Capítulo cuarenta y nueve
—No se puede matar a los Voster. —¿Cierto, no? Estaba bastante segura de que era imposible matar a seres con poderes mágicos.
—Lo intentará —dijo Ransom.
¿Por qué? Y dado que mi padre no estaba aquí para darme una respuesta, Ransom tendría que escuchar mis preguntas.
—¿Qué lograría con eso? Si los tratados se disuelven, se desataría una guerra. Quentis es fuerte, pero no tanto.
Los soldados de Quentis no luchaban como los turanos. El ejército de mi padre sería masacrado.
—Tienen ventaja geográfica —dijo Ransom—.
Comparten solo una frontera con Génesis marcada por el desfiladero de Evon.
Y tu padre tiene suficiente oro para conseguir una flota que Calandra nunca haya visto.
No hace falta que planifique una guerra.
Solo tiene que ser el último rey en pie.
Esperar que termine la migración, dejar que los otros reyes se declaren la guerra y entonces entrará y reclamará lo que quede.
—¿Para qué? ¿Para conseguir más oro? —Su riqueza ya era inconmensurable.
—Poder.
—Pero ¿no sería mi padre más poderoso si los Voster estuvieran de su lado? Tienen magia .
—La magia tiene sus límites. La hermandad nunca obedecerá a un rey mortal, pero sí respaldarán a quienes ellos elijan.
Entonces ese era el problema. No solo los Voster habían usado su magia para crear incontables tratados y leyendas, como la Cadena de las Siete, sino que eran una amenaza.
Si mi padre decidía expandir su reino, había una gran posibilidad de que se lo impidieran.
Incluso aunque el Escudo de Gorriones no existiera.
Y los Voster, puestos a adivinar, creo que se aliarían con los turanos.
Con Ransom.
—Pero primero tiene que encontrarlos para matarlos. Nadie sabe dónde viven —dije.
Ransom balbuceó algo murmurando.
Ni sí. Ni no.
—Esposo mío… —Entorné la vista—. Sabes dónde viven, ¿no?
Ransom me sostuvo la mirada, pero no dijo nada. No hacía falta que lo hiciera. Con su silencio me bastó.
Allesaria .
¿Por eso los turanos habían mudado la capital? ¿Buscaron refugio con los Voster después de la migración de hacía tres generaciones? ¿O la ciudad había sido construida para proteger a la hermandad? ¿Qué había pasado todo ese tiempo atrás para sumir a este reino en una espiral sin fin de secretos?
El hombre con las respuestas me miró fijamente con la boca cerrada.
No llegaríamos a ningún lado con este tema, así que intenté con uno nuevo.
—¿Y si mi padre viene tras los Voster?
—Entonces mi padre los defenderá.
Pero ¿y si Ramsey también quisiese liberarse de ellos? ¿Forjaría una nueva alianza con mi padre?
—¿Estás seguro de sus lealtades?
—Sin lugar a dudas.
Había magia involucrada, ¿verdad? ¿Habían jurado los turanos proteger a los Voster? En algún lugar de Allesaria, ¿había un tratado firmado con sangre del que los otros reinos no sabían nada?
—Ramsey tendrá que dejar de quemar libros. —Al instante siguiente de pronunciar esas palabras, mi cerebro empezó a atar cabos y una idea me golpeó como un puñetazo, dejándome sin aire.
Los libros. Los Voster.
Ransom había mencionado a los espías de mi padre hacía un tiempo, pero no le presté demasiada atención. Sabía cuál era el plan de mi padre, o al menos tenía una pista.
Ramsey no estaba quemando los libros para ocultarle información a su gente. No estaba castigando a los turanos. Estaba destruyendo información que podría traer a los invasores a la puerta de su casa.
—Los está quemando para que mi padre no pueda obtener información.
—Puede ser —dijo Ransom, pasándose una mano por la mandíbula—.
Honestamente, no lo sé. Las preocupaciones de mi padre estos días no tienen mucho sentido y, a no ser que vayamos a Allesaria para averiguarlo, su comportamiento es del todo incomprensible para mí.
No es el rey ni el hombre que conocía. Podría estar intentando ocultar información, mantener en secreto lo de la lyssa para evitar que nuestra gente caiga en la locura.
O quizá está quemando los libros para provocar y castigar a mi madre.
Después de sacarla de Allesaria, incendió su biblioteca.
Casi destruye toda un ala del castillo. Era su lugar favorito y él sabía que ella se estaba ocultando en algún lugar.
Creo que tiene esperanzas de que ella intente pararle los pies uno de estos días.
El día que Ramsey había ido a Treow a destruir la biblioteca, lo había observado desde detrás de un árbol. Me había mantenido oculta. Con Cathlin.
¿Era ella la madre de Ransom y Evie? Dudaba que Ransom me lo dijera si se lo preguntaba.
Quemar libros parecía una venganza bastante ruin, pero quién sabe lo lejos que se atrevería a llegar. La gente cambiaba cuando tenía el corazón roto.
Años atrás, durante una fiesta en el castillo, Margot había bebido demasiado vino e hizo un comentario bastante fuera de lugar sobre lo mucho que había cambiado mi padre después de la muerte de mi madre.
