Capítulo cuarenta y cuatro
—Odessa, espera. Por favor. —Las botas de Zavier resonaron sobre los escalones detrás de mí mientras me seguía al primer piso.
Lo ignoré y subí los escalones de dos en dos hasta que llegué a la pasarela. Luego avancé sin detenerme hacia la puerta de mi habitación, más que lista para desaparecer en su interior y abandonar esta realidad.
Pero no iba a obtener ese deseo. No todavía.
Había un guerrero ceñudo que me bloqueó el paso.
Ransom se apartó de la pared en la que estaba reclinado.
—¿Qué pasa?
—Nada. Estás en mi camino.
¿Se hizo a un lado? No. Ocupó la pasarela con su enorme cuerpo y me obligó a detenerme. Sus ojos de color avellana se fijaron en un punto por encima de mi cabeza, hacia donde estaba Zavier. Y luego su color avellana cambió a un plateado fundido.
¿Estaba furioso por mi causa? ¿Reconocía las señales de un hombre que acababa de tener sexo con mi criada? ¿La ropa arrugada, las mejillas encendidas y el cabello despeinado?
Zavier no llevaba su corona esta noche. Quizá se la había olvidado en la mesita de noche de Jocelyn.
—Lo siento, Ranse —dijo Zavier.
¿Por qué se disculpaba con Ransom? ¿Qué tal una maldita disculpa para mí, su esposa?
A estas alturas, ya no quería oírlo. Hice a un lado a Ransom, chocando su brazo con el hombro, mientras sujetaba con fuerza a Faze sobre mi pecho.
Y cuando llegué a mi habitación, solté a Faze en el suelo y mis manos salieron disparadas hacia mi cabello.
Tiré de la trenza, que ya se estaba deshaciendo.
—Maldición.
Las lágrimas inundaban mis ojos.
¿Por qué? ¿Por qué estaba llorando por esto?
¿Cómo podía estar enfadada con Zavier? No había ni una pizca de atracción entre nosotros. Nunca había expresado interés romántico por mí y ni siquiera podíamos considerarnos amigos.
Ni siquiera me había molestado enterarme de que Banner, mi prometido, tenía una amante en Roslo, y ¿esto era lo que me hacía llorar? Las infidelidades eran comunes en la corte de mi padre. Era obvio que habría infidelidades entre los miembros de la realeza de Turah.
Pero ¿por qué tuvo que elegir a Jocelyn? ¿Por qué, de todas las mujeres de Turah, tuvo que elegir a mi criada?
No podía culparlo.
Jocelyn era hermosa e inteligente. Astuta y fuerte. La mayoría de los hombres la admiraban cuando pasaba frente a ellos.
Lo único que hacía que me miraran a mí era la corona que algún soldado turano había robado de mi casa del árbol en Treow.
El problema no era que hubiera elegido a Jocelyn, sino que no me hubiera elegido a mí.
¿Por qué nunca era la primera opción? ¿Por qué siempre era el premio de consolación? Para mi padre, para Margot, para mis tutores. Y ahora para Zavier.
¿Qué había de malo en mí para que no fuera suficiente para nadie?
Unas lágrimas calientes se deslizaron por mis mejillas y me las sequé con el dorso de la mano, mientras respiraba con dificultad por la nariz.
No era la primera vez que me pasaban por alto. Tampoco sería la última. Entonces, ¿cuándo dejaría de doler? ¿Cuándo dejaría de esperar algo distinto?
—Maldita sea. —Sequé un nuevo torrente de lágrimas y me deshice la trenza, dejando que los rizos cayeran sueltos sobre mis hombros.
¿Cómo debía comportarme a partir de ahora? ¿Se suponía que tenía que fingir que esto nunca había ocurrido? ¿Se esperaba que hiciera como si nada hubiera pasado?
Si Zavier creía que lo invitaría a mi cama después de esto, que siguiera soñando.
La puerta se abrió a mi espalda. Era alguno de ellos, pero, en este momento, no quería ver a ninguno de los dos.
—Vete.
—No —dijo Ransom, cerrando la puerta.
Claro que era él.
Siempre era él.
Quizá ese era el verdadero problema. Tal vez esa era la razón por la que no podía detener las lágrimas. Porque todo este tiempo, toda esta culpa, ¿para qué? ¿Para mostrar lealtad por un príncipe, un esposo, que nunca me sería leal?
