Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y nueve #2
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Capítulo cincuenta y nueve #2

Luella era su madre. Ya hablarían sobre eso de espiar a la gente en algún momento.

Me acerqué a los estantes y me incliné para leer el lomo de los libros. Había algunos que me resultaban familiares, pero no eran nada que me interesara leer.

—¿Quieres ver otra cosa? —preguntó Evie.

A esas alturas, ¿por qué no?

—Claro.

Pasó a mi lado y se dirigió a la escalera, donde se agachó frente al primer escalón. Pasó los dedos por uno de los lados y tiró con fuerza hasta quitar la tabla y revelar un compartimento oculto.

—¿Cómo encontraste eso? —Me acerqué y me agaché, dejando el farol en el suelo frío de piedra.

—Vine ayer cuando Cathlin creía que estaba arriba jugando con Faze.

—Evangeline —la regañé, pero no agregué mucha ira a mi tono porque dentro del compartimento vi tres libros y uno de ellos tenía una tapa de cuero negro con el emblema de mi collar.

Luella tenía pensado volver, de otro modo, se habría llevado esto consigo a donde fuera que hubiera ido.

Y si no era por eso, quizá donde había ido no era un lugar seguro.

No sabía con certeza qué contenían los otros dos libros, pero el hecho de que los hubiera escondido debajo de la escalera significaba que tenían que ser importantes.

—Deberíamos irnos. —Hice a un lado las manos de Evie y lo guardé todo dentro del compartimento.

Una vez que lo cerré, levanté el farol, me puse de pie y extendí una mano para señalarle la escalera—.

No quiero que vengas más aquí abajo, ¿está bien?

No quiero que te quedes aquí encerrada porque ha pasado cualquier cosa con la puerta.

—Está bien —dijo, quejándose mientras subíamos a la habitación.

Una vez arriba, cerré la puerta y me aseguré de que quedara oculta y las uniones en los paneles de madera fueran casi imperceptibles. Luego, mientras Evie levantaba a Faze entre sus brazos para jugar a otra vez al escondite, empecé a contar.

—Uno, dos, tres. —Se marcharon en cuanto llegué a cinco. Cuando conté hasta veinte, me obligué a salir del cuarto de Luella antes de ceder a la tentación de robar esos libros.

Más tarde . Ahora que sabía dónde estaban escondidos, iría a buscarlos más tarde. Sin duda, vendrían conmigo a Quentis.

Sin la ayuda de Faze, tardé un largo rato en encontrar a Evie, que resultó que estaba escondida dentro de la alacena en la cocina, entre un montón de tazones de madera.

Jugamos un par de rondas más y luego salimos a pasear por las calles de Ellder.

Fuimos a una pequeña juguetería y le compré un conejo de peluche con orejas largas para que le hiciera compañía cuando se sintiera sola. Lo llamó Merry.

Comimos dulces de la pastelería a la hora del almuerzo, llevamos zanahorias y manzanas al corral de los caballos y malcriamos a Freya, Aurinda y los demás caballos.

Cuando llegó la hora de la cena, comimos juntas en mi habitación mientras Faze, agotado por toda la actividad del día, dormía sobre mi regazo.

Evie era un bálsamo para mi corazón y yo esperaba ser lo mismo para ella. Pero, cuando la noche cayó sobre la fortaleza, Zavier vino a buscar a su hija y la llevó a la cama.

La habitación se sumió en una tranquilidad atroz cuando me quedé sola y, como estaba demasiado despierta como para quedarme quieta, decidí salir, quizá con la esperanza de que, si hacía tiempo, cuando regresara, Ransom estaría esperándome.

El patio estaba iluminado por las fogatas que ardían en barriles todas las noches.

Las ventanas emanaban un resplandor dorado desde su interior y podían escucharse muchas risas y música que provenía de la taberna a tres calles de la casa.

Todo se veía muy alegre, muy cálido. Decidí acercarme a la entrada de la fortaleza y a la escalera que llevaba a la muralla.

Los guardias me miraron sorprendidos cuando me acerqué, pero ninguno intentó detenerme cuando empecé a subir por la escalera. Una vez arriba, un soldado con un sable sobre sus hombros me recibió con el ceño fruncido.

—¡Hey!, no puedes estar aquí arriba… Ah, princesa Odessa Wolfe. —Hizo una reverencia—. Mis disculpas, Su Alteza.

—Quería pasar un momento a solas, si no es ninguna molestia.

Hizo una reverencia más exagerada y se marchó. Me puse contra la pared y apoyé los codos sobre la superficie áspera de un tronco tan ancho como mi torso.

Muchas antorchas iluminaban la muralla, pero apenas eran suficientes para ahuyentar a las sombras. La mayor parte de la luz provenía de las lunas gemelas.

Esa muralla era más alta que cualquier casa del árbol de Treow, lo que me permitía tener una imagen diferente del bosque y de la silueta de los árboles.

El cielo era un hermoso remolino de tonos grises, azules y destellos blancos.

Era diferente a los acantilados de Quentis, pero no dejaba de ser un santuario en sí mismo.

