Capítulo cincuenta y dos #2
Quizá debería haberme tomado un tiempo para pensar en todo lo que había dicho, pero, cielos, estaba cansada de pensar y analizar y dudar y obsesionarme.
Me había mentido y me había dolido. Me había engañado y me había dolido. Me había avergonzado y me había dolido.
Pero mientras nos mirábamos, mientras el espacio entre nosotros crepitaba con el calor de nuestros cuerpos, todo ese dolor se desvaneció.
Ransom era mío. Cada fallo, cada perfección.
—Esta es mi decisión. —Deslicé la palma de mi mano sobre la suya.
Cicatriz con cicatriz.
Lo acerqué a mi cuerpo, sin apartar la vista de esos ojos verdes, y me puse de puntillas para dejar que mi susurro acariciara sus labios.
—Tú. Tú eres mi decisión.
Un gruñido desgarró su garganta antes de que presionara su boca contra la mía. Me robó el aire de los pulmones, un latido de mi corazón, y me llevó dentro, cerrando la puerta de una patada. Giró y me presionó contra la puerta de madera, mientras lamía la comisura de mis labios.
Un gemido escapó de mi garganta y su lengua cubrió toda la superficie de mi boca, entrelazándose con la mía. Algo empezó a latir en mi interior, un calor que se extendió por mis venas.
Mis manos se perdieron entre su cabello. Mis brazos se colgaron de sus hombros para mantenerlo cerca. Cielos, cuánto lo quería, más de lo que había querido a nadie en toda mi vida.
Sus manos se deslizaron por mis costados y subieron hasta mis brazos, que levantó por encima de mi cabeza y mantuvo firmes contra la puerta cogiéndome por las muñecas. Entonces, se apoderó de mi boca con un beso que me llevó al borde de la locura.
Enlacé su cuello con mis manos y envolví las piernas alrededor de su cintura, y luego froté el centro de mi cuerpo contra su creciente erección. Cada parte de su cuerpo se sentía dura y no podía evitar desear cada centímetro de su ser.
Apartó sus labios, respirando con pesadez, y apoyó la frente sobre la mía.
—¿Qué me has hecho?
Me incliné hacia delante, sonriendo sobre su boca.
—Deja de hacer preguntas, Ransom, y besa a tu esposa.
—Sí, mi reina. —Sonrió, y entonces selló su boca con la mía.
Si el último beso había sido una chispa, ese beso fue un incendio fuera de control.
Me mordió, me chupó y me lamió. Me devoró por completo. Esa palpitación se transformó en dolor, mientras me frotaba contra él, desesperada por la fricción.
—Más —balbuceé, presionando las piernas sobre su cintura.
Me separó de la puerta y me llevó a mi cuarto, al otro lado de la sala, sin separar su boca de la mía, y me bajó al suelo.
Metí mis manos por debajo de su camisa, desesperada por sentir el calor de su piel. Mis dedos rozaron los valles de sus abdominales y subieron hasta su pecho, y entonces empecé a quitarle la túnica.
Sus manos acariciaron mi pelo, sujetando los rizos con vigor.
Tiró con fuerza de sus raíces y me llevó la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto mi cuello.
Se inclinó y se acopló a mi pulso, succionando con suficiente fuerza como para dejar una marca y un rastro húmedo de besos sobre mi mandíbula.
—Este cabello. Me encanta este maldito cabello.
—Quítatela —dije, jadeando y tirando de su túnica—. Quítatela.
Se apartó rápidamente y estiró del cuello de la prenda para quitársela por la cabeza.
Todo lo que veían mis ojos eran músculos duros debajo de una piel tensa. Se me hizo la boca agua mientras una pulsación intensa brotaba de mi interior y se extendía por todo mi cuerpo. Era un ser magnífico. La escultura de un dios.
Quería memorizar cada línea, cada bulto, cada valle. La superficie ancha de su pecho. La marca en V de su abdomen. Las ondulaciones de sus abdominales y los tendones de sus brazos.
Podía ver unas venas oscuras sobre su esternón, tenues bajo la piel, pero no había manera de ocultarlas, no con la luz de la luna que se filtraba por las ventanas, rayos de luz plateados que acariciaban su piel.
En el instante en que quise tocar esas estrías oscuras, Ransom llevó las manos hacia mis hombros y me giró hacia la cama.
Apartó el cabello de mi hombro hacia un lado y acercó la boca a mi oreja, que lamió con pasión. Sus manos sujetaron mis pechos y, a través de la ropa, presionó y pellizcó mis pezones hasta hacerme gemir.
Llevé una mano hacia atrás y sentí su erección.
Ransom gimió entre dientes y se presionó todavía más contra mi mano, y bruscamente empezó a abrirme la túnica por delante. Se oyó el sonido de la tela al desgarrarse antes de caer al suelo.
Me gustaba esa túnica. Pero no tanto como para dejármela puesta.
Nos deshicimos de lo que quedaba de ropa y las botas sin tanto espectáculo y lo dejamos todo tirado en el suelo mientras nos desplomábamos en la cama, envueltos en una maraña de brazos, piernas y bocas fusionadas.
Me abrazó y su cuerpo cubrió el mío mientras me besaba hasta dejarme sin aliento. Sus codos se situaron uno a cada lado de mi rostro y sus ojos adoptaron un color que nunca había visto, un color sin nombre. Concentraba todos los tonos de verde, desde el esmeralda hasta el jade.
