Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cuarenta y nueve #2
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Capítulo cuarenta y nueve #2

—No puedo confiarte todas mis verdades, Odessa. —Se acercó a mí y levantó una mano hacia un mechón que caía sobre mi frente, un rizo salvaje que enrolló en su dedo—. Pero te voy a contar todas las que pueda.

Estiró el rizo y, al soltarlo, recobró su forma como un resorte. Entonces apoyó las dos manos sobre mi cabello, apartándolo mientras tomaba mi rostro entre sus manos.

—Perdóname, mi reina. Por favor.

Ransom no me dio oportunidad de responder antes de que su boca pasara a solo centímetros de la mía. Me besó la punta de la nariz, mordisqueó mi labio inferior. Y luego nuestras bocas se encontraron, su lengua se disparó desesperada para abrazar la mía.

Ese beso fue distinto al anterior. Fue gentil, suave, dulce. Llegó hasta el fondo de mi ser, derritiendo cualquier frustración. Apartó el dolor hasta que lo único que quedó fue la chispa de la atracción por este hombre al que nunca había podido resistirme.

Los secretos y las mentiras se desvanecieron, solo por un momento, hasta que un grito nos hizo separar.

Todo el cuerpo de Ransom se puso tenso cuando giró hacia el ruido.

Una sinfonía de gritos y alaridos llenó el aire. Todos provenían de la entrada de la ciudad, del patio.

Donde un monstruo estaba entreteniendo a los niños con hojas voladoras.

—Quédate aquí —dijo, sujetando la barandilla y asomándose hacia abajo antes de saltar. Así partió, como una imagen borrosa de cabello negro y túnica blanca que iba en dirección a la conmoción.

Abrí la puerta y corrí en busca de los cuchillos que había dejado junto a la puerta.

Si Ransom de verdad esperaba que me escondiera mientras había niños en riesgo, no me conocía para nada.

Corrí por la pasarela, bajé por la escalera y llegué al suelo cuando la puerta delantera de la casa de Zavier se abrió.

Luella se encontraba parada allí con una mano sobre la espalda de Evie.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—No lo sé.

—Deberías quedarte aquí, a salvo.

Eso no iba a pasar. Apunté a Evie con la punta de un cuchillo.

—¿Cuidas a Faze?

—Yo me encargo —asintió, soltó a Luella y corrió hacia la escalera.

Luella frunció el ceño y la siguió hacia mi cuarto, mientras yo me marchaba hacia el patio.

Mucha gente chocaba conmigo mientras huía en la dirección contraria, con lágrimas de terror en sus rostros.

Era el Sumo Sacerdote. Había hecho algo. Había herido a alguien.

Sujeté mis cuchillos con más fuerza mientras llegaba al camino principal. Al patio. Pero lo que encontré superaba todas mis expectativas.

Había varios ulfernos en Ellder.

Sus pelajes negros relucían y sus colmillos blancos brillaban.

Era una escena caótica. Algunos soldados intentaban evacuar a la gente, mientras que otros corrían hacia el alboroto, desenfundando sus espadas para luchar contra las bestias. Madres y padres se llevaban a sus hijos. Y en el centro de todo estaba Ransom.

Estaba peleando. En algún momento, había tomado una espada. Pero se movía como si estuviera bajo el agua, sus movimientos eran los de un hombre normal, lento en comparación con su velocidad usual.

El Sumo Sacerdote lo había debilitado con el tratamiento que le había practicado.

¿Lo había planeado así? ¿Atraer a inocentes al patio sabiendo que su afamado Guardián no estaba en las mejores condiciones?

El pensamiento cruzó mi mente justo cuando vi al Voster.

El Sumo Sacerdote no tenía ninguna arma. No tenía ningún escudo. Pero, de todas maneras, estaba luchando contra los ulfernos. Había creado dos estacas de hielo con las que atacaba a dos de los animales.

