Capítulo cuarenta y nueve #3
Una bestia con un hombre cogido por el cuello en la boca, sacudió el cuerpo con fuerza, como si fuera un perro con una serpiente. Lo dejó caer muerto y centró su atención en mí. La sangre brotaba de su boca, mientras seguía mi trayectoria con su único ojo.
Mi corazón se detuvo.
El ulferno tuerto.
El monstruo que había infectado a Ransom.
Debería haber sido una bestia desenfrenada, sedienta de sangre. Pero parecía saber exactamente hacia dónde estaba yendo. Y, en ese momento, me pareció verlo sonreír.
—¡No! —grité, todavía corriendo, cuando la bestia se lanzó hacia el niño.
Solo bastaron tres pasos gigantes para separar la cabeza del niño de su cuerpo y arrojarla hacia un lado.
Entonces me miró.
Mis botas se arrastraron en el suelo y se detuvieron. De repente, empecé a oír una serie de chasquidos, un sonido que llevaba aparejada consigo una promesa de muerte. Un juramento de que no sobreviviría a este día.
El sonido pareció encender una luz sobre mi cabeza, porque todos los ulfernos del patio se volvieron hacia mi posición, hacia donde estaba congelada, sola, yo y mis cuchillos.
Mierda .
—¡Corre! —gritó Ransom—. ¡Odessa, corre!
Giré sobre mis talones. Mis pies empezaron a moverse más rápido que el resto de mi cuerpo y tropecé, pero logré mantenerme de pie, arrastrando los nudillos sobre el suelo, y continué corriendo hacia las caballerizas.
Los gruñidos eran ensordecedores. Los golpes de sus patas parecían sacudir el suelo bajo mis pies.
Una horda enorme empezó a correr en mi dirección. Todos los monstruos de Ellder iban detrás de mí, y estaban cada vez más cerca de atraparme.
Las caballerizas estaban demasiado lejos. No llegaría. Y si lo hacía, entrarían y me destrozarían, si los caballos no me aplastaban primero.
De repente, una ráfaga de viento se estrelló contra mi pecho. Cuando miré hacia delante, una nube de polvo me cegó por completo.
Una vez que se disipó, vi una túnica borgoña y unos ojos eternos.
El Sumo Sacerdote había cambiado de posición y ahora estaba parado frente a mí, bloqueándome el camino.
Encerrándome con los ulfernos.
Un estallido de aire frío me apartó el cabello del rostro cuando el sacerdote levantó los brazos. Con un movimiento de su muñeca, lanzó una estaca de hielo por encima de su cabeza y pasó volando por encima de mí hacia el monstruo que me seguía de cerca.
El animal cayó al suelo, muerto. Tenía dos ojos.
No, el maldito tuerto estaba corriendo en la dirección opuesta, hacia las puertas que Zavier y sus guerreros todavía estaban esforzándose por cerrar. Escapando con un puñado de ulfernos que seguían sus pasos.
Le había ordenado al resto de la jauría que me atacara mientras él escapaba.
Otra estaca de hielo pasó volando cerca de mí. Y a continuación otra.
La agonía de la magia del Sumo Sacerdote se esparcía por toda mi piel como si mil agujas se me estuvieran clavando tan profundamente que me llegaban a los huesos, pero, por mucho que doliera, seguí corriendo hacia el Voster, dejando que luchara contra los monstruos que me perseguían.
Pasé junto a su figura inmensa y su túnica se enganchó en una de mis botas. Esta vez, cuando tropecé, no pude mantener el equilibrio.
Caí al suelo sobre un hombro y me quedé sin aire por un momento, envuelta en una nube de polvo.
Solté un quejido cuando sentí el dolor y me obligué a sentarme, parpadeando para quitarme el polvo de los ojos, mientras el Sumo Sacerdote lanzaba otras siete estacas de hielo hacia los cuerpos de los siete ulfernos que corrían en nuestra dirección.
Llovió sangre, verde y pegajosa. Y cuando la última gota quedó flotando en el éter, el patio quedó en silencio.
Las puertas se cerraron.
Ransom estaba de pie a diez pasos de mí, con la cara cubierta por los dos tipos de sangre. Goteaba de su cabello y de la punta de su nariz.
De los labios que había besado hacía solo unos minutos.
—Gracias —dijo, casi sin aliento, cuando le habló al sacerdote.
El Voster asintió, se giró y extendió una mano para ayudarme a ponerme de pie.
Pero yo ya me había levantado y estaba corriendo hacia Ransom.
—Ese ulferno. ¿Lo has visto? Tenía…
—Un ojo. Lo sé. —Las manos de Ransom recorrieron mis hombros y brazos, mientras su mirada plateada buscaba alguna herida—. ¿Estás bien?
Asentí mientras las lágrimas brotaban de mis ojos.
—Ese niño. Él…
Ah, por todos los dioses. Era una pesadilla. Una escena que se repetiría en mi cabeza el resto de mi vida, preguntándome si había sido real.
—Ransom.
—Lo sé. —Me envolvió con sus brazos y me presionó contra su pecho.
Me aferré a su túnica, cerrando los dos puños, mientras inhalaba su aroma. A pesar de la sangre, seguía ahí. Viento y cuero. Tierra y musgo. Cedro y Ransom.
—Ranse —dijo Zavier, apareciendo por un lado, sin aliento y también cubierto con esa sangre verde.
Ransom gruñó, pero me soltó, mirando una última vez mi cuerpo en busca de alguna herida.
—Me tengo que ir.
Asentí y lo solté.
Caminó lentamente por el patio y levantó la espada de un soldado.
Y, empuñándola, ordenó que abrieran las puertas.
Tenía un monstruo que cazar.