—¿Lo sabías? —pregunté. Era una pregunta tonta, pero, a estas alturas, solo quería entender la profundidad de esta traición.
—No. Zavier acaba de contármelo.
Bueno, algo es algo.
—¿Me puedes mirar a los ojos?
No me di la vuelta.
—Por favor, Ransom. Vete. Quiero estar sola.
—Estás mal.
—Sí. No. —Sacudí la cabeza y hundí las manos en mi cabello—. No sé. Está mal. Todo está mal. No debería sentirme…
El aire cambió cuando se acercó. Sentí la calidez y el aroma de Ransom como unos brazos fuertes que envolvían mi cuerpo. Musgo y cedro. Viento y lluvia. Era el cielo y el infierno.
—¿Sentirte cómo? —Su voz fue un murmullo grave.
—Aliviada.
Era alivio.
Esas lágrimas podrían haber empezado a causa de Zavier, Jocelyn y mi orgullo herido. Pero seguían cayendo por alivio.
No quería que Zavier me quisiera. Y si había encontrado una conexión con otra persona, eso significaba que podía dejar de sentirme culpable. Podía dejar de odiarme por enamorarme de Ransom.
Había pasado semana tras semana asfixiando la verdad. Sofocando la culpa. Y ahora ya no tenía que hacerlo. Porque Zavier lo había estropeado todo primero.
Cielos, qué desastre.
—Una esposa no debería sentirse aliviada de encontrar a su esposo durmiendo con su criada.
Tocó la punta de uno de mis rizos y sentí un hormigueo en toda la espalda.
—¿Por eso no me miras? ¿Porque te sientes aliviada?
—No. —Si lo miraba, todo lo que había guardado en mi interior se desmoronaría. Y, una vez que lo dijera, no habría marcha atrás.
—Mírame, Odessa.
Nunca nadie diría mi nombre como Ransom. Esa sensación que había tenido desde hacía una eternidad no se iría, sin importar cuánto intentara olvidarla. Y, al final, no importaba si Zavier estaba con Jocelyn. No importaba cuántas amantes se hubiera llevado a la cama.
Él era el príncipe heredero. Un rey. Y yo una princesa tonta de la que se esperaba que le diera herederos y estuviera a su lado.
Las reglas eran diferentes para las mujeres. Dudaba que Zavier alguna vez estuviera dispuesto a dejarme romper mis votos, incluso si era por el Guardián.
Ransom no era mío. Nunca lo sería.
—Tengo que aprender a soltar.
—¿Qué cosa?
—A ti —susurré—. No eres para mí.
Suspiró y se acercó tanto que su pecho rozó mi espalda.
—¿Y si lo soy?
—¿Cómo? Estampé mi nombre con sangre, ¿recuerdas?
Su suspiro fue tan profundo que pareció brotar desde los dedos de sus pies. Una respiración que había estado conteniendo desde hacía meses.
—Te vi en Roslo. En el acantilado.
Mi corazón se detuvo una vez más. Mis pulmones se contrajeron. ¿Era esto lo que había estado intentando decirme todo este tiempo? ¿Se trataba de otro secreto que tendría que sufrir?
Me había visto ese día, el día de mi boda, meses atrás. Y me lo estaba diciendo ahora. ¿Por qué?
—Te metiste en el agua con el cabello castaño y saliste con el cabello pelirrojo. Cuando entrabas corriendo en el castillo, empapada, no pude apartar los ojos de ti. Y ahí estabas, en la sala del trono, con el cabello teñido otra vez. Pero en tu interior vi lo que veo en mí.
Mis manos empezaron a temblar. Mis latidos se aceleraron tanto que estaba empezando a sentirme mareada.
La esperanza y el miedo batallaron en mi pecho: esperanza por lo que pudiera decir, miedo por la misma razón.
Si había tardado meses en decirme esta verdad, no estaba segura de si quería escucharla.
—Sé algunas cosas sobre fingir —dijo—. Sobre tener una doble vida y usar una fachada.
—Ransom. —Mi voz tembló—. No me digas nada por lo que pueda odiarte.
—Ya me odias, ¿recuerdas? —Sus manos cálidas y fuertes se apoyaron sobre mis hombros—.
Fui a Quentis para ver qué ocultaba el Rey Dorado y averiguar por qué había contratado a mis guerreros para matar a un puñado de medularias cuando estoy bastante seguro de que sus propios soldados podrían haber hecho el trabajo sin problemas.
