Capítulo cincuenta y tres
—¿Intentando escapar de mí, Cross?
Levanté la vista del libro que estaba leyendo. Ransom estaba en la puerta abierta del balcón, solo con un par de pantalones de tiro bajo.
Tenía el cabello desordenado porque mis manos se habían empleado a fondo la noche anterior. Su expresión era más suave y todavía conservaba un rastro de sueño en sus facciones. Era más impresionante que cualquier amanecer.
Y era mío.
—Has acaparado toda la cama. —Cerré el libro y lo dejé a un lado junto a Faze en mi regazo—. ¿Alguien te ha dicho alguna vez que duermes como una estrella de mar?
Rio y se acercó al respaldo de mi sillón, y luego tomó mi rostro entre sus manos para besarme la frente.
—Estaba seguro de que te arrepentirías.
—Claro que no. —Levanté una mano hacia su mejilla.
Su expresión dejó entrever alivio cuando me besó otra vez y luego se sentó a mi lado en el sillón. Sus abdominales se abultaron y sus brazos se tensaron con el movimiento.
Joder, era perfecto. El deseo se instaló de nuevo entre mis piernas. Incluso después de haber pasado una noche explorando ese cuerpo, quería más. Podía necesitar una vida entera para saciar esa sed de Ransom. Parecía una buena manera de pasar la vida.
—Al menos sé dónde está mi ropa. —Levantó las cejas mirando mi túnica, que, en realidad, era la suya. La cogí esa mañana apenas me levanté y lo dejé descansar.
Faze levantó la cabeza sobre mis piernas desnudas y miró a Ransom inquisitivamente. No confiaba mucho en mi marido. O quizá estaba molesto porque Ransom le había robado la almohada.
—¿Qué estás leyendo? —señaló mi libro.
Cathlin debió de haberlo traído temprano esta mañana. Cuando me desperté, encontré una nota debajo de la puerta y una pila de libros afuera. Fue agradable, dado que ya había leído los otros que me había prestado. Dos veces.
Cerré la tapa y se lo mostré.
—Es un libro sobre el folclore de Calandra. Quería ver si encontraba algo sobre la Cadena de las Siete.
Sonrió.
—¿Buscas un vacío legal, mi querida esposa?
—Por supuesto —contesté en broma—. Es solo por curiosidad, pero no hay nada, al menos en lo que he leído hasta ahora. Este libro trata sobre las historias de las migraciones pasadas.
Ransom balbuceó algo incomprensible y se hundió más en el sillón.
—Cuéntame alguna.
Abrí el libro en una historia que había visto antes y se la leí en voz alta.
—Había una vez un hombre de Laine que deambuló por el desierto durante noventa días bajo un cielo oscurecido por las alas de los crux.
Sin refugio, sin armas y sin magia, debería haber sido una presa fácil para los monstruos.
Pero Mack, el dios de la guerra, se apiadó del hombre, puesto que una vez fue un gran campeón, un gladiador que ganó todas las peleas en las arenas de Laine, contra hombres y bestias por igual.
Su nombre era Sonnet y sobrevivió gracias a que les habló a los crux.
Les susurró las palabras que Mack había plantado en su mente y las bestias pasaron volando sobre su cabeza.
Lo dejaron intacto e ileso al escuchar esas historias que un dios le había enseñado.
Todos los días, les contaba una nueva historia.
Estos relatos vivieron cientos y cientos de años, mucho tiempo después de que Sonnet muriera a una avanzada edad en la cama de su hogar.
—Los noventa sonetos.
—Conoces la historia.
—Leí sus historias. La mayoría son sobre magia y monstruos. Sobre peleas reñidas y perdidas. Están recopiladas en un libro en la biblioteca de Allesaria —dijo Ransom, frunciendo el ceño—. Al menos, ahí es donde estaban. No sé si ese libro sobrevivió al fuego de mi padre.
—Espero que sí. Me gustaría leerlo —si alguna vez me llevaba a Allesaria.
¿Lo haría algún día? ¿O siempre tendría una razón para mantenerme alejada de la ciudad? ¿Alguna vez confiaría lo suficiente en mí como para llevarme a la capital?
Apoyó la cabeza sobre el respaldo del sillón y mantuvo la mirada fija en mí.
—Adelante. Pregunta eso que estás pensando.
Era tierno y desconcertante que me conociera tanto. Porque yo estaba desesperada por conocerlo, tanto por dentro como por fuera.
—No puedes contarme nada sobre Allesaria, ¿verdad?
Sacudió la cabeza.
—¿Estás obligado por un juramento de sangre?
No respondió. Y, al igual que sus otros momentos de silencio, me bastó con esa respuesta.
—Creo que ahí es donde empezó todo. La lyssa surgió en Allesaria. Alguien la creó allí.
—Entiendo que el misterio en torno a Allesaria te haga sospechar, pero, si se hubiera originado allí, los Voster lo habrían sentido.
—Pero ¿y si no lo hicieron? ¿Y si la magia del Sumo Sacerdote no está en sintonía con la lyssa?
Se levantó y apoyó los codos sobre sus rodillas.
—Ellos no son los enemigos.
Su fe en ellos era tan frustrante como su falta de confianza en mí.
—¿Entiendes que puede que no piense lo mismo después de lo que sucedió ayer?
Ransom bajó la cabeza, pero asintió.
—Puede que la lyssa no se originara en Allesaria, pero es probable que sea allí donde será vencida. Quizá tus curanderos y alquimistas, e incluso los Voster, puedan encontrar una cura.
