Capítulo cincuenta y tres #2
Cielos . ¿A qué horrores nos enfrentaríamos?
No, estas cacerías tenían que funcionar. Ransom, más allá de no demostrar tener esperanza, no habría exagerado con eso.
Los guerreros turanos matarían a cada bestia infectada hasta erradicar la lyssa. Y nosotros encontraríamos la fuente, la persona responsable de este tormento que asolaba Calandra, y segaríamos su vida borrando su existencia.
Una cierta inquietud se apoderó de mis brazos y piernas y, aunque no había dormido mucho la noche anterior por los deliciosos tormentos de Ransom, no podía quedarme encerrada. Me puse las botas a toda prisa y tomé mi morral, en el que guardé mi nueva daga.
Entonces salí a buscar mi desayuno.
Brielle, por lo general, me lo llevaba a mi cuarto antes de empezar con sus obligaciones en la casa, pero esta mañana necesitaba moverme.
—Buenos días —saludé al pastelero y su esposa cuando entré en su tienda, mientras me envolvían los aromas de la harina y la sal. Con un bollo recién horneado en la mano, salí a caminar y respirar el aire limpio.
Más allá de todo lo que estaba pasando, las preocupaciones, los miedos y la incertidumbre, caminaba ligera. Una sonrisa triste se posó sobre mis labios. Mis músculos se sentían lánguidos y mis movimientos fluían como si estuviera flotando bajo el agua.
Ransom era un sueño como amante. Nunca en la vida me había sentido como él me hizo sentir la noche anterior.
No sabía que las relaciones sexuales consistiesen en complacerme más a mí que al hombre.
Pero, por todos los dioses, Ransom había sido generoso.
Orgasmo tras orgasmo, toda la noche, hasta que finalmente me derrumbé sobre su pecho y me dormí como si estuviera muerta.
Deseaba más de mil noches durmiendo con el latido de su corazón en mi oído.
Podía no querer que yo tuviera esperanzas, pero iba a tenerlas de todos modos. Si encontrábamos una cura, entonces toda esta pantomima terminaría. Ransom podría asumir su rol como príncipe.
Pero ¿cómo haría para fingir ser la esposa de Zavier? ¿Cómo iba a mirar a Ransom en público sin tocarlo?
Todo dependía de esa cura para no tener que seguir ocultando nada. Ya no tendríamos que fingir. Ya no tendríamos que hablar sobre su muerte.
Me negaba a perderlo por culpa de la lyssa.
Si los Voster no encontraban una cura, entonces tendríamos que pedir ayuda a otros. Curanderos, alquimistas, académicos. No estaría de acuerdo con pedirles ayuda a los otros reinos, pero, para salvarle la vida, yo estaba dispuesta a cualquier cosa.
De repente, una puerta se abrió a mi lado y se salió de sus bisagras, lo que hizo que abandonara mis pensamientos. Me di la vuelta hacia el ruido.
Un hombre con una bata de enfermería salió tropezando a la calle. Tenía el brazo envuelto con una venda desde la muñeca hasta el hombro. Parecía estar a punto de derrumbarse y su paso era inestable mientras avanzaba hacia mí.
Era uno de los hombres que habían bajado de la carreta el día anterior, uno de los que Tillia había dicho que habían encontrado en las afueras de Treow.
—Señor, ¿está bien? —Me acerqué para atraparlo antes de que se cayera de nuevo.
Lo tomé del brazo sano y, en cuanto le toqué la piel, sentí una enorme incomodidad que me hizo retroceder.
Estaba tan caliente que casi me quema las manos—.
Cielos, tiene que volver dentro. Necesita un curandero. Déjeme ayudarlo…
De repente, levantó la mano hacia mi cuello y, antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando, empezó a ahogarme con una fuerza descomunal.
Sentía que los ojos se me iban a salir de sus cuencas. El desayuno cayó al suelo. Abrí la boca, intentando tomar una bocanada de aire, y empecé a sacudirme y luchar por liberarme.
