Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y cinco
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Capítulo cincuenta y cinco

—Ransom —susurré, trazando el contorno de su nariz recta. Tenía un pequeño bulto en el tabique que interrumpió el recorrido de mi dedo.

Era una de esas características del rostro de mi esposo que había descubierto en las últimas dos semanas.

Sus pestañas eran de un color negro intenso y tan suaves como plumas.

Su nuez encajaba a la perfección sobre mis labios.

Le gustaba dormir con una ventana abierta para dejar entrar el aire fresco de la noche y la única razón por la que no me congelaba era porque estaba cerca de su cuerpo, envuelta en su calor desde el anochecer hasta el amanecer.

—Ransom.

Balbuceó algo incomprensible, con los ojos aún cerrados.

Besé su mandíbula y sentí su barba oscura y áspera sobre mi boca.

Deslizó una mano por mi espalda desnuda hasta que encontró mechones de mi cabello, que enrolló alrededor de sus dedos.

El vello que cubría su pecho rozó mis pezones cuando me acercó hacia su cuerpo, uniendo nuestros cuerpos y eliminando todo el espacio que nos separaba.

Nuestras piernas se enlazaron bajo las sábanas. Apoyé una mano sobre su corazón y mantuve la otra sobre la curva de su trasero.

Habíamos pasado incontables horas acostados en mi cama durante las últimas dos semanas. La mayoría de esas horas las había pasado descansando, curándome. Ransom no se alejaba por mucho tiempo y rara vez me abandonaba mientras nos escondíamos del mundo en mi habitación.

Hicieron falta dos semanas completas para convencerlo de que no estaba hecha de cristal. Para que me besara y me hiciera el amor. Cuando le había dicho la noche anterior que necesitaba que me tratara como si no estuviera rota, finalmente cedió y adoró mi cuerpo con sus dedos, su lengua y su pene.

Era la primera noche desde el incidente en la que dormía sin tener una pesadilla.

Me dolía el cuerpo en los lugares correctos y deseaba más.

Ransom gemía mientras le besaba la nuca. Su erección era evidente entre nosotros y mi interior palpitaba expectante al sentir la fricción sobre mi clítoris.

Con un movimiento rápido, quedé acostada boca arriba, anclada debajo de él.

Mis piernas envolvieron su cintura mientras él entraba en mi cuerpo y se deslizaba con suavidad, tan profundamente que me hizo gemir.

—Dioses. —Mi cuerpo entero se derretía y se amoldaba al suyo a lo largo de toda su virilidad.

Nos movíamos juntos sin prisa alguna. Metía y sacaba, mientras sus labios, su lengua y sus manos no dejaban ningún centímetro de mi cuerpo sin visitar.

—Odessa —murmuraba en mi oído, y deslizaba una mano hacia abajo para acariciar el lugar por el que estábamos conectados.

Empezaba a agitarme, sintiendo cómo mi pulso se aceleraba a medida que acariciaba en círculos esa protuberancia de nervios entre mis piernas. Mis uñas se clavaban en sus hombros rígidos.

—Ransom. Dame más.

Mordía el lóbulo de mi oreja con pasión.

—Eres mía.

—Soy tuya —suspiraba, mientras mis brazos y piernas temblaban.

La noche anterior habíamos estado follando con bastante intensidad.

Había llevado mi cuerpo a nuevos límites, como si estuviera al borde de un acantilado del que en el último momento me alejaba, y luego me arrastraba durante horas hasta que le rogaba que acabara.

La noche anterior lo único que había importado había sido el placer. La descarga.

Pero esta mañana de pereza se sentía diferente, importante. Lo único que importaba era la sensación de estar juntos, las palabras que ninguno de los dos estaba listo para decir.

Entró en mi cuerpo y alcanzó ese punto en el que mi respiración se empezaba a entrecortar. Era como si el poder de su cuerpo estuviera mezclándose con el mío, la fuerza, la resiliencia. Giró hacia un lado, sin apartarse de mí, mientras seguía moviéndose hasta desarmarme.

Apagó mis gemidos apoyando una mano sobre mi boca, mientras ahogaba los suyos con mi cabellera tupida.

Al otro lado de esas paredes, más allá de esa ventana abierta, los turanos creían que estaba casada con Zavier.

Pero, dentro de ellas, pertenecía a Ransom.

Acabamos juntos, sujetándonos hasta sentirnos exhaustos, intentando recuperar el aliento.

Apoyó gran parte de su peso sobre los codos y me miró con unos ojos que resplandecían con todos los tonos posibles de verde.

Pero, al igual que todas las mañanas, el verde no duró mucho. Su mirada se posó sobre mi garganta y, al ver los moretones amarillentos en mi cuello, retomaron su color avellana.

Frunció el ceño y la tristeza se dibujó en la comisura de sus labios.

Incluso una vez que los moretones se desvanecieran, dudaba de que alguna vez volviera a mirarme el cuello sin que la preocupación apareciera en su rostro.

Pasé una mano por su cabello y sujeté con fuerza sus mechones hasta que me miró a los ojos.

—No es culpa tuya.

Esbozó una sonrisa triste antes de besarme el cuello.

—Sí lo es.

Su suspiro me hizo cosquillas en el cuello y luego se levantó de la cama y caminó desnudo hacia la ventana para cerrarla.

