Capítulo cuarenta y tres #2
—Había llamado la atención del grupo de hombres equivocado. La clase de hombres a los que no les importa invitar a chicas jóvenes a sus barcos.
Se me hizo un nudo en el estómago y no estaba segura de si quería escuchar el resto de la historia.
—El hombre que se la había llevado también se había llevado a otras tres chicas.
—Las estaba secuestrando para venderlas, ¿verdad?
—Es probable. Pero no le di tiempo de explicarse cuando le destrocé la garganta.
Era una imagen bastante asquerosa. Pero se lo merecía.
—Bien. Y así es como te convertiste en el Guardián.
Se pasó una mano por el cabello.
—La madre de la muchacha dijo que era un guardián. Otras personas la oyeron. Y todo fue transportado por el viento.
—Y llegó a Quentis.
—No me sorprende. Hay muchos guerreros y soldados en Calandra, pero los nombres de los mejores se conocen en todas partes. En especial en los círculos de la realeza.
—¿Quién es el mejor de Quentis?
—Banner —contestó sin dudarlo—. Su habilidad para lanzar cuchillos es inigualable.
Ya había pasado bastante tiempo desde la última vez que había oído ese nombre. En otra vida, había estado junto a mi acantilado rogándole a Banner que no buscara venganza contra el Guardián.
Había creído la historia que me contó Banner. ¿Por qué no iba a creerle? Pero, ahora que conocía a Ransom, no podía imaginarlo matando a alguien con tanta violencia, destrozándole la garganta a otro hombre, por una amante. Banner debió de haberse equivocado.
Cielos, esperaba que se hubiera equivocado.
—¿Qué le pasó a su hermano? —pregunté.
—Lo maté.
Eso ya lo sabía.
—¿Por qué?
—Porque él era el hombre que se llevó a esas chicas de Westor.
Me llevé una mano al corazón cuando sentí que mis esperanzas se estrellaban contra el suelo. Quizá era un poco ingenuo de mi parte, pero tenía que creer que Banner no sabía lo que había hecho su hermano. Quería creer que el hombre en quien mi padre confiaba no sabía toda la verdad.
Pero ya no importaba. Dudaba volver a ver a Banner otra vez.
—¿Qué hacías antes de convertirte en el Guardián? ¿Antes de que te mordieran? —No podía imaginarlo como otra persona, pero seguramente tendría algún trabajo.
—Era solo otro hombre a disposición del rey. —Su mirada se volvió distante, como si ese pasado estuviera tan lejos que apenas pudiera ver al hombre que solía ser.
—¿Qué quiso decir Ramsey con que tienes un mes?
—Quiere que vaya a Allesaria durante el equinoccio de otoño.
La fecha en la que se suponía que Mae se casaría con Zavier.
—¿Por qué?
—Porque es un hijo de perra asqueroso.
—Bueno, eso no te lo voy a discutir —dije—. Pero sigues sin responder a mi pregunta.
—Solicitó mi presencia en Allesaria para que sea su general.
—Ah. ¿Y tienes pensado ir?
—No —respondió sin dudarlo.
—¿Te obligará? —pregunté, y soltó una risa amarga—. Lo tomaré como un no.
—Por supuesto que lo intentará —esbozó una sonrisa insolente—. Pero no va a poder.
Pasé un mechón de mi cabello por detrás de mi oreja, aunque sabía que no se quedaría en su lugar. Parecía algo que no dejaba de repetirse últimamente: luchar contra lo inevitable, pero luchar de todos modos. —Si sabe sobre la existencia de la lyssa, ¿por qué no hace nada para detenerlo?
—No sé.
Ramsey parecía más preocupado por quemar libros e imprentas que salvar a su pueblo. El peso insoportable del día cayó sobre mis hombros.
—Lo odio.
Su boca se curvó levemente hacia arriba.
—Te pedí que te quedaras callada.
—No pude evitarlo. Me volvía loca.
—Que los dioses protejan a los hombres que te hagan enfadar. —Sacudió la cabeza y soltó una carcajada. Fue precedida por una sonrisa.
Una sonrisa de verdad, amplia y blanca.
Mi corazón se detuvo.
Era una sonrisa capaz de ahuyentar esa neblina lúgubre, una sonrisa para iluminar un día miserable.
Una sonrisa solo para mí.
Duró apenas unos instantes. En esos días, las sonrisas se desvanecían demasiado rápido.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Nada ha cambiado, Cross. El objetivo sigue siendo el mismo. Matar a los monstruos y encontrar la fuente.
—Y una cura.
Suspiró.
—No hay ninguna cura.
No tenía energía para discutir.
—¿Está funcionando la cacería?
—Quiero creer que sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Por usar tus propias palabras… Es solo una corazonada. —Miró su brazalete, como si pudiera ver a través del cuero, a través de los grabados, la cicatriz del mordisco.
Había visto ese brazalete muchas veces, pero no me había detenido a ver los símbolos.
Algunas de las líneas no eran tan profundas como otras.
Era como si se estuvieran desvaneciendo con el paso del tiempo.
Pero otras parecían haber sido hechas hacía poco.
Adiciones recientes. Una parecía tan nueva que la podría haber hecho hoy mismo.
Me había dicho que representaban las vidas que había quitado. ¿Había matado a alguien hacía poco y no me había enterado?
Noté una pequeña marca con forma de diamante encima de un cuadrado. Otra línea conectaba ese cuadrado con otro y así sucesivamente. Ese cuadrado estaba rodeado por otros nueve diamantes. Eran tan pequeños que debían haber sido grabados en el cuero con la punta de un cuchillo.
Nueve cortes en total.
¿Por los nueve ulfernos de Ashmore?
¿La marca más nueva era por Ravalli?
¿Qué coño…?
¿Era un mapa? ¿Ransom llevaba al límite las reglas de no hacer mapas de Turah y agregaba marcas en ese brazalete para representar su reino?
¿Y si todo este tiempo lo que había estado buscando estaba justo ahí, grabado en ese brazalete?
Un mapa de Turah.
¿Allesaria figuraba ahí?