Capítulo cincuenta y nueve
Ransom me regaló tres días.
Tres hermosos días en los que no salimos de mi cuarto. Tres días para fingir que los horrores al otro lado de estas paredes eran solo un sueño. Tres días para pasar horas eternas abrazados.
Y, aunque no lo dijimos en voz alta, tres días para despedirnos.
Y entonces, se terminaron.
Me desperté sola esa mañana. Ransom todavía no había abandonado Ellder, pero ya estaba haciendo los preparativos. Mañana, al amanecer, partiría hacia Allesaria.
Solo.
La noche anterior me dijo que se encontraría temprano con Zavier en el área de entrenamiento, pero no me invitó. Quizá porque su conversación solo me haría llorar, gritar o las dos cosas.
No me dio ningún detalle, pero, si debía apostar por algo, seguro que estaban tramando su estrategia. Para los monstruos. Para el ejército de Ramsey. Para qué hacer cuando todo esto se fuera a la mierda y Ransom muriera.
Por todos los dioses, cuánto me dolía el corazón. Tanto que era difícil respirar.
¿Cómo podría soportar verlo partir?
El sol entraba por la ventana abierta de mi habitación. Una parte de mí quería acurrucarse con una almohada entre los brazos y llorar todo el mes. Pero la otra parte sabía que llorar no serviría de nada. Por eso, me vestí y me preparé para… algo.
Era hora de hacer algo, aunque fuera drástico. Como cruzar todo el continente y hacer un trato con mi padre.
Ramsey no renunciaría a la lyssa, estaba segura de ello. Parecía decidido a usar la infección como un arma. Y sospechaba que mi padre quería hacer lo mismo.
Pero si le contaba que la lyssa estaba matando a un montón de hombres inocentes, que un crux infectado era peor para todos nosotros, entonces quizá cambiaría de parecer. Quizá él sí entraría en razón a diferencia de Ramsey.
Mi padre había sobrevivido a una migración. Guardaba esas pinturas y murales en la galería de arte de los crux por una razón: no olvidar.
Los crux no eran más que muerte y destrucción. Teníamos que detener a la lyssa antes de que convirtiera los horrores de una migración en el fin de Calandra.
Más allá de que Ransom quisiera admitirlo o no, necesitaba ayuda. Necesitaba un ejército. Y si Ramsey no iba a darle uno, entonces quizá mi padre sí lo haría.
Pero antes de decirle la ubicación de la capital, iba a exigirle que me diera acceso a sus bóvedas. Usaría todas las monedas de oro en sus arcas y contrataría a todos los curanderos del reino.
Entonces, les pediría que creasen una cura para salvarle la vida a Ransom.
Luella tuvo su oportunidad. Ahora era mi turno.
Y, mientras le exigía eso a mi padre, también quería información sobre mi madre. ¿Por qué los Voster me habían preguntado por ella?
Nunca le había exigido nada a mi padre.
Pero ya no era la misma hija que había zarpado en ese barco.
Era hora de partir de Turah y encontrar mi camino de regreso a Quentis. Pronto. Una vez que Ransom se marchara.
Abrí la puerta para salir de mi habitación, para tomar un poco de aire fresco y caminar para calmar mis nervios, cuando encontré a alguien en el balcón.
Evie estaba justo al otro lado de la puerta con la mano levantada lista para llamar.
Llevaba una túnica amarilla bordada con flores rojas y rosadas en el cuello.
Le estaba empezando a quedar pequeña y ya tenía un agujero en el codo.
Era hora de conseguir una nueva, pero esa era su favorita, la que más usaba.
Y, a juzgar por su expresión, se la había puesto para sentirse menos triste.
Zavier debió haberle dicho que se iría al día siguiente.
Mientras Ransom partía para lidiar con Ramsey en Allesaria, Zavier, Halston y sus guerreros continuarían con la cacería. Todavía tenían que matar una jauría de ulfernos. Una bestia tuerta tenía que morir.
La planificación de mi partida podía esperar. Si todos, incluida yo, la estábamos abandonando, un día juntas no le haría mal a nadie.
—Buenos días, estrellita. —Me agaché y acomodé un mechón de su cabello castaño sedoso detrás de su oreja—. ¿Cómo estás?
Se encogió de hombros.
—Un poco triste.
—¿Porque tu papá se va?
—Sí.
Evie, al igual que casi todas las personas de Calandra, creía que yo estaba casada con Zavier. Esperaba que algún día pudiera contarle la verdad, que Ransom y yo pudiéramos tener la libertad de ser nosotros mismos con su hermana. Pero todavía no.
—¿Quieres jugar con Faze? —pregunté.
Se encogió de hombros una vez más.
—O podríamos jugar a un juego. Luella todavía no ha vuelto y Cathlin me dijo que podía faltar a clase hoy.
—Qué afortunada.
Después de su confesión, Luella se había ido de Ellder otra vez y dejó a Evie al cuidado de Zavier, Cathlin y la niñera. Faze se acercó y empujó la mano de Evie con su hocico para que lo acariciara.
Lo levanté en brazos y me tapé los ojos con una mano.
—¿Al escondite? Preparadaslistasya .
La risita de Evie fue suficiente para espantar la tormenta que cubría mi corazón. Sus botas resonaron por la pasarela y se volvieron cada vez más distantes a medida que bajaba corriendo por la escalera.
