Cincuenta y seis
Luella se dio la vuelta hacia la puerta, pero antes de que pudiera escapar, Ransom la detuvo con una única palabra.
—Mamá.
Se giró lentamente, sujetando el frasco de jengibre de las cuevas con ambas manos. Le tomó un momento mirarlo a los ojos y, cuando lo hizo, las lágrimas ya se habían acumulado en su mirada.
—No quería que llegara tan lejos.
—¿Qué has hecho? —preguntó, cerrando la mano sobre la mía.
Necesitaba esa respuesta casi más que mi próximo aliento. Y, a la vez, era lo último que quería escuchar.
—Lu. —Susurró Cathlin—. Se acabó.
Luella sacudió la cabeza, meciendo su cabello oscuro sobre sus hombros.
—Necesito más tiempo. Encontraré una manera de deshacer todo esto.
Cathlin se desplomó en la silla como si hubiera escuchado eso cientos de veces. Como si hubiera discutido sobre eso miles de veces.
—Entra y cuéntales la verdad.
El color abandonó el rostro de Luella, pero cerró la puerta y cruzó la habitación para sentarse junto a Cathlin.
Ransom se quedó de pie rígido, inmóvil, hasta que tiré de su mano para que se acercara a la mesa.
El chirrido de la silla sobre el suelo fue ensordecedor en el silencio. La madera crujió debajo de nuestro peso.
Luella llevaba un morral en el hombro. Apoyó el jengibre de las cuevas sobre la mesa y apoyó la bolsa sobre su regazo, abrazándola con fuerza.
—No podemos hacer nada contra los crux. Moriremos si intentamos enfrentarnos a esas bestias. Y no pienso perder a mis hijos en un refugio subterráneo donde se pudran durante semanas y semanas.
Justo como su familia había muerto. Todo esto había empezado con buenas intenciones, ¿verdad? El amor de una madre.
Luella se frotó los ojos y se aclaró la garganta, y se sentó más erguida.
—Debemos ser fuertes para sobrevivir a la migración.
—Mamá —dijo Ransom, dejando caer los puños sobre la mesa con tanta fuerza que el frasco de jengibre de las cuevas casi cae al suelo—. ¿Qué has hecho?
Lo miró a los ojos, desafiante y audaz.
—No puedo perderte. No puedo perder a Evie. No estoy dispuesta a perderos. Hice lo que me parecía lo correcto para mantenerte a salvo y con vida.
—¿Con vida? Has creado la lyssa. Y ahora me está matando —dijo Ransom, levantándose de la silla y, al hacerlo, salió despedida hacia atrás. Abrió los brazos en toda su longitud y luego se golpeó el corazón con una mano, justo donde estaban las venas oscuras que cubrían su pecho.
Las mismas venas sobre las que dormía cada noche. Las que suplicaba que desaparecieran todas las mañanas. Apoyó las dos manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante hasta estar a solo centímetros de ella.
—Puedo sentir cómo absorbe la vida de este cuerpo cada vez que peleo con mi espada, con cada latido de mi corazón.
—Lo siento. No quería que pasara así. Si hubiera sabido… —Su barbilla temblaba—. Puedo hacerlo. Encontraré una cura.
Ransom presionó los dientes.
—No hay ninguna cura.
—Pero ¿y si la hay? —apoyé una mano sobre su brazo—. Por favor, siéntate. Oigámosla.
Había más elementos en esta historia. Tal vez si Luella llenaba algunos vacíos, si me proporcionaba las piezas que faltaban, podríamos allanar el camino hacia la cura. No iba a renunciar a la esperanza de evitar que la lyssa matara a Ransom. Me negaba a perderlo por culpa de esta infección.
Su cuerpo vibraba por la ira y el dolor, mientras sus ojos se teñían de un color plateado. El monstruo intentaba liberarse de sus cadenas.
—Por favor —le supliqué con el corazón en la garganta.
Presionó los dientes, pero retrocedió. No para buscar la silla, sino para recluirse en la otra punta de la habitación contra la pared, de brazos cruzados.
—¿Tú creaste la lyssa? —pregunté a Luella.
Tragó con fuerza.
—La lyssa es mágica. Y yo no, pero Calandra tiene magia. Solo mira los ojos de todos en esta habitación.
¿Y si la magia iba más allá del suelo? ¿Más allá del color de los ojos y la magia de los Voster?
—Creo que los monstruos de Calandra son parte de esa magia —dijo Luella—. Y he pasado años intentando extraerla de ellos.
¿Extraer la magia de los monstruos? ¿Su poder?
—¿Cómo?
Luella tomó su frasco y pasó un dedo por el borde.
—La ciencia es una magia en sí misma.
—Habla con claridad —exigió Ransom.
Luella respiró profundamente.
—La propia existencia de un monstruo tiene magia.
