Capítulo cincuenta
Evie estaba en la cama, jugando a pelearse con Faze, cuando alguien llamó a la puerta.
—Yo abro. —Saltó de la cama y cruzó la habitación, y nuestro flagris se levantó para seguirla mientras ella se abría paso entre los muebles de la sala.
Me acerqué corriendo, tan ansiosa como Evangeline, para ver quién llamaba.
Por favor, que sea Ransom .
Había pasado una semana del ataque de los ulfernos. Desde que Ransom, Zavier, el Sumo Sacerdote y un grupo de guerreros habían partido para cazar a la jauría que había matado a treinta y una personas en Ellder.
No habíamos hablado desde que se marchó y, después de varios días, me sentía cada vez más al límite. Si le pasaba algo a Ransom…
Aparté a un lado esos miedos mientras Evie abría la puerta.
La esperanza en su rostro murió enseguida cuando Samuel Hay nos recibió con una reverencia.
—Buenos días, señorita Evangeline. Princesa Odessa.
Evie se asomó por la puerta, buscando a alguien más.
La ausencia de Zavier la había afectado más que de costumbre.
Probablemente porque sabía que estaba en peligro.
A pesar de los esfuerzos de Luella y de los míos propios para mantener las noticias del ataque fuera de la casa, había oído a su niñera hablar sobre la gente que había muerto.
Y, aunque no siempre era fácil responder a sus preguntas, no podía acumular más mentiras sobre sus pequeños hombros.
Por eso habíamos decidido hablarle del ataque. Sabía que había pasado algo ese día. Ella no solía jugar con los otros niños de Ellder, pero se sintió muy angustiada cuando se enteró de que habían muerto cinco niños.
Lloró sobre mi hombro y el de Luella, pero la persona que más necesitaba, su padre, no estaba para acompañarla. Su preocupación por Zavier era más de lo que cualquier niña de cuatro años podía soportar.
—¿Esperaban a otra persona? —preguntó Samuel, siguiendo la mirada de Evie por la pasarela—. No quiero interrumpir.
—No te preocupes —dije—. Por favor, pasa.
Me siguió hacia la sala de estar, mientras Evie se quedaba en la puerta abierta.
—Evie, será mejor que sigas con tus lecciones —dije—. Estoy segura de que Luella te está esperando.
—Está bien —balbuceó, y salió cabizbaja después de cerrar la puerta.
—¿Todavía no saben nada del príncipe Zavier? —preguntó Samuel.
—No.
Por lo que sabía, Samuel, al igual que todos en Ellder, sabía que Evie era la protegida de Zavier, pero no que lo llamaba papá en privado. Quizá sospechaba que era su hija.
Hija adoptiva, aunque eso era un detalle sin importancia. La única persona a la que le dolería la verdad sería a Evie. Ella era de Zavier, tanto como él de ella.
—Con suerte, volverá pronto —dijo esbozando una sonrisa triste—. Ileso.
—Eso espero.
Había transcurrido casi una semana entera para que la nube de polvo se asentara después del ataque. Hombres, mujeres y niños fueron enterrados. La fortaleza estaba de luto y la gente empezó a hablar.
Algunos creían que la jauría de ulfernos estaba compuesta por veinte ejemplares. Otros decían que debían de haber más de treinta monstruos. Era la jauría más grande que se había visto en Turah.
Era posible que se hubieran agrupado porque todos estaban infectados con la lyssa. Quizá el monstruo tuerto había mordido a cada uno de los otros miembros de su jauría y creó una especie de vínculo alfa. Más allá de cuántos fueran, lo cierto era que habían traído la muerte a Ellder.
Y ahora, todos en la fortaleza estaban hablando sobre monstruos con sangre verde.
Podían no saber su nombre, pero los rumores y las especulaciones sobre la lyssa se estaban esparciendo tan rápido como la infección.
Puede que, una vez que eso ocurriera, Ramsey ya no podría fingir no saber nada. Tendría que enviar ayuda y los otros reyes de Calandra empezarían a tomárselo en serio. Quizá entonces podríamos conseguir un poco de esa maldita ayuda para matar a esos monstruos.
Los ulfernos habían atacado la muralla por diferentes sitios, atrayendo la atención de los soldados ubicados en las murallas. Me había aventurado a salir el día anterior por la tarde para ver las marcas de las garras. Algunas tenían varios centímetros de profundidad.
Un montón de monstruos salvajes desquiciados no deberían tener la inteligencia para coordinar un ataque así.
Pero también podría ser que no hubiera sido planificado y solo estuviéramos buscando astucia donde no la había.
Cualquiera que fuera su intención, habían logrado distraer a los guardias y causar un enorme caos.
Mientras unas bestias atacaron la muralla con zarpazos y arañazos, algunos de ellos intentando derribarla incluso, los otros corrieron hacia las puertas antes de que las cerraran y lograron entrar en el patio.
Los soldados de las torres que habían sobrevivido estaban agotados y cargaban con la culpa por las treinta y una almas que ahora descansaban bajo tierra.
Las puertas, por lo general, estaban abiertas durante el día para que la gente pudiera ir y venir.
Las cerraron cuando Ransom y Zavier se marcharon hacía una semana y no las habían vuelto a abrir hasta el día anterior.
