Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cuarenta y siete #3
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Capítulo cuarenta y siete #3

Sin importar cuánta fuerza hiciera, su agarre era como una tenaza de hierro y era muy consciente de los ojos que nos miraban fijamente al caminar por la calle. Nos miraban de pies a cabeza y, de inmediato, sus ojos se detenían en nuestras manos entrelazadas.

—Ransom.

Sonrió.

—Odessa.

—No me gusta caminar tomada de la mano.

—¿Cómo lo sabes? Nunca has ido de mi mano.

Fruncí el ceño y tiré con fuerza una vez más, inútilmente.

—No vas a soltarme.

—No, no voy a hacerlo.

—La gente nos está mirando. —Y creerán que su princesa estaba teniendo una aventura con el Guardián.

Levantó su mano libre hacia la calle vacía.

—¿Qué gente?

No había nadie. Estábamos completamente solos. Me había llevado a las calles más tranquilas de Ellder, pasando casas vacías, jardines comunitarios, corrales, un atajo en el que habría pocos ojos fisgones para ver nuestros dedos entrelazados.

Entonces, suspiré y lo dejé tomarme de la mano, porque, qué diablos, sí me gustaba.

—Eres peor que un grano en el culo.

—Tan elocuente, mi reina. Esa es una de mis frases favoritas.

Le lancé una mirada furiosa que hizo que sonriera.

—Si la lyssa es mágica, entonces debió de haber sido creada por los Voster. Son los únicos seres mágicos de Calandra.

—No han sido los Voster.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé —dijo—. Tengo fe en los Voster.

Bueno, yo no. Y no confiaba en la magia.

Ransom podía no querer considerar a los Voster, pero yo había sufrido bastante su magia como para saber que no era una bendición, sino una maldición.

—¿Dónde estabas? —pregunté, cambiando de tema. Hablaríamos sobre los Voster cuando se sintiera mejor.

—Cazando. En las afueras de Frezan. Un pueblo similar a Ravalli en las montañas.

Un pueblo que no figuraba en mi mapa y sobre el que le preguntaría a Samuel cuando lo viera.

—¿Y?

—Un pardur mató a un hombre que intentaba evitar que asesinara a su ganado.

Hice una mueca de dolor.

—¿La lyssa?

—No, solo un monstruo —dijo—. Las cacerías están funcionando. Tengo que creer que están funcionando. Estamos recibiendo cada vez menos informes, menos pruebas de la infección. Seguí tu consejo y pasé por el puesto de jinetes de poni.

Mi corazón se aceleró.

—¿Te dijeron algo?

Asintió.

—Oyeron algo sobre algunos ataques, pero nada que no sepamos.

Tarareé, pensativa, y cuando abrí la boca para decir algo, ni siquiera estaba segura de por dónde empezar. Incontables preguntas se me habían cruzado por la cabeza en la última semana y, aun ahora, parecían escapar como luciérnagas.

Era a causa de su mano, cálida y fuerte, con sus dedos largos y callosos. La mano de un guerrero, no la de un príncipe. Una mano que no tenía sentido que se adaptara tan bien a la mía.

—Estás muy callada —dijo.

—No sé qué decir.

—¿Sigues enfadada conmigo?

—Me mentiste.

—Sí. —Flexionó los dedos—. Debería habértelo dicho mucho antes.

Todas esas veces que me había mirado como si me quisiera decir algo.

—¿Y por qué no lo hiciste?

—Porque sabía que me mirarías distinto.

—¿Como si fueras mi esposo? —dije con un tono burlón.

—Como si fuera otra persona que te encadenaría. Así como mirabas a Zavier.

¿Cómo miraba a Zavier? ¿Como mi carcelero? ¿Un enemigo? ¿Cómo debería mirar al hombre que me había cambiado la vida?

Cuando sentí que Ransom tiraba de mi mano, me di cuenta de que había dejado de caminar.

—Vamos, Cross. Estoy muy cansado para tirar de ti.

Puse en marcha mis pies y lo seguí doblando una esquina.

Llegamos a la muralla y lentamente avanzamos por el perímetro de troncos de la fortaleza.

Si no nos deteníamos, llegaríamos a la puerta lateral vigilada por soldados.

Pasaba por allí todas las mañanas cuando daba una vuelta por Ellder y me cruzaba con los guardias, que, por cierto, no debían vernos cogidos de la mano.

Ransom empezó a caminar más lento, tanto que parecía que iba a detenerse.

—Me preguntaste por mi padre —dijo—. Si sabe todo esto. Bueno, sabe que Zavier sigue ocupando mi lugar, sabe que soy el Guardián, sabe sobre la existencia de la lyssa. Pero no sé con certeza si ha logrado conectar todos los elementos.

—¿Ramsey no sabe que estás infectado?

—Puede que sí. Todavía no hemos hablado de ello. Hasta ese día en Ravalli, no había hablado con él desde hacía cuatro años.

—¿Q-qué? ¿Por qué?

—Evie.

Se me hizo un nudo en el estómago.

—¿Es tu hija?

¿Qué haría si respondía que sí? No cambiaría lo que sentía por ella. La amaba y no importaba quién era. Pero cambiaría mi idea de Ransom.

Sería otra mentira más y, en algún momento, ya no habría vuelta atrás. Sería como nadar por el mar lejos de la orilla. Un mar de mentiras que nos ahogaría a todos.

—No es mi hija, Odessa —contestó, y el aliento que había estado conteniendo brotó de mi boca—. Es mi hermana.

Fue toda una sorpresa, aunque no tan impactante como esperaba. No había pensado en esa posibilidad hasta ahora, pero la manera en que se comportaba con Evangeline era muy similar a cómo yo me relacionaba con Arthy. Incluso Mae.

—Mi padre no sabe que existe y nos gustaría que siga siendo así.

—Está bien —dije, arrastrando las palabras—. Creo que ya sabes cuál es mi próxima pregunta.

¿Por qué?

—Porque intentó matar a mi madre.