Capítulo cuarenta y cinco
Cuando llamaron a la puerta la mañana siguiente, dirigí mi mirada en esa dirección con la esperanza de que atravesara la madera y me permitiera ver quién estaba al otro lado.
La única persona que quería ver era a Evie, pero era demasiado temprano para que estuviera despierta. Además, nunca golpeaba antes de entrar.
Si era Ransom, se podía ir a la mierda.
Si era Zavier, podía pudrirse por ser parte de toda esa pantomima con Ransom.
Y si era Jocelyn, bueno…
Todavía no había decidido qué hacer con ella. ¿Conocía la identidad real de Zavier? ¿Sabía que no era mi marido o creía que estábamos casados?
O le había confesado la verdad que no me había confiado a mí o había tenido sexo con mi esposo.
Me habían hecho quedar como una idiota. Todos. Necesitaría más que una sola noche de insomnio para que mi orgullo herido sanara.
Había pasado toda la noche sentada en el sillón, mirando la oscuridad de mi sala de estar, repasando cada momento de los últimos dos meses. Navegando por un mar de emociones: ira, humillación, tristeza, alivio. Y más alivio irritante.
Esperaba, deseaba, recibir el amanecer adormecida y exhausta. Arrastrarme a la cama y dormir el resto de mi futuro próximo. Pero lo que sucedía es que estaba cultivando una ira agobiante. Cielos, estaba furiosa. Demasiado furiosa.
El golpe sonó otra vez, el doble de fuerte que la vez anterior.
—¿Su Alteza?
Jocelyn.
Una parte de mí quería ignorarla y dejar que todos sufrieran con el desdén de mi silencio. Pero otra parte de mí sabía que no podía evitarla siempre. Tendría que afrontar el problema en algún momento. Y quizá podía empezar con ella. Me levanté del sillón, con las piernas rígidas, y crucé el salón.
Tenía la mano levantada, lista para llamar a la puerta otra vez, cuando abrí. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos estaban enrojecidos e irritados.
Giré hacia un lado y la hice pasar.
—Lo siento, Su Alteza. —Tenía las manos juntas en la espalda y mantenía la cabeza baja—. No tengo ninguna excusa para lo que hice. Lo siento. Cualquiera que sea el castigo que considere apropiado, me lo merezco.
¿Un castigo? Jocelyn estaba muy acostumbrada a los berrinches de Mae. A menos que mirarla con mala cara contara, nunca se me había cruzado por la cabeza castigarla.
—No voy a castigarte. —Regresé a mi sillón y señalé el otro en la sala de estar—. Siéntate.
La orden brotó de mí con vehemencia. Una vehemencia al mejor estilo de Margot.
Sí, estaba furiosa. Y lo estaría durante un tiempo. Me había mentido. Todos me habían mentido. Cada vez que pensaba en cómo me habían dejado de lado, sentía una gran incomodidad. Pero me negaba a dejar que esta situación despertara la mala leche de mi madrastra.
Se acercó, se sentó rígida como una tabla y mantuvo la mirada hacia abajo.
—Estoy muy enfadada —le dije—. Estoy dolida. Estoy avergonzada.
—Lo sien…
—Lo sientes. —Levanté una mano—. Dejemos de lado las disculpas. Empecemos con la verdad. ¿Cuándo empezó todo esto?
—Hace tiempo. —Mantuvo la mirada en el suelo y las manos juntas sobre su regazo—. Conocí a Vander en Treow. Empecé con él primero, siempre que estaba en el campamento. Luego preguntó si Zavier podía, esto… unirse.
¿Zavier le habló? ¿Le había revelado esa parte de él?
—Lo siento —repitió Jocelyn, sacudiendo la cabeza y con los ojos llenos de lágrimas—. Es su esposo.
Bueno, al menos, era agradable saber que no era la única persona que había sido engañada por esta farsa.
—¿Sientes cosas por él? ¿Por ellos?
—No es lo que parece —dijo, resollando—. Es solo sexo. Una vía de escape. Una manera de sentir otra cosa más que tristeza.
Se me hizo un nudo en el estómago.
No me había dado cuenta de que estaba tan triste. Brielle era la que parecía sentirse más sola y extrañar más su hogar. Brielle era la que parecía estar alejándose cada vez más de la persona que solía ser en Quentis.
Jocelyn se había mantenido tan estoica, tan firme, desde que llegamos, pero quizá era solo una máscara. Una fachada de valentía.
Ya habíamos pasado aquí varios meses y, la mayor parte del tiempo, Jocelyn y yo estábamos separadas. Y yo había estado explorando los alrededores, dedicada a asuntos como Turah, la lyssa y Ransom, pero ella había estado sola, extrañando su vida.
