Capítulo cuarenta y seis #2
—Una reina que la gente cree que está casada con otro hombre. —Mis brazos se empezaron a sentir cansados, pero no dejé de atacarlo, presionándolo por todo el cuadrilátero, llevándolo de un lado a otro—. ¿Quiénes saben quién es el príncipe?
—Depende. Fuera de Allesaria, pocas personas me reconocen como el príncipe. Asumen que si Zavier es el que lleva la corona, entonces debe de ser él. Nos parecemos, la gente se cree la farsa.
—Entonces les mientes a todos. Por lo menos, no soy la única.
—¿Qué les hubieras dicho? —Se detuvo delante de mí con sus ojos plateados y una expresión tensa. Me sujetó de las muñecas y las sostuvo a cada lado de mi cuerpo para que dejara de pelear.
De todos modos, intenté soltarme. Me sacudí, hice fuerza y le di un puntapié en la pantorrilla.
Pero no se movió.
—¿La verdad? —le grité en la cara—. Deberías haberles dicho la verdad. Deberías habérmela dicho a mí.
—¿Que el príncipe turano, heredero al trono, se está muriendo? ¿Que tiene la misma infección que los monstruos que cazan en sus pueblos? ¿Eso quieres que les diga? ¿Para que entren en pánico cuando falta menos de un año para que llegue la migración?
—Al menos serías honesto. —Me puse de puntillas y me incliné acercándome más a él—. Eres un cobarde y un mentiroso.
—Cuidado —gruñó.
—¿O qué?
Abrí las manos y los cuchillos cayeron al suelo, emitiendo un sonido metálico. Luego giré las muñecas y me liberé las manos.
—Eres un cretino de mierda.
—Sí, soy un cretino de mierda. Y este cretino no le sirve de nada a este reino. Necesitan un líder nuevo, no un cadáver. Zavier se convertirá en el príncipe heredero.
—Entonces, ¿por qué me dices la verdad? ¿Por qué no me dejaste seguir creyendo tus mentiras como todos los demás? ¿Por qué me cuentas la verdad? —retrocedí, hundiendo las manos en mi cabello antes de soltarlas a cada lado de mi cuerpo.
Mi ira había disminuido. Se había marchitado lo suficiente hasta volverse polvo. Lo único que dejó tras de sí fue el dolor de cabeza.
Ransom era mi marido. No había necesidad de seguir luchando contra mis sentimientos. Ya no necesitaba convencerme de que no me había robado el corazón.
Pero, si Zavier estaba destinado a ser el príncipe, si Ransom estaba tan seguro de que se estaba muriendo, ¿qué sentido tenía todo esto? ¿Tenerlo y perderlo? ¿Por qué terminar con el corazón roto en mil pedazos cuando tenía que seguir fingiendo?
¿Por qué tener esperanzas si iba a terminar rota de todas formas?
Si Ransom moría, nunca sería libre. Me quedaría sola, llorando su recuerdo el resto de mis días.
Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras miraba al hombre que había creído, desde el fondo de mi corazón, que no me haría daño. Bueno, al parecer fui una idiota.
—¿Por qué me harías sufrir tu pérdida? —Me sequé las lágrimas que se deslizaban por mis mejillas—. ¿Por qué no me dejaste seguir creyendo que era la esposa de Zavier?
Ransom acortó el espacio que nos separaba y apoyó las manos a cada lado de mi rostro, hundiendo la punta de sus dedos en mi cabello. Sus ojos cambiaron mientras buscaban los míos.
No eran plateados. No eran de color avellana. Ni siquiera eran verde esmeralda. Se volvieron dorados. El mismo dorado que veía cada mañana en el espejo.
—Eres mía, Odessa —dijo con un gruñido más animal que humano. Y esa sensación fría que descendió por mi espalda bien podrían haber sido mis cuchillos, abriéndome en dos.
Mía .
Era lo único que había querido oír desde hacía semanas. Fue la mentira lo que me destrozó el corazón.
Apoyé las manos sobre su pecho y lo empujé con fuerza.
Un rugido brotó de mi garganta, crudo y devastador.
Había confiado en él, le había creído. Le había suplicado y rogado, había desnudado hasta lo más profundo de mi ser.
—Deberías habérmelo dicho. —Lo empujé una y otra vez, lo suficiente para apartarlo de mi cara. Lo suficiente para regresar a donde había soltado mis cuchillos.
Los levanté del suelo y corté el aire, rasgando la nada, mientras intentaba clavarlos en su carne. Pero cada vez que estaba cerca de tocarlo, sentía la resistencia de mis propias manos, de mi voluntad.
