Capítulo cuarenta y dos
Las lunas gemelas todavía iluminaban el cielo cuando salí de la posada la mañana siguiente. El amanecer todavía no había llegado.
Faze estaba acurrucado en su bolsa, dormido después de beber la leche que le había dado antes. Tenía el morral colgado sobre un hombro y el cabello trenzado con firmeza, salvo por algunos mechones sueltos que caían a cada lado de mi cara.
El camino fuera de la posada estaba vacío, ya que todo Ravalli seguía durmiendo.
Excepto por el hombre que caminaba por la calle hacia la posada con dos caballos.
—Por más temprano que me levanto no consigo ganarte —le dije a Ransom.
—Prepárate. Tenemos que irnos.
Bueno, al parecer era inútil intentar aligerar el humor y dejar atrás la incomodidad de la noche anterior. Tomé las riendas de Freya y me acerqué a su lado. Pero, antes de poner un pie sobre el estribo, un caballo apareció a lo lejos.
Aurinda se movió incómodo al oír el sonido y manoteó la tierra con fuerza.
—Mierda —dijo Ransom entre dientes.
—¿Qué?
Miró en ambas direcciones como si estuviera buscando una vía de escape.
Seguí su mirada, pero no vi nada más que casas cuadradas y caminos solitarios. De repente, el suelo bajo mis pies empezó a vibrar, como olas que se propagaban sobre aguas tranquilas.
Llegaron a Ravalli como una tormenta. En un abrir y cerrar de ojos, las calles desérticas se llenaron de jinetes. Algunos de los hombres llevaban ropa parecida a la mía y otros eran soldados uniformados. Su vestimenta y su armadura mostraban el emblema del rey Ramsey Wolfe.
Ya era tarde. Ramsey había llegado antes de que pudiéramos partir.
¿Quiénes eran los hombres que no llevaban uniforme ni armadura? ¿Reclutas para la milicia?
Fuera quienes fuesen, ciertamente habían llamado la atención, ya que la mayoría de las personas de Ravalli salieron de sus hogares para ver qué era todo ese jaleo. Algunos todavía llevaban la ropa de dormir.
Los soldados del rey convergieron en la posada como moscas sobre la miel, como si supieran exactamente dónde encontrar a Ransom. Llegaron desde todas direcciones y nos encerraron. Nadie sacó su arma. Nadie hizo amenazas. Nadie dijo nada. Tan solo se quedaron mirándonos, esperando.
Ransom frunció el ceño y algunos tuvieron la decencia de sentirse incómodos. Luego se acercó a Aurinda, tensó la cincha y aseguró las alforjas.
—Súbete al caballo, Cross.
¿De verdad creía que estos hombres iban a dejarnos ir?
—Cross —gruñó.
—Está bien. —Había demasiados ojos sobre mí cuando monté a Freya.
¿Se abriría paso a golpes a través de esa multitud o se harían a un lado y nos dejarían pasar?
Ransom montó su caballo y la atmósfera cambió, como si todos los hombres se hubieran movido al unísono.
¿Iban a entrelazar los brazos y formar una barrera? Dos hombres, ambos con uniforme, se miraron cuando Ransom se aclaró la garganta y a continuación se hicieron a un lado para abrir un camino.
—¿De verdad van a dejarnos ir? —susurré.
—Claro que no —dijo Ransom, levantando la barbilla, endureciendo sus facciones como una roca, mientras sus ojos adquirían el color del metal líquido. Metal fundido.
Algo no iba bien.
—No hables —dijo—. Ni una sola palabra.
Tragué saliva con fuerza y balbuceé: vale .
Ramsey avanzó con su caballo por el espacio que le habían abierto los soldados.
Al final estaba un hombre más alto que cualquiera de los demás integrantes del grupo.
Su caballo era el mismo animal de color gris con el que había entrado en Treow, y era casi tan grande como Aurinda.
Era una figura imponente, tan alto y robusto como Ransom.
Llevaba una diadema, al igual que Zavier, plateada y reluciente.
En Treow estaba demasiado lejos como para verlo con claridad.
Ahora veía que tenía unas facciones fuertes, desde su nariz ancha hasta su ceño estoico, su mandíbula angulosa y el hoyuelo en medio de la barbilla.
Sus ojos eran grises como el acero, tanto que parecían estar hechos de hielo.
Se detuvo frente a Ransom y sus miradas colisionaron.
Este duelo de silencio duró una eternidad. Se miraron fijamente, sumidos en una guerra muda, mientras yo hacía todo lo posible por no respirar.
¿No debería haber hecho Ransom una reverencia? ¿Y no debería haberla hecho yo también? Mis nervios aumentaron cuando Faze se movió y resopló.
Aunque también podría haber sido una campana, ya que todos los ojos se posaron sobre mí, incluso los de Ramsey.
