Capítulo cuarenta y tres
El sol se ocultaba en el horizonte al final del día más largo que recordaba. El fuego del día anterior parecía haber ocurrido hacía una eternidad.
Ransom y yo nos quedamos en Ravalli después de que el rey se marchara con sus hombres. Nos quedamos viendo cómo la casa de Samuel Hay se quemaba hasta no ser más que un montón de escombros chamuscados.
Los restos estaban tan calientes que no pudimos revisarlos para ver si podíamos rescatar algo más.
Lo único que sobrevivió al incendio, además de los dos Hay, era lo que Samuel y Ransom habían sacado por la puerta.
Esas pocas pertenencias ahora estaban en una carreta desvencijada que nos llevaba a Ellder por un camino bastante irregular.
Ransom nos guiaba hacia la fortaleza a un ritmo lento para no dejarnos atrás. A mi lado, Samuel y Jonas habían abandonado su hogar para buscar otro.
Todos apestábamos a humo. Se me quedó pegado en la ropa y el cabello, y sentía los ojos irritados y resecos.
Nuestra pequeña procesión viajó hasta bien entrada la noche, momento en el que decidimos montar un campamento en la oscuridad. Luego, a primera hora de la mañana, continuamos este lento viaje hacia Ellder.
Muchas personas en Ravalli le habían suplicado a los Hay que se quedaran y reconstruyeran su casa. Pero Samuel estaba destrozado. Podía verse en cada arruga de su rostro. Necesitaba tiempo para recuperarse. Dejar que su brazo sanara y superar la tos áspera que le había causado respirar tanto humo.
Tenía la sensación de que, una vez que se recuperara, los Hay no se quedarían en Turah por mucho más tiempo.
Sus vecinos en Ravalli no dejaron que se fueran con las manos vacías. Les dieron comida, ropa y provisiones. La carreta que llevaba su yegua gris estaba cargada hasta el borde. Jonas iba sentado sobre una caja detrás de su padre, que sostenía las riendas.
El viaje por el valle había sido inquietantemente tranquilo. No nos habíamos cruzado con ningún otro viajero, ni ningún animal. Ni siquiera los pájaros cantaban cuando pasaban volando por encima de nosotros. Una nube parecía seguirnos como una neblina venenosa que ahuyentaba la felicidad.
Cada vez que pensaba en Ramsey, mi ira regresaba. Me dolían los dientes por presionarlos con tanta fuerza.
Faze se movía en su bolsa, más que listo para empezar a caminar. Tendría la oportunidad de hacerlo una vez que llegáramos a Ellder.
No nos detendríamos en el puesto de los jinetes de poni.
—Todavía no —dije, acariciándole la cabeza.
—Puedo llevarlo —dijo Jonas—. Si quieres.
—Claro —asentí, y me acerqué con Freya a la carreta. Luego, con las dos manos, le entregué mi pequeño monstruo a Jonas, con la esperanza de que les hiciera bien a ambos—. Aquí está su biberón.
El niño lo tomó una vez que lo saqué de mi morral y, como no tenía nada más que hacer, como si lo único que pudiera hacer fuera gritar después de seguir repasando tantas veces el encuentro con Ramsey, tomé mi diario.
Freya no necesitaba que la guiara. Ella seguiría a Ransom.
Cuando abrí el diario, tuve cuidado de que no se cayera ninguna página suelta. La noche anterior, en la soledad de mi cuarto, las había arrancado y las puse en el suelo para formar un mapa.
Había estado creando el mapa desde hacía semanas.
Ahora que sabía que estaba prohibido, que me estaba arriesgando a ser ejecutada, le recé a Ferious para que me concediera inspiración y pudiera sacar adelante este proyecto en particular. Estaba casi segura de que había sido obra del dios del engaño lo que me llevó a ocultar mi mapa.
En lugar de dibujarlo en una única página, usé los bordes y las esquinas de varias hojas que podía solapar y encajar como un rompecabezas.
Si alguien encontraba mi diario, solo encontrarían dibujos de monstruos, casas en los árboles, montañas y pueblos, todos con decoraciones que no parecían nada por separado. Pero cuando las unías, las alineabas y las solapabas de la manera correcta, aparecía Turah a la vista.
La noche anterior había añadido una estrella para indicar la ubicación de Ravalli, una línea serpenteante que representaba este camino y una pequeña marca en el lugar en donde había un aureón con la lyssa.
No tenía manera de saber si el mapa era preciso. No había manera de encontrar la ubicación de Allesaria con esas páginas. Esa misión parecía desalentadora. Inútil, incluso. Por eso tomé una página en blanco y empecé a dibujar a Faze.
—¿En qué está trabajando? —preguntó Samuel.
—Bah, solo es un boceto. —Lo levanté para que pudiera ver el contorno irregular de la cara de Faze.
—Se parece bastante. Tiene talento.
¿Alguien alguna vez me había dicho que tenía talento? Ningún mentor o maestro. Ni siquiera mi padre. Ni Margot. En todo caso, mis dibujos les molestaban. En cualquier otro momento, habría sonreído, pero ahora toda muestra de orgullo quedaba aplacada por la solemnidad de nuestra situación.
—Gracias. —Esbocé una sonrisa y guardé el diario. Ni siquiera dibujar me ayudaba a olvidar ese fuego—. Lo siento, Samuel.
