Escudo de gorriones (Escudo de gorriones 1) Capítulo cuarenta y tres #3
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Capítulo cuarenta y tres #3

—Están llegando cada vez menos informes —dijo, trayéndome de regreso a la conversación—. No he hablado con Zavier desde que partimos de Treow, pero ya debería estar en Ellder. Hablaré con él sobre la fuente. Necesitaremos empezar a buscar al cretino que ha creado todo esto.

—¿Zavier está en Ellder?

—Sí.

El temor se acumuló en mis entrañas. No era lo que una esposa debería sentir antes de ver a su esposo.

—Grandioso.

Ransom me miró de soslayo y sentí su mirada clavada en mi mejilla.

—¿Lo es?

—Por supuesto. —Los dos sabíamos que era pésima mintiendo—. Creo que es mejor que vaya a ver cómo está Faze.

Tomé las riendas para aminorar la marcha y avancé a un lado de la carreta. Me quedé ahí el resto del viaje, mirando la espalda de Ransom.

Cuando llegamos a la fortaleza, ya había oscurecido y el frío de la noche ya se dejaba notar en mis brazos.

Un grupo de soldados nos recibió en el patio, mientras otros cerraban la puerta a nuestras espaldas.

Los chicos de las caballerizas se acercaron a toda prisa y se llevaron a los caballos.

Luego apareció un guerrero, un hombre que recordaba haber visto en Treow, con el ceño fruncido por la preocupación.

—No te esperaba esta noche —le dijo a Ransom, mirando a Samuel y Jonas. Los dos estaban parados junto a la carreta, mirándolo todo a su alrededor—. ¿Qué ha sucedido?

—Ramsey —dijo Ransom entre dientes, y luego le hizo un gesto a Samuel para que se acercara—. Él es Samuel Hay. Se quedará en Ellder de momento. Dadle todo lo que os pida.

—A sus órdenes, me encargaré de eso. —No había manera de que el guerrero supiera las dificultades que habían enfrentado este día.

Y las dificultades que nos deparaba el futuro.

Pero, cuando se acercó a los Hay, esbozó una sonrisa amable y les dio una cálida bienvenida—.

Venid conmigo, os mostraré el lugar donde podéis quedaros.

—Buenas noches —saludé a Samuel. Luego tomé a Faze de los brazos de Jonas, aunque el niño no estaba listo para dejarlo ir—. Te lo llevaré mañana para que juegues con él.

La barbilla de Jonas temblaba, como si estuviera al borde de las lágrimas. Samuel pasó un brazo por encima de los hombros de su hijo y, juntos, siguieron al guerrero por el camino principal, mientras un muchacho llevaba su caballo y la carreta detrás de ellos.

—¿Estás bien? —me preguntó Ransom.

—Sí. —Envolví los brazos alrededor de mi cintura—. Cansada.

—¿Tienes hambre?

—No mucha, pero me gustaría saludar a Brielle y Jocelyn. ¿Dónde se están quedando?

—En las dependencias de los sirvientes de la casa de Zavier. ¿Sabes dónde queda?

—Sí, Evie me lo mostró. —Me había hecho un recorrido completo de la casa. Me había mostrado todas las habitaciones, incluidas las que no tenía permitido entrar.

—Cross, yo… —Me cogió de la mano, deteniéndome antes de que me fuera. El gesto encendió una chispa en mis venas. Sentía los callos de sus manos como una caricia sobre mi piel. Y comprendí que no quería sentirlos solo sobre mis manos.

Me miró y noté que sus ojos avellana reflejaban la luz de las antorchas. Ahí estaba otra vez, la expresión de un hombre que estaba intentando descifrar qué decir.

Esperé. Esperé. Y seguí esperando.

—¿Qué?

—Nada. —Me soltó la mano y se pasó la suya por la cara—. Buenas noches, mi reina.

Mis hombros se desplomaron.

—Buenas noches, Ransom.

Sentí su mirada sobre mi espalda cuando me marché, a medida que mis pisadas tomaban con pesadez el sendero familiar que me llevaba hasta la casa de Zavier.

Faze se movió entre mis brazos, pero lo sujeté con fuerza mientras íbamos hacia la casa y el apartamento de los sirvientes. Todas las habitaciones tenían su propia puerta, lo que le garantizaba privacidad al personal para ir y venir cuantas veces quisieran.

Rodeé la casa, pero me detuve abruptamente cuando vi a un hombre en la puerta abierta del primer apartamento.

No estaba solo.

Tenía a una mujer entre sus brazos y los labios presionados contra los de ella. Ambos se veían muy entregados uno al otro.

Sus brazos envolvían sus muslos y lentamente subían por debajo de su túnica, dejando al descubierto las piernas y los glúteos desnudos de la muchacha.

Él era alto, tenía la tez oscura y era bastante atractivo.

Cuando la soltó, apartó a un lado el cabello rubio de la muchacha para dejar al descubierto su hermoso rostro.

Entonces miró por encima de su cabeza y tanto Jocelyn como él se apartaron de la puerta.

Y entonces salió su compañero.

Estaba poniéndose la túnica por encima de la cabeza y me resultó extraño que este fuera el momento en que vi el pecho desnudo de mi esposo por primera vez. Llevábamos casados casi dos meses y ahora sabía la razón por la que no dormía en mi cama.

Había estado en la de Jocelyn.

Una conversación distante y una tienda en medio de las llanuras turanas aparecieron en mi mente.

A Zavier le gusta compartir.

Había estado compartiendo a Jocelyn.

Faze soltó un rugido y las tres caras se giraron en mi dirección.

Todo el color abandonó el rostro de Zavier.

—Su Alteza —dijo Jocelyn, tapándose la boca con la mano—. Está…

Harta.

Estaba muy, muy harta de este maldito día.