Entornó la vista y estudió mi rostro, mi cabello.
—Tú eres la novia. El Gorrión.
Tengo nombre.
Ransom se giró hacia mí, respirando con pesadez.
Bueno, lo siento , gesticulé.
Al parecer, en momentos de estrés, los pensamientos que se suponía que tenían que quedarse en mi cabeza salían por mi boca sin que pudiera controlarlos.
Pero Ramsey no estaba interesado en aprender mi nombre. Su atención volvió a Ransom.
—Ella debería estar en Allesaria.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. ¿Era algo bueno? ¿Algo malo? No estaba segura. Sí, quería ir a Allesaria. Pero no con Ramsey. No me llevaría, ¿verdad? No me iba a secuestrar, ¿no?
¿Era esa la razón por la que Ransom parecía estar a punto de cometer un asesinato? ¿Iba a pelear contra el rey, contra esta multitud de hombres, para que no me llevaran a la capital?
—No hasta que podamos confiar en ella —dijo Ransom.
Me dolió más de lo que esperaba. Había prometido que nunca confiaría en mí. Y, tonta de mí, yo había creído que cambiaría de parecer.
Si tuviera un mapa con el camino a Allesaria, ¿podría hacérselo llegar a mi padre? ¿Podía traicionar a estas personas? ¿Podía traicionar a Ransom?
Todo lo que me habían enseñado desde pequeña parecía frágil. Mi padre me había pedido que confiara en él y lo había hecho. Confiaba en él.
Pero…
¿Podía traicionar a los turanos?
No . No podía.
Incluso con la incertidumbre de la próxima migración, incluso frente a Ramsey, no podía traicionar a Tillia, Luella, Cathlin o Zavier.
No podía traicionar a Ransom.
Podía no confiar en mí, pero, en algún momento del camino, se había ganado mi lealtad.
Por todos los dioses, mi padre seguía apareciendo en mi mente. No me importaba si la confianza era unidireccional. No sabía con certeza qué era lo que mi padre estaba tan determinado a obtener de Allesaria, pero no iba a dejar que lastimara a estas personas.
—Tenemos que irnos —dijo Ransom—. ¿Necesita algo más, Su Majestad ?
Uff . Nunca en todos estos años había escuchado a una persona dirigirse a un rey con tanto desdén.
Pero si el insulto molestó a Ramsey, no lo hizo evidente. Una lenta sonrisa apareció en su boca, acompañada por sus ojos pálidos desafiantes. Miró a Ransom por un instante y luego me miró a mí una vez más.
—Bonito cabello. Ahora entiendo por qué llamaste la atención de mi hijo, princesa.
Aunque cuando conocí a Zavier, tenía el cabello castaño. Esbocé una sonrisa fingida y empalagosa.
—Gracias, Su Majestad.
Ransom echó a andar con Aurinda y este resopló cuando se cruzó con el caballo del rey, como si también fueran parte de este enfrentamiento.
Ramsey giró hacia un lado y sacudió la mano hacia sus soldados. Fue un poco exagerado y grandilocuente cuando nos dio permiso para que nos fuéramos.
Ransom presionó los dientes con tanta fuerza que los oí crujir. De todas maneras, avanzó por el espacio y yo lo seguí de cerca por detrás.
Quería irme de este pueblo. De inmediato.
Pero no debería haberme sorprendido de que los dioses tuvieran otros planes.
Los gritos llegaron al mismo tiempo que una nube de humo espesa se elevó sobre los techos de las casas.
—Ransom —dije sorprendida.
Pero él ya se estaba moviendo, llevando a Aurinda entre los hombres y haciendo que se dispersaran mientras desenfundaba la espada.
Se apartaron como las cortinas de una ventana, dándonos espacio suficiente para que pasáramos entre las casas hacia el humo. Hacia la casa de Samuel Hay. Estaba rodeada por hombres con antorchas.
—No —grité, sintiendo un nudo en el pecho.
Jonas estaba en la puerta, observando cómo las llamas devoraban las paredes y rápidamente consumían los troncos. Tenía una mirada de desesperación, mientras se llevaba las manos a la boca y gritaba:
—¡Papá!
Muchas personas se acercaron con cubos de agua al escuchar la conmoción. Pero, antes de que pudieran acercarse lo suficiente para apagar las llamas, los soldados les bloquearon el paso y los hicieron retroceder.
—¡Papá! —la voz de Jonas se quebró una vez más cuando gritó.
—Samuel. —Miré a Ransom, pero ya se había bajado del caballo y estaba abriéndose paso entre los soldados, que no se atrevieron a detenerlo.
Era como el viento cuando desciende por una escalera y se mete en una casa.
El fuego se hizo a un lado, como si las llamas estuvieran aterradas de tocar su piel.
