Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y uno
82%

Capítulo cincuenta y uno

Zavier y los guerreros se reunieron a nuestro alrededor, todos mirando a Luella.

—¿Cuándo la viste por última vez? —preguntó Ransom.

—Fue a la habitación de Odessa después de clase esta mañana para jugar con Faze.

—Y yo la mandé abajo hace más de una hora.

Luella sacudió la cabeza, con los ojos bien abiertos y entrando en pánico.

—Nunca llegó. Cuando vi que estaba llegando tarde, fui a buscarla a su cuarto, pero estaba vacío.

He estado buscándola, pensando que quizá se estaba escondiendo otra vez, pero siempre sale cuando sabe que me estoy empezando a asustar.

No está en casa. Y su bolsa y su arco tampoco están por ningún lado.

—Mierda —dijo Zavier, tragando saliva con fuerza; luego se alejó del grupo y se llevó la mano sana a un lado de la boca—. ¡Evangeline!

—Encontradla —ordenó Ransom.

Todos los guerreros se pusieron en acción, separándose para cubrir más terreno.

Mi mirada giró hacia las puertas, que lentamente se estaban cerrando, aunque todavía seguían abiertas.

—Ella quiere ser una guerrera. Quiere cazar monstruos —miré a Zavier a los ojos—. Como tú.

Pero, si hubiera venido al patio, habría visto que él había regresado. Además, no habría podido cruzar las puertas a menos que…

—¿La puerta lateral?

—El guardia nunca la dejaría salir.

—El túnel de escape —susurró Luella—. El refugio para la migración. No sabía que lo conocía, pero…

Pero Evie conocía los calabozos, así que dudaba que no habría mucho que no hubiera descubierto ya.

Ransom se giró hacia las puertas principales y levantó una mano para ordenarles que no las cerraran.

—Alto.

Y entonces, se marchó, corriendo tan rápido que nadie habría podido seguirle el ritmo, mientras el resto íbamos hacia la muralla de la fortaleza.

—¡Evangeline! —Los gritos de Ransom resonaban entre los árboles y cubrían todo el bosque.

—Cielos —dijo Luella entre lágrimas—. ¿Dónde está?

—Evie —grité, mirando en todas direcciones, buscando a la niña. Llevaba una camisa rosada con flores en el cuello. Flores amarillas, azules y moradas.

—Evie. —La voz de Zavier se quebraba cada vez que gritaba su nombre sin parar, manteniendo los ojos bien abiertos, mostrando su pánico.

Puse mis manos en torno a mi boca y, cuando estaba a punto de gritar otra vez, Ransom levantó una mano y nos hizo callar a todos.

Un silbido, distante, pero claro, se oyó a nuestra izquierda.

Era el silbido de alguien que había pasado suficiente tiempo en Treow como para saber que era el sonido de la seguridad.

Zavier empezó a correr en esa dirección y no se detuvo a pesar de que la cojera dificultaba mucho su marcha, pero hizo caso omiso del dolor.

Yo estaba sin aliento, mi corazón latía frenéticamente en mi pecho.

—¿Dónde?

Luella se acercó a Ransom y lo tomó del brazo.

—¿La ves?

—Allí. —Señaló unos árboles, pero tardé un momento angustiante en ver lo que él estaba viendo.

Una cabellera blanca. Una mujer con un vestido sencillo de mangas largas color avellana. Y una niña con ropa rosada, una aljaba de flechas en la espalda y un arco en la mano.

Zavier fue el primero en acercarse a ellas y abrazó a Evie con su brazo sano. Ella envolvió sus brazos alrededor del cuello de su padre, con las piernas alrededor de su cintura, y se mantuvo aferrada a él mientras nosotras nos acercábamos corriendo.

—La encontré en el camino —dijo Cathlin—. No lejos de la escotilla del túnel.

—Evangeline —dijo Zavier con un tono severo.

Varias lágrimas empezaron a acumularse en los ojos de la niña.

—Lo siento, papá.

—No puedes salir de la fortaleza. ¿Lo entiendes?

Asintió.

Estaba furioso. Era una ira alimentada por el miedo, pero cerró los ojos para dejar que se fuera diluyendo y suspiró. Luego besó a Evie en la mejilla y la sostuvo cerca.

—Volvamos a casa.

La niña enterró el rostro en su cuello y, aunque solo podía cogerla con un brazo, caminaron junto a la muralla. Noté que su cojera era más pronunciada que antes, pero eso no impidió que llevara a su hija hasta la entrada de la fortaleza.

Ransom apoyó una mano sobre el hombro de Cathlin.

—Gracias.

—Esa niña ha nacido para volar —dijo ella, mirando a Evie con amor en su mirada. ¿El amor de una madre?—. Tendréis que aseguraros de no cortarle las alas.

—Es más importante mantenerla a salvo —dijo Ransom.

—Debes encontrar una manera de conseguir ambas cosas. O la perderás con el viento.

Luella se secó las lágrimas y abrazó a Cathlin.

—Gracias.

Cathlin le devolvió el abrazo, el abrazo de dos mujeres que eran amigas desde hacía décadas. ¿Puede que Luella fuera la criada de Cathlin en Allesaria? Quizá la amante que Cathlin había ido a visitar era una mujer que había conocido en la corte.

Luella se apartó.

—¿Nos vemos más tarde? ¿Para ponernos al día?

¿Por qué parecía algo más serio que una simple charla entre amigas?

Cathlin miró a Luella detenidamente y luego asintió.

Luella se acercó a Zavier y Evie. Sentí la mano de Ransom en mi espalda baja, invitándome a que me apresurara hacia las puertas.

