Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y cinco #2
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Capítulo cincuenta y cinco #2

En el balcón, Ransom y Zavier hablaban en voz baja y lo que fuera que Zavier le estuviera contando, solo hacía que Ransom tensara la mandíbula.

Me concentré en el libro y esperé a que terminaran de hablar. Sería más fácil conseguir respuestas de Ransom una vez que Zavier se hubiera marchado.

El libro era una especie de enciclopedia.

Sus páginas estaban llenas de resúmenes y dibujos de diferentes hojas y raíces.

Pero, a diferencia de la mayoría de los libros que Cathlin me había traído, este parecía más un diario que un libro propiamente dicho.

Las páginas estaban escritas a mano y los dibujos eran bocetos coloreados a mano.

Regresé a la primera página, pero no encontré el nombre de ningún autor o artista a quien atribuir la autoría de la obra, y aproximadamente las últimas veinte páginas estaban en blanco. Nadie las había llenado todavía.

Era un registro. Un diario, no muy diferente al mío, pero, en lugar de dibujos de monstruos, este era sobre plantas.

Revisé las páginas, mirando detenidamente los dibujos y las notas, pero me detuve en algo que me llamó la atención hacia la mitad del libro.

Jengibre de las cuevas

Acerqué el libro a mis ojos y entrecerré la vista para leer la descripción.

Nativo de Ozarth. Cultivado en pantanos.

Su corteza exterior emana un olor rancio, pero, una vez pelado, se puede rescatar la pulpa y freír con cristales de azúcar (esto se suele vender como un dulce).

La corteza, por lo general, se descarta.

Cuando se hierve y fermenta, la pulpa puede usarse como pigmento.

Cuando se ingiere, es buena para curar distintas dolencias.

Los lagarsks mudan su piel en los pantanos.

¿Puede que sea absorbida por la corteza?

Pruebas: Limitadas Exhaustivas

El dibujo que acompañaba la descripción era el de la corteza. La planta parecía una baya de un verde tan oscuro que era casi negro.

Se me hizo un nudo en el estómago. Conocía ese color.

El dibujo en la página que seguía era de un pantano. La nota burlona debajo de este podría haber sido algo que yo misma habría escrito.

No hay ninguna cueva a la vista. ¿A quién se le ocurrió el nombre?

¿Quién escribió este libro? Lo cerré y lo inspeccioné desde todos los ángulos. No había ningún nombre por ninguna parte. Quizá no hacía falta que constara ninguno.

Y en ese momento recordé mi visita al calabozo unas semanas atrás y le di un nuevo significado a la conversación que escuché.

Son solo libros, Lu. Le estoy dando algo para leer a esa pobre muchacha. Eso es todo.

Luella le había hecho una advertencia a Cathlin ese día. Y la siguiente vez que regresé al calabozo lo encontré vacío.

Pero Cathlin siguió trayéndome libros. Siguió prestándome más del sitio donde los tuviera ocultos. Si tuviera que adivinar, diría que lo hacía a espaldas de Luella.

¿Por qué?

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Había estado dos semanas sin hacer esa pregunta. Pero el descanso había terminado.

Cerré el libro, lo aparté a un lado y acaricié el lomo de Faze.

Las escamas más grandes ahora superaban el tamaño de la uña de mi pulgar.

También eran más fuertes y se volvían más duras y gruesas con cada día que pasaba.

Su pelaje también estaba cambiando lentamente y algunas rayas tenues aparecían sobre sus costados.

¿Cómo iba a dejarlo ir? ¿Y si lo mataba otro depredador una vez que lo liberara? Podían morderlo e infectarlo con la lyssa.

Teníamos que encontrar una cura. Tenía que haber una fuente. Alguien había creado esta atrocidad. Pero ¿quién?

Había algo en el fondo de mi mente que me irritaba. El principio de una corazonada. Pero todavía no podía nombrarla. Eran solo un montón de piezas desordenadas y no estaba segura de cómo ponerlas en el orden correcto.

¿Estaba justo delante de mis ojos? ¿Me estaba mirando a la cara, pero yo había estado tan preocupada por Ransom, Turah y las exigencias de mi padre de que encontrara Allesaria que no veía lo que era obvio?

Todos los libros que había leído, todas las historias y todos los cuentos parecían mezclarse en mi mente. Tiré de los hilos, como rizos errantes, y los acomodé en distintas series hasta formar una trenza.

Allesaria. Ozarth. Laine. Jengibre de las cuevas. Lagarsk. Korakin. Fének.

Magia.

Maldición, ¿qué era lo que no estaba viendo? Cerré los ojos con fuerza y me froté las sienes.

La mano de Ransom sobre mi hombro me sacó de mis pensamientos.

—Hey, ¿estás bien?

No. No estaba bien. Para nada.

—Odessa. —Se arrodilló frente al sillón y unas arrugas de preocupación aparecieron en su frente—. ¿Qué ocurre?

