Capítulo cuarenta y uno
Los padres de Samuel eran comerciantes en Quentis. Eran unos de los pocos que se atrevían a cruzar el desfiladero de Evon con carreta para entregar sus productos en Génesis. Su amada esposa, Emsley, era la hija del mayor rival de su familia.
Samuel y Emsley se conocieron cuando eran niños. Se enamoraron de adolescentes. Y cuando abandonaron Quentis juntos, con ella embarazada de Jonas, su partida causó una gran conmoción entre sus familias, ya que se esperaba que ambos continuaran su legado como comerciantes.
Pasaron años explorando Calandra. Emsley soñaba con conocer cada rincón del continente, así que él la acompañó, vendiendo historias a distintos periódicos a cambio de dinero para financiar sus viajes.
Jonas tenía once años cuando regresaron a Quentis para ocuparse de la madre enferma de Emsley. Pero entonces, un año más tarde, ella fue asesinada en Roslo. Y el año miserable y difícil después de eso fue lo que inspiró a Samuel a escribir su libro.
Sobre mi reino.
Y el suyo también.
Una vez que Ransom se marchó, Samuel me invitó a tomar el té. Las dos tazas se enfriaron mientras me contaba la historia de su esposa, cómo se conocieron.
Y cómo murió.
Luego me explicó por qué escribió ese libro después de su muerte.
—Me arrepiento —confesó—. Si pudiera regresar en el tiempo, arrojaría ese libro al Marixmore y olvidaría su existencia.
—¿Por qué lo escribiste?
—Estaba furioso. Me sentía perdido por el dolor, amargado por lo difícil que era la vida en la ciudad. Fui un tonto al pensar que el dinero resolvería nuestros problemas.
—Nos llamaste traidores y ladrones. Acusaste a mi padre de haber asesinado a mi madre.
Su mirada cayó hacia el suelo.
—Lo siento. Exploté el rumor que me contó un noble ebrio sin ninguna prueba y lo adorné un poco porque sabía que vendería más.
—¿Y funcionó?
—Recaudé suficiente dinero para cruzar el Krisenth y traer a Jonas aquí, donde no se burlarían de él en la escuela por los errores de su padre. Me alcanzó para construir esta casa y comprar una imprenta usada. Y tener la oportunidad de ser un mejor hombre.
Una parte de mí quería saber más sobre ese rumor que le había contado ese noble borracho, averiguar por qué alguien creería que mi padre era capaz de matar a mi madre. Pero otra parte de mí sabía que no estaba lista para escuchar esa historia y por eso cambié de tema.
—El herrero nos comentó que estuviste escribiendo sobre la milicia del rey.
Samuel se enderezó, conmocionado por el cambio repentino de tema.
—Ah… Sí.
—¿Tienes algunas sospechas?
—Bastantes. —Bebió un sorbo de té frío y movió la taza de un lado a otro—. Después de reunirme con las familias me enteré de que ninguno de los soldados que se unió a esa milicia volvió a escribir a su hogar. Se alistaron y eso fue todo. Es como si hubieran desaparecido. ¿No le parece extraño?
Me encogí de hombros.
—Puede ser, pero quizá el régimen de entrenamiento es diferente para los turanos.
Para los soldados de Quentis, vivir en las barracas era opcional. La mayoría decidía quedarse con sus familias, a menos que no tuvieran un hogar propio.
—Pensaba lo mismo, pero me pasé meses hablando con hombres que sirvieron al rey en su juventud y a todos les resultaba extraño que nadie respondiera las cartas ni visitara a sus familias.
Me quedé mirándolo, pensativa.
—Sí, es extraño. ¿Todos esos hombres van a Allesaria?
—Es probable. No estoy seguro.
—¿Alguna vez has ido a la capital? —Levanté la taza de té con la esperanza de enmascarar la desesperación de mi voz.
—No.
Maldición.
Samuel soltó un suspiro largo y se hundió más en la silla.
—Ya sabe, creí que quizá el misterio alrededor de Allesaria fuera solo una exageración. Que, una vez aquí, descubriría que no era el secreto mejor guardado de Calandra.
—Pero no es una exageración, ¿verdad?
Sacudió la cabeza.
—No. El investigador que llevo dentro quiere indagar más y descubrir la verdad.
Sacar a la luz la razón por la que los turanos quieren mantener en secreto su capital.
Pero, a la vez, el padre que llevo en mí ha decidido dejarlo estar.