Una brisa me acarició la cara y llené los pulmones con el aire frío de la noche. Aguanté la respiración hasta que no pude más y, al exhalar, lo sentí. Así como sentía el viento, así como sentía mis propios latidos.

Los brazos de Ransom me envolvieron y me presionaron contra su pecho.

La única persona que nos podría ver sería ese soldado, pero, incluso si lo notaba en la oscuridad, no me importaba. No esta noche.

Apoyé la cabeza sobre su hombro y me aferré a sus brazos con las dos manos.

—¿Listo para partir?

—Algo así.

Intenté tragarme el nudo que se me había hecho en la garganta.

—Dime que nos volveremos a ver. —Apoyó la barbilla sobre mi cabeza, pero no dijo nada—. Dilo.

—Mereces tu libertad, Odessa. No te obligaré a pelear por ella.

—¿Libertad? —Me giré, separándome de él, y apoyé un dedo sobre su pecho—. Eres un idiota.

Rio.

—Guau, qué atrevida, mi reina.

—Hablo en serio, Ransom. Sigues hablando de mi libertad, pero no hay ninguna libertad. No me refiero a ningún tratado antiguo ni a un juramento de sangre. Hablo de ti y de mí. Hablo de esto. —Apoyé la mano sobre su corazón—. Si muero, ¿tú serías libre?

Apoyó una mano sobre la mía y mantuvo mi palma sobre su pecho.

—No.

—Entonces tenemos que volvernos a ver. O te odiaré para siempre.

—Ya me odias.

—Sí, lo sé. —Nunca lo había odiado, ni siquiera al principio. No realmente. Pero el odio parecía un lugar seguro, aunque los dos supiéramos que significaba otra cosa.

Se inclinó hacia delante y su boca rozó mi frente.

—No lo olvides.

—Nunca. —Tragué con fuerza, mientras las lágrimas se acumulaban en mis ojos, pero Ransom las atrapó con sus pulgares.

—No me arrepiento. Ni un solo instante.

—Yo tampoco.

—Sé que no tengo derecho a pedirte esto, pero debo hacerlo. Necesito que cuides a Evie. Llevaré a mi madre a Allesaria.

—¿Q-qué? —¿De verdad estaba tan enfadado que se la entregaría a Ramsey?

—Fue idea suya —aclaró—. Quiere terminar con lo que empezó. Ella podría ser la única persona que puede convencerlo de que todo lo que está haciendo está condenando a Turah a la muerte.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—Pero ¿y si tu padre intenta matarla otra vez?

—Haré todo lo posible para protegerla. Sabe que es peligroso, pero es su decisión. Ha perdido mucho. Y no le negaré la oportunidad de repararlo. Acaba de salir de la casa de Cathlin después de despedirse. Ha ido a dormir con Evie.

—No puede abandonarla. —Esa pequeña podría perder a una madre y a un hermano antes de siquiera tener la oportunidad de saber quiénes eran.

Ransom me tomó de las manos y bajó la mirada.

—¿Te encargarás…?

—Sí. —No hacía falta que terminara la pregunta. Tendría que modificar mi plan para partir de Ellder, pero ese era un problema para otro día. Esta noche, mi marido me estaba pidiendo que cuidara a alguien que él amaba.

Y no iba a negarme.

—La cuidaré —le prometí.

—Si nos pasa algo a nosotros, a Zavier, sácala de Turah. Llévatela a Quentis.

Asentí, sintiendo cómo se me subía el corazón a la garganta. No era una posibilidad que quisiera considerar. No era una situación que pudiera imaginar en este instante.

—Lo haré.

—Gracias. —Acomodó un mechón de cabello detrás de mi oreja—. Tillia estará aquí para lo que necesites. Zavier y Halston regresarán en cuanto puedan. Solo… ten cuidado. Prométeme que no harás nada estúpido.

—Lo prometo —mentí.

Sus ojos cambiaron a un color que no había visto antes. Varios tonos anaranjados, rojos y amarillos se arremolinaron en sus iris. Eran intensos y oscuros a la vez. El color de la tristeza. El color de las despedidas.

Si mis ojos pudieran cambiar, serían iguales a los suyos.

Siguieron cambiando y destellaron como el fuego.

Ransom miró por encima de mi cabeza y la suavidad en su expresión se desvaneció. Esas arrugas idénticas que se formaban entre sus cejas aparecieron de repente y me apartó del camino para situarse contra la pared.

—¿Qué ocurre?

Entornó la vista y, mientras miraba su perfil, noté que sus ojos eran verdes y cambiaban lentamente hacia el color avellana.

No era un color nuevo lo que había visto en sus ojos, era un reflejo.

El sonido de cientos de pisadas de caballo resonó entre los árboles, seguido de un tintineo metálico cuando el resplandor feroz de las antorchas se reflejó en cientos de armaduras y cascos.

Tardé un momento en entender lo que estaba viendo.

Una vez que lo entendí, la noche se tragó mi desesperación.

Un ejército marchaba por el bosque en dirección a Ellder.

—Por todos los dioses —susurré al mismo tiempo que Ransom se giraba y gritaba:

—¡No abráis las puertas!