Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y ocho
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Capítulo cincuenta y ocho

—¿Has visto a Ran… al Guardián? —le pregunté a un soldado que estaba en la puerta delantera.

Hizo una reverencia antes de contestarme, inclinándose desde la cintura.

—No, princesa Odessa Wolfe.

Aparté los rizos de mi cara y me giré para inspeccionar el patio. Mierda .

—¿Se ha ido?

—No por esa puerta, Su Alteza.

Pateé una roca en el suelo.

—Entonces, ¿a dónde rayos ha ido?

—Lo siento. No lo sé. Puedo ayudarla a encontrarlo si lo desea.

—No, gracias. —Me fui y decidí recorrer la muralla por la parte externa de la fortaleza.

Era la tercera vuelta que daba alrededor de Ellder.

En las horas que siguieron después de dejar solas a Luella y Cathlin, recorrí todas las calles de la fortaleza.

Miré a través de casi todas las ventanas y visité todas las tiendas.

Fui al calabozo dos veces, incluso me aventuré a cruzar la pared falsa que daba hacia el túnel de la migración, pero, cuando lo llamé, solo mi eco respondió.

También revisé las barracas, donde desconcerté a más de un soldado al asomarme por las puertas abiertas.

Donde fuera que Ransom estuviese, no quería que nadie lo encontrara.

No quería abandonar la búsqueda, no quería rendirme, pero no tenía sentido seguir buscándolo si no quería que nadie lo encontrara, así que regresé a mi apartamento con un gran pesar en mi ánimo.

De no ser porque había descubierto ese maldito emblema en el libro de Luella, lo habría seguido de inmediato cuando se marchó. Así que no lo habría perdido de vista.

¿Qué significaba eso? ¿Qué era ese símbolo alado? ¿Mi collar era una simple baratija o era algo más?

No podía preocuparme por eso ahora. Quizá una vez que resolviéramos lo de la lyssa, Ramsey, los monstruos y la migración, llevaría a Cathlin a un lugar discreto y le preguntaría si alguna vez había visto el emblema. Pero primero necesitaba encontrar a Ransom.

Dioses, estaba enfadada con Luella. ¿Cómo pudo hacer todo esto? ¿En qué estaba pensando? Lo que le había hecho a Ransom era incomprensible.

Ransom se culpaba a sí mismo por las muertes causadas por la infección.

Bueno, yo la culpaba a ella.

Y, rayos, más le valía encontrar una cura. Si ella había creado este desastre, entonces ella debía arreglarlo.

Caminé abatida hacia mi casa abriendo y cerrando las manos a cada lado de mi cuerpo y solo levanté la vista cuando llegué al pie de la escalera. Y, de repente, ahí estaba, sentado en el escalón superior, con los codos sobre las rodillas y las manos juntas.

—Hola.

La mirada de dolor que Ransom me dirigió me golpeó el pecho como si fuese un martillo.

—Hola.

—Te estaba buscando.

—Lo sé.

—¿Has estado aquí todo este tiempo?

Giró para buscar algo detrás de él. Cuando volvió la mirada hacia mí, tenía a Faze tapado con una manta sobre sus brazos.

—Es un demonio. Entré en el apartamento y lo encontré afilándose las garras con el sillón del salón.

—Era de esperar.

—Salió corriendo antes de que pudiera cerrar la puerta. Creo que no quería quedarse solo, así que me hizo compañía aquí afuera.

Era yo la que debería haberle hecho compañía, pero, en mi ausencia, agradecía que mi pequeño monstruo se hubiera encargado de ello.

—Lo siento, Ransom.

—Yo también. —Acarició las orejas de Faze, se puso de pie y se lo llevó dentro del apartamento. Luego, bajó por la escalera y me encontró abajo—. Vayamos a caminar.

Deambulamos por Ellder uno junto al otro hasta que llegamos a la puerta lateral.

Estaba situada en la parte trasera de la fortaleza, cerca de las barracas y los establos, donde tenían a los caballos en un corral lo suficientemente grande como para que pudieran caminar libremente.

Busqué a Freya y la encontré junto a la cerca, mordisqueando un poco de pasto.

Aurinda no estaba lejos de ella y era más alto que cualquier otro caballo.

El muchacho que se encargaba de cuidarlos apareció entre los animales con un cabestro en la mano. Cuando vio a Ransom, abrió los ojos de par en par y se detuvo.

Asombro absoluto, eso era lo que sentía la gente cuando veía al Guardián. Sin importar cuántos días pasara en Ellder, siempre sería una leyenda. Un salvador. Un héroe.

Habría sido un héroe de todas maneras, sin importar si tenía poderes o no. Su grandeza no se la otorgaba la infección. Era sencillamente Ransom.

