Capítulo cincuenta y siete
—¿Qué has hecho? —preguntó Ransom, tragando saliva con fuerza.
Era la tercera vez que hacía esa pregunta.
Fue la única vez que sonó como una acusación.
—Encontraré una manera de curarla. —La barbilla de Luella temblaba visiblemente—. Te lo juro. Desharé esta magia.
Sacudió la cabeza, aturdido.
—Toda la gente que ha muerto. Las vidas que no hemos podido salvar.
Sariah. Witt.
Ransom tenía su propia lista, ¿no? Y ahora tendría que cargar con el peso de cada alma perdida por esta infección. Cargaría con esta culpa.
Había visto tantas versiones de Ransom desde que nos conocimos: el guerrero, el príncipe, el amante.
Pero no esta versión. Estaba perdido, irreconocible. Odiaba la ruina expresada en su rostro. El dolor que no podía ocultar.
—No es culpa tuya —dijo Luella, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Lo siento, Ransom. Lo siento mucho. No lo sabía.
Se agachó y quedó en cuclillas, pasando las manos por su cabello, mientras el mundo parecía estar a punto de ponerse del revés, que lo que estaba arriba quedara abajo.
—¿Está papá involucrado en todo esto? —preguntó.
Luella cerró los ojos, pero no antes de que la culpa cruzara sus facciones. Otro secreto.
¿Acaso el cuerpo de esta mujer se alimentaba de mentiras?
—Uno de mis alquimistas traicionó mi confianza y acudió a tu padre.
Ransom levantó la vista y entornó los ojos. Se puso de pie.
—¿Cuándo?
Luella se llevó una mano a la garganta.
—El día que intentó matarme.
Ransom se quedó tan quieto que incluso las partículas de polvo dejaron de flotar, temerosas por lo que estaba a punto de acontecer.
—¿Intentó matarte por tu infidelidad o porque descubrió que me habías dado este elixir?
—No lo sé —susurró—. Entró en mi habitación furioso y todo empeoró cuando vio a Mikhail.
Me llevé las manos a la cara y me pellizqué las mejillas para evitar quedar boquiabierta. Otra vez.
¿Ramsey se había enterado de que Luella le había inyectado su creación a Ransom? ¿Era esa la razón por la que estaba tan furioso? ¿Porque podría haber matado a su hijo?
Bueno, algo tiene que haber cambiado, porque ahora estaba intentando replicarlo en su milicia.
—No puede reproducirlo —dije—. ¿Verdad? La lyssa o el elixir, como quieras llamarlo.
—No —sentenció Luella—. Pero lo está intentando y, en el proceso, está matando a mucha gente.
Lo que fuera que les inyectara hacía que esos soldados se quemaran vivos.
—No tiene la pieza faltante —dijo Luella, hundiéndose en la silla—.
Ramsey aún no ha hecho la conexión de que Ransom recibió el elixir y luego lo mordió una bestia.
No sabe que esa combinación, por lo que sé, es lo que ha creado la infección.
De todas formas, el equipo de Ramsey continuó con los experimentos y estoy casi segura de que le están sacando sangre a los monstruos infectados para inyectársela a sus hombres.
—Pero no funciona de ese modo, ¿verdad? —pregunté—. Falta el mordisco. La magia.
—Sí —susurró Luella.
La ironía era sofocante.
Ramsey estaba decidido a crear un ejército fuerte que pudiera combatir a los crux, pero, en su lugar, estaba convirtiendo a hombres con una buena condición física, hombres que podrían haber luchado contra los monstruos que acechaban en Calandra, en un montón de cadáveres, ya que, cuando llegara la migración, era probable que todos estuvieran muertos.
—Tiene que haber algo para deshacer la magia. Solo necesito tiempo. —Los ojos de Luella se mostraban suplicantes—. Puedo arreglarlo.
Ransom resopló.
