Capítulo cincuenta y cinco #3
Evie nos miró a las dos, sintiendo la tensión, y se sujetó al borde de la mesa.
—¿Papá?
Zavier pasó caminando junto a mí y levantó a su hija.
—Vamos a caminar un rato.
Se envolvió alrededor de él y ambos salieron.
Ransom apoyó una mano sobre mi espalda baja.
—Odessa, ¿qué está pasando…?
—Tengo una corazonada —le dije a Cathlin—. Y creo que tú eres la razón por la que tengo esa corazonada.
Tragó saliva con fuerza cuando se puso de pie.
—No sé a qué te refieres.
—Cathlin —le dije con los ojos bien abiertos, suplicantes—. ¿Desde cuándo sabes que el rey está infectando a sus soldados con la lyssa?
Todo el cuerpo de Ransom se puso rígido y su mano se cerró con fuerza sobre mi túnica. Sin embargo, se mantuvo en silencio para darle tiempo de responder a Cathlin, mientras ella cerraba los ojos y dejaba caer los hombros.
Una parte de mí sabía que él ya lo sospechaba, pero la otra parte sabía que no quería pensar eso de su padre; que estaba muy seguro de que no había nada que temer en Allesaria y que el Sumo Sacerdote no le ocultaría algo así.
Pero esta sospecha, esta corazonada, significaba abandonar ese último gramo de fe que tenía en su padre.
Y toda la confianza que había depositado en los Voster.
—Es la milicia —dije—. La razón por la que los soldados abandonan sus hogares y nunca vuelven a ser vistos. Está intentando recrear al Guardián, crear hombres con poderes que podrían hacer frente a los crux. Pero no está funcionando. La lyssa los está matando.
El silencio que siguió fue tan aplastante que me quedé sin aire en los pulmones.
—Cathlin —dijo Ransom entre dientes—. Contesta algo.
Mi corazón se aceleró. ¿Por qué no lo confirmaba o me decía que estaba completamente equivocada? ¿Por qué me dio pistas que me llevaron en la dirección correcta, pero no decía nada…?
Volví a abrir los ojos de par en par cuando otra pieza del rompecabezas encajó en su lugar.
—No puede decir nada. Hizo un juramento de sangre.
—Tomé la mano de Ransom y entrelacé nuestros dedos—.
Por eso ha estado proporcionándome información.
Libros y diarios. Ideas e historias. Para que pudiera hacer encajar todas las piezas y ser yo quien te dijera la verdad, ya que ella juró mantener el secreto.
Cathlin miró al suelo y asintió, mientras sus hombros se desplomaron tanto que, cuando se cruzó de brazos, era como si tuviera que apoyarlos sobre su regazo para que no cayeran al suelo.
—¿Quién? —preguntó Ransom con voz autoritaria—. ¿Quién te obligó a mantener este secreto?
El silencio pesado me hizo sentir un hormigueo incómodo en la piel. ¿Por qué no decía nada? ¿Quién la había obligado a jurar mantener este secreto? No podía ser el rey Ramsey. No trabajaba con él. Entonces, ¿quién?
Pero antes de que pudiera preguntárselo, alguien tocó a la pesada puerta de madera y esta se abrió.
Todos los ojos se dirigieron a la vez hacia Luella cuando entró.
Llevaba una bufanda sobre su cabello oscuro y alrededor del cuello.
Un abrigo grueso revestido con piel cubría su cuerpo.
Al vernos, se quedó congelada, con los ojos bien abiertos.
Sus mejillas estaban rojas y una capa de sudor cubría su frente, como si hubiera salido de su escondite y hubiera venido aquí corriendo.
En la mano tenía un frasco lleno de bayas.
Bayas con una corteza verde. Un verde tan oscuro que era casi negro. El mismo color que la lyssa.
Jengibre de las cuevas.
No tenía pruebas de que fuera un ingrediente de esta horrible infección. Solo la esencia, el color y una corazonada. Pero llega un momento en el que una coincidencia no es solo una mera coincidencia. Y una corazonada puede ser la verdad.
¿Por qué Luella tenía un frasco de jengibre de las cuevas? A menos que…
Las pistas no me llevarían a Ramsey. Él no era quien tenía las respuestas.
Mi mirada se dirigió de inmediato hacia Cathlin, pero ella no me devolvió la mirada. Estaba mirando a Luella con las mejillas sonrojadas por la culpa.
Las piezas, las semillas que Cathlin había plantado en mí y los hilos que había tejido se tensaron. La letra femenina del libro que tenía arriba y analizaba exhaustivamente el jengibre de las cuevas. El hecho de que la única materia que a Evie le gustaba fuera la ciencia con Luella.
—Eres tú —susurré, sintiendo cómo se me retorcía el estómago mientras me giraba para mirar a Luella otra vez.
Ella sabía el «cómo» de la lyssa, cómo había empezado.
Deslicé la mano sobre la de Ransom y lo sujeté rápidamente, mientras esas líneas idénticas arrugaban su frente otra vez.
—¿A qué te refieres? —preguntó, mirándome a mí y luego a Luella—. ¿Trabajas con papá?
No, ella no se asociaría con Ramsey. No después de lo que había hecho. Pero formaba parte de esto de algún modo. Casi podía sentirlo en los huesos.
Antes que nada, Luella era una madre. Podía estar en la otra punta del continente con Evie, pero no quería abandonar a Ransom. Haría cualquier cosa por él, para mantenerlo a salvo.
Dioses . Mi cabeza estaba a punto de explotar. Extendí las manos hacia Ransom.
—Creo que la persona que tiene algo que explicarnos es tu madre.