Son extraordinarios. Más fuertes. Más rápidos.
Mejores en cualquier sentido. Creo que dejan rastros de esa magia en este reino.
—Su voz era un susurro, como si tuviera miedo de decirlo en voz alta—.
Así que intentamos controlar esos rastros para hacer que nuestros cuerpos fuesen menos susceptibles a las enfermedades. Para darnos la fuerza para sanar.
—¿Intentamos? Hablas como si hubieras trabajado con los Voster. —Lo sabía. Lo sabía, maldición. Ellos estaban detrás de todo esto desde el principio.
—No —sacudió la cabeza—. Mis alquimistas.
—Vale. —Está bien, qué diablos—. Pero los Voster son las únicas criaturas que tienen magia.
—¿Estás segura? —preguntó—. ¿Qué son los Voster sino otros seres? Algunos los consideran monstruos por derecho propio.
Yo . Yo misma los consideraba monstruosos.
—Los Voster tan solo saben usar sus poderes, los monstruos no. Pero eso no significa que la magia no corra por sus venas, su piel, sus huesos, su sangre y su saliva.
—Mamá —dijo Ransom enfadado, y noté que su paciencia pendía de un hilo—. Quiero que me expliques cómo creaste la lyssa. ¿Por qué hiciste eso?
—Lu —dijo Cathlin, extendiendo un brazo sobre la mesa para llegar cerca, aunque sin llegar a tocarla, de su amada—. Empieza por el principio.
Luella asintió, se enderezó y apoyó las manos sobre la mesa.
—Pasé mi juventud viajando por Calandra.
Uno de mis lugares favoritos era Laine. En uno de los viajes, caí enferma y me llevaron a ver a sus curanderos.
Mi madre tenía algunos negocios que atender en Génesis, así que me dejó durante un mes para que sanara.
El tiempo que pasé allí despertó mi curiosidad por la alquimia y se convirtió en un gran pasatiempo para mí.
Y quizá en el comienzo de un diario en el que catalogó diferentes especies de plantas.
—Trabajé en ella durante años —dijo—. Monté un pequeño taller donde preparaba infusiones con diferentes hierbas y especias, y yo misma las probaba para ver cómo me hacían sentir. Luego conocí a tu padre y mi pasatiempo quedó en letargo por un tiempo.
Cuando se mudó a Allesaria. Cuando ocupó su rol como reina. Cuando los crux llegaron y su familia sufrió la que debió ser una muerte agonizante.
—Empecé a conocer a los curanderos de Allesaria cuando quedé embarazada —dijo—. Después de que tu nacieras, cuando ya no eras un bebé, tuve más tiempo para mí. Los curanderos me presentaron al mejor alquimista de la ciudad. Tenía una pequeña farmacia y me invitó a visitarla cuando quisiera.
—Entonces reviviste tu pasatiempo —dije.
—Sí. —Los dedos de Luella siguieron acariciando el frasco—. Por aquel entonces, pasaba la mayor parte de mi tiempo en la biblioteca. Coleccionaba libros y leía historias y mitos sobre monstruos. Empecé esa biblioteca como una vía de escape. Y la alquimia era otra escapatoria.
—¿De papá? —preguntó Ransom.
—De mi vida —lo corrigió—. En esos libros, encontré las aventuras que me habían negado.
Y fue en esa época cuando encontré un libro que lo cambió todo.
Contenía un sinfín de historias que despertaron una idea en mi interior.
No sé de dónde había salido el libro, pero estaba escondido en la farmacia y me hice con él.
Luella abrió su morral y sacó un libro. Su tapa era de cuero negro y tenía un broche que lo mantenía cerrado.
—Está escrito en un idioma antiguo —dijo Cathlin—. Son historias, casi parecen los sueños de una persona. Como Los noventa sonetos.
Luella acarició el lomo del libro.
—Hay un relato que narra la historia de un hombre que recibe la garra de un monstruo como obsequio por salvarle la vida. Siempre que la llevara colgada del cuello, el hombre nunca sentiría dolor ni enfermaría. El día que se la quitó y se la entregó a su hijo, murió.
Sonaba como un sueño, como un cuento que se le cuenta a los niños antes de dormir.
—Eso desencadenó una serie de ideas en mi cabeza —dijo—. ¿Y si podemos ser más fuertes? ¿Y si podemos combatir las infecciones? ¿Y si podemos escondernos durante meses y volver a la superficie como si solo hubiéramos pasado un día bajo tierra?
—Entonces, estabas buscando una manera de detener las infecciones, pero en vez de eso terminaste creando una —dijo Ransom entre dientes—. Brillante.
—No —sacudió la cabeza—. Nosotros no creamos la lyssa. No sucedió como tú crees. Creamos un elixir que aumentaba las capacidades naturales de los humanos, creamos pociones y tónicos con ingredientes que tenían algún vínculo con los monstruos.