Pero su mano solo se cerró con más fuerza.
—Basta —dije entre dientes, golpeando su brazo para liberarme.
—Me estoy quemando —dijo, mirándome sin parpadear. Los rayos verdes de sus ojos parecían apagados y pálidos—. Me derrite por dentro. Juré servir a mi rey y quemar, quemar, quemar.
Ayuda , logré gesticular, pero, cielos, era muy fuerte. Tanto que no parecía natural. Incluso aunque me tuviera cogida con un solo brazo, no podía liberarme.
Con cada segundo que pasaba, empezaba a perder fuerzas y mi cabeza empezaba a entrar en un estado próximo a la inconsciencia.
A estas horas de la mañana, la calle todavía estaba vacía. La mayoría de los habitantes seguían en sus hogares. Habría más personas en el patio, pero no podía gritar tan fuerte. No había manera de que pudiera pedir ayuda.
Golpeé al hombre otra vez, pero lo hice demasiado lento, demasiado suave. Los bordes de mi visión empezaron a oscurecerse, como si una nube de humo estuviera cubriendo mi consciencia.
De repente, alguien gritó a lo lejos.
—¡Eh! ¡Detente!
—Mátala. Mátala. Mátala. —El hombre me sacudía con cada palabra que pronunciaba, como si no fuera nada más que una muñeca.
Ama, sálvame .
No estaba lista para morir. No todavía. No después de esa noche con Ransom.
Buscando a tientas con los dedos, logré meterlos en el morral y remover lo que había en el fondo. Las manchas negras en mi visión se duplicaban, se triplicaban, y las lágrimas ya cubrían todo mi rostro.
—Detenla. Detén el ardor. —Levantó su brazo herido y su mano acompañó a la otra con esa presión mortal.
La presión alrededor de mi cuello era insoportable. Sentía como si mis pulmones estuvieran en llamas, mientras luchaba por tomar solo una bocanada de aire.
—¡Eh! —Otro grito.
¿Llegarían a tiempo para salvarme? ¿O sería la persona que le comunicaría mi muerte a Ransom?
La fuerza abandonaba mi cuerpo como agua que se derramaba de una taza.
Mis rodillas cedieron. Cuando el peso de mi cuerpo tiró hacia abajo, la mano del hombre se aflojó levemente, pero no tanto como para permitirme respirar.
Entonces, mi mano se cerró sobre la empuñadura de mi daga. La levanté con las últimas fuerzas que me quedaban y se la clavé en su garganta.
Una ráfaga repentina de sangre brotó de su cuello y cubrió toda mi mano, mi pecho y mi rostro.
Entonces, me desplomé sobre mis rodillas, mientras tomaba bocanadas ansiosas de aire. Sentía la garganta abrasada y cada inhalación me hacía toser y tener arcadas. Me quedé un rato de rodillas, apoyada sobre mis manos.
—¡Princesa! —Un soldado se detuvo a mi lado cuando el hombre cayó al suelo.
La sangre brotaba de su garganta sin parar y rápidamente empezó a formar un charco en la calle.
En ningún momento atinó a tapar la herida con la mano.
No intentó detener la hemorragia. Solo sonrió, mientras una espuma blanca burbujeaba en la comisura de sus labios.
La posición de su boca seguía el mismo ángulo que el corte que le había hecho con la daga en el cuello.
A medida que la vida abandonaba su cuerpo, sus ojos perdían todo rastro de color, dejando atrás nada más que una capa blanca lechosa. Por un momento, pensé que su cuerpo se estaba evaporando.
Tosí porque todavía tenía dificultades para respirar, y me acurruqué en el suelo, luchando por tomar una nueva bocanada de aire.
—¡Curandero! —El soldado me tomó del brazo—. Por los dioses, respire. Intente respirar.
Más personas aparecieron a mi lado, pero todos se desvanecieron cuando vi al hombre sin vida en el suelo.
Había matado a ese hombre. Le había quitado la vida.
Y su sangre verde oscura cubría el suelo.