Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta #3
81%

Capítulo cincuenta #3

—¿Y ellos quiénes son? —Señalé la carreta que había llegado con Halston y Tillia.

Había dos hombres postrados en camillas en la parte de atrás. Enseguida los llevaron a la enfermería.

—Llegaron a Treow hace tres días. Los dos se veían muy enfermos cuando los encontramos. Todavía no hemos podido despertarlos.

—¿La lyssa?

—Los curanderos han estado buscando mordeduras por todas partes, pero no han encontrado nada. Quizá estaban cazando y se perdieron. Están deshidratados y desnutridos. Lo único que podemos hacer es pedirle a Ama que sigan con vida para averiguar de dónde vienen.

Después de todo lo que había visto la última semana, no estaba segura de que Ama estuviera escuchando las plegarias de Turah.

Los hombres y los caballos se hicieron a un lado para cederle el paso a Ransom con Aurinda. Se detuvo junto a Zavier y le dijo algo que nadie más pudo oír. Un muchacho de las caballerizas tomó al caballo de las riendas. Luego se acercó a mí con unos pasos largos y decididos.

Empecé a sentir un cosquilleo en el vientre. Cielos, lo había echado tanto de menos.

—Voy a buscar a Halston —dijo Tillia, tocándome el brazo antes de partir. Mi esposo me miró con cierto desdén con esos ojos esmeralda. Se detuvo frente a mí y cruzó los brazos sobre su pecho.

—Cross.

—Wolfe.

La comisura de sus labios se levantó en una pequeña sonrisa.

—¿Me has extrañado?

—Para nada.

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres pésima mintiendo?

—¿Alguien te ha dicho alguna vez que apestas? —Fruncí la nariz, aunque realmente no me preocupaba que apestara a sangre, estiércol y sudor. Debajo de todo eso estaba ese aroma especiado a viento y tierra que era tan identificativo—. ¿Estás bien?

—Sí, mi reina. —Hizo una reverencia—. ¿Y tú?

Ahora sí .

El alivio duró apenas una fracción de segundo. En un instante, sentí el hormigueo delator de la magia. La punzada de los Voster.

Un escalofrío descendió por mi espalda cuando el Sumo Sacerdote apareció por detrás de Ransom, cruzando las puertas de Ellder justo cuando los soldados empezaban a cerrarlas. A su lado estaba el hermano Dime, el emisario de mi padre.

Me volví a sentir como tiempo atrás, como el día en el que estábamos reunidos en la sala del trono y el santuario. La magia de un solo Voster era incómoda, pero ¿dos? Tuve una gran dificultad para llenar los pulmones de aire y apaciguar el dolor.

Me rasqué los brazos.

—¿Qué te ocurre? —preguntó Ransom.

—Nada.

Frunció el ceño.

—¿Qué acabo de decir sobre tu capacidad de mentir?

—Mira quién habla.

Ransom tensó la mandíbula. Fue un gesto leve, apenas una mínima contracción muscular, pero fue suficiente para saber que la forma en que había dicho esas palabras había tocado una fibra sensible.

Culpaba a los Voster por eso. A lo tensa que me ponían.

El Sumo Sacerdote se acercó a Ransom, levitando en lugar de caminar, mientras el hermano Dime lo acompañaba a su lado.

Ransom se giró e hizo una reverencia.

El hermano Dime le devolvió el gesto.

Pero el Sumo Sacerdote siguió avanzando, flotando sobre ese viento fantasma que lo traía hacia nosotros. Una vez que estuvo lo suficientemente cerca, las púas de su magia me hicieron mecer sobre los talones.

Sin decir nada, me sujetó la mano sin darme tiempo para reaccionar.

Un dolor tan agudo como cientos de cuchillas y tan caliente como el fuego atravesó mi brazo como si me hubieran desgarrado la piel. Se me debilitaron las piernas y un grito desgarrador brotó de mi garganta.

—Basta. —Sacudí el brazo, intentando liberarme, pero la fuerza del Sumo Sacerdote aumentó, evitando que cayera de rodillas.

La espada de Ransom fue un destello plateado que detuvo el susurro que brotaba de la garganta del Sumo Sacerdote.

—Suéltala. Ahora.

El Sumo Sacerdote me soltó y caí de rodillas al suelo.

Ransom se puso entre nosotros en un abrir y cerrar de ojos con la espada levantada, y extendió una mano para ayudarme a ponerme de pie.

Tragué saliva con esfuerzo y me levanté, conteniendo un suspiro. El dolor se desvaneció enseguida, dejando atrás solo el hormigueo.

—¿Qué rayos estás haciendo? —preguntó Ransom, furioso.

El Sumo Sacerdote cayó sobre la planta de sus pies, para nada preocupado por la espada de Ransom, y se giró hacia el hermano Dime.

—¿Tú lo sabías?

—Creí que solo estaba asustada. Como muchos otros.

El Sumo Sacerdote inclinó la cabeza hacia un lado y fijó sus ojos oscuros sobre mi rostro y mi cabello.

—¿Quién es tu madre, niña?

—¿M-mi madre? —¿Por qué me preguntaba sobre mi madre?

Pero antes de que pudiera preguntárselo, se oyó un grito desde la otra punta del patio.

—¡Zavier! —Todos nos giramos y vimos a Luella que se acercaba corriendo. Tenía el cabello oscuro suelto y el rostro pálido.

Ransom bajó la espada, pero no la soltó en ningún momento. Con la otra mano, me mantuvo detrás de él, protegiéndome de los sacerdotes, mientras observaba a Luella.

Zavier abandonó a sus guerreros y caballos, y se acercó a nosotros cojeando, pero apresurando el paso.

Sin embargo, Luella se acercó a Ransom y lo tomó del brazo.

—¿Qué ocurre? —preguntó él.

—Evie —dijo—. Ha desaparecido.