—¿Qué quieres hacer, Jocelyn?
—Servirle, Su Alteza. Ganarme su perdón.
Resoplé.
—Esa es la frase más ensayada que he oído en semanas. Vuelve a intentarlo.
Se mordió el labio inferior.
—Quiero volver a casa.
Casa . Envidiaba que supiera exactamente dónde estaba su casa.
—Está bien. Veré qué puedo hacer.
Su rostro se iluminó, mientras sus ojos parecían nadar en un mar de lágrimas.
—¿En serio?
—No te prometo nada. Si encuentro una excusa para enviarte de regreso, entonces lo haremos. —Todos podrían pensar que estaba devastada por su aventura con Zavier y Vander. Podían verlo como un castigo—. Pero necesito que hagas algo por mí. Necesito que le lleves un mensaje a mi padre.
—Claro, lo que sea.
Pero no le daría nada útil. Era un mensaje que le tendría que dar en persona.
—Mi padre me pidió información sobre Turah. ¿Brielle te contó algo sobre eso?
—No —dijo, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué información?
—Me pidió que encontrara una manera de entrar en Allesaria.
Miró hacia la puerta, asegurándose de que estuviéramos solas.
—¿Y lo ha conseguido?
—No. Y es poco probable que lo consiga. Está prohibido que aparezca en los mapas.
Y Zavier no tiene ninguna intención de llevarme allí.
Al menos, no antes de la migración. —Tragué saliva con fuerza—.
Debes decirle a mi padre que he fallado.
Los turanos sospechan que quiere encontrar la ciudad y la última persona a la que le confiarán esa información soy yo. Por favor, dile que lo siento.
No lo sentía. Ni un poco. Pero el mensaje me parecía creíble incluso a mí.
Jocelyn le informaría que había fracasado y también era probable que le contara su aventura con Zavier. Cielos, quizá él la había incitado a que lo hiciera desde el principio. Estaría furioso y molesto de que la hubiera enviado a casa sin algo útil. Pero ¿sería una sorpresa? Para nada.
Ese plan estaba destinado a fracasar desde el primer momento.
Pero ese fracaso era mi decisión.
No hacía falta que Jocelyn supiera nada sobre la lyssa. No hacía falta que supiera que la identidad de Zavier era una estrategia. No hacía falta que supiera que el camino que llevaba a Allesaria probablemente estaba grabado en el brazalete de Ransom.
El mensaje que entregaría sería decisión mía.
—Creo que los turanos son más astutos de lo que creíamos —dije—.
Dile a mi padre que tenga cuidado. Están creando una milicia, probablemente para defenderse de la migración, pero debe tenerlo en cuenta en lo que sea que esté planeando.
No sé dónde está entrenando a esos soldados el rey Ramsey, pero las barracas de Ellder están llenas.
Y parece que tanto Zavier como el Guardián consideran este lugar su hogar.
Mentiras y verdades entretejidas con la esperanza de que Jocelyn no solo creyera mi historia, sino que pudiera vendérsela a mi padre.
—Está bien —asintió—. ¿Le cuento lo que pasó en Treow? ¿Sobre el día que el rey llegó y sus soldados quemaron todos esos libros?
—Puedes contarle todo lo que él quiera saber. No me guardo ningún secreto que no quiera contarle. —La mentira brotó de mi lengua sin trastabillar. Casi me di una palmada en la espalda.
—Su Alteza, ¿cree que debería quedarme? ¿Por si descubre más cosas? Para poder darle algo más sustancioso a su padre. Algo que sea mejor que nada.
¿De verdad estaba preocupada por mí? ¿O le asustaba ser la mensajera?
—Para cuando regreses a Roslo, faltará poco para el equinoccio de otoño. El invierno no tardará en llegar. Prefiero enviarle este mensaje que no enviarle nada. Además… —la miré con decisión—, eres la amante de mi marido. No puedo permitir que te quedes.
Tragó saliva con dificultad.
—Regresa a casa, Jocelyn. Abraza a tu madre.
Sus ojos se volvieron hacia el cielo otra vez cuando se puso de pie.
—Lamento haberla decepcionado.
Había esperado que quizá Jocelyn y Brielle se volvieran mis amigas. Pero luego se folló a mi marido.
No éramos amigas.
—Adiós, Jocelyn.
Hizo una reverencia y se marchó hacia la puerta, salió y me dejó sola. Apoyé los dedos sobre mi barbilla y me quedé mirando el sillón vacío. ¿Creería mi padre su mensaje? ¿Importaba?
Estaba aquí para descubrir los secretos de Turah. Eso no había cambiado. Pero, en lugar de actuar para mi padre, lo haría por mí misma. Por mi libertad.
Y qué mejor persona para ayudarme con eso que mi esposo.