Se acercó a los seis guardias armados apostados en la puerta. Se hicieron a un lado con expresiones neutras, mientras un hombre abría la cerradura.

La puerta era apenas lo suficientemente alta para un caballo sin jinete, pero sospechaba que un animal como Aurinda tendría que agacharse. Las bisagras de hierro crujieron cuando la puerta se abrió lo justo para que Ransom y yo saliéramos de la fortaleza y nos adentráramos en el bosque.

Caminamos durante lo que me pareció una eternidad, entre árboles y matorrales tupidos. Cuando pasamos junto a un arbusto de hojas anaranjadas intensas, Ransom arrancó una y empezó a moverla entre sus dedos.

Luego la dejó caer al suelo, extendió una mano hacia mí y entrelazamos nuestros dedos. Estábamos lejos de la muralla, lejos de cualquier soldado que pudiera vernos.

—Desearía… —empezó a decir, pero se quedó en silencio y sacudió la cabeza.

—¿Qué?

Levantó mi mano y besó mis nudillos.

—Desearía no tener que fingir.

—Yo también.

Pero era solo un deseo. No abandonaría esta farsa que tenía con Zavier mientras la lyssa fluyera por sus venas. Era mejor que su primo tomara el trono a poner en riesgo la vida de su hermana. Sería más tolerable la muerte del Guardián que la de un príncipe heredero.

Pero no había necesidad de llegar a eso si Luella encontraba una manera de solucionar este desastre.

Yo no era alquimista, ni curandera ni académica, pero si tuviera que robar esos libros, si tuviera que llevárselos a los mejores alquimistas de Quentis o Laine, lo haría para encontrar una manera de romper esta magia.

—Soy un tonto —balbuceó—. Debería haberlo descifrado antes.

—No había manera de que lo supieras.

Más allá de eso, la fe que tenía en sus seres queridos era lo que lo hacía tan especial. Creía en su madre. Incluso creía en su padre. Pensar que ambos eran capaces de tales horrores habría aplastado su espíritu.

—Ya es tarde para detener lo que ha puesto en marcha mi madre —dijo—. Pero todavía puedo detener a mi padre.

—¿Cómo?

Aminoró la marcha y sus hombros anchos se vencieron hacia delante mientras bajaba la cabeza.

—Tengo que dejarte, Odessa.

—¿Qué? No.

Se giró hacia mí y tomó mi rostro entre sus manos.

—No te llevaré a Allesaria.

No te llevaré . No dijo que no podía hacerlo. Solo que no me llevaría.

—Todavía no confías en mí. —Tenía sentido. Si hubiera estado en su lugar, habría hecho lo mismo. Pero eso no significaba que doliera menos.

Lo peor de todo era que no lo culpaba. Personas que conocía de toda la vida, su propia madre, lo habían traicionado. Yo tampoco confiaría en nadie.

Mucho menos en su esposa.

—Si los hombres del ejército de mi padre son como el hombre que intentó matarte, Allesaria es el último lugar en Calandra al que deberías ir. —Apoyó la frente sobre la mía—. Y solo hay una manera de detener esto.

—Matando a los monstruos —susurré.

—Matándolos a todos.

Pero la palabra monstruo había tomado un nuevo significado.

Ya no hablaba solo de bestias de cuatro patas con garras y colmillos.

A menos que su padre detuviera esta locura, a menos que dejara de matar hombres en esta búsqueda imposible de replicar los dones de Ransom, entonces el monstruo que el Guardián mataría era a su rey.

Terminaría con esto para siempre.

—Está bien. —Me apoyé sobre su pecho y respiré profundamente. Viento, tierra, cuero, ese aroma especiado.

Quizá una mejor princesa insistiría en encontrar una alternativa. Quizá una mejor princesa encontraría la manera de permanecer junto a su príncipe en todo momento.

Pero yo nunca había sido una buena princesa.

Por eso, separé los brazos de su cintura y di un paso hacia atrás.

Quizá la única manera en la que realmente podía ayudarlo era contándole mi verdad.

—Mi padre me envió aquí para encontrar una manera de entrar en Allesaria.

Me pidió que os espiara y enviara a Brielle y Jocelyn a Quentis lo antes posible con información.

No me aclaró qué era lo que buscaba, pero sí que podía salvarnos a todos de los crux.

Y, considerando la tendencia de tu padre por quemar libros, debe ser la lyssa.

Si mi padre no sabe que estás infectado, al menos creo que lo sospecha.

Porque también me dijo que averiguara todo lo posible sobre tus poderes y, si tenía la oportunidad, que te matara.