—Voy a asegurarme de que la puerta lateral esté cerrada.

Una vez que llegamos al patio, una vez que las puertas se cerraron, se marchó en dirección a la puerta lateral.

—Algún día esa niña va a matar a Luella. Pero ama a Evie con todo su corazón. —La atención de Cathlin se concentraba en la figura de Luella mientras se marchaba—. Luella es mi mejor amiga desde que somos niñas. ¿Te lo he contado?

—No. —Pero si yo fuera Cathlin y tuviera una hija en secreto, elegiría a mi más vieja amiga para que la cuidara.

—Quería convertirse en alquimista, curandera y viajera. No quería limitarse a hacer una sola cosa, sino intentarlas todas. Estar cerca de ella era toda una inspiración, te sentías motivada. Como si todo fuera posible. No sé cómo fui tan afortunada de conocerla. Tan solo agradezco haber estado ahí.

La Luella que conocía era estoica y leal. Rara vez sonreía o reía. No podía imaginarla siendo una persona inspiradora, un espíritu libre. Solo algo horrible pudo haber provocado un cambio como ese.

—¿Qué ocurrió?

—Los crux —dijo Cathlin, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura, como si pronunciar ese nombre fuera muy difícil—. Su familia fue asesinada. Al igual que la mía.

—Lo siento mucho.

—La migración nos cambia a todos. Ya lo verás.

Un escalofrío de temor descendió por mi espalda.

—No sabía que Ellder también tenía túneles para la migración.

—No son como los de Ashmore que llevan a distintos refugios. Aquí solo hay uno y no muchos saben dónde está. Sirve más como una salida de emergencia.

—O una salida para Evie —balbuceé. ¿Había ido Ransom de verdad a revisar la puerta lateral o iba a bloquear la entrada a esos túneles?

—Eso también —dijo Cathlin, enderezándose y forzando una sonrisa que no llegó a su mirada. Y, sin decir otra palabra, se marchó. ¿Quizá a un escondite? A un apartamento secreto en Ellder donde pudiera estar cerca de su hija y a la vez alejada.

Estaba caminando por el patio con la intención de ver cómo estaba Evie, cuando la gente frente a mí se abrió como si hubieran hecho a un lado una cortina. Se hicieron a un lado para dejar paso al Guardián.

La expresión de Ransom emanaba mucha ira y sus ojos estaban plateados.

—¿Me vas a mostrar el túnel? —pregunté cuando se detuvo frente a mí.

—Ya sabes dónde está. La celda más alejada de los calabozos. Hay una pared falsa. Te lleva directo al bosque. Pero no…

—¿Pero no lo uses? No te preocupes, no tengo ninguna intención de abandonar Ellder. Pero gracias por el aviso. —No era una declaración de confianza, pero algo es algo—. ¿Cathlin es tu madre?

Levantó las cejas.

—No.

—Vale. —Esa respuesta monosilábica era todo lo que iba a ofrecerme. Bueno, entonces averiguaría quién era su madre descartando opciones.

—¿De qué iba eso con los Voster? —preguntó.

Hice una mueca de dolor, ya que me había olvidado de lo que había sucedido antes. Probablemente porque la punzada de su magia había desaparecido. Me giré y busqué a los miembros de la hermandad.

—¿Dónde están?

¿Por qué la única vez que de verdad quería tener una conversación con el Sumo Sacerdote, este se había desvanecido junto con el hermano Dime?

—No lo sé. —La voz de Ransom sonaba acerada—. Lo buscaremos luego, pero, primero, dime qué ha sucedido.

Me encogí de hombros.

—Nunca he tocado a un sacerdote. No sabía que dolería tanto.

—No duele.

—Pues yo no puedo decir lo mismo. —Me froté el brazo donde me había tocado—. Fue como sentir su magia, pero un millón de veces peor, como si me atravesara directamente hasta mis huesos.

Entrecerró los ojos.

—¿A qué te refieres con sentir su magia?

—Ya sabes, sentir una punzada, hormigueo, como si un montón de arañas estuvieran caminando por tu cuerpo. —El vacío de su expresión me hizo sentir un poco de vértigo—. ¿Tú no sientes su magia? Pero te vi ese día en la enfermería de Treow. El Sumo Sacerdote te tocó y parecía que te dolía.

—Me duele cuando me está extrayendo la infección, pero no cuando lo toco. Nunca he sentido su magia de otra manera.

Mi pulso empezó a acelerarse y el vértigo se acrecentó. Los Voster rara vez visitaban Quentis. Cuando el hermano Dime lo hacía, pasaba tiempo con mi padre, trataban los asuntos que fueran necesarios atender y luego se iba. Siempre evitaba cruzarme con él.

Pero desde que había llegado a Turah, los encuentros con los Voster parecían inevitables.

¿Por qué podía sentir su magia? ¿Y por qué los demás no podían? Los niños no correrían hacia seres que les causarían dolor en la piel.

—¿Alguien más puede sentirla? ¿O solo soy yo?

Ransom miró por encima de mí, tensando la mandíbula.

—No sé. Nunca supe de nadie que pudiera sentir su magia.

Entonces, ¿qué me pasaba? ¿Por qué el Sumo Sacerdote me había preguntado por mi madre?

Habría sido buena idea preguntarle, conseguir respuestas de la hermandad.

Pero después de pasar una hora buscándolos y preguntar a dónde se habían ido, un guardia nos dijo que habían abandonado la fortaleza cuando estábamos buscando a Evie.

Los Voster se habían marchado.