Capítulo cuarenta y siete
Evie me tocó el brazo con un dedo.
—¿Me estás escuchando, Dess?
—Lo siento. —Abandoné mis pensamientos—. ¿Qué has dicho?
—Te he preguntado si te ha pasado algo en los labios. No dejas de tocártelos.
Aparté la mano de la boca como si estuviera al rojo vivo.
—Ah, sí, yo… tengo sed.
Miró la cantimplora que estaba junto a mí en el césped. La levanté, le quité la tapa y bebí, mientras ella seguía alimentando a Faze.
Cielos, estaba hecha un desastre y todo era culpa de Ransom.
Había pasado una semana desde que me había besado en el centro de entrenamiento y, sin importar cuánto lo intentara, no podía dejar de pensar en ello. En él.
Fue el mejor beso de mi vida. Todavía podía sentir el calor de sus labios, su sabor en mi lengua.
Maldito . Me ha arruinado por completo. Esperaba que, donde fuera que estuviera ahora, también se sintiera miserable.
—¿Dess? —preguntó Evie, mientras acariciaba una de las orejas de Faze.
—¿Evie?
—¿De verdad lo vamos a dejar ir?
—Sí, estrellita. —Pasé una mano por su cabello oscuro—. Algún día.
Nuestro flagris estaba acurrucado sobre su regazo, bebiendo leche de su biberón, mientras estábamos sentadas en el patio de la casa de Zavier. O la casa de Ransom. ¿Quién era el dueño de esta casa? ¿El príncipe? ¿O el farsante?
¿Quién era el verdadero padre de Evie? ¿Era la hija de Zavier? ¿O eso también era una mentira?
Una semana era una eternidad para estar sin respuestas a esas preguntas importantes. Todos los días sumaba más a mi lista, que se iba haciendo cada vez más larga.
Quizá esa era la razón por la que Ransom se había ido. Para evitar mis preguntas.
O puede que solo necesitara tiempo y espacio.
Había abandonado Ellder con Zavier y un grupo de guerreros el mismo día que envié a Jocelyn a casa.
Esa misma mañana, ella se subió a una carreta que iba a Perris. Ya debería estar lista para cruzar el Krisenth. Una semana más y seguramente habría llegado a Roslo.
¿La creería mi padre? Era probable que corroborara todo mediante otros espías que hubiera enviado a Turah en todos estos años. ¿Había alguno en Ellder ahora? ¿Había pasado junto a uno de los hombres de mi padre en las calles de la fortaleza sin darme cuenta?
—Evangeline —llamó Luella desde la puerta de su casa—. Hora de almorzar.
Evie frunció la nariz.
—Almuerzo y luego lecciones.
—Es importante que aprendas a leer —dije, tomando a Faze de su regazo.
Bostezó y dejó a la vista sus colmillos blancos cuando lo apoyé sobre el pliegue de mi brazo.
Estaba volviéndose cada vez más pesado y ya tenía el tamaño de un gato doméstico gordo.
No faltaba mucho para que ya no pudiera llevarlo en brazos.
Pronto tendríamos que liberarlo. Pronto tendríamos que afrontar otra despedida.
Evie se puso de pie y, frotándose los pantalones, miró a Luella con una expresión llena de dramatismo.
La mujer presionó los labios para contener una sonrisa.
—Nos vemos en la cena —le dije a Evie mientras me ponía de pie. Luego, con un pequeño empujón, la envié con su tutora.
Después de una parada rápida en mi apartamento para dejar a Faze durmiendo en un sillón, cogí una bolsa y salí a las calles de Ellder.
Los hombres dejaban de caminar para hacer una reverencia cuando pasaba junto a ellos.
Un grupo de mujeres se quedó en silencio cuando me vieron y cada una de ellas se inclinó respetuosamente.
Un niño y una niña que se estaban persiguiendo en la puerta de una pastelería se quedaron inmóviles con los ojos bien abiertos mientras susurraban: «Es la princesa».
Tal como me temía, ya no volvería a ser un rostro más entre la multitud de la fortaleza. Recibir esta atención significaba que me había quedado más tiempo que el de costumbre en mi habitación esta última semana. Era hora de visitar a un amigo.
La morada a la que Ransom había llevado a Samuel y Jonas Hay se encontraba en una serie de casas angostas idénticas.
Las construcciones tenían dos pisos, una planta baja y una planta superior, y estaban bastante pegadas entre sí.
En cierta manera, me recordaba a las jaulas de los halcones en Roslo, donde los halconeros metían tantas aves como fuera posible en el mismo lugar.
Todas las casas tenían estacas de metal en el techo, una defensa para la migración.
El vecino de Samuel tenía una maceta con crisantemos de flores de color borgoña junto a la puerta delantera.
El color intenso combinaba con las hojas de los árboles cercanos.
El otoño se extendía por todo Turah y el verde cedía su lugar a los tonos dorados y castaños rojizos.
Por las mañanas, debía coger una manta para ponérmela sobre las piernas cuando desayunaba en el balcón.
Cuando regresaba de mis caminatas matutinas por la fortaleza o después de cabalgar a Freya durante una hora, tenía las mejillas frías y las orejas rojas.
Llamé a la puerta de la casa de Samuel, enderezando el dobladillo de mi jersey y esperé.
Salió con el ceño fruncido, pero enseguida esbozó una sonrisa cuando vio que era yo.
—Odessa. Bienvenida. Por favor, pase.