—Finjamos por un momento que lo logras. ¿Y si papá no quiere encontrar una cura? ¿Y si se da cuenta de que lo que tiene que hacer es inyectarles tu elixir y hacer que los muerda un monstruo? ¿Qué pasa entonces? No le importará la muerte de esos hombres; no si salva al reino del ataque de los crux.
Ramsey sería imparable con un ejército de hombres que pudieran moverse, luchar y curarse como Ransom.
Puede que quisiese defenderse de los crux.
O quizá, al igual que mi padre, solo estaba cansado de los tratados antiguos, las fronteras, los reinos.
Tal vez lo que quería era conseguir el control sobre toda Calandra.
Bueno, primero tendría que evitar que sus soldados murieran.
—No debe descubrirlo. Nadie puede saberlo —sentenció Luella—. No podemos sacrificar a nuestros hijos.
El dolor de esa última oración, la manera en que sus ojos le pidieron perdón a Ransom, hizo que sintiera una profunda congoja. Yo todavía tenía muchas preguntas.
—¿Por qué quema los libros?
Esa pregunta encendió la ira de Cathlin.
—Porque él es una amenaza.
Luella acercó sus libros más hacia ella.
—Cuando estábamos creando el elixir, pasamos mucho tiempo en la biblioteca. Algunos decidieron dejar sus notas en los libros y los diarios que había allí. Era donde yo guardaba los míos.
Notas y conocimiento que otros reyes querían para ellos mismos. Para entregarles a sus propios alquimistas y curanderos y crear su propia versión del Guardián.
¿Era eso lo que mi padre quería de Allesaria? ¿Era así como creía que detendría a los crux? ¿Recreando la lyssa y formando un ejército de soldados como el Guardián?
Mi padre podría haber ido a buscar al resto de los alquimistas en lugar de mandarme aquí a encontrar la ciudad.
Pero si los alquimistas temían que Ramsey los pusiera a su servicio para que le inyectaran la poción de la muerte a un montón de hombres sanos, era probable que esas personas estuvieran escondidas, como Luella.
No, mi padre se estaba quedando sin tiempo, pues ya no faltaba mucho para la próxima migración. Lo más razonable era robar el secreto de Ramsey directamente de la capital. Robar la lyssa para sí mismo.
Lo único que necesitaba era la llave para abrir la puerta del castillo de los turanos.
Mae. Ella había sido entrenada para ser esa llave.
Y ahora era yo.
Ransom creía que los otros reinos no sabían que él estaba infectado, pero mi padre debía sospecharlo. El Guardián y la lyssa. Todo encajaba.
El deseo de mi padre de entrar en Allesaria tenía que estar ligado a su necesidad de entender los poderes del Guardián.
Antes de que pudiera enunciar mis sospechas, Ransom se acercó a toda prisa a la mesa y le quitó el libro de las manos a su madre.
—Quizá deberíamos quemar esto.
Luella se puso de pie de inmediato e intentó quitárselo, pero él lo mantuvo fuera de su alcance.
—No lo hagas. Ese libro, al igual que todos los que he coleccionado, es parte de mi investigación para encontrar una cura.
—No hay ninguna cura —dijo entre dientes—. Has tenido años para hacerlo. Ya es demasiado tarde. Si los Voster no pueden detenerla, entonces nadie puede.
—Ransom…
—Maldita seas, mamá. —Arrojó el libro sobre la mesa y este se deslizó sobre la superficie—. Maldita seas.
Sin decir otra palabra, salió del edificio. Abrió la puerta con tanta fuerza que, al cerrarse, hizo retumbar las paredes.
Luella se desplomó en la silla y enterró la cara entre sus manos, llorando. Cathlin apoyó un brazo sobre sus hombros y le habló al oído para calmarla.
Tenía que ir a buscar a Ransom. Seguirlo para asegurarme de que estuviera bien.
Pero me quedé congelada en el lugar con los ojos pegados en ese libro sobre la mesa.
Había quedado boca abajo cuando Ransom lo arrojó y ahora podía ver la otra tapa.
Había un grabado intrincado en esa tapa. Un emblema alado.
El mismo emblema del pendiente que colgaba de mi cuello.