—Tenemos que hablar sobre el hombre al que maté —dije. No estaba segura de por qué parecía importante, pero era otra pieza de este rompecabezas, otro fragmento que, de algún modo, estaba conectado a todo lo demás.

—No. No quiero que revivas…

—No te lo estoy preguntando, Ransom.

Frunció el ceño y dos líneas idénticas se formaron entre sus cejas.

Levanté un dedo y las alisé.

—Su piel estaba tan caliente que me dolió cuando lo toqué. Su cuerpo estaba hirviendo . Su sangre no era roja y tenía espuma en los labios. Sus ojos se pusieron en blanco y parecía aliviado cuando finalmente murió.

¿Eso mismo era lo que le esperaba a Ransom? ¿Ese era el tormento que el Sumo Sacerdote de los Voster contenía cuando le drenaba la infección a Ransom?

—Estaba infectado. Maté a ese hombre y merezco saber por qué intentó matarme.

La mandíbula de Ransom se tensó mientras se mantenía en silencio.

No iba a responderme, ¿verdad? Iba a dejarme aquí, atrapada donde él creía que estaría a salvo sin decirme ni una maldita cosa.

Abrí la boca, lista para liberar una ira solo conocida en el cielo de Izzac, cuando Ransom miró a Zavier.

—Díselo —dijo Ransom.

Zavier frunció el ceño, pero hizo lo que le ordenó.

—Sí, estaba infectado con la lyssa. Y no, nunca hemos visto que ninguno de los monstruos infectados estuvieran así de calientes. Sí hemos visto ojos blancos y espuma, pero no ese calor. Creemos que afecta de manera diferente a los humanos. En el final.

En el final. Es decir, justo antes de morir.

—¿Por qué me atacó?

—No lo sé —dijo Zavier, frotándose la barbilla—. Aún no sabemos mucho. Lo siento.

Sí, lo había matado y ya no iba a recibir respuestas de un cadáver.

—¿Qué clase de monstruo lo infectó? ¿Se puede deducir a partir de la cicatriz de la mordida?

Zavier vaciló un momento.

—No tenía ninguna mordida.

—Pero estaba infectado. ¿Cómo es posible? —La respuesta era otra pieza del rompecabezas, ¿verdad? Otro hilo para desenredar y juntar con el resto. Otra parte del panorama completo que se me estaba pasando por alto.

—Tenía marcas de inyecciones en el brazo —añadió Zavier, extendiendo el brazo y señalando la piel suave del pliegue interno del codo—. Aquí.

Los curanderos usaban los huesos huecos de las aves pequeñas para crear agujas con las que inyectaban sus medicamentos.

O veneno.

—Entonces, la persona que creó la lyssa no está infectando solo a los monstruos. —Ya no.

Ransom podía matar a todos los monstruos de Turah, a todos los monstruos del continente, pero no supondría ninguna diferencia a menos que termináramos con el responsable de todo esto.

—¿Por qué…?

No terminé la pregunta. No hizo falta. La respuesta estaba arrodillada frente a mí.

¿Por qué alguien infectaría a los humanos con la lyssa?

Para crear otro Guardián.

Alguien que era prácticamente imposible de matar, ya fuera por un hombre o una bestia.

—La persona que infectó a ese hombre con la lyssa sabe que tú tienes la infección. Están intentando contagiar a otros para crear más personas como tú.

Ransom asintió.

—¿Cuándo llegaste a esa conclusión?

—Después de que ese hombre te atacara —dijo. Lo sabía y me lo había ocultado durante dos semanas.

—Deberías habérmelo dicho antes.

Su mirada se suavizó y se posó sobre mi boca.

—¿Entiendes por qué no lo hice?

—Sí —suspiré, porque necesitaba dos semanas para curarme—. ¿De dónde era el hombre que maté?

Las fosas nasales de Ransom se ensancharon.

—Allesaria.

Maldición. Todos los caminos llevaban a esa ciudad oculta. A una ciudad que contenía toda la riqueza del conocimiento turano. A una ciudad prohibida para los extranjeros. A una ciudad atada por juramentos de sangre y magia.

A la ciudad de los Voster.

Allesaria. Ozarth. Laine. El jengibre de las cuevas. Lagarsk. Korakin. Fének.

Magia.

Los hilos se estaban desenredando. Las piezas estaban empezando a encajar y formar una imagen borrosa. Una idea.

—Necesito… —Más. Necesitaba más piezas. Entonces, me puse en pie y Faze gruñó cuando cayó al suelo, retorciéndose en el aire para aterrizar de pie.

—¿Qué? —dijo Ransom apoyando una mano sobre mi codo.

Ya me estaba acercando a la puerta para abrirla.

Las botas de Ransom y Zavier resonaron por la pasarela y la escalera detrás de mí cuando me siguieron hacia la planta baja, a la habitación en la que Evie asistía a clase.

—¿Odessa? —Los ojos de Cathlin se abrieron de par en par cuando vio que entré corriendo.

—Necesito hablar contigo.