—¿Cómo estás? —pregunté al entrar.
Se encogió de hombros.
—Solo y aburrido.
—Ah. Jonas empezaba la escuela hoy, ¿no?
—Sí, solía encargarme yo de su educación cuando estábamos en Ravalli. Sé que es bueno que haga amigos, pero… lo echo de menos.
—¿Ya has pensado en qué vas a hacer? —pregunté, siguiéndolo por la habitación de la parte delantera de la casa hacia la cocina larga y angosta, y luego sentándome en una silla junto a su mesa pequeña.
—Esperar, supongo —dijo, sentándose frente a mí, mientras tamborileaba con los dedos sobre la superficie de madera de la mesa—. Esperar a la primavera. Luego regresaremos a Quentis.
—¿A la tierra de los traidores y los mentirosos? —bromeé.
—Va a echármelo en cara toda la vida, ¿verdad?
—Es mi idea.
Rio y se relajó en su asiento.
—¿A qué debo el placer de su visita?
—Bueno, quería ver cómo estabas, pero también tengo una tarea para ti, si te interesa.
Samuel se sentó más erguido.
—¿Qué tarea?
Una tarea que, por derecho, me tendría que guardar para mí, pero era algo que no podía terminar sola. Al menos no con precisión.
Respiré profundamente, me tragué mis dudas y abrí la bolsa.
—Estoy haciendo un mapa de Turah.
Samuel abrió los ojos de par en par.
—Princesa.
—Lo sé —dije, mordiéndome el labio inferior—. ¿Recuerdas que me contaste que el investigador que llevas dentro quería averiguar más cosas sobre Allesaria? Bueno, yo también siento lo mismo. Y no puedo dejarlo estar. Si voy a ser reina, necesito saber qué es lo que pasa en este reino.
No lo hacía por mi padre. Lo hacía por mí .
—Odessa —dijo Samuel, bajando la voz—. Si la atrapan…
—No tengo ninguna intención de que me atrapen. —Cogí el mapa de mi bolsa y lo extendí sobre la mesa—. Ya sé que te estoy pidiendo algo arriesgado. Quiero que sepas que si hubiera otra persona a la que pudiera recurrir, lo haría. Pero tú eres de Quentis. Ninguno de los turanos confía en mí.
Ni siquiera su príncipe heredero.
—Entendería si no quisieras hacerlo. No te lo reprocharé. Pero yo no sé hacer mapas y solo llevo aquí poco tiempo. Estoy segura de que este tiene muchos errores y omisiones. Me gustaría que me ayudaras a llenar los vacíos.
Había pasado la última semana dibujando una versión a partir de los dibujos de mi diario. Era algo temporal. Una vez que estuviera terminado, haría los ajustes necesarios en mi diario y quemaría esta copia.
Samuel la estudió con detenimiento y cuidado. Sus ojos seguían los caminos que llevaban a los pueblos que había bocetado.
Las páginas de mi diario incluían marcas para los monstruos infectados con la lyssa. Esta copia no. Pero, aunque no las hubiera incluido, podía verlos en el papel como si fueran unas luces invisibles intermitentes.
—¿Qué camino es este? —El dedo de Samuel trazó una línea serpenteante que se abría paso hacia las montañas en la parte superior del mapa.
Era solo una suposición, ya que era lo único que podía hacer, pero en algún lugar de las montañas había una ciudad escondida.
Y esa línea, ese camino desconocido hacia Allesaria, podía ser la causa de mi muerte o mi destierro.
Me mantuve en silencio y observé cómo Samuel unía todas las piezas por sí solo.
Levantó la vista del mapa.
—¿Qué pretende conseguir?
—Encontrar la verdad.
—¿Y qué hará con esa verdad?
—Liberarme. —Estaba a merced de los secretos. A menos que descubriera la verdad, siempre estaría atrapada. Por mi padre. Por Ransom.
Estaba cansada de ser un Gorrión en una jaula.
—Está prohibido —me advirtió Samuel.
—Lo sé, pero está pasando algo en Allesaria, algo que no está bien. Tú también lo sospechas. —Contaba con el odio que Samuel le tenía a Ramsey para poder ganarme su confianza. Su silencio.
—La milicia de Ramsey —murmuró.
Entre otras cosas.
No tenía pruebas de que la lyssa se hubiera originado en Allesaria, pero quería investigar. Quería usar todos los medios disponibles para averiguar si mi corazonada era verdad. Y la manera de lograrlo era entrando en Allesaria, aunque eso significara hacer otro juramento de sangre.
La fuente tenía que ser la prioridad. Ransom y Zavier podían matar a todos los monstruos del reino, pero, si no destruían la infección desde su origen, nunca terminaría.
Samuel miró el papel y una arruga se formó entre sus cejas.
—Nunca he estado en Allesaria. No puedo ayudarla con esa parte del mapa.
—Está bien. —Si podía ayudarme a reconstruir un mapa general de Turah, al menos sería un punto de partida.
Y si yo encontraba la manera de estudiar el brazalete de Ransom, si realmente era un mapa, entonces quizá terminaría de completar todo este rompecabezas—.
Cualquier cosa que sepas me vendrá bien.
Suspiró y se giró hacia la pared durante unos segundos que me parecieron agónicos. No lo culparía si se negaba, en lo más mínimo, pero dolería.
Si no podía encontrar la lealtad en alguien de mi propio reino, entonces ¿qué me quedaba? Estaría realmente sola.