Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cincuenta y cuatro
86%

Capítulo cincuenta y cuatro

Me levanté de la cama para volver a servirme agua, pero, antes de siquiera apoyar los pies en el suelo, Tillia me empujó hacia las almohadas.

—No te levantes. —Me quitó el vaso vacío.

—Yo…

—No hables. —Su manera de mirarme bastó para hacer que me recostara y esperara a que ella me trajera el agua.

—Tillia…

—¿Qué te he dicho sobre hablar?

Fruncí el ceño y tomé un sorbo, esperando que el agua calmara el dolor de garganta y despejara la aspereza de mi voz.

Estaba sentada a mi lado, mirándome con el ceño fruncido mientras me revisaba el cuello y la cara.

—Te están apareciendo moretones.

Maldición . Ransom se iba a volver loco.

—Ransom no va a tomárselo bien.

Quería bromear con que me estaba leyendo la mente, pero me regañaría otra vez, así que me quedé en silencio.

—Es por mi culpa. —Me tomó de la mano y la sujetó con firmeza—. Lo siento mucho.

Le pellizqué con el dedo índice.

—Ay —dijo, apartando la mano.

Arrastré un dedo por mi garganta y gesticulé, basta .

Suspiró con pesadez.

—Fue idea mía traer a esos hombres aquí. Podían haberse quedado en Treow.

—¿Cómo ibas a saberlo? —susurré. Mi voz no era tan áspera cuando hablaba en voz baja—. No es culpa tuya.

—No deberías hablar.

—Estoy bien —mentí.

Sentía que el cuello me palpitaba. Incluso después de pasar horas en la enfermería, con ungüentos, paños fríos y hierbas, estaba segura de que me iba a doler durante un tiempo. Al menos estaba viva.

Pero ese hombre no podía decir lo mismo.

Había matado a una persona. Había quitado una vida.

Todo el tiempo que había pasado entrenando me había imaginado peleando contra monstruos. Sí, había tenido fantasías con estrangular a Ransom, pero, incluso si dejaba de lado todo eso del tratado de sangre que me impedía matar a mi esposo, no tenía instinto asesino.

Una brisa fría entró por la ventana y me hizo sentir escalofríos en todo el cuerpo. Aunque puede que los escalofríos en los brazos no fuesen por la temperatura, sino por el recuerdo de los ojos sin vida de ese hombre, eternamente congelados en mi mente.

Se me empezó a formar un nudo en la garganta inflamada. Tragué saliva para aliviarlo y sentí dolor por la quemadura.

Me estaba quebrando, mi ser se estaba descomponiendo en pequeños fragmentos. Pero, como dolía tanto llorar, bebí otro sorbo de agua y respiré profundamente para tomar una nueva bocanada de aire.

Faze estaba acurrucado contra mi cadera a pesar de tener un espacio enorme al otro lado de la cama. El lado de Ransom.

Era extraño que Ransom hubiera pasado solo una noche en esta cama y, aun así, ese lugar parecía pertenecerle.

¿Dónde estaba? Después del ataque, Tillia había enviado a un grupo de guerreros en su busca, pero no tenía idea de cuánto tardarían en encontrarlo en el bosque.

Sabía que estaba ocupado cazando esa jauría letal, pero quería acurrucarme entre sus brazos y sentir su calor. Necesitaba contarle a alguien lo que estaba balbuceando ese hombre y quería que fuera Ransom.

Detenla. Detén el ardor.

Juré servir a mi rey y quemar, quemar, quemar.

Mátala. Mátala. Mátala.

¿A mí? ¿Por qué Ramsey querría matarme? ¿O ese hombre solo estaba alucinando? ¿La lyssa había dañado tanto su cerebro que ya nada de lo que decía tenía sentido?

El ardor en la garganta se convirtió en una palpitación dolorosa en la cabeza.

—¿Quieres la infusión que te recomendaron los curanderos?

La infusión era para calmar el dolor y hacerme dormir. Si era posible, prefería evitarlo, ya que quería estar despierta cuando Ransom regresara. Aunque, si estaba dormida, Tillia podía encargarse de darle todas las explicaciones.

Sí , gesticulé, frotándome la cabeza. Pero, antes de que Tillia fuera a buscar la tetera, la sujeté de la muñeca.

—Tráeme dos.

Enarcó las cejas, pero cuando dirigí la vista hacia su vientre, entendió a qué me refería con lo de otra infusión, una que debía tomar antes de finalizar el día.

—¿Tienes alguna infusión?

Señalé el tocador.

Se acercó al cajón y encontró la infusión anticonceptiva que Margot me había dado en Quentis, y se la llevó cuando salió de la habitación.

Me recosté sobre el respaldo de la cama y cerré los ojos cuando una nueva ola de cansancio me invadió por completo.

Mi curandera, Geezala, había ayudado a Tillia a traerme a la habitación para que pudiera descansar. Después de otra ronda de ungüentos y gasas, Geezala había regresado a la enfermería y me dejó con la infusión bajo la mirada atenta de Tillia.

Unas pisadas suaves al otro lado de la puerta me hicieron abrir los ojos. Esperaba que fuera Tillia, pero se trataba de Luella, que entró en el cuarto. Su falda se mecía a su alrededor cuando se detuvo a mi lado.

—Ay, Odessa. —Se agachó junto a la cama, preocupada mientras me daba un fuerte abrazo—. Estás bien.

No fue una pregunta, sino más bien un consuelo.

Estaba bien. Saldría adelante. Me recuperaría y sería más fuerte que antes.