Se me subió el corazón a la garganta cuando desmonté a Freya y me acerqué a Jonas. Lo sujeté con fuerza antes de que se atreviera a entrar.
Sus mejillas estaban empapadas por las lágrimas.
—Papá.
—Está bien —dije, rezando a los Ocho—. Todo va a ir bien.
Ama, sálvalo.
No recé por Ransom. Mi corazón sabía que estaba vivo, que el fuego no reclamaría su cuerpo. Recé por el último familiar vivo de este niño, mientras miraba, sin parpadear, la puerta.
El fuego rugía con intensidad, tan fuerte y caliente que sentía que me quemaría la cara en cualquier momento. Pero, mientras intentaba apartar a Jonas, él forcejeaba y daba un paso hacia delante.
—Tenemos que alejarnos.
—No —dijo, llorando—. Por favor.
Samuel debió de haber escuchado la plegaria de su hijo porque, de repente, salió corriendo por la puerta con los brazos llenos de libros y ropa, y todo lo que pudiera subir por esa escalera.
—Papá —dijo Jonas, poniéndose de pie y envolviendo a su padre en un fuerte abrazo, mientras sus pertenencias caían al suelo y ambos quedaban arrodillados en el suelo.
Los soldados se lanzaron sobre ellos e intentaron arrancarles los libros de las manos.
—Si tocáis tan solo a uno de ellos, preparaos para morir —dijo Ransom, lleno de hollín, cenizas y sudor, cuando salió por la puerta con un botín similar al de Samuel.
Los soldados, astutamente, retrocedieron.
Ransom apoyó lo que cargaba en los brazos a un lado de Samuel. Cuando se levantó, replegó los labios y un rugido gutural brotó de su garganta.
Ya no era Ransom.
Era el Guardián.
El monstruo.
Brutal. Amenazante. Letal y valiente.
El poder fluía por todo su cuerpo, tan caliente como el fuego. Su cuerpo vibraba y sus dos manos eran dos puños firmes. Dejó que el control lo abandonara. Aunque solo un poco.
—Nos vamos. Ya. —La orden de Ramsey se impuso al rugido del fuego. Se impuso también al llanto de Jonas y los quejidos de los otros que miraban.
Los habitantes de Ravalli habían salido de sus casas por la fuerza; la mayoría llevaban cubos de agua para evitar que las llamas se esparcieran.
Los soldados se alejaron del Guardián y la casa que habían incendiado. No hizo falta que el rey se lo pidiera dos veces.
Bastardo .
Esto era obra suya, al igual que lo de las bibliotecas. Con solo una orden de Ramsey, la vida de Samuel quedó consumida por las llamas. Un solo incendio que podría haber destruido todo el pueblo.
Me giré y encontré a Ramsey sobre su caballo, observando la escena con un destello de aprobación en sus ojos.
—Cobarde.
Levantó las cejas.
—¿Cómo me has llamado, princesa?
—Cobarde, eso es lo que he dicho. —La sorpresa de la gente a mi espalda solo encendió mi ira.
—Cuidado, muchacha. Tu ignorancia es evidente.
—Al igual que tu verdadera naturaleza —dije entre dientes—. Solo los necios y los mentirosos queman libros y los hogares de las personas.
Ramsey se inclinó hacia delante en su montura.
Si creía que me intimidaría, se equivocaba por completo. Enderecé los hombros y dejé que las cuatro palabras que rondaban mi mente fueran evidentes a través de mi expresión.
Vete a la mierda.
Se enderezó en la montura.
—Me habían dicho que la hija mayor del Rey Dorado era débil. Veo que mis espías se equivocaron.
Fue un puñal directo al corazón y tuve que contener el dolor evidente, ya que no iba a mostrárselo a él.
—Ocurren muchas cosas en mi reino, princesa Odessa Wolfe. —Su mirada se apartó de la mía, mientras las llamas se reflejaban en sus ojos y miraba la construcción a mi espalda—. Lo que necesita Turah son más incendios.
—Vete. —La voz de Ransom sonó grave, muy cerca de mí, a solo centímetros de mi oreja. Estaba justo detrás de mí. Su cuerpo bloqueaba el calor del fuego. Pero no el calor de su propia ira.
—Tienes un mes —le dijo Ramsey—. No quiero venir y verte otra vez.
¿Un mes? ¿Qué pasaría en un mes?
Ramsey se giró y se marchó, y sus hombres lo siguieron ocupando ambos flancos.
El caos erupcionó a mi alrededor cuando el último soldado se alejó de la casa de Samuel Hay. Todos trabajaron arduamente para apagar el fuego, para evitar que se propagara a las casas vecinas.
—¿Qué ha querido decir con que tienes un mes? ¿Un mes para qué? —le pregunté a Ransom. Pero, cuando me giré, ya no estaba allí.