Levantó la vista con unos ojos tristes.
—No hay ninguna cura.
—Todavía. Solo hace unos pocos años que la lyssa fue descubierta. ¿Por qué no podemos encontrar una cura en el futuro? ¿Por qué te rindes tan fácilmente?
—Los sacerdotes han pasado años intentando encontrar una cura.
Si ellos me dicen que no se puede curar, entonces será porque no se puede.
—Se levantó del sillón y se apoyó sobre una rodilla frente a mí—.
No quiero esperanzas, Odessa. Prefiero vivir aguardando el final que esperar una cura que nunca llegará.
Acaricié su mandíbula cubierta por una barba incipiente.
—Entonces, me guardaré esa esperanza para mí.
—Tampoco quiero que tú hagas eso. —Se inclinó hacia delante al sentir mi mano—. Seguiremos cazando. Si dejamos de lado los últimos ataques, está funcionando.
¿De verdad estaba funcionando? Estaba seguro de que podría erradicar la lyssa de este reino. Pero ¿y si con la cacería no bastaba?
Puede que Ransom dijera eso solo para darme esperanzas. Quizá era él quien se aferraba a esa esperanza. Pero no iba a permitir que nada nos quitase eso hoy.
—Vamos —dijo Ransom, poniéndose de pie y extendiendo una mano.
Apoyé a Faze en el suelo, me puse de pie, dejando que me envolviera con sus brazos y oliera mi cabello, mientras yo enterraba la nariz en su pecho desnudo. Guardé su aroma en mis pulmones para no olvidar nunca ese olor.
—Tenemos que entrenar —dijo en voz baja.
Solté un quejido.
—Está bien. Espera que me cambie. Dudo que alguien en la zona de entrenamiento aprecie ver una princesa sin pantalones.
—¿Quién te ha dicho que vamos a la zona de entrenamiento? —Se apartó y apoyó un dedo debajo de mi barbilla. Luego sus labios se posaron sobre los míos mientras una sonrisa siniestra aparecía en su boca—. No necesitas pantalones para el entrenamiento que tengo en mente.
Tomé una bocanada de aire, sorprendida, y me mordió el labio inferior. Mientras levantaba mi túnica y sus dedos reseguían las curvas de mi trasero, mis pezones se endurecieron bajo la tela.
Me envolvió con sus brazos y me presionó contra su pecho, mientras caminábamos hacia mi cuarto. Sin embargo, antes de que pudiéramos encerrarnos allí, alguien llamó a la puerta.
—No atiendas —susurré.
Soltó un gruñido y, por un momento, creí que ignoraría la llamada. Pero el golpe se repitió, más insistente que la primera vez y tan fuerte como para saber que no era Evie.
Ransom me bajó al suelo y se acercó a la puerta, que abrió para recibir a Zavier. Se hizo a un lado y le dio paso a nuestro invitado.
—Lamento la interrupción —dijo Zavier, haciendo una leve reverencia ante Ransom y luego ante mí—. Odessa.
—Buenos días.
—Acaba de llegar un jinete de poni. Dijo que ha visto una jauría de ulfernos de camino aquí. Cabalgó a toda velocidad para escapar de ellos, pero fue hace menos de una hora. Ignoro si es la misma jauría.
—Mierda —dijo Ransom, pasándose una mano por el cabello.
¿Estaban viniendo hacia aquí? ¿De nuevo había atraído a los monstruos?
—Ransom, podríamos poner a prueba…
—Por favor, no me pidas eso.
Suspiré.
—Está bien.
No iba a dejar de lado la idea, pero, después de la noche anterior, no lo presioné para que lo intentara.
—Dame un minuto —le dijo Ransom a Zavier y luego vino conmigo a la habitación.
Cerró la puerta, me quité su túnica y la dejé sobre la cama desecha. Recogí mi ropa del suelo y me vestí rápido, mientras él hacía lo mismo.
—Ten cuidado —dije.
—Sí. —Me dio un beso en la frente antes de regresar a la sala de estar.
—Espera aquí —le dijo a Zavier—. Necesito mi espada.
Zavier asintió y salió a la pasarela. Ransom saltó por la barandilla. Salí descalza y me detuve junto a Zavier.
—Odio cuando os vais de cacería. ¿Están funcionando?
Resopló.
—No. —No era lo que quería escuchar antes de que se marcharan a tierras salvajes—.
No importa cuántos monstruos infectados matemos, siempre hay más.
Quiero creer que está funcionando. Pero…
—Estaba a punto de salir a otra cacería, dejando a su hija atrás.
Bajó la barbilla y empezó a andar, pero, antes de que llegara a la escalera, se detuvo—.
Es un buen hombre. No es propio de él que te haya mentido durante tanto tiempo.
Pero tienes que entender que no lo ha hecho para herirte.
Esbocé una sonrisa triste.
—Lo sé.
Bajó la escalera a toda prisa y se acercó a Ransom cuando salía de la casa, ajustándose los broches de su chaleco y la espada colgada a su espalda. Levantó la vista hacia mí, presionó una mano sobre su corazón y entonces se fueron.
A otra cacería.
Tenían que estar funcionando. Al menos, para detener la velocidad con que la infección se propagaba.
No podía pensar en la alternativa: que todo lo que habían hecho no había servido para nada, que la lyssa seguiría propagándose, fuera de control, hasta apoderarse de todo el continente.
Eso solo haría que la migración empeorara. Y si los crux se infectaban…