No pondré en riesgo a Jonas. Es todo lo que tengo.
Estamos a salvo aquí, a pesar del incidente con el aureón.
Mi hijo es feliz y eso es lo único que importa.
—Es entendible —esbocé una pequeña sonrisa—. A mí tampoco se me ocurre nada sobre el misterio de Allesaria. Una parte de mí ni siquiera está segura de que la ciudad exista.
Samuel soltó una risa.
—Yo también me preguntaba eso. Pero hay una mujer en Ravalli que estuvo allí. Según ella, el camino es engañoso. Está protegido por un muro de roca y la única manera en que te permiten cruzar es mediante un juramento de sangre.
Abrí los ojos, desconcertada.
—¿Un juramento de sangre para entrar en una ciudad?
—Para mantener su ubicación en secreto.
Vale, ahora sí que estaba interesada. Era una medida bastante extrema. ¿Qué diablos ocurría en Allesaria que querían mantener en secreto?
—Acabas de despertar mi curiosidad —dije.
—Tenga cuidado con esa curiosidad. —Bajó la voz, como si incluso dentro de esas paredes estuviéramos en peligro por mantener esta conversación—.
No fue fácil hacerme un lugar entre la gente de Ravalli.
Los turanos son increíblemente desconfiados de los extranjeros.
Aunque sea el Gorrión, no la recibirán con los brazos abiertos.
Algunas personas me habían hecho sentir bienvenida: Tillia, Evie, Luella y Cathlin. Pero entendía a qué se refería. La mayor parte de las veces, la gente de Turah me evitaba.
—Ni siquiera se suponía que yo iba a ser el Gorrión.
—Iba a ser su hermana, ¿no?
—Mae —asentí—. Todo esto ha sido demasiado inesperado. Y repentino. No sé mucho sobre Turah. Ni siquiera vi un mapa antes de venir.
Samuel dejó la taza a un lado y se acercó a mí.
—Los mapas están prohibidos en Turah. Si te encuentran con uno, el castigo es la muerte.
—¿Muerte? ¿Por un mapa? —Vaya mierda. Con razón me había costado tanto encontrar uno. Un mapa que probablemente no existía.
—Como dije, princesa, tenga cuidado.
Un escalofrío descendió por mi espalda.
—Es solo que no lo entiendo. Las capitales son el hogar de los líderes del reino, el lugar de la diplomacia y el gobierno.
Un centro de comercio y negocios. Un lugar para celebrar la cultura y preservar la historia.
¿Por qué mantienen Allesaria en secreto?
¿Qué ocurrió tres generaciones atrás que obligó a los líderes turanos a resguardarse tan severamente?
—Eso no lo sé —dijo—. En todo caso, Perris funciona como capital. Es el centro turano de comercio y de los negocios. El rey dicta sus decretos allí y luego son difundidos por todo el reino.
—¿Con los jinetes de poni?
Samuel asintió.
—En parte, pero también mediante el ejército turano.
Cada pueblo tiene su propio sistema de gobierno, pero todo lo termina decidiendo el rey.
Los soldados de Ravalli aseguran la paz y el cumplimiento de la ley.
Cualquier resistencia es reprimida con mano dura.
Al menos así era antes de que los soldados se marcharan.
Se los habían llevado. Al igual que en Ashmore. El rey había dejado a estas personas desamparadas ante los monstruos. Ante la lyssa.
—Lo que descubrí es que la riqueza del conocimiento de este reino se encuentra detrás de las murallas de Allesaria. Y no la comparten. No es como los curanderos de Laine que hacen descubrimientos y obligan a los otros reinos a pagar por su conocimiento y recursos.
—Los turanos son bastante reservados —dije.
—Lo guardan todo en Allesaria. En la taberna oí varios comentarios desoladores sobre que aquellos que viven en la ciudad consideran inferiores a los turanos que viven en los pueblos.
Que sus académicos, alquimistas y curanderos menosprecian a aquellos que eligen trabajar la madera, aunque es irónico, porque esa es la industria que financia el reino.
Académicos. Alquimistas. Aquellos que tenían el conocimiento y las herramientas para crear una infección letal.
Así que Allesaria sí existía al parecer. Podía descartar la idea de que la capital era un mito, un engaño. Y la única manera de visitarla era con un guía y otro juramento de sangre.
