesadez.
—Ya he visto cómo la miras.
—Es mi vida —dijo Ransom.
—Será tu muerte. Y tu madre la mía.
—Padre, por favor —dijo Ransom, apoyando una mano sobre el brazo de Ramsey—. Suéltala.
—¿Padre? —preguntó Banner—. ¿El Guardián… es tu hijo?
Ramsey no respondió. Miró a su hijo otra vez con unos ojos que parecían en llamas y, cuando finalmente me soltó, me lanzó hacia el hermano Dime.
—Tú la querías. Encárgate tú de ella.
Tropecé y caí sobre la túnica borgoña del sacerdote.
En cuanto su mano tocó la mía, un fuego abrasador cubrió toda mi piel y sentí un dolor agónico en los huesos. Un grito desgarró mi garganta y mis rodillas cedieron, haciéndome caer al suelo. Incluso cuando el sacerdote apartó la mano, continué gritando.
El dolor no se detuvo y el chillido que hendía el aire se volvió más y más fuerte.
Entonces comprendí que ese grito no era mío.
El hermano Dime retrocedió y sus ojos eternos se posaron sobre el cielo nocturno.
Ransom me ayudó a ponerme de pie, sujetándome con fuerza, y me ocultó detrás de él, lejos tanto del sacerdote como de su padre.
Alguien seguía gritando. Me tapé los oídos con las dos manos.
—¿Qué es…? —pero me quedé en silencio cuando todos en el patio se quedaron inmóviles, callados.
Lo que siguió luego no fue otro grito.
Sino el batir inconfundible de un par de alas.
Crux .