—¿Como el korakin? —El excremento de los kaverinos.
—Los kaverinos pueden ver casi perfectamente en la oscuridad —dijo Luella.
Como Ransom.
—¿Y el jengibre de las cuevas? —Señalé el frasco.
—Los pantanos donde crece son el hogar de los lagarsks. Cuando mudan la piel, sus partículas son absorbidas por la corteza del jengibre. Los lagarsks tienen increíbles cualidades curativas. Es casi imposible herirlos de muerte. Para matarlos hay que cortarles la cabeza.
—Entonces, usaste partes de diferentes monstruos para crear este elixir. Pero ¿el elixir no es la lyssa? —Sentía que la cabeza me estaba empezando a dar vueltas. ¿Qué era lo que se me estaba pasando por alto?
—Así es —dijo Luella, asintiendo—. Creamos pociones y tónicos y los probamos en nosotros mismos.
La mayoría solo causaba leves enfermedades y otros simplemente no hacían nada.
Pero algunos parecían hacernos menos propensos a las enfermedades.
Tardamos años en formular un producto en el que confiáramos lo suficiente para probarlo fuera de nuestro pequeño equipo.
Cuando llegamos a ese punto, le pedimos a un curandero que lo probara en un paciente moribundo.
Era un hombre al que un pardur le había arrancado la pierna y la carne alrededor de la herida estaba empezando a pudrirse.
No debería haber sobrevivido, considerando el estado avanzado de la necrosis en la herida, pero aún sigue con vida.
Así que Luella y sus alquimistas habían creado una poción con elementos comunes, productos derivados de los monstruos, que fortalecían los cuerpos normales y combatían infecciones y enfermedades.
La razón por la que los Voster nunca habían sentido la magia de la lyssa en Allesaria era porque esa magia no existía.
Al menos, no todavía. Lo único que había hecho había sido crear un medicamento.
—Entonces, ¿cómo rayos se conecta este elixir con la lyssa? —Tenía que haber una conexión, ¿verdad?
La mirada de Luella se posó sobre Ransom.
—Tu padre sabía que pasaba tiempo con los alquimistas, y no era un pasatiempo que le importara en particular.
Nunca me había negado que le dedicara tiempo a mis intereses, pero tampoco me alentaba a ello.
Sabía que, si le pedía que te diera el elixir, me diría que no.
Y yo necesitaba que fueras más fuerte antes de la migración.
—Así que lo hiciste de todas formas. —La voz de Ransom me hizo sentir un escalofrío en la espalda—. ¿Cuándo?
Luella tuvo el decoro de sentirse avergonzada.
—No mucho después de que tu padre me encontrara con Mikhail. Fue ese día que estabas entrenando y te cortaste la pierna. Era una herida horrible. Me preocupaba que hubieras perdido demasiada sangre. Estabas inconsciente. Entonces, cuando mis curanderos te cosieron la herida…
—Hiciste que me dieran el elixir, esa pesadilla que creaste, sin mi consentimiento. —El cuerpo de Ransom vibraba, mientras sus ojos se encendían con el color plateado más intenso que había visto—. ¿Y por qué funcionó conmigo y no con nadie más?
—No funcionó contigo.
Tiró del cuello de su túnica y dejó al descubierto esas venas oscuras.
—Permíteme diferir. Tú hiciste esto y, en lugar de decirme la verdad, me dejaste creer durante cuatro años que me contagié con la lyssa por el mordisco de ulferno.
—Y así fue —dijo Luella, levantándose—. Al menos, eso creo.
—¿Eso crees? —Su voz resonó por las paredes.
—Todavía estoy intentando averiguarlo. No puedo explicarlo, todavía no.
Pero ese mordisco te transformó. Diez personas tomamos el elixir y ninguna se ha infectado con la lyssa.
Creo que el elixir que te dimos fue la base mágica para la lyssa y la saliva del ulferno fue la pieza que faltaba.
Cuando te mordió, se creó un enlace. Un enlace entre hombre, monstruo y magia.
Ese día, vosotros dos creasteis la lyssa y, desde entonces, ha mutado en vuestros cuerpos.
El ulferno siguió transmitiéndosela a otros monstruos, y estos, a su vez, cuando mordían a otros, también la transmitían.
Y así sucesivamente. Y a ti te dio poderes impensables para un hombre común.
—Dioses. —Me puse de pie; ya no podía seguir sentada. Luego me tapé la boca con una mano cuando lo comprendí. Fue tan repentino que casi vomito.
Incluso desde la otra punta de la habitación, sentí cómo el corazón de Ransom se rompía.
La lyssa había nacido de dos seres.
Un ulferno, ahora tuerto.
Y Ransom.
—Ese ulferno nunca fue el principio —dijo con una voz quebradiza—. Fui yo. Yo creé la lyssa.