¿Me llevaría Ransom hasta allí si le dijera que sospechaba que la lyssa había sido creada dentro de las murallas de la ciudad? ¿Que quizá había sido creada delante de las narices de Ramsey?
Cielos, incluso podía ser que el mismo Ramsey hubiera aprobado su creación. Tal vez esa era la razón por la que se había negado a contarle a su gente nada sobre la infección.
Esa idea hizo que se me subiera el corazón a la garganta.
¿Lo que mi padre buscaba estaba en Allesaria?
¿La lyssa era el secreto que salvaría a nuestro reino de los crux?
¿Ramsey iba a usarla para salvar a los turanos?
Pero, si había encontrado la manera de proteger a su gente de la migración, ¿Turah no tendría más Guardianes?
La puerta delantera se abrió y entró Ransom. Debía suponer que estábamos hablando de esto. Vio a Jonas quieto en el suelo con Faze y a mí sentada junto a Samuel.
—Gracias por el té. —Dejé la taza a un lado, me puse de pie y me acerqué a la puerta. Levanté a Faze y lo envolví con mi vestido.
Una vez que me despedí de los dos, acompañé a Ransom afuera para regresar a la posada.
—¿Y el aureón?
—Estaba infectado.
—¿Has averiguado algo más?
—Hubo un ataque de pardures en las montañas hace algunas semanas.
Murieron dos cazadores. Una jauría de ulfernos mató a un comerciante y a su hija.
No tenemos manera de saber si alguno de esos monstruos estaba infectado o no.
Pero ha habido más ataques en la zona. Y eso hizo que todos estuvieran en alerta.
—Eso significa que estás acercándote a la fuente.
¿Y si…? —me quedé en silencio, ya que, antes de terminar la oración, ya sabía que se iba a cerrar más en sí mismo.
Podía sentirlo. Pero tenía que sacarlo de mi interior, tenía que preguntárselo—.
Samuel me ha dicho que la mayoría de los académicos y alquimistas viven en Allesaria.
¿Qué tal si la fuente está en la capital?
Resopló y sacudió la cabeza.
—Nadie de Allesaria ha creado la lyssa.
—¿Cómo lo sabes?
—Simplemente lo sé.
—Pero…
—No sabes nada sobre la ciudad, Cross. —El tono de su voz parecía letal—. No lo vuelvas a mencionar.
Cielos, estos turanos eran tercos. Y este turano en particular, más aún.
El resto del camino hacia la posada lo hicimos en silencio. El salón, vacío cuando llegamos, ahora estaba lleno de comensales, algunos bebiendo cerveza, otros devorando sus platos de comida.
Cuando Ransom cruzó el salón conmigo detrás, las conversaciones y las risas se volvieron murmullos y susurros. Todos hablaban sobre él. Y sobre mí.
La noticia sobre mi identidad ya se había propagado como un fuego fuera de control. ¿Por eso había tanta gente esta noche? ¿Por eso el cantinero sonreía tanto?
Todas las mesas estaban ocupadas gracias a nuestra visita.
De todas maneras, no nos quedamos en la sala, sino que seguimos por un pasillo angosto flanqueado por seis puertas. Metí la llave en la última puerta a la derecha y Ransom se acercó a la puerta de enfrente.
—Iremos al puesto de avanzada mañana. Saldremos al amanecer. El posadero te traerá la cena.
—Bueno.
Ransom se detuvo con la mano sobre la puerta.
—Se rumorea que Ramsey vendrá aquí mañana.
—Vaya —dije, parpadeando. ¿Por eso estaba de tan mal humor? ¿O porque había mencionado Allesaria? ¿O por las dos cosas?
—Pero nos iremos antes de que llegue —dijo Ransom.
—Está bien. ¿Tienes algún problema con Ramsey?
—Algo así. —Giró la cabeza sobre un hombro y sus ojos se encontraron con los míos.
Esperaba que desapareciera en el interior de su habitación, pero se detuvo y me miró como si tuviera algo importante en mente. Algo que necesitaba decir.
—¿Qué? —susurré. Dímelo. Solo dímelo .
Sacudió la cabeza.
—Nada. Buenas noches, mi reina.
Joder .
—Buenas noches, Ransom.
Sus ojos pasaron del gris al color avellana en un momento. Entró en su habitación y cerró la puerta con fuerza. Y entonces la cerró con llave.
¿Se arrepentía de haberme dicho su nombre?
Bueno, era una lástima. Me gustaba decirlo.