Fui para ver a la hija que se convertiría en la reina turana. Pero entonces te vi a ti y todo cambió.
—¿Qué hiciste?
—Decidí liberarte.
Me giré y sus manos cayeron de mis hombros. Lo miré.
—¿Liberarme? ¿Te parece que soy libre? ¿Casada con Zavier? ¿Crees que reclamarme como pago fue rescatarme? Estoy el doble de encerrada que antes. No me liberaste. Me encadenaste a dos reinos en lugar de a uno. A un hombre que está más interesado en la criada de su esposa que en su propia esposa .
Su mandíbula se puso tensa.
—No estás encadenada a Zavier.
—Hay un tratado en algún lugar de este continente que demuestra lo contrario.
Ransom gruñó.
—¿Con quién intercambiaste los votos, Odessa?
—Con Zavier. —Había estado parado a mi lado, había estampado su nombre con sangre, había hecho sus votos.
Pero no había pronunciado ninguna palabra. Ni una sola vez.
El Guardián, Ransom, se había ofrecido para hablar en nombre de su príncipe.
Ay, cielos . El color abandonó mi rostro.
Zavier no había dicho nada, no hasta que estuvimos en el barco. No había sido su voz la que había sonado en el santuario, sino la de Ransom.
—La sangre, el vial. —Entonces recordé que Zavier lo había escondido con su mano, tapándolo de la vista. Si hubiera estado bajo la luz, la sangre no habría sido roja.
Habría sido del tono más oscuro de verde.
—Pero él firmó el tratado —dije, sacudiendo la cabeza.
Me tomó la mano y abrió la palma.
La cicatriz del cuchillo de mi padre no era nada más que una línea rosada en mi piel. En la oscuridad, ni siquiera era visible.
Extendió los dedos de mi mano y abrió la suya para mostrar un corte similar que había sanado hacía un largo tiempo. Lo único que quedaba de él era una tenue línea blanca.
Cicatrices idénticas.
Las cicatrices de un Gorrión.
Y su rey.
—Con mi sangre —dijo—. Con mi voz.
Mis rodillas empezaron a sentirse débiles y a temblar. Aparté la mano con fuerza.
—Nos engañaste. Fue una mentira. Todo fue una mentira. ¿Qué hay de los Voster?
—El Sumo Sacerdote sabía que tenía mis razones.
Y por eso le había permitido a Ransom engañarnos a todos. A todos.
—¿Y cuáles son exactamente esas razones? El tratado existe desde hace muchas generaciones. Une a los países por medio de matrimonios reales. Pero tú no eres un prín…
Un príncipe.
—Eres tú —dije, perdiendo el equilibrio a medida que la verdad se abría paso en mi mente y hacía estallar como un cristal todo lo que había sabido durante meses—. Tú eres el príncipe heredero. Todo ha sido un engaño.
—No todo. —Sus ojos se oscurecieron y cambiaron a ese verde bosque cuando tomó mis brazos, manteniéndome de pie. Y me acercó a su pecho—. Tú siempre has sido mi reina.
Mi reina . ¿Cuántas veces me había llamado así? ¿Cuántas veces se había referido a mí como el Gorrión? Incontables veces.
Él era el príncipe heredero. El hijo de Ramsey. Había una razón por la que Tillia no hacía ninguna reverencia cuando estaba frente a Zavier. Y no lo llamaba por ningún título.
Porque no le pertenecía.
Y tampoco a mí.
—¿Por qué? —pregunté con una voz quebradiza.
—Ya te lo he dicho.
—¿Para liberarme? —Me alejé de él—. Me obligaste a casarme . Eso no es liberarme.
La suavidad en su expresión hizo que mi pecho se alborotara.
—No me queda mucho tiempo en este reino, Odessa. Y, cuando ya no esté, tú serás libre. Tus lazos conmigo se habrán roto. Podrás elegir la vida que quieras.
Me liberaría con su muerte.
Mi corazón se partió por la mitad, abriendo una grieta que sería imposible de reparar. Las lágrimas inundaron mis ojos, haciendo que su rostro atractivo se viera borroso. Me temblaba la barbilla.
—Me mentiste.
—Sí.
—Te odio. —La mentira brotó de mi lengua, cruzó mis dientes y, por primera vez, la sentí convincente.
—Sí, es verdad —dijo Ransom, pasando uno de los rizos detrás de mi oreja. Y entonces, me dejó sola.