Nunca había abrazado a Luella, pero me pareció tan cálido como el abrazo de una madre. Sus hombros eran fuertes, la clase de hombros sobre el que los niños lloran.

No echaba de menos a Margot, pero, en ese momento, una parte de mí sí lo hacía.

Aunque no era una persona cálida y tierna, era la única madre que había conocido y, ese día, lo que necesitaba era el abrazo de una madre.

Por eso decidí aceptar uno de Luella, aferrándome a ella mientras la amenaza de las lágrimas se acrecentaba y amenazaban con brotar más fuerte que antes.

Notaba que cada vez me estaba quebrando en más fragmentos. No pasaría mucho tiempo hasta que me rompiera por completo.

—Respira —murmuró.

Respiré profundamente por la nariz y sentí cómo el aire me quemó los pulmones al llenarse. Luego exhalé al sentir su mano en la espalda.

—Otra vez. Y otra vez. Respira para recordar que puedes hacerlo.

Era justo lo que necesitaba que me dijeran. Entonces respiré sin soltarme de Luella, mientras Tillia traía dos tazas de infusión y cerraba la puerta detrás de ella. Una vez que me dejó las bebidas, salió para dejarnos solas.

—¿Mejor? —preguntó Luella una vez que me soltó y apartó el cabello de mi rostro.

Asentí.

—Gracias.

—Intenta no hablar a menos que sea necesario. —Su mirada se suavizó y noté que sus ojos eran de un verde bosque familiar e intenso.

Levantó una mano hacia mi cuello y sentí la suavidad de su mano cuando pasó los dedos sobre mi garganta. Su boca adquirió una cierta tristeza.

—Los moretones tardarán una semana o dos en desaparecer. Tus ojos van a estar inyectados en sangre un tiempo, pero luego esa sangre desaparecerá. Y entonces tu cuerpo sanará. Pero necesitas que pase el tiempo. Desafortunadamente, no hay una recuperación rápida para esto.

Mientras me tocaba el cuello, dejé que mi mirada recorriera su rostro, su cabello chocolate sedoso, esos ojos verdes familiares. Cuando conocí a Luella, su compostura serena y majestuosa me había recordado mucho a Margot.

A una reina.

Ransom podía parecerse a Ramsey.

Pero su madre también había dejado alguna huella en sus facciones.

—Eres su madre —susurré. Levantó los ojos hacia mí y sus manos se detuvieron—. Eres la madre de Evie.

Apartó los dedos de mi cuello, mientras el miedo cubría su mirada.

—Te lo ha contado.

La traición, el terrible temblor en su voz, hizo que un día que ya era horrible empeorara.

—No, no me ha contado nada. Solo lo he deducido… Lo siento. —Aunque me dolía hablar, no podía quedarme callada—. Por favor, quiero que sepas que lo mantendré en secreto. También lo de Evie. No quiero que creas que vas a tener que abandonarla.

Tragó saliva con vehemencia, y su mirada se posó en su regazo.

—Ellder es la fortaleza más alejada de Allesaria.

Guardé ese dato para añadirlo a mi mapa mientras ella seguía hablando.

—La primera vez que vine aquí, estaba embarazada de Ransom.

La segunda vez, él era solo un bebé. Hacer una visita como esa requería mucho esfuerzo.

El viaje era agotador. Por eso le pedí a Ramsey que nunca más me volviera a traer.

Asumió que yo creía que era un lugar demasiado primitivo para una reina, que necesitaba los lujos de la ciudad y que odiaba estar aquí.

En gran medida, era más fácil respirar cuando no estábamos atrapados en un carruaje durante días sin nada más que su eterno afecto.

Luella fue a abrir la ventana y se quedó mirando la tenue luz de la noche.

—Entiendo cómo suena eso. La mayoría de las mujeres harían cualquier cosa por tener el amor eterno de un rey.

Yo amaba a Ramsey, a mi manera. Era mi amigo, mi compañero, el padre de mis hijos.

Pero una no puede entregar demasiadas veces el corazón.

Y yo ya lo había hecho mucho antes de conocer a Ramsey. A…

—Mikhail —susurré cuando ella se quedó en silencio.

—Mi padre adoraba a Mikhail. Pero como Mikhail era de Ozarth, consideraba que nuestro afecto no era apropiado, que no era digno de un matrimonio. Y, por un largo tiempo, demasiado largo, la opinión de mi padre fue lo único que me importaba.

Entonces abandonó a Mikhail y se casó con Ramsey.

—Ya no soy como antes —agregó Luella—. Ahora lo único que me importa son mis hijos.

Haría lo que fuera por protegerlos. Ramsey acabará encontrándome.

—Su voz sonaba vacía, cargada únicamente por el sentimiento de inevitabilidad que de él la acabaría encontrando.

Puede que tuviera razón—. Pero hasta que llegue ese momento, quiero pasar tantos días como pueda con Evie.

Le encanta el bosque, le encanta esta tierra escabrosa y salvaje.

Es como Ransom en ese sentido. Es temeraria.

Con un poco de suerte, quizá pueda llevarla a navegar por el mar algún día, así puede sentir la brisa salada en el rostro mientras zarpa hacia tierras desconocidas. Y darle la libertad que yo no tuve.

—¿Por qué no te la llevas?

—Tengo más hijos.

No abandonaría a Ransom. Ya lo sospechaba, pero oírla decirlo me hizo respetarla más. No importaba que ya fuese un adulto, ella seguía siendo su madre.

—Bébete la infusión. —Me entregó una taza y, con eso, supe que nuestra conversación había terminado.