La confesión brotó de mí como un río sin contención y, mientras se asentaba entre nosotros, el peso que había estado cargando durante meses se aligeró.

Ransom frunció el ceño.

—Cross.

—¿Lo siento? —dije, y frunció el ceño de manera exagerada—. Supongo que ya lo sabías, pero quería decirlo en voz alta de todas formas.

Suspiró, sacudiendo la cabeza antes de reír.

—Eres una pésima espía.

—Lo sé.

Levantó la cabeza hacia el cielo.

—Mierda, estamos jodidos.

Bastante.

—¿Y ahora qué?

—Esto es más grande que Turah. La lyssa, en hombres o monstruos por igual, no es más que una muerte segura.

Tenemos que detenerla. Si los crux se infectan…

—suspiró—. Nunca lograremos sobrevivir. Deberíamos estar usando el ejército del rey para cazar a todos los monstruos infectados antes de que llegue la migración.

—¿Y si es demasiado tarde? ¿Y si ya ha llegado demasiado lejos?

—Empezó conmigo, así que yo mismo seré quien la erradique, aunque tenga que hacerlo con mi último aliento. Tengo que intentarlo.

Era obvio que haría eso. Ransom no sería Ransom si propusiera otra cosa.

—¿Cómo?

—No lo sé. De algún modo, tengo que convencer a mi padre de que está equivocado. Puedo pedirle soldados. Por lo menos, debo evitar que siga matando hombres inocentes inyectándoles esa versión que creó de la lyssa. —Se pasó las manos por el cabello—. Pero Allesaria… ha cambiado.

Hizo una mueca de dolor y apoyó las manos sobre su corazón, como si incluso decir eso sobre la capital le causara mucho dolor.

—¿Qué puedes contarme?

—Muy poco.

—Malditos juramentos de sangre. —Si no podía responderme, entonces haría lo que mejor sabía hacer: hacer preguntas.

—¿Puedes ir a Allesaria?

Asintió.

—Sí, puedo ir.

—¿Qué hay de Zavier? ¿Los guerreros?

—Tienen que quedarse en estas regiones del reino para asegurarse de que la infección no se siga propagando.

—¿Qué hay de los soldados de Ellder?

—¿Los soldados leales a la corona? —Se tocó la frente—. Yo no tengo ninguna corona.

—Sabes a lo que me refiero —levanté las manos—. ¿Se enfrentarían a tu padre y a su ejército si fuera necesario?

Suspiró.

—No puedo pedirles eso.

—¿Por qué no? —Si eso significaba evitar que otras personas sufrieran una muerte horrible y sofocante, tenía que creer que aquí había hombres que se ofrecerían con gusto como voluntarios.

— No puedo —dijo encogiéndose de dolor.

Tardé un momento, pero entonces entendí qué era lo que no podía contarme. No podía dar ninguna orden en contra de su rey. Una precaución digna de un gobernante paranoico para que su heredero no intentara asesinarlo para conseguir la corona.

Quizá era una tradición turana. O tal vez se trataba solo de que Ramsey era un verdadero cretino.

—Me sorprende incluso que tengas sangre en tus venas con todos los juramentos de sangre que has hecho. Déjame adivinar, no puedes darme todos los detalles, ¿verdad?

Sacudió la cabeza.

—Entonces, irás a Allesaria para convencer a tu padre de que detenga esta estupidez. Y, si no te escucha, entonces ¿qué? ¿Tú solo matarás a todos los hombres infectados en el ejército de tu padre? ¿Mil hombres contra uno? Eres el Guardián, pero todos tienen límites, Ransom.

—¿Qué diferencia hay en que muera por una infección o por la espada de mi padre?

Me estremecí del miedo y luego fruncí el ceño.

—No digas eso.

Se acercó a mí y apartó los rizos de mi frente.

—Todo confluye hacia que este asunto acabe con mi muerte.

No .

—Basta. —Me negaba a pensar que su vida estaba terminando.

¿Cómo podía aceptar ese destino? ¿Por qué estaba tan listo para meterse en esa maldita tumba?

Quería gritar. Quería envolver su garganta con mis manos y estrangularlo hasta hacerlo entrar en razón.

Pero el ardor en mi garganta era agobiante y las lágrimas en mis ojos lo convertían en una imagen borrosa y desastrosa.

—No te vas a morir, Ransom Wolfe.

—¡Hey! —Me tomó entre sus brazos, manteniéndome cerca de él, mientras sujetaba con fuerza la parte trasera de su túnica.

—Por favor, no me abandones —susurré.

Besó mi cabello, presionando mis rizos con fuerza.

—Tiene que haber otra manera.

—No dispongo de un ejército para pelear esta batalla, Odessa.

No, claro que no.

Pero mi padre sí.