Me apoyé sobre un codo y me tomé un momento para estudiar la silueta perfecta de su cuerpo, mientras cruzaba hacia el baño y cerraba la puerta.

Me levanté de la cama y me puse una túnica que cogí del armario, antes de sentarme en el tocador y bajar el cuello de la prenda para dejar mi piel al descubierto.

Los moretones se estaban desvaneciendo rápido.

Gracias a los ungüentos de hierbas, las infusiones y las gasas de Geezala, el color de mi cuello había pasado de negro a morado, luego a verde y ahora a amarillo.

Algunas marcas habían desaparecido por completo.

Mis ojos ya no estaban inyectados en sangre y las ojeras oscuras ya habían desaparecido.

Los horrores de ese día se desvanecían con los moretones, pero el peso de todo lo sucedido quedaría por un largo tiempo en mi mente. Años y años.

Ransom salió del baño, abrochándose los pantalones sobre su cintura. Se acercó al tocador y apoyó las manos sobre mis hombros. Noté que tenía una mirada distante, como si no me estuviera mirando a mí, sino al pasado.

A su madre. A los moretones que ella había tenido después del ataque de Ramsey.

—Ransom. —Apoyé una mano sobre la suya—. Háblame.

Parpadeó y entonces apartó la mano.

—¿Quieres que te llene la bañera?

—Más tarde. —Esperé a que se marchara al cuarto, pero, como no lo hizo, suspiré y me puse de pie para empezar mi rutina de todas las mañanas.

Una vez que me peiné y me hice una trenza, me puse una túnica y un par de pantalones, y me envolví el cuello con una bufanda. Cuando salí hacia el salón, Ransom estaba abriéndole la puerta a Zavier.

Venía todas las mañanas para ver cómo me estaba recuperando. Para cumplir con su papel de esposo devoto. Y también para conversar en secreto con Ransom en el balcón, mientras yo intentaba escucharlos sin que se dieran cuenta.

Zavier entró apresuradamente con la diadema reluciente sobre su frente. Solo cuando la puerta se cerró, hizo una reverencia.

—Mi príncipe. Princesa.

Se había vuelto cada vez más formal en las últimas dos semanas: las reverencias, los títulos. Algo estaba cambiando, pero cada vez que se lo mencionaba a Ransom, lo desestimaba. Me distraía con un beso o me llevaba a la cama.

Quizá debería haber insistido más en que habláramos, pero la realidad era que también deseaba esas distracciones.

Durante esas dos semanas, él era lo único que deseaba, el momento en el que dejaba de fingir y simplemente estábamos juntos. Incluso aunque eso implicara esconderme en esta habitación.

Incluso aunque eso implicara que Zavier estaba atrapado en Ellder y tenía que enviar a Halston para que liderara las cacerías en su lugar. Y para que cuando Brielle llegaba cada mañana a ordenar mi habitación, creyera que él era el hombre con quien compartía la cama.

Ese era el juego. El espectáculo del que todos formábamos parte ahora. Los personajes que estábamos interpretando.

Quizá dejaríamos de fingir algún día.

—¿Dónde está Evie esta mañana? —pregunté. Por lo general, venía con Zavier para jugar con Faze antes de sus clases.

—Con Cathlin. Está practicando su escritura, así que, como podrás imaginar, está bastante molesta. Pero Tillia prometió llevarla a la zona de entrenamiento más tarde para que pueda practicar con su arco.

Evie sería probablemente la mejor arquera de Ellder con tan solo diez años. El arco y la aljaba de flechas que Zavier le había regalado eran sus posesiones más preciadas.

—¿Y Luella? —pregunté.

Zavier sacudió la cabeza y miró a Ransom.

La mañana siguiente a mi ataque, Luella partió de Ellder, sin decirles nada a Ransom y a Zavier. Pero sí le había dejado una nota a Evie en la que le prometía que regresaría pronto.

No tenía ni idea de a dónde había ido y, si Ransom lo sabía, no me lo iba a contar. Al menos no a mí. Parecía tan interesado en hablar sobre el paradero de su madre como sobre el hombre que yo había matado o el hecho de que estaba infectado con la lyssa.

Ransom le hizo un gesto con la barbilla a Zavier para que lo siguiera al balcón y, antes de que pudiera oponerme, salieron.

—Maldición. —Me desplomé sobre un sillón y tomé el libro que Cathlin me había traído el día anterior.

Ella se estaba haciendo cargo de la enseñanza de Evie y se había asegurado de que, mientras me estuviera recuperando, tuviera mucho material de lectura.

Abrí la primera página de un libro, pero, al intentar leer las palabras, todas parecieron nublarse ante mí.

Era inútil concentrarse con la cabeza llena de preguntas que exigían mi completa atención.

Había pasado dos semanas ignorando la realidad, sufriendo.

Posponiendo conversaciones que debía haber tenido hacía mucho tiempo.

Dos semanas habían sido suficiente.

Faze se acercó desde la ventana del salón, donde había estado tomando una siesta. Soltó un pequeño rugido y se frotó contra mi pierna y enseguida saltó al apoyabrazos del sillón, ya destruido por sus garras, y se acomodó sobre mi regazo.

—Hora de dejar de esconderse, ¿no crees?

Me empujó la mano con la cabeza. Lo interpreté como un sí.