No eran Ransom ni su habilidad o velocidad lo que evitaban que lo cortara.
Era yo.
Era la sangre con la que había firmado ese tratado.
Un rey no puede matar a su Gorrión y un Gorrión no puede matar a su rey, ya sea directa o indirectamente, sin que la muerte caiga sobre ambos.
¿También había planeado eso? Estaba segura de que lo sabía o había adivinado que mi padre me pediría que lo matara. Por eso me atrapó con la magia de los Voster.
Arrojé los cuchillos a cada lado del cuadrilátero. Luego me lancé hacia él y golpeé su pecho con los puños, aunque estuviese hecho de piedra.
Levantó los brazos, extendiéndolos hacia cada lado, y aceptó cada uno de los golpes.
—Eres un cobarde. — Golpe —. Eres un farsante. — Golpe —. Y te odio.
—¿Y ahora quién es la mentirosa?
Lo empujé, pero me atrapó entre sus brazos y me acercó hacia él.
Sin importar lo mucho que intentara liberarme de él, lo mucho que me sacudiera, me mantenía presionada contra él, mientras varias lágrimas de ira, tristeza y vergüenza caían por mi cara hacia el suelo.
¿Por qué peleaba? No tenía sentido. Era demasiado fuerte y nunca ganaría. Si no abandonaba sus brazos en este preciso instante, tal vez nunca lo dejaría ir.
—Suéltame.
—No. —Bajó la frente sobre mi cabello.
—Te odio. —No había ni una pizca de verdad en mis palabras. Entonces, lo empujé una última vez, sabiendo que era inútil. Y cuando sus brazos solo se cerraron con mayor fuerza, me rendí y me desplomé sobre su pecho—. ¿Por qué yo?
—Ya te lo he dicho. Eres mía.
Suspiró y relajó los brazos. Era mi oportunidad de escapar, pero mis piernas no querían moverse.
Me cogió de la mandíbula y con el pulgar atrapó la última lágrima.
—Lo siento, mi reina.
—No tendríamos que haber peleado tanto, Ransom —susurré. El amor no debería llegar con tantas mentiras.
—¿Por qué no? ¿No es por esto por lo que deberíamos estar peleando? —Su pulgar descendió hacia mi boca y trazó el contorno de mi labio inferior.
Se me empezó a entrecortar la respiración.
Atrás habían quedado los ojos dorados. Me miró con los iris del verde más intenso. Musgo, tierra y Ransom.
Iris que me perseguirían hasta en mis sueños.
No estaba segura de quién se movió primero. En un momento, mis talones estaban en el suelo y, al siguiente, cientos de mariposas levantaron el vuelo en mi vientre, haciéndome flotar hacia su boca.
El mundo a nuestro alrededor empezó a girar y se desvaneció en haces de luz y oscuridad, hasta que los colores se mezclaron en un remolino gris, blanco y negro. Hasta que el único color que quedó fue el verde.
Fue como esa primera bocanada de aire después de saltar del acantilado al mar y salir a la superficie para llenar los pulmones de nuevo.
Era como volver a nacer.
Los labios de Ransom se movieron sobre los míos en un beso lento, provocándome, probándome.
Luego otro gruñido salvaje brotó de su garganta y la vibración alcanzó las zonas más profundas de mi cuerpo.
Su lengua acarició la comisura de mis labios, como si suplicara y deseara que bajara la guardia. Y lo dejara entrar en mi interior.
Cualquier otra princesa se habría resistido una última vez. Una princesa decente se habría mantenido firme.
Pero yo no era una princesa ejemplar.
Me separé de él y tomé una bocanada de aire, mientras su boca flotaba sobre la mía y decidía abrirse paso por la fuerza entre mis labios.
El mundo a mi alrededor se desvaneció. Cielos, cuánto quería que esto sucediera. Desde hacía semanas, me había negado a permitirme desearlo. Desear a Ransom. Me había negado a creer que esto fuera posible.
¿Y si el beso era otra mentira?
Fue como si me hubieran volcado un cubo de agua fría encima. Aparté la boca y el mundo recuperó de golpe su nitidez.
La mañana era demasiado brillante, demasiado alegre, para sentir todo este tormento en mi alma.
Me alejé de Ransom y miré el centro de entrenamiento a nuestro alrededor.
Vacío.
Ransom pasó su pulgar por su boca húmeda.
—Odessa.
No había tardado demasiado en interiorizar mi nombre.
Me marché antes de que lo enarbolara como la espada que llevaba a su espalda.