Incluso entonces, solo lo hicieron durante algunos minutos, el tiempo suficiente para que aquellos que habían decidido partir de Ellder con sus carretas pudieran hacerlo.
Suficiente para que yo pudiera ver las marcas de las garras en la muralla y luego volviera a entrar.
Esto no debería haber pasado. Si los monstruos no hubieran estado infectados, la lluvia de flechas que habría llovido sobre ellos desde la muralla los habría detenido. Pero estaban impulsados por la sed de sangre.
Y pudieron satisfacerla.
Los cuerpos de los monstruos habían sido quemados y deseaba que sus muertes trajeran algo de tranquilidad. Deseaba poder sentir un poco de alivio de que al menos no podrían lastimar a nadie más. Pero, durante una semana más, todos nos sentimos desamparados.
Eran demasiados monstruos.
¿Era eso lo que podíamos esperar de los crux? No cabía duda de por qué los más mayores estaban aterrados ante la llegada de la migración.
Sin importar cuánto tiempo pasara, cuántos años viviera, nunca olvidaría este ataque. Nunca olvidaría la muerte de ese niño.
—¿Se encuentra bien, princesa? —preguntó Samuel.
Sacudí la cabeza para sacar el recuerdo de mi mente y forcé una sonrisa.
—Claro. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Jonas?
—Ya ha vuelto a la escuela. Con los otros niños —los sobrevivientes—. Fue difícil dejarlo ir esta mañana.
La mayoría de los niños que se habían reunido en el patio habían estado en la escuela ese día.
Dos maestros habían sido asesinados. Jonas y algunos de los niños más mayores habían protegido a los más pequeños.
Cuando el ataque empezó, corrieron al edificio más cercano y se atrincheraron en su interior.
—Supongo que para lo único que ha servido este ataque es para recordarnos lo que ocurrirá durante la migración.
—Eso creo —asentí, indicándole a Samuel que me siguiera a los sillones de la sala de estar.
—No me imaginaba que Turah sería así —dijo Samuel, sentándose y tragando saliva con vehemencia—.
Cuando Emsley estaba viva, visitamos Turah.
Nos quedamos en la costa. Pasamos un mes en Perris.
Ella quería adentrarse más en el reino, explorar las montañas.
Pero durante semanas intentamos contratar a un guía y nadie quiso llevarnos, así que dejamos el viaje para otro momento.
Una de las razones por las que elegí Ravalli es porque ella quería conocer ese pueblo.
Creo que me alegra que no lo haya hecho.
Zavier me había advertido meses atrás en la cubierta del barco que este reino era peligroso, pero nada de lo que hubiera dicho me habría preparado para esta realidad.
Turah era peligroso, majestuoso, horroroso, excitante.
Era todas esas emociones, buenas y malas, entretejidas con un paisaje que me había robado el corazón.
Al igual que su guardián.
—Como sea —dijo Samuel, acomodándose en el sillón y mirando sobre su hombro hacia la puerta cerrada. Luego abrió el morral que había traído—. Pude terminar el mapa.
—Ah. No tenías que preocuparte por eso.
—Fue una distracción bienvenida para las noches de insomnio —dijo, y me lo alcanzó. Desenvolví el papel y revisé las nuevas líneas que se mezclaban con las antiguas.
Había ajustado la ubicación de varios caminos y pueblos. Había añadido muchos de los que no sabía su existencia. Había expandido las cadenas montañosas y había detallado los ríos de mi boceto inicial. Había llenado el pergamino con detalle y profundidad.
—Es hermoso —dije, aunque no era precisamente un comentario que diría sobre un mapa—. Gracias.
Asintió.
—Lo he hecho lo mejor que he podido. Pero me temo que faltan cosas. Esa zona que esperaba agregar, no puedo hacerlo. Y creo que tampoco usted debería hacerlo.
Cuando le encomendé la tarea, había añadido una posible ruta, una mera conjetura, que debería conducir a Allesaria.
Esa línea ya no estaba en el mapa.
No podía culparlo por estar nervioso.
—Lo aprecio mucho —dije—. Sé que era arriesgado. Juro que nadie sabrá que esto existe.
Sería una lástima lanzar esta obra de arte al fuego una vez que pasara los detalles a las páginas sueltas de mi diario.
Samuel dejó caer las manos sobre sus rodillas y se puso de pie.
—Bueno, es hora de que me vaya, princesa.
—Odessa.
—Princesa Odessa. —Hizo una reverencia, sonriendo, mientras yo ponía los ojos en blanco—. Espero que tenga un buen día.
—Gracias de nuevo. —Lo acompañé a la puerta y lo saludé. Luego entré en mi habitación y tomé un lápiz de carbonilla de mi tocador.
Y el diario que mantenía oculto detrás de mi cajonera.
Después de ordenar todas las piezas, alinear algunos bordes y solapar otros hasta que el rompecabezas estuviera completo, empecé a transferir las adiciones y correcciones de Samuel.
No tocaba estas páginas desde Ravalli. Hasta ahora, había estado marcando los sitios donde habían aparecido monstruos infectados con pequeñas marcas, pero había tantos ulfernos en Ellder que simplemente añadí una X .