Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y dos
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Capítulo cincuenta y dos

La oscuridad caía sobre Ellder y, como todas las noches, me senté en el balcón de mi apartamento para observar las estrellas de Ama y Oda aparecer en el cielo.

Faze se escabulló entre mis pies, rozando mis pantorrillas con su cola. Me agaché y lo levanté, y empecé a acariciarle detrás de las orejas mientras lo acomodaba sobre mi regazo.

—Día raro, ¿verdad?

Faze ronroneó y frotó su hocico húmedo sobre mi brazo.

Al igual que el resto de la semana, las calles estaban tranquilas, quizá demasiado. Extrañaba el ajetreo de los días previos al ataque de los ulfernos. Extrañaba las risas distantes y las conversaciones. Extrañaba sentarme aquí sola sin sentirme sola en lo más mínimo.

Evie no pasaría a visitarme esta noche antes de irse a dormir, no mientras Zavier estuviera en su casa. A medida que los ojos de Faze se cerraban lentamente, supe que él tampoco me haría compañía. Cuando estaba a punto de dejarlo sobre el sillón del salón, alguien llamó a la puerta.

¿Era Ransom? No lo había visto desde que salimos del patio hacía algunas horas. Había ido a hacer lo que fuera que el Guardián hacía cuando estaba en Ellder. Y yo había venido aquí para seguir pensando en mi encuentro con el Voster.

Se me aceleró el corazón cuando crucé la habitación y, al abrir la puerta, ahí estaba.

Era injusto que este hombre fuera tan atractivo. Solo bastaba un vistazo a su rostro perfecto para quedarme sin aliento.

—Hola.

Se había limpiado todo el polvo, la tierra y la sangre de esa semana. Tenía el cabello más corto, se había afeitado y, sin barba, su mandíbula parecía esculpida en granito.

Se había cambiado la ropa y llevaba el cuello de la túnica desabrochado, dejando al descubierto un poco de su suave piel.

Era impresionante. Sus pestañas enmarcaban sus iris de color verde musgo, mi color favorito.

Emanaba un aroma a jabón y a esa esencia masculina tan propia de él, uno de los aromas que más me gustan.

—Mi reina. —Levantó una daga en una vaina discreta y me la alcanzó al otro lado del umbral de la puerta—. Un regalo.

La tomé y la saqué de la vaina. La empuñadura era suave y sencilla. No tenía joyas ni oro. Solo una empuñadura suave de madera que parecía estar hecha a la medida de mi mano.

—Solía llevarla conmigo —dijo—. Cuando era un niño. No es la más atractiva de todas las dagas, pero está afilada. Si alguien te vuelve a tocar en contra de tu voluntad, sin duda dejará una buena marca.

—Gracias. —Volví a meter la daga en la vaina y la apoyé sobre la pequeña mesa junto a la puerta—. ¿Cómo fue la cacería?

Dio un paso hacia atrás y se apoyó sobre la barandilla, y quedamos separados por la pasarela. Cruzó los brazos sobre su pecho y la tela de su camisa se estiró, amoldándose a los músculos de sus brazos.

—No salió como esperábamos.

—¿Por qué?

—No sé —frunció el ceño—. Seguimos su rastro durante tres días, pero luego desapareció.

¿Desapareció? ¿Habían regresado a Ellder para lanzar otro ataque? ¿O la jauría había partido hacia otro lugar para devastar otras almas inocentes?

—Hay algo en ese ulferno que vimos en el patio que es muy intrigante —dije—.

Tiene algo diferente. Me miró como si estuviera buscándome a mí .

Y sé que suena poco probable, pero juro por los dioses que le ordenó al resto que me atacaran.

—Solté una risa seca—. Ni siquiera puedo creer que esté diciendo esto en voz alta.

Es un monstruo. No piensan y solo se dejan llevar por su sed de sangre.

Pero no puedo dejar de ver su ojo y escuchar esos chasquidos. ¿Y si…?

Empecé a sentir un nudo en el estómago. Una sensación de que estaba a punto de confesar algo que estaba en mi mente desde hacía varias horas. Y si era honesta conmigo misma, algo que temía desde hacía mucho más tiempo.

—¿Y si soy yo?

Los ojos de Ransom se dirigieron hacia las tablas debajo de sus botas. A veces, hacía eso: miraba el suelo cuando ocultaba algo. Si lo hubiera notado unas semanas atrás, probablemente le habría ahorrado bastante malestar a mi corazón.

—Tú también crees eso, ¿verdad? —pregunté, y su silencio me bastó como respuesta—. Sé honesto conmigo, por favor.

—¿Cómo está tu pequeño monstruo?

—Cambiando de tema… ¿En serio? Quizá eso te funcione con las mujeres que tienes en tus cortes turanas, pero yo no voy a dejarlo estar, Ransom.

—Claro que no lo vas a hacer —balbuceó.

Levanté las cejas, expectante.

—Es solo una teoría, pero ¿recuerdas la noche en el campamento cuando maté al pardur? ¿La noche que atacó las fogatas?

No era una noche que pudiera olvidar fácilmente.

—Sí.

—Nunca había visto un monstruo, con o sin la lyssa, que se lanzara contra el fuego. Y luego pasó lo de Ashmore. Y el flagris en Treow. Incluso Faze. Juega con Evie, pero se siente más atraído por ti.

Y no era porque simplemente era su guardián. Incluso aunque fuera la persona que alimentaba a la pequeña bestia.

La expresión en los ojos de Ransom se suavizó y levantó las manos.

—Es solo una teoría.

Una teoría cuyo postulado era que los monstruos se sentían atraídos por mí. Una teoría en la que yo misma había estado pensando.