No era culpa mía, no era yo quien debía disculparse, pero ya había dicho esas palabras una docena de veces este día.
—Yo también. —Miró sobre su hombro a su hijo, que jugaba con Faze—. Lo único que importa es que Jonas está a salvo.
—Y tú también.
—Gracias a él. —Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando señaló a Ransom—.
Le había pedido a Jonas que se quedara fuera mientras yo volvía a buscar todo lo que pudiera rescatar, alguna ropa suya, recuerdos de Emsley, sus diarios.
Un retrato y su anillo de boda. Su pañuelo favorito, los botines que tejió para Jonas cuando era un bebé.
Estaba saliendo de mi cuarto cuando el fuego llegó al pasillo. El humo era tan denso, tan oscuro.
Empezó a toser y se inclinó hacia delante hasta que el ataque de tos terminó.
—¿Papá? —preguntó Jonas, sosteniendo a Faze con fuerza entre sus brazos, mientras miraba a su padre.
—Estoy bien, hijo —dijo Samuel, forzando una sonrisa mientras bebía de su cantimplora, un regalo del herrero de Ravalli.
Luego tomó algunas bocanadas de aire durante algunos minutos hasta que pudo respirar con normalidad—.
El Guardián caminó entre el fuego. Se lo juro, princesa, las llamas se apartaron a su paso.
Me levantó, aplastando todo lo que había recogido entre nosotros, y cruzamos la casa hasta que llegamos a la puerta.
Se me cayeron la mitad de las cosas cuando me puso de pie y las dejé atrás.
No valía la pena arriesgarse. Pero él lo juntó todo, cada una de las cosas, y las salvó. Me salvó.
¿Era posible que Ransom pudiera soportar el fuego? ¿A causa de la lyssa? ¿O tan solo es que no tenía miedo? ¿Estaba dispuesto a quemarse para salvar la vida de un padre?
—He oído los rumores, las historias —dijo Samuel en voz baja—. Jonas cree en las leyendas, pero yo siempre fui escéptico. Pero en este caso son verdad. No es un hombre normal. De verdad que es un Guardián.
—Sí, lo es.
—Tiene suerte de tenerlo a su lado.
—Lo sé.
Samuel parecía estar a punto de decir algo más, pero de repente tuvo otro ataque de tos.
Como no quería que a causa de mi presencia se dañara aún más la voz, espoleé a Freya para que avanzara hasta la posición de Ransom.
—¿Cómo está?
Me encogí de hombros.
—Triste, como era de esperar.
Ransom suspiró.
—Como era de esperar.
—Pero agradecido contigo.
Se acomodó en la montura. Al parecer el halago lo hizo sentir incómodo.
—Quiero hacerte algunas preguntas —dije.
—No serías tú si no vinieras armada con preguntas. Y, si te soy honesto, tengo la sensación de que las armas son innecesarias.
Esto . Esto era lo que necesitaba para apartar la neblina. Discutir con Ransom.
—¿Cómo fue que te pusieron ese apodo? —Había oído muchas historias en Quentis, como que había asesinado monstruos a lo largo de todo Calandra o que había matado a un grupo de guerreros de Laine que habían saqueado los pueblos en la frontera de Turah.
O también que había salvado a un orfanato de una avalancha.
Era probable que todo fuera verdad, pero quería oírselo contar a Ransom.
Quería saber cómo el hombre que había asesinado al hermano de Banner por una mujer había sido proclamado el protector de Turah.
Había muchas cosas que no sabía sobre la historia del hermano de Banner, ¿no? Esa parte de la historia me faltaba.
Ransom no era un asesino. Solo lo había visto empuñar sus armas contra los monstruos, para defender a la gente.
Entonces, ¿qué había pasado realmente con el hermano de Banner? Tenía la corazonada de que tenía que ver con su apodo.
—Estaba en Westor, en la costa —dijo—. Un puerto en el Krisenth.
Fue el mismo año que me mordieron. La lyssa ni siquiera tenía un nombre en ese momento.
Solo los Voster sabían lo que había ocurrido, cómo había cambiado.
El Sumo Sacerdote todavía estaba intentando entender la infección.
Y yo había estado siguiendo rumores sobre monstruos salvajes con sangre verde, cazando al ulferno que me había mordido.
—¿Alguna vez lo encontraste?
—Sí —hizo una pausa—. En Ashmore.
—¿Qué? —Me quedé boquiabierta—. ¿Cómo lo sabes?
—Porque el día que me mordió le vacié un ojo.
El ulferno tuerto.
El monstruo que había escapado.
—Ah, cielos. —Empecé a rezarle a los Ocho.
Ese monstruo seguía ahí afuera, cazando. Matando. Infectando a otros.
¿Por eso su jauría era tan grande? No sabía mucho sobre los ulfernos, pero ¿eran tan inteligentes?
Ransom sacudió una mano.
—Había una muchacha en Westor, debía de tener trece o catorce años. Su madre era viuda y tenía una habitación libre para los viajeros en su casa. No era la cosa más segura del mundo invitar a hombres extraños a su hogar, pero era mejor que la alternativa.
Invitar a hombres extraños a tener acceso a su cuerpo.
—La muchacha fue al mercado el día siguiente a mi llegada y nunca más regresó. Su madre estaba muy preocupada y, cuando cayó la noche, estaba segura de que su hija había muerto. Salí a buscarla y la encontré.
—¿Viva?
Asintió.