Levantó las manos, cuyas uñas verdes retorcidas estaban ahora extendidas por completo, y, con un movimiento de sus brazos, lanzó una de las estacas de la longitud de un hombre adulto a la boca abierta de uno de los ulfernos.

Partió a la bestia por la mitad, haciendo que mucha sangre y entrañas salieran despedidas en todas direcciones y cayeran sobre aquellos que todavía intentaban escapar.

Sangre verde. Verde oscuro y putrefacto.

—Puaj, por todos los dioses —dije casi como en un susurro, conteniendo las arcadas.

Los ulfernos estaban por todas partes, entrando por las puertas abiertas mientras los soldados intentaban contenerlos.

—¡Cerrad las puertas! —gritó Ransom, mientras clavaba la espada en la cabeza de una de las bestias.

Pero no era su espada. Esta era demasiado pequeña, demasiado frágil. No fue lo suficientemente fuerte para atravesar la cabeza del monstruo y entonces la hoja se partió.

A continuación, Ransom se lanzó hacia los ojos del animal y los presionó con fuerza hasta que el monstruo cayó muerto.

—¡Las puertas! —gritó Zavier, saliendo de detrás de un edificio, mientras tres de sus guerreros, incluido Vander, seguían sus pasos.

Una bestia saltó hacia él, con los dientes al descubierto, pero Zavier esquivó sus garras y hundió la espada en el corazón del monstruo. Siguió corriendo, sacudiendo los brazos a cada lado hacia las puertas.

Eran demasiados: quince, veinte, treinta. Nunca había visto tantos monstruos en un mismo lugar.

Ransom tomó una espada del cuerpo de un soldado caído y siguió luchando.

Todos siguieron luchando.

Muévete, Odessa.

Corrí hacia la primera persona que vi que no estaba intentando escapar.

Una adolescente que estaba escondida detrás de una estaca en medio del camino, aferrándose a ella con todas sus fuerzas. La estaca podría servir para protegerla de las garras de los crux, pero no de la mandíbula de un ulferno.

La tomé del brazo y la levanté.

—Corre. ¡Vete! Métete dentro de una casa.

Gritó, mientras varias lágrimas se deslizaban por su rostro.

La sacudí con fuerza una vez para que se moviera y entonces desapareció detrás de mí, justo cuando yo choqué con un soldado doblado en el suelo, bregando con una herida abierta en su pierna.

—Tenemos que llevarte dentro.

Gritaba agónicamente, sumido en un gran dolor.

—Vamos. —Lo levanté del brazo y lo arrastré por el suelo para alejarlo del combate. Necesité toda mi fuerza para llevarlo al edificio más cercano, las caballerizas.

Los caballos estaban alborotados y relinchaban sin parar, tan asustados como todos nosotros.

Arrastré al soldado hacia el establo más cercano y lo senté contra la pared. Luego corté un trozo de su túnica y lo até alrededor de su pierna herida.

—Buscaré ayuda.

—No se vaya, princesa. —Me tomó del brazo con los ojos bien abiertos.

Sacudí el brazo para liberarme y cerré la puerta del establo. Fuera había un niño de rodillas con una hoja de la corona mágica del Voster todavía en su cabello castaño. A su lado había una mujer tendida en el suelo, con los ojos tan abiertos como su vientre.

—¡Mamá! —El niño sacudía el brazo de la mujer como si pudiera traerla de regreso a la vida.

Los gruñidos. Los rugidos. Los gritos. Todo se desvaneció hasta que lo único que podía oír era el llanto de ese niño.

Moriría. Si se quedaba ahí, él sería el próximo.

—¡Cross! —La voz de Ransom resonó por todo el lugar—. ¡No!

Pero lo ignoré.

Corrí lo más rápido que pude, como nunca lo había hecho en toda mi vida. Estaba a mitad de camino cuando sentí un cambio en el aire, cuando sentí la atención de uno de los monstruos sobre mí.