El amor tiene el poder de construirnos.
Y de destruirnos.
—Digamos que Ramsey sabe cuáles son las intenciones de mi padre —dije—. Y que protegerá a los Voster. ¿Por eso está creando esta milicia?
—Lo dudo. Es una costumbre que los reyes apuntalen su ejército antes de la migración de los crux.
Por lo que he oído, los reyes de los cinco reinos están entrenando y reclutando a más soldados estos últimos tiempos.
Tu padre también. El mío ha estado construyendo catapultas para todas las ciudades importantes desde hace casi un año.
—Mientras deja pueblos como Ashmore indefensos de los monstruos y los invasores externos.
La mandíbula de Ransom se tensó mientras asentía. Luego empezó a caminar otra vez por la calle y giramos en una esquina.
—No comparto lo que hace, Odessa. Pero lo entiendo.
Mi abuelo alentó a la gente a refugiarse en las ciudades, pero la mayoría se quedó en sus hogares.
Mi padre pudo contemplar la destrucción que causaron los crux.
Mucha gente fue asesinada, aldeas enteras quedaron destruidas.
Incluso las casas más resistentes, como las de Ravalli, son inútiles contra monstruos que atraviesan los tejados.
Está intentando enviar a todas esas personas a un lugar donde pueda mantenerlas a salvo.
—Se prevé que la migración llegue durante la primavera.
Si se demora más, como ha ocurrido en el pasado, podría ser dentro de un año.
¿Puedes culparlos por querer quedarse en sus hogares todo el tiempo que sea posible?
Y conoce la existencia de la lyssa. Abandonarlos significa dejarlos morir.
¿Qué importa qué monstruo cause la matanza?
Ransom se giró y abrió los brazos.
—¿Qué quieres que diga? No controlo su ejército.
—Lo sé, es solo que… —Cerré ambos puños—. Esta no puede ser la manera.
—¿Qué hay de tu gente? ¿Aquellos que viven en las afueras y no tienen el lujo de ocultarse dentro de un castillo? ¿Dónde van durante la migración?
—La mayoría van a las ciudades.
—¿Y los que no pueden hacerlo?
Mueren.
Algunos granjeros pasaron años construyendo refugios y cavando túneles bajo tierra, como hicieron en Ashmore. A veces, esos escondites los mantenían con vida. Otras, no.
Los crux eran despiadados a la hora de perseguir a sus presas.
El hecho de estar en la ciudad tampoco garantizaba su seguridad. Miles habían muerto en Roslo durante la última migración. Duró casi dos meses y, a pesar de lo resistentes que eran nuestras murallas y torres, no eran indestructibles. Y tampoco podíamos albergarlos a todos.
Lo mismo ocurría en el resto de Calandra.
El peso de incontables vidas descansaba sobre los hombros de mi padre. Sabía que no podía hacer más de lo que hacía. Quizá Ramsey se sentía igual, y no es porque yo sienta un gramo de empatía por ese hombre, pero, si estuviera en su lugar, tampoco sabría qué hacer.
—Desearía que hubiera una manera de detener las migraciones y combatir a los crux de una vez por todas —dije.
Ransom esbozó una sonrisa triste.
—Yo también.
Aunque lo habíamos intentado.
Los alquimistas de Laine habían inventado lanzallamas para quemar a los monstruos en el cielo.
Roslo también tenía muchas catapultas. Los herreros de mi padre ya estaban forjando flechas para las ballestas gigantes que estaban montadas en las torres y las murallas del castillo.
Ellder también contaba con versiones similares de estas armas en sus murallas.
De todas formas, aunque contábamos con los medios para matar a los crux, eran tantos que era imposible luchar contra cada uno de ellos durante la migración. Por cada uno que matábamos, diez ocupaban su lugar.
Podíamos pelear y morir.
O escondernos y vivir.
Ransom y yo caminamos hacia casa juntos, pero cada uno de nosotros estaba sumido en sus propios pensamientos.
Habíamos salido a caminar para que él pudiera despejar su mente, pero ahora sentía que esa incertidumbre se había aferrado a la mía.
Para cuando regresamos a casa y me acompañó a la puerta de mi apartamento, me sentía hasta mareada.
—¿Por qué me has contado todo esto? —¿Estaba intentando compensar todas las mentiras?
Tal vez debería haber dudado de cada una de sus palabras, ya que podría ser otro plan elaborado. Pero no sonaba como una mentira. Sí, me había creído todo lo que me había dicho desde el principio, ¿qué diablos iba a saber yo?
Aun así, presentía que era verdad. Como si hubiera derribado sus muros para compartir estas verdades difíciles sobre su familia.
Ransom nunca se había referido a Zavier como mi esposo. En la última semana, había repasado cada momento que podía recordar. Hurgué en mi memoria y no podía recordar ni una sola vez que se hubiera referido a Zavier como mi marido.
Se había burlado de mí, había hecho comentarios hirientes. Siempre estuvo implícito en sus palabras, pero nunca lo pronunció en voz alta.
Las mentiras por omisión no dejaban de ser mentiras.
Pero eran más fáciles de perdonar.