Capítulo cuarenta y siete #2
—Veré qué puedo hacer —dijo, doblando el mapa. Una vez que fue un escueto cuadrado, lo llevó a un aparador y lo metió en el estante superior, fuera del alcance de Jonas.
—Gracias —dije, suspirando tan fuerte que seguro que lo oyó cuando me levanté de la silla y la empujé hacia la mesa.
Me acompañó a la puerta y me saludó cuando salí.
Estaba volviendo a mi apartamento cuando oí que había jaleo en el patio de la fortaleza, y entonces me giré y empecé a caminar en la dirección opuesta a mi casa. Se oían muchos gritos de entusiasmo, seguidos por la risa de varios hombres.
Otros pasaron a toda prisa a mi lado, ansiosos por ver de qué iba todo eso.
Empecé a caminar más rápido hacia la fuente de donde procedía toda esa conmoción. Sin embargo, en cuanto llegué al patio, me detuve enseguida porque empecé a sentir un hormigueo en la piel.
El Sumo Sacerdote estaba frente a un grupo de niños alegres. Se veían sorprendidos y maravillados, mientras el Voster hacía girar una guirnalda de hojas por el aire que subía cada vez más y más alto.
Los niños aplaudían y reían mientras el Voster juntaba más y más hojas, suficientes para separar la espiral en pequeñas coronas para cada uno de los niños.
Los padres sonreían mientras sus hijos e hijas reían.
Una niña de cabello negro rizado pasó corriendo a mi lado y se metió en la multitud, abriéndose paso entre la gente hasta que llegó a la parte delantera, sujetó la túnica del sacerdote y señaló su propia cabeza para que le pusiera una corona.
¿Cómo podía estar tan cerca de él y no sentir nada?
¿Tocarlo incluso? ¿Su magia no afectaba a los niños como a mí?
El hormigueo frío empeoraba mientras la intensidad de su magia aumentaba y más hojas levantaban el vuelo a su alrededor.
El sacerdote levantó la vista y sus ojos insondables se encontraron con los míos, como si hubiera sabido el momento exacto en el que había llegado al patio.
Me giré, ansiosa por marcharme, pero choqué contra una pared.
No, una pared no. Un hombre del que emanaba un aroma especiado, a tierra, cuero y viento.
Ransom .
—Tranquila. —Sus brazos fuertes se cerraron a mi alrededor, evitando que cayera al suelo.
Me sacudí para que me soltara, ya que no confiaba en lo que yo fuera capaz de hacer estando tan cerca de él, considerando lo que había pasado la última vez que estuve entre esos brazos.
Tenía el cabello húmedo y la ropa limpia. Su barba había regresado, pero su espada no se veía por ningún lado. Su piel tenía un cierto tono grisáceo y sus ojos avellana parecían apagados. Parecía cansado y enfermo, listo para derrumbarse en una cama y dormir durante días.
—Has vuelto —dije.
—¿Me has echado de menos, mi reina?
Sí .
—Qué más quisieras. ¿Qué hace él aquí? —Señalé al Voster con el pulgar sobre mi hombro.
—Entreteniendo a los niños. Y manteniéndome con vida. Por ahora.
—Ha venido a extraer la infección de tu sangre, ¿verdad?
—Así es —contestó Ransom, asintiendo—. Estoy un poco cansado. Así que, si no te importa, dejemos la pelea para otro momento.
—Claro. —Me moví hacia un lado, pero, justo cuando estaba por marcharme, me tomó de la mano.
Sus callos ásperos rozaron la palma de mi mano y entrelazó nuestros dedos tan rápido que era como si lo hubiera hecho cientos de veces antes.
—¿Me acompañas? Me vendría bien. Ya sabes, para despejarme.
—Bueno. —No forcejeó conmigo cuando lo solté y junté las manos delante, mientras nos alejábamos del patio.
—Cuando quieras.
—¿Cuando quiera qué?
—Las preguntas que te están dando vueltas por esa hermosa cabecita que tienes.
Casi suelto una risa. Casi.
—¿Dónde te quedas cuando estás en Ellder?
—En la habitación que está debajo de la tuya.
Ahora sí que no podría dormir en absoluto. No dejaría de pensar que estaba durmiendo debajo de mi habitación.
—¿Estás seguro de que no quieres descansar?
—Estoy seguro.
Caminamos uno al lado del otro, a un ritmo suave y relajado como la brisa otoñal.
—¿Alguna vez has hablado con algún curandero sobre la lyssa?
—Fui a ver a uno cuando me mordieron. Me dijo que tenía suerte de estar vivo y que debería darle las gracias a los dioses.
Cuando empecé a notar los cambios, volví a verlo.
Me dijo que en algún momento pasaría. No quería aceptar que no tenía ni idea de lo que me estaba pasando.
Era el mejor curandero de Turah. Si él no sabía qué hacer, entonces nadie lo sabría.
Después de eso fui a ver al Sumo Sacerdote.
—¿Y ahí es cuando empezó a drenarte la infección de la sangre?
—No, al principio no. Tardó casi un año en ajustar su magia a la infección.
—¿Ajustar?
—Sí, así lo llama él, no yo. Me dijo que, cuando los Voster son jóvenes, su magia debe aprender.
Él puede controlar el viento y el agua porque le enseñó a su magia a manipular fluidos.
Aprendió a usar la sangre para los enlaces.
Y su magia tardó un año en aprender cómo controlar la infección.
Desde entonces usa todo lo que me extrae para identificar de qué está compuesta.
Y se asegura de que sea suficiente para que no me consuma por completo. Solo pospone lo inevitable.
—¿Por qué no puede limpiarte por completo?
—Está ligada a mí. Se ha vuelto parte de mí. Si la extrajese toda, sería mi fin.
—Ligada a ti. Como la magia de sangre.
—Sí.
Cuando me había dicho que el Voster había identificado los elementos de la lyssa, el polvo de colmillo de fének y el korakin, yo había pensado que quizá era algo mundano, que un alquimista había creado la infección.
Y, si eso era así, entonces debía de haber una cura.
Pero la lyssa no era como otras enfermedades. Ninguna otra infección alteraba la velocidad, el sigilo o la fuerza de los hombres. Esto tenía que ser magia. Si el Sumo Sacerdote no podía eliminarla del cuerpo de Ransom, entonces quizá era verdad que no había una cura.
A menos que el Sumo Sacerdote nos estuviera engañando a todos.
Mi padre estaba seguro de que podía romper tratados antiguos sellados con magia de sangre. Pero también tenía que haber una manera de romper una infección mágica.
Ransom interrumpió mis pensamientos cuando me tomó de la mano y, esta vez, cuando intenté soltarme, no me dejó.