Monstruos con o sin la lyssa. Monstruos que habían asesinado a esas personas en Ashmore. La gente de Ellder. Ese niño, Witt, que se había aferrado al cuerpo sin vida de su madre.

—Por todos los dioses. —Se me revolvió el estómago. Esas vidas perdidas, su sangre, eran por mi culpa—. ¿Por qué? ¿Cómo es posible?

Se pasó una mano por el cabello.

—No lo sé. Es solo una idea.

—¿Desde cuándo piensas eso?

—Desde hace unas horas. Después de lo que pasó con el Voster, empecé a pensar en ello.

Yo también había estado pensando en ello.

Ese ulferno parecía haberme elegido a mí durante el ataque a la fortaleza. Lo mismo había pasado en Ashmore. Y el flagris en Treow había regresado para buscarme.

Quizá era una coincidencia. Tal vez había estado en el lugar equivocado en el momento incorrecto.

Pero ¿y si había más ataques? ¿Y si algo en mí los atraía? Envolví los brazos alrededor de mi cintura, mientras un temblor empezaba a extenderse por mis dedos.

—¡Hey! —dijo Ransom, apartándose de la barandilla y acercándose a mí para tomar mi rostro entre sus manos—. Respira.

Sacudí la cabeza, sintiendo cómo el color abandonaba mis mejillas.

—Todo esto podría ser por mi culpa.

—No. Jamás. —Se inclinó para mirarme a los ojos—. No es por tu culpa.

—Pero si vinieron por mí. Por algo malo que hay en mí…

—No hay nada malo en ti, Odessa. Nada. ¿Entendido?

—Pero, Ransom… Ah, por todos los dioses. —Se me subió el corazón a la garganta y el picor en la nariz era tan intenso que ya no podía respirar.

Sariah. Witt . Nombres que había jurado recordar. Nombres de personas que seguirían con vida si yo me hubiera mantenido alejada, alejada de Turah.

—Tengo que irme.

—No.

—Rans…

—No. —No gritó ni subió el volumen de su voz, pero había una especie de ira velada en esa palabra, una especie de finalidad. Sus ojos cambiaron a plateado un instante antes de volver a ponerse verdes.

No me iría de Turah.

No me alejaría de él.

—Es solo una teoría —me soltó, y caminó por la pasarela frente a mi puerta—.

Ni siquiera es buena. La otra teoría es que soy yo, que yo los atraigo.

Puede que la lyssa haya mutado con el tiempo.

Yo solo… estoy intentando encontrarle una explicación a lo que está pasando y tratando de encontrar respuestas.

Yo también quería respuestas.

—Tenemos que poner a prueba la teoría. Si soy yo, tenemos que saberlo.

Resopló.

—No, olvídalo.

—No puedo poner a esta gente en riesgo.

—No.

—Pero…

—No es tu decisión, Odessa.

—¿Mi decisión? —Quedé boquiabierta y mi ira se encendió de inmediato—. Me robaste la mayoría de las decisiones el día que pusiste un pie en la sala del trono de mi padre, marido . Pero ahora estamos hablando de poner a gente inocente en riesgo. Te guste o no, es mi decisión.

—Estoy intentando mantenerte a salvo.

—Mientras me liberas, ¿verdad? ¿No es eso lo que me dijiste? ¿Que me estabas liberando? Esto —sacudí las manos entre nosotros dos—, esto no parece libertad. Esto se parece más a estar encerrada hasta asfixiarme.

—¿Asfixiarte? —dijo Ransom, acercándose a mí con un único paso—.

Te estabas asfixiando en Quentis. Estabas desperdiciando el tiempo en ese castillo dorado.

No intento atraparte aquí, Odessa. Pero necesito que sigas viva.

Yo no… —Se pasó una mano por la cara—. Nunca he estado más asustado que cuando te vi corriendo hacia ese niño.

—Witt —susurré, sobreponiéndome al nudo en la garganta—. Se llamaba Witt. Y no pude salvarlo.

—Ni yo tampoco. —Apoyó las manos en mis mejillas y frotó su pulgar sobre las pecas de mi nariz—. No sé qué hacer. Estoy enamorado de ti. ¿De verdad quieres regresar a Quentis? Si es lo que quieres, entonces dímelo. Dime que quieres irte y yo mismo te llevaré de regreso a Roslo.

Me estaba dando la oportunidad de tomar una decisión.

Lo único que tenía que decir era que sí.

—No —susurré.

Sus ojos se cerraron lentamente y apoyó la frente sobre la mía.

—Bien, porque no tengo ningún deseo de vivir en Quentis.

—¿Q-qué? —Me incliné hacia atrás.

—Eres mía. —Sus manos se perdieron entre mi pelo, mientras enredaba sus dedos en mis rizos—. Incluso si estuviésemos en reinos separados, tú eres mía. Pero preferiría no estar en reinos separados.

Me empecé a quedar sin aliento. ¿De verdad me seguiría a cualquier parte de Calandra? ¿Abandonaría su tierra y su gente?

—No puedes irte de Turah.

—Cuando yo no sea más que polvo y cenizas, Turah seguirá existiendo.

No necesito una corona. Ya hice las paces con el destino.

Pero antes de entrar en mi tumba, mi decisión eres tú.

—Me dio un beso en la sien, mientras sus dedos acariciaban mi mandíbula y su mano se apartaba de mi rostro.

Retrocedió para desaparecer en la noche—. Descansa, mi reina.

Mi decisión eres tú .

Yo era su decisión. Por encima de todo lo demás.

—Ransom. —Lo tomé de la muñeca y lo detuve antes de que se marchara.