—Yo… —Su nuez subió y bajó.
Levanté una mano hacia su cabello y aparté algunos mechones oscuros de su frente. Me levanté y me apoderé de su boca, al mismo tiempo que él se posicionaba entre mis piernas, apoyando la punta de su pene sobre mi abertura, y nos fusionábamos en mi interior.
—Por todos los dioses. —Mis uñas se clavaron en su espalda con fuerza, mientras mi cuerpo se retorcía al sentir toda su longitud, su dureza, su grosor y su maldita perfección.
—Odessa —gimió Ransom, y su voz se convirtió en mi sonido favorito.
Enterró su rostro en mi cabello y tomó una brusca bocanada de aire cuando se detuvo un momento, aunque todo su cuerpo vibraba como si estuviera poniendo a prueba los límites de su control. Cuando se volvió a mover, me derretí.
Golpe tras golpe, nos fundimos en un solo ser. Nuestros cuerpos se movían como viejos amantes conocidos, como un esposo que amaba a su esposa desde hacía una eternidad.
Soñando . Estaba soñando.
—Es real —balbuceó, reduciendo la velocidad mientras nuestras miradas se encontraban.
Era real.
Y nunca volveríamos a ser los mismos.
Follaba de la misma manera que se movía, con una gracia y fluidez que no era natural, pero, cielos, no me podía quejar.
Me llevaba cada vez más alto, directo hacia el borde de un acantilado.
La caída me desarmaría por completo y, si bien podría volver a unir esos fragmentos, la mujer que alguna vez había sido ya habría desaparecido.
Era suya. Pero no por lazos de sangre, votos o tratados de hombres y magia.
Era suya por lo que estaba pasando esta noche.
—Joder, es tan cálido estar dentro de ti. —Apartó un rizo suelto que había caído sobre mi frente y luego se apoderó de mi boca, entrelazando nuestras lenguas, mientras me penetraba profundamente, hasta alcanzar ese punto en mi interior que hacía que los dedos de mis pies se retorcieran.
Gemí contra sus labios, sujetándolo con fuerza, mientras nos movíamos como un solo ser y un infierno se desencadenaba bajo mi piel.
Era demasiado, demasiado intenso. Me retorcía debajo de él y sentía que mis movimientos ya no me pertenecían.
Ahogué su nombre en mi interior, aferrándome a él y presionándome contra su cuerpo, al tiempo que una descarga recorría todo mi cuerpo.
Estallé en mil pedazos y millones de estrellas blancas destellaron detrás de mis ojos mientras un llanto incontenible se apoderaba de mí.
Ransom me sostuvo, manteniéndome atada a esta realidad, mientras se movía en mi interior y yo flotaba hacia las estrellas.
El orgasmo hizo temblar cada músculo, cada fibra de mi cuerpo, haciéndome sentir como si no tuviera huesos. Lentamente empezó a disminuir y las contracciones se desvanecieron, dejando una estela de lágrimas en mis ojos.
—Ransom —dije con dificultad, manteniendo las piernas envueltas alrededor de su cintura y presionándolo para que llegara más profundo en mi interior.
Gimió y empezó a moverse más rápido, más fuerte, buscando su propio orgasmo mientras mi corazón seguía latiendo con intensidad. Tenía los dientes presionados, su cuerpo temblaba, con la mandíbula tensa mientras luchaba por mantener el control.
Me levanté y mordí su labio inferior.
Y en ese momento su control se quebró. Soltó un rugido grave y eyaculó en mi interior, mientras el sonido de su orgasmo llenaba la habitación. Una vez que acabó, se derrumbó sobre mí.
Luego quedó tendido boca arriba y me acercó a él. Me envolvió con sus brazos y me hizo descansar sobre su pecho.
—Me has dejado hecho polvo.
Una sonrisa se dibujó en mi boca cuando me levanté sobre uno de mis codos.
—Y yo que creía que tenías resistencia.
Giró nuestros cuerpos tan rápido que ahogué un grito y abrí los ojos de par en par. Quedamos acostados de lado, mirándonos, mientras trazaba patrones invisibles con sus dedos sobre mis pezones. Luego bajó la cabeza y succionó uno con su boca cálida.
—Joder. —Me aferré a los mechones sedosos de su cabello y una espiral de deseo envolvió mi corazón.
Cuando se apartó, tenía esa sonrisa insolente.
Esa maldita sonrisa sensual. Permaneció en su rostro cuando se arrodilló en la cama y, antes de que supiera lo que estaba pasando, me puso boca abajo.
—Ransom —dije entre dientes.
—A cuatro patas, Cross. —Había algo oscuro, algo peligroso, en el tono de su voz. Una promesa de que, si obedecía, conseguiría todo lo que quería y más.
Entonces me apoyé sobre las dos manos y dejé que él levantara mi cintura.
—Me encanta este cabello. —Sujetó mis rizos y los envolvió alrededor de su puño.
Luego tiró con fuerza hacia atrás, apenas lo suficiente para arquearme la espalda hacia él, mientras su polla dura se abría paso entre mis nalgas y se inclinaba para besar mi espalda desnuda—.
Esto acaba de empezar, mi querida esposa.