Hice chasquear los dedos, espié un poco y luego le di un beso en la cabeza a Faze.
—Ve a buscarla por mí.
Se marchó con un salto, sacudiendo la cola mientras corría hacia la escalera.
Esos monstruos…
No los entendíamos, ¿verdad? Eran más que animales, más que bestias.
Realmente tenían magia en su interior. Faze era solo un cachorro, pero estaba constantemente sorprendida de lo mucho que entendía, no solo órdenes, sino también estados de ánimo.
Había veces en las que me miraba y era como si supiera exactamente lo que estaba sintiendo.
Alegría. Ira. Tristeza.
Era como si quisiera decir algo, pero, fuera lo que fuese, no lo entendería porque no hablábamos el mismo idioma.
Empecé a seguirlo y lo encontré en la puerta por la que Evie debió entrar en la sala principal.
Cuando me topé con la niñera de Evie durante mi búsqueda, le prometí encargarme de ella y pareció sentirse más que aliviada de cederme el lugar.
Ella se fue a su propio cuarto y yo seguí a Faze por toda la casa, que rebuscó en habitaciones vacías, olfateó todos los rincones y se detuvo en algunos lugares que Evie debió de haber descartado como buenos escondites.
Abrió una puerta que no estaba del todo cerrada y entró en una habitación que no había visto antes.
Era similar a la mía en el piso de arriba.
Tenía una sala de estar con una mesa, una puerta que llevaba al baño y otra hacia el dormitorio, que estaba decorado como el resto de la casa: piso de madera, alfombras gruesas tejidas de color bermellón, verde oliva y chocolate.
Las mantas y las sábanas eran de los mismos colores.
Mi cuarto en Quentis era blanco, crema, beige y gris. Era limpio y pulcro, pero prefería esta vida de colores más intensos.
Faze se metió debajo de la cama y, cuando la encontró, Evie soltó otra carcajada musical.
Me lancé al suelo sobre mis manos y rodillas.
—Te encontré.
—¡Has hecho trampa! —dijo, saliendo de debajo de la cama y llevando las manos a su cintura—. La próxima vez, Faze viene conmigo.
—Bueno, vale, está bien. —Apoyé una mano sobre su hombro antes de que pudiera irse corriendo—. Espera, ¿de quién es este cuarto?
—De Luella.
—Ah. ¿Y tienes permitido entrar aquí?
—No —contestó, sonriendo y llamándome con un dedo para que me acercara—. ¿Quieres ver algo?
—Por supuesto.
Me tomó de la mano y tiró de ella hasta que me puse de pie. Enseguida nos acercamos a la pared de detrás de la cama. Me soltó e hizo a un lado una pequeña mesa de noche. Luego apoyó las manos sobre la pared y usó toda su fuerza para empujarla, gruñendo y manteniendo los pies firmes en el suelo.
—Evie, ¿qué estás…?
De repente, la pared crujió.
—Guau.
Evie sonrió con superioridad, un gesto que claramente había aprendido de Ransom, y abrió la puerta secreta. Se llevó un dedo a los labios y entró.
—Es un lugar secreto.
—¿En serio? —Levanté el farol de la mesa de noche y lo encendí. Al entrar en el pasadizo, lo levanté para ahuyentar a la oscuridad y seguí a Evie por una escalera.
Con cada escalón que bajábamos, el aire parecía más seco y frío.
Después del décimo escalón, empecé a contarlos.
Quince. Veinte. Descendimos más y más hacia las profundidades, mientras el olor a tierra y polvo empezaba a hacerme cosquillas en la nariz.
Al cabo de un rato, llegamos y vi cómo la luz titilaba sobre unas paredes de madera.
El espacio era un rectángulo grande con cuatro catres a lo largo de una pared y estanterías en la pared de enfrente. Estanterías para provisiones, para comida.
Era un sótano para la migración.
Había refugios como este en Quentis para que las personas se alojaran por todo el tiempo que fuera necesario. Por lo general, también tenían entradas secretas.
Estos refugios contaban con las provisiones justas para las personas que estaban destinadas al lugar. Pero los crux no eran el único peligro que traía una migración.
Muchas personas matarían por un refugio como este. Por la comida y la seguridad que otorgaban.
No había prestado atención cuando bajamos por las escaleras, pero era probable que la puerta secreta tuviera una cerradura. No para evitar que la gente entrara, sino para evitar que la gente saliera.
Evie se acercó a las estanterías y pasó el dedo sobre el lomo de varios libros acomodados sin demasiado cuidado. En la fila inferior, debajo de los libros, había algunos objetos y pergaminos amontonados.
—Son las cosas del calabozo —dije.
Luella había sacado todo lo que había en el calabozo y lo había trasladado a este lugar.
—Sí —dijo Evie, mirando por encima de mi hombro, como si estuviera asegurándose de que nadie la estuviera escuchando—. No sabe que la vi traer las cosas aquí abajo, pero una noche, cuando se suponía que debía estar durmiendo, oí unos ruidos extraños y vine a ver qué estaba haciendo.
Sacudí la cabeza, conteniendo la risa.
—No deberías andar espiando a la gente.
—¿Por qué no?
—Porque está mal.
Inclinó la cabeza hacia un lado.
—Pero ¿no es peor guardar secretos